Esta desconocida región de Suiza tiene todo lo mejor del país helvético, pero con la mala suerte de llamarse igual que una ciudad alemana

calendar_today 04.08.2026 - person  - timer ~9 Minutos

Una de las mejores ciudades medievales de Europa, parques de naturaleza exuberante, ríos y lagos llenos de vida, pueblos encantadores, montañas prealpinas, arte contemporáneo, quesos de renombre y uno de los mejores chocolates del mundo. Friburgo es todo esto esto y mucho más, uno de los tres cantones bilingües y el que mejor representa la mezcla francesa y germana del país. Friburgo es como una Suiza en miniatura y, sin embargo, todavía es una gran desconocida para el gran público.

Parte de la culpa la tiene la ciudad homónima alemana, pese a que en sus idiomas originales no se llaman exactamente igual. Porque Freiburg im Breisgau, la Friburgo alemana, es de sobra conocida, pero su prima suiza, Fribourg en Nuithonie, (Freiburg im Üechtland en alemán) tiene recursos de sobra por sí misma para reivindicarse como uno de los destinos más recomendables de Suiza.

Cuando atraviesas su casco histórico por primera vez, o contemplas todo el trazado de la ciudad y el bello paisaje que la rodea desde la torre de su catedral, te sorprende pensar en que no sea uno de los nombres que se mencionen primero en cualquier lista de las ciudades medievales más bonitas de Europa. Como si fuera un secreto guardado esperando a ser descubierto, Friburgo recibe al visitante con los brazos abiertos, como una recompensa por darle una oportunidad a esta histórica región que tanta importancia cultural, histórica, artística y social tiene para el país.

Después de 33 años, este camarero gallego sigue atendiendo a su primer cliente en la misma bodega suiza: “Es el mejor que puedas desear”

Un tesoro medieval de espíritu joven y contemporáneo

Afirmar que Friburgo es una ciudad de postal, siendo toda Suiza un fotogénico país de cuento, parece baladí, pero en este caso es mucho más que una frase hecha o cliché impostado. Su excepcional situación geográfica, desplegándose siguiendo los meandros del río Sarine (Saane en alemán), adaptándose a la irregularidad del terreno enmarcado por acantilados y pronunciadas pendientes, ya dibuja un panorama que parece el escenario de una película. 

El centro histórico, la ciudad vieja, hará las delicias de los enamorados de los antiguos cascos medievales con calles de piedra y edificios centenarios. Friburgo presenta además una característica topografía en dos niveles, dividiéndose entre la Ville-Haute o ciudad alta, y la Basse-Ville con sus barrios bajos: Quartier de l’Auge, Neuville y Planche. Las calles empinadas, el conjunto de escaleras de piedra y el histórico funicular conectan ambas zonas, ofreciendo varias rutas de paseos para los que conviene ir con calzado cómodo, pues Friburgo merece ser recorrida a fondo a pie, mucho mejor si se le dedican, al menos un par de días sin prisas.

Friburgo2 Vistas de la ciudad baja desde la torre de la catedral.

Su espíritu medieval se descubre a cada rincón, destacando las más de 200 fachadas góticas que se conservan por toda la villa, los bien conservados tramos de muralla y sus múltiples torres de defensa y puentes de madera que conectan las diferentes zonas. 

Lo más curioso, sin embargo, es que Friburgo se revela como una ciudad cosmopolita y joven, con una vida bullente de actividades de todo tipo donde convive el respeto por las tradiciones e inquietudes más contemporáneas. Esa dualidad responde a que estamos en una ciudad universitaria cuya institución, además, es de las pocas bilingües de la zona, y la propia Friburgo representa el Röstigraben, la frontera lingüística y cultural que separa la zona de habla francesa y la de habla alemana. Una división que aquí, aunque se escuche hablar francés -un francés algo particular-, parece en ocasiones diluirse.

Miradores, puentes de madera y piedra, murallas y una torre de 365 escalones

La catedral de San Nicolás, en la ciudad alta, es un buen punto de partida para cualquier visita a Friburgo, aunque hay tantos recorridos posibles por el casco antiguo que este gran edificio puede ser también el colofón final o una parada en el camino. El acceso al edificio es gratuito; la imponente construcción ofrece un refugio climático en verano así como en invierno, cuando cobra un especial encanto si la hora sola acompaña y la luz hace resplandecer las vidrieras que la visten, destacando las estilo art nouveau del polaco Jozef Mehoffer.

Friburgo Catedral Puerta principal y torre de la catedral.

Construida entre 1283 y 1490 sobre una primitiva iglesia románica, St-Nicholas es ante todo un gran ejemplo de templo gótico-barroco, en el que destaca la grandiosidad de su nave principal, la gran reja y sillería del coro, la pila bautismal, el calvario o la sobrecogedora capilla del Santo Sepulcro, con su grupo escultórico y los tres relicarios que guardan restos mortales de tres personajes a descubrir por el visitante.

Para lo que sí hay que pagar es para subir a la torre, cuyo acceso se hace por un lateral. Y merece mucho la pena, aunque haya que mentalizarse para superar los 365 escalones que la elevan hasta los 74 metros. Teniendo en cuenta que la propia catedral se levanta en un alzamiento rocoso de 50 metros sobre el río, no es difícil imaginar que desde lo alto se pueden disfrutar de las mejores vistas de toda la ciudad y sus alrededores. 

