La pizarra refleja una verdad indiscutible: Argentina 3, Suiza 1. Pero el marcador no siempre cuenta la historia completa. La selección albiceleste recién pudo respirar a los 120 minutos, cuando Lautaro Martínez empujó el balón a la red. Antes, a los 112, Julián Álvarez había quebrado la resistencia helvética con un gol de otro partido y de otro planeta: un derechazo que pareció torcerse en el aire antes de incrustarse en el ángulo. Fue el alivio de quien emerge a la superficie cuando los pulmones ya no resisten un segundo más bajo el agua.
Ni siquiera entonces Suiza bajó los brazos. Con diez hombres desde el minuto 72, siguió buscando el empate. Breel Embolo, marcado por Leandro Paredes, cayó sin recibir contacto. El árbitro mostró la amarilla al argentino, pero el VAR lo llamó para revisar la acción. La repetición confirmó la simulación y el delantero suizo terminó expulsado al recibir su segunda amonestación. Los defensores de las teorías conspirativas volvieron a levantar la voz desde Madrid y México, aunque el reglamento es inequívoco: fingir una falta para inducir al error arbitral merece una sanción disciplinaria que ya se aplicó en el partido entre Estados Unidos y Paraguay. El sancionado fue Miguel Almirón.
Suiza fue un adversario digno. Llevó al campeón del mundo hasta la prórroga mientras la angustia se apoderaba de millones de argentinos. El equipo de Lionel Scaloni volvió a mostrar un funcionamiento irregular y el fantasma de los penales comenzó a recorrer el alma celeste y blanca con esa dosis de acierto o azar que ronda la definición al todo o nada desde los doce pasos.
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Entonces regresó un viejo recuerdo para quienes crecimos leyendo El Gráfico: ‘Los Caballeros de la Angustia’. Así bautizó el periodismo al River Plate de los años cuarenta, el mismo que pasó a la historia como La Máquina. El apodo nació porque aquel equipo, dueño de un fútbol exquisito, acostumbraba a resolver los partidos cuando la desesperación ya se había instalado en las tribunas. Juan Carlos Tomate Muñoz, el alero derecho de ese inolvidable equipo, recordaba que disfrutaban tanto del toque, las paredes y las gambetas que el gol terminaba llegando “solo”, aunque muchas veces demasiado tarde. Aquella memorable delantera, integrada por Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Maestro Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau, conquistó ocho títulos oficiales entre 1941 y 1946.
Hay una vieja convicción en la cultura futbolística argentina que parece salida de un tango: los títulos se ganan sufriendo. La historia alimenta esa creencia. La final de 1978 frente a Holanda se decidió después de un remate al poste y una atajada memorable de Ubaldo Fillol ante Rob Rensenbrink, en un mano a mano comparable con la salvada del Dibu Martínez ante Kolo Muani en 2022. El Mundial de 1986 estuvo lleno de sobresaltos, desde Inglaterra hasta la final contra Alemania. Y en Catar 2022 el recorrido fue una larga sucesión de angustias, desde la derrota inicial frente a Arabia Saudita hasta la definición por penales ante Francia.
Más que una verdad objetiva, se trata de un rasgo de identidad. El argentino convierte sus victorias en epopeyas donde el sufrimiento engrandece el triunfo. De allí que una vieja sentencia del periodismo deportivo conserve vigencia: no hay campeón sin angustia.
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Tampoco el tango fue ajeno a esa filosofía que parece haber influido en la vida argentina. En Uno, Enrique Santos Discépolo escribió: “Uno busca lleno de esperanzas/ el camino que los sueños prometieron a sus ansias.../ sabe que la lucha es cruel y es mucha,/ pero lucha y se desangra/ por la fe que lo empecina”. Difícil encontrar una mejor definición del espíritu con que Argentina parece recorrer cada Mundial.
En esta Copa del Mundo, los campeones han padecido demasiado. Ocurrió frente a Costa de Marfil, volvió a suceder contra Egipto y se repitió ante Suiza. El origen de sus problemas está en un mediocampo que produce muy poco. Rodrigo De Paul, Alexis Mac Allister y Enzo Fernández no contienen con firmeza ni generan fútbol. Mac Allister abrió el marcador de cabeza tras un córner de Messi, pero no fue consecuencia de una jugada elaborada.
Durante buena parte del primer tiempo, Argentina cedió la iniciativa y permitió el crecimiento de su rival. Además, continúa mostrando una preocupante fragilidad por la banda derecha. De Paul aporta escasa ayuda defensiva a Nahuel Molina y cuesta entender por qué sigue siendo inamovible para Scaloni.
Lionel Messi tampoco ofreció su mejor versión. Se lo vio cansado, desconectado y demasiado aislado de sus compañeros. Salvo Leandro Paredes, casi nadie buscó asociarse con él. Sin contención en el mediocampo, Paredes debió jugar muy atrás para apoyar a su retaguardia. Ante la perspectiva de una tragedia (caer ante Suiza, que jugaba con un futbolista menos) que iba a provocar un tsunami mundial, Paredes se animó a acompañar a Lisandro Martínez, quien rondaba siempre el área chica de Suiza. Recién en la prórroga, Messi se metió un poco en el partido y aparecieron un par de destellos del mejor futbolista del mundo, quien se fue debiendo a sus partidarios y a sus compañeros de divisa.
Con un hombre menos, Suiza fue por momentos superior y eso debe preocupar a Scaloni y su cuerpo técnico. El Dibu Martínez sostuvo a su equipo con intervenciones decisivas, mientras Lisandro Martínez volvió a confirmar que atraviesa un gran torneo. Sin una estatura imponente, compensa cualquier carencia con velocidad, anticipación y personalidad. Incluso se proyectó varias veces hacia el mediocampo para iniciar los ataques más peligrosos.
La desesperación llevó a Scaloni a terminar el partido con tres centrodelanteros, una decisión poco habitual que reflejaba el temor a los penales. Finalmente llegaron el gol extraordinario de Julián Álvarez y el de Lautaro Martínez, atento para aprovechar un rebote tras un disparo de Thiago Almada.
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Y hablando de rebotes, este Mundial está dejando una tendencia llamativa. Los arqueros modernos son más atléticos y están mejor preparados físicamente, pero conceden más segundas oportunidades que aquellos viejos porteros que atajaban a mano limpia. España eliminó a Bélgica con dos goles nacidos de rebotes del arquero rival. Messi marcó frente a Cabo Verde después de un rechazo de Vozinha. Jude Bellingham aseguró la clasificación inglesa ante Noruega aprovechando otro balón suelto. Es un detalle estadístico que comienza a repetirse con demasiada frecuencia.
Las semifinales reúnen, por primera vez en este torneo, a los cuatro primeros del ranking FIFA. Francia, quizá el equipo que ha dejado la mejor impresión, enfrentará a España. Y Argentina se cruzará con Inglaterra en un duelo imposible de desligar de la memoria: la tarde de México 1986, la mano de Maradona y el que muchos siguen considerando el mejor gol en la historia de los mundiales.
Inglaterra tampoco deslumbró frente a Noruega. Depende en gran medida del talento de Jude Bellingham y del permanente olfato goleador de Harry Kane. Argentina, en cambio, sigue ofreciendo más interrogantes que certezas. Pero si algo ha enseñado su historia es que, cuando la angustia aparece, nunca conviene dar por vencido al campeón. (O)