El incendio de Ávila se originó en la localidad de Burgohondo por una imprudencia basada en hacer caso omiso de la emergencia climática y las medidas de protección de los recursos naturales. Que aquella maquinaria estuviera allí, ese día y a esa hora, de cualquier manera y sin ningún protocolo de extinción de fuegos, muestra que la precaución y la educación respecto a la nueva realidad climática es más necesaria que nunca. Si bien este hecho ha desatado un alto nivel de indignación en el ámbito animalista por su relación con el sector ganadero, catástrofes como los incendios afectan a miles de vidas animales y van más allá de esta vinculación, pues son el resultado de una visión generalizada de que todo lo que nos rodea puede ser gestionado bajo el interés humano.
Consciente de que un verano más estamos ante una situación muy difícil. Con la impotencia de saber que quienes están en la primera línea ante el fuego han sido desprotegidos otra vez, pese a que el planeta se sigue calentando una media anual superior a 1,5°C y favorece la expansión de los incendios. A sabiendas de que la sensibilidad y la polarización recorre las pantallas, de que muchas personas llevan días evacuadas, confinadas o desalojadas, de que la rabia, la decepción, la frustración y el malestar se manifiestan en diferentes acciones, discusiones y proclamas en cada rincón de las zonas afectadas. A sabiendas de que las respuestas, aunque siempre desde la solidaridad, están siendo muy diferentes, agravando una brecha social que solamente beneficia a un sector muy concreto: aquellos que siguen legitimando un modelo de vida basado en el consumo de combustibles fósiles y un crecimiento económico sin límites; en definitiva, a quienes se enriquecen lejos de las zonas rurales y solamente regresan a ellas para recabar algunos votos. Consciente de todo esto y afectada emocionalmente, porque viví durante mi infancia en el Valle del Tiétar y hoy soy vecina de la Serra d’Espadà, escribo teniendo presente tanto el sufrimiento y la pérdida de vidas animales como que estamos en un punto de no retorno para muchos ecosistemas y formas de vida, también humanas.
¿Cómo escribir sobre los incendios de manera objetiva? ¿Cómo convertir la rabia y el dolor en un mensaje para quienes aprecian y quieren cuidar este planeta? ¿Cómo trascender estas emociones por un momento y pensar colectivamente este problema que nos va a perseguir hasta el fin de nuestra existencia? ¿Cómo impedir que los argumentos a favor de las vidas animales y los ecosistemas permitan a determinados sectores victimizarse y desviar el foco del verdadero problema? ¿De qué manera conciliar en un territorio tan fragmentado ante la emergencia climática?
Ciertamente, el fuego siempre ha estado ahí, es uno de los elementos originarios de la Tierra, pero es el calentamiento global, producido en su mayoría por la actividad humana, lo que hace cada vez más difícil frenar, controlar y extinguir los incendios. Al tratar de comprender su gravedad, debemos considerar la falta de adaptación a la nueva realidad climática por parte de la sociedad de la que formamos parte. Para ello, puede ser de ayuda echar la mirada atrás, en un momento en el que el debate trata de reducirse a argumentos de fácil calado, que se aprovechan del dolor de quienes lo han perdido todo o casi todo; o de quienes, como yo, convivimos estos días con una terrible angustia y decidimos no mirar hacia otro lado. Escarbar en las cenizas y ampliar la mirada al analizar la problemática actual de los incendios es un acto de responsabilidad con las generaciones presentes, pero sobre todo futuras.
La gestión de la biomasa vegetal, en forma de montes o espacios agrarios y pastos, se ha visto alterada en los últimos 70 años por la transición de las sociedades hacia un modelo de vida urbano, dependiente de los combustibles fósiles y, cada vez más, de la tecnología. Esta transformación sin reparos apostó por dejar atrás el consumo de los productos locales, las tradiciones y procesos comunitarios a favor de la concentración poblacional en zonas urbanas y costeras, y la individualización de la vida. El éxodo rural vivido en España desde los años 50 fue acompañado de la industrialización de muchos aspectos vitales, especialmente de la alimentación y la subsistencia. Como resultado, hoy vemos una brecha social y económica entre pequeños y medianos productores primarios frente a grandes industrias y empresas que reciben con los brazos abiertos iniciativas como Mercosur, promovidas por los intereses de una economía neoliberal que sigue siendo dominante. En definitiva, atrás quedó un modelo de sociedad que, a su manera, vivía mirando de frente a los ciclos biológicos y al paso de las estaciones.
Esta brecha tiene muchas consecuencias. Una de ellas es que existe un malestar entre quienes habitan las zonas rurales, manteniendo su actividad agrícola y ganadera, y quienes plantean una perspectiva ética, desde una mirada ecológica y animalista, habiten o no el mundo rural. Ante los cruces de información y las avalanchas de desinformación y bulos, es más necesario que nunca volver a los datos y estudios que tratan de arrojar luz sobre un problema complejo, y que ayudan a buscar soluciones a los incendios en el contexto actual.
Las investigaciones sobre el origen de los fuegos señalan que muchos se producen como consecuencia de la actividad humana: un 23%, de manera accidental y un 55%, intencionadamente. En ambos casos, en muchas ocasiones, se debe a actividades agrarias y ganaderas, tal y como ha sucedido en Burgohondo (Ávila) y presuntamente en La Mierla (Guadalajara) este verano. Pese a que este agravante es de sobra conocido, las instituciones se estancan en la inacción frente al cambio climático, como ejemplifican la falta de recursos, equipos de prevención de incendios y personal de vigilancia forestal. Pero, además, podemos entender estas carencias en sí mismas como una falta de cuidado hacia las zonas rurales, que se siguen sintiendo abandonadas y poco representadas por la agenda política actual.