Una vez abajo hay varias rutas que se pueden seguir para explorar el casco histórico -como esta que sigue las murallas-, aunque lo más cómodo puede ser descender hacia la ciudad baja utilizando las Escalier du Collège, o recurriendo al funicular, que también se puede tomar al revés, a la vuelta, para retornar a la parte alta. Sea como sea, el funicular es otra de las atracciones de la ciudad, una joya de la ingeniería que es Bien Cultural de la ciudad. Lleva funcionando desde 1899 de forma sostenible, utilizando las aguas residuales, por lo que no hay que extrañarse si huele un poco, digamos, peculiar. Salva un desnivel de 56,4 metros, con un recorrido total de 121 metros, por lo que cumple una función práctica para los vecinos. Y una pequeña atracción para los turistas.

Friburgo Loreto Vistas desde la capilla de Loreto.

Una vez abajo, el puente de St-Jean nos mete lleno en la Basse-Ville al otro lado del río para adentrarnos en el antiguo barrio de Auge, uno de los más pintorescos de Friburgo con el que pareces viajar en el tiempo a una villa medieval separada del resto de la urbe. Pero antes merece la pena desviarse un poco para atravesar la bonita y empinada plaza de St-Jean, con su histórica fuente, que inicia el paseo colina arriba hacia Lorette, la capilla de Loreto. Si quieres disfrutar de una de las mejores vistas panorámicas de toda Friburgo en su esplendor, es una visita absolutamente imprescindible, aunque haya que subir un pequeño camino en cuesta. 

De vuelta abajo, cualquier paso por el centro histórico medieval está salpicado de puntos de interés; desde el encantador Musée Suisse de la Marionnette, el museo de la marioneta, con una no menos agradable cafetería que esconde un coqueto patio interior, hasta el Pont-de-Berne o puente de Berna, uno de los tres que conectan las dos orillas de la ciudad vieja y sin duda el más bonito, de madera. El actual data de 1653, con la cubierta sustituida en 1853. Tras viajar aún más en el tiempo por las callejuelas de la otra orilla, se puede volver a cruzar la Sarine y retornar a la ciudad alta callejeando sin prisas entre edificios históricos con siglos de antigüedad.

Friburgo Terraza Terraza de Restaurant Le Belvédère.

Si hace buen tiempo, habrá muchos restaurantes y cafeterías con agradables terrazas, tanto en las calles principales como en el interior de los edificios. Uno de los más recomendables, aunque sea solo para beber algo, es el Restaurant Le Belvédère, con una magnífica terraza de vistas envidiables donde se pueden pasar las horas sin mirar el reloj.

El Friburgo más cosmopolita

La parte alta también conserva calles históricas de pasado medieval en torno al distrito del Bourg, el verdadero corazón de la ciudad. Se extiende en una terraza natural siguiendo el meandro del río, y comenzó a construirse con la fundación de la misma ciudad, por lo que concentra edificios importantes como el ayuntamiento, varias iglesias y conventos, o la propia catedral. Partiendo de esta hay que cruzar la emblemática Rue des Épouses o calle de las esposas. callejuela pintoresca caracterizada por el letrero de metal que da la bienvenida con un toque de humor combinando el francés y el alemán.

En el camino hacia la Place de l'Hôtel-de-Ville, la plaza del Ayuntamiento, se suceden los locales de hostelería y comercios, enfocados tanto al turismo como a los habitantes de la ciudad, y que refleja el espíritu comercial y residencial que tuvo el barrio durante siglos. En la la Grand-Rue, la arteria principal, destacan las viviendas más señoriales, y conecta con la la Place Georges-Python, donde se organiza un mercado semanal los miércoles, y la bulliciosa Rue de Lausanne. Los amantes del cacao no se pueden perder una visita a la tienda de Jorge Cardoso, uno de los mejores artesanos del chocolate del mundo.

Friburgo Puente Puente de Berna.

La atracción turística del distrito es evidente, y no en vano concentra numerosas tiendas además de muchos museos y monumentos emblemáticos. Una visita muy recomendable es el museo de de arte e historia (Musée d’Art et d’Histoire de Fribourg), pero si tienes poco tiempo, lo que no te puedes perder es el Espace Tinguely – Niki de Saint Phalle. Se trata de un espacio cultural ubicado en el antiguo depósito de tranvías de la ciudad, y que sorprende con el contraste de las obras que acoge en su interior, las fascinantes esculturas móviles de Jean Tinguely, artista friburgués de renombre internacional, y las coloridas obras de su mujer Niki de Saint Phalle.

El arte de Tinguely se puede encontrar como parte del mobiliario urbano que decora la ciudad en puntos como la fuente del parque Grand-Places, en homenaje a su amigo y piloto de carreras Jo Siffer, fallecido en un accidente, pero merece la pena invertir un rato en conocer más a fondo su figura y su obra en este pequeño centro que no robará mucho tiempo al visitante. 

Friburgo Funicular Parque Grand-Places y funicular.

Tinguely y Niki de Saint Phalle representan bien ese contraste tan peculiar de Friburgo entre lo antiguo y lo nuevo, la atemporalidad medieval y la vida más contemporánea, con una agenda cultural y de ocio que combina tradición y modernidad. Un buen punto de partida para explorar ese lado más cosmopolita es el Théâtre Equilibre, edificio contemporáneo inaugurado en 2011 que funciona como centro cultural y que alberga la oficina de turismo. Justo detrás se encuentra el mencionado parque Grand-Places, un pequeño pulmón verde lleno de actividad todo el año.

En la oficina de turismo se pueden conseguir mapas y guías, adquirir entradas, contratar rutas y otras actividades, así como la Fribourg City Card, que cubre la entrada de siete museos, transporte público y varias actividades. Además, ahora la ciudad tiene en marcha el tour gastronómico Taste my Fribourg, que invita a hacer un recorrido por la ciudad histórica a tu ritmo incluyendo cinco paradas culinarias en puntos emblemáticos, con diferentes degustaciones de platos y productos típicos. 

Imágenes | DAP

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