Fue una de las mejores cantantes de ópera de su época, una soprano que triunfó en teatros de todo el mundo llevando siempre el nombre España con orgullo. Pero su nombre ha quedado, en la actualidad, relegado a un cierto olvido, y solo se la reivindica por el papel que ejerció tras retirarse de los escenarios. Los amantes de la ópera conocen hoy a Elvira de Hidalgo principalmente por ser la maestra de canto de la gran Maria Callas.
La faceta de profesora de canto, sin duda, fue relevante en la vida de esta cantante aragonesa y en la de la historia general de este género, pero suele dejar de lado sus propias aportaciones al mundo de la ópera, donde también ella brilló gracias a su arte como soprano de coloratura.
Elvira Juana Rodríguez Roglán nació el 28 de diciembre de 1891 en Valderrobles, un pequeño pueblo de Teruel, aunque pronto se trasladó a Barcelona con sus padres Miguela Roglán y Pedro Rodríguez Hidalgo. Sería en la ciudad condal donde inició sus estudios de canto bajo la tutela de Concepció Bordalba Simón y María Barrientos en el Conservatorio Superior de Música del Liceo.
Destacando ya de joven, Elvira tuvo ocasión de completar sus estudios musicales en Milán con el maestro Melchor Vidal. Fue en esa época, a principios del siglo XX, cuando eligió su nombre artístico, Elvira de Hidalgo. En 1908, con tan solo 16 años, le llegaría su primera y gran oportunidad, una que no todos los cantantes pueden explicar. La joven de Hidalgo debutó en el mítico Teatro di San Carlo de Nápoles, interpretando la Rosina de El barbero de Sevilla, la popular ópera de Gioachino Rossini. Este papel, que Elvira interpretó con gran pasión y una destacable voz, marcó toda su carrera en los escenarios.
Gracias a su arte, Elvira de Hidalgo pudo acceder a una envidiable carrera musical que la llevó a estar en los principales teatros de Italia, Europa y América, donde destacó como una de las mejores soprani d’agilitá de su época. Este término de la ópera italiana define a una soprano con una capacidad extraordinaria para cantar con total precisión pasajes muy rápidos, con adornos vocales complejos y notas muy agudas. Los expertos aseguran que su voz cálida y cristalina, a lo que se sumaba una tesitura amplia, inusual en una soprano ligera como ella. De su talento hizo gala cantando los roles protagonistas de óperas como Linda de Chamounix, Rigoletto, I Puritani y Lucía de Lammermoor, entre otros.
En sus funciones, además, siempre que podía trataba de incluir la canción De España vengo, con la que expresaba el orgullo de su origen. Sin embargo, su país rápidamente la olvidó. Elvira anunció en 1936, justo el año del inicio de la Guerra Civil española, su retirada de los escenarios. A partir de ese momento solo se dejó ver ocasionalmente en alguna función, para pasar a centrar en la actividad por la que hoy es más recordada, la enseñanza del canto.
Como una de las grandes estrellas de su época en el bel canto, en su rol como profesora tuvo mucho que ver con la recuperación de este estilo de cantar ópera. El bel canto, que se caracteriza por la elegancia, pureza y belleza en la emisión de la voz, había tenido un momento de esplendor en el siglo XIX, cuando grandes compositores como Bellini o Donizetti crearon las óperas belcantistas por excelencia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el gusto por el bel canto se fue recuperando en parte gracias al impulso que le daría la mayor estrella de la ópera, Maria Callas. Y en ello tuvo mucho que ver Elvira de Hidalgo. La cantante aragonesa se había retirado para dar clases de canto en el conservatorio de Atenas entre 1938 y 1943. Allí fue donde conoció y formó a una desconocida Maria Callas. Hidalgo vio en ella su gran potencial y le enseñó, además de la técnica de la coloratura y el control del aire, a dotar a esas florituras vocales de una carga dramática, actoral y emotiva profunda. Esos serían los factores que convertirían a la Callas en la más grande.
En 1947, Elvira de Hidalgo fue reconocida oficialmente como “la maestra de la Callas”. Un par de años después pasó a vivir en Ankara y en 1959 se estableció definitivamente en Milán, donde fue elegida catedrática vitalicia del Conservatorio de La Scala. Siguió impartiendo clases de canto hasta su muerte el 21 de enero de 1981.
Actualmente, en su pueblo natal, Valderrobles, se puede visitar un museo dedicado a la soprano en el que se muestran trajes, bocetos y escenografías de las óperas que la llevaron al estrellato. Asimismo, el Ayuntamiento de Zaragoza puso su nombre a una de sus calles en el año 2009.