Es momento de mirar más allá de las zonas urbanas y comprender qué tipo de territorio hemos heredado tras el éxodo rural que empezó en los años 50 y dio lugar a una transformación social y económica sin retorno de nuestro modo de vida y consumo. En primer lugar, es necesario señalar que en España el 72% de los montes es de propiedad privada y su gestión para una prevención contra los incendios, a la vista está, no está asegurada. En segundo lugar, tradiciones como la ganadería extensiva ya no tienen capacidad de gestionar la masa forestal, pues, en palabras del propio sector, están en peligro de extinción. Como sabemos, cada vez desaparecen más explotaciones ganaderas de pequeño y mediano tamaño, al ser sustituidas por macrogranjas, con toda la problemática ambiental que supone, y que se suma al extremo sufrimiento y violencia contra los animales. En tercer y último lugar, siguen faltando protocolos de salvamento animal en caso de incendios para intervenir de manera ágil y salvar sus vidas, incluyendo las que están atrapadas en las propias explotaciones ganaderas. En vista de esta situación, cabe preguntarse: ¿hasta qué punto es creíble defender un modelo de ganadería extensiva como medida preventiva contra los incendios, si habitamos un territorio fragmentado y privatizado que impide la circulación del ganado? ¿Es segura la ganadería mientras sigan faltando protocolos de actuación y protección de animales no humanos en situación de incendios? ¿Realmente podemos confiar en un modelo basado en la explotación animal para proteger los espacios naturales?
Desde una perspectiva animal y ecológica, debemos apostar por la revisión de las estrategias de conservación de los montes actuales. Ante el argumento de que la ganadería extensiva protege el territorio frente a los incendios, hay que recordar que todavía existe una amplia diversidad de animales silvestres en esos montes que se alimentan de biomasa vegetal sin ser explotados. No solo los rumiantes domesticados, como las cabras, ovejas, vacas y toros pueden desbrozar, pastar y regular la vegetación, sino también otros animales, como ciervos, corzos, gamos, cabras montesas o rebecos. Los rumiantes silvestres, en ausencia de la actividad humana, cumplen esta función ecológica, pues es así como habitan los ecosistemas a los que pertenecen. Con ello, son capaces de clarear el bosque, de consumir las ramas y brotes de las zonas bajas, de esparcir semillas que puedan rebrotar en el futuro si un incendio asola la zona, de realizar ciclos de compactación y aireación en el suelo y permitir con ello un aumento de la retención de humedad y materia orgánica en el mismo. Algo imprescindible en los montes, cuyos suelos están fuertemente erosionados y ahora han quedado afectados por el fuego, lo que puede facilitar su arrastre y desprendimiento en los futuros episodios de lluvias. Sin embargo, gran parte de estos animales habita espacios calificados como cotos de caza, pues el 85% del territorio español está calificado para el uso cinegético. Su función ecológica queda supeditada a los intereses de la caza ante esta situación, hasta el punto de que algunos discursos posicionen tanto a la actividad cinegética como a la ganadería extensiva como las únicas formas de regular el crecimiento de la biomasa vegetal en los montes de uso privativo.
Es importante reforzar en nuestros imaginarios comunes otros enfoques que garanticen un buen cuidado de las masas forestales sin la necesidad de explotar animales o cazarlos. ¿Por dónde empezar? Antes que nada, mejorando las condiciones salariales y el número de plazas habilitadas para agentes y brigadas forestales, poniendo fin con ello a una situación laboral crítica en ese sector tan necesario. Queremos que se destinen los recursos económicos, la infraestructura y los equipos humanos necesarios para proteger un territorio que ha perdido en los últimos cinco años más de 1,2 millones de hectáreas de masa forestal. Según estudios de la Universidad Politécnica de Huesca, se necesitan al menos 3.000 euros por hectárea para alcanzar una prevención de incendios adecuada y evitar pérdidas de 30.000 € por extinción de hectárea quemada.
Pero, además, exigiendo una gestión pública de los montes con una perspectiva a la altura de la emergencia climática, que busque otras relaciones entre animales y territorios, que vayan más allá de la caza o la ganadería extensiva. Se trata de un debate inabarcable en este texto, pues tendríamos que seguir hablando de la necesidad de proteger a depredadores como el lobo, el zorro o el lince; o de la salud planetaria y las enfermedades que podemos compartir con otras especies (cuando suceden las zoonosis). Pero en líneas generales, lo aquí expuesto busca ampliar nuestra mirada hacia un conocimiento del territorio y su historia, que permita expandir algunos argumentos contra las proclamas que idealizan y priorizar las prácticas que suponen la explotación animal frente a otras que pueden generar empleo y proteger vidas animales, también las humanas.
Del mismo modo, podemos encontrar consenso en exigir que se aligeren los trámites necesarios para el mantenimiento de las zonas forestales mientras se mantenga su titularidad actual y que se frenen las negligencias y omisiones de las normativas de realización de trabajos en temporadas y zonas con alto riesgo de incendios. Para ello es necesaria una educación territorial de adaptación climática, que se nutra de los errores de estos años y consiga garantizar una buena vigilancia y gestión forestal que nos implique a todas.
Por último, veo imprescindible observar nuestro alrededor sin fragmentarlo y defender que la protección de las vidas animales es un eje irrenunciable en cualquier posicionamiento ecologista. Para comprender que la ecología y la protección animal pueden ir de la mano hay que conectar las causas políticas, económicas y demográficas que han modelado el territorio que habitamos. Es una situación compleja, hablamos de meter las manos en un fuego que quema, como todos. Pero somos muchas las que no queremos renunciar a imaginar un futuro donde nuestras acciones se integren en los ciclos de la vida, como seguirán haciendo los animales que estos días sobreviven al avance de los incendios.