26/07/2026 a las 09:39h.
Én la era de las nuevas tecnologías y de la IA, aún empleos de toda la vida ofrecen una alternativa profesional con sueldos para empezar que no son nada despreciables. Uno de ellos es el de tornero fresador, que se encuentra actualmente en un limbo con la irrupción de los coches eléctricos pero sigue siendo imprescindible para el sector industrial.
Ramón Tresserras, tornero fresador profesional y gerente de su propio taller, ha concedido una entrevista a RAC1.cat en la que ha explicado la situación actual del sector y cómo es su día a día. «Somos la tercera generación en el taller y seremos la última; te puedes ganar muy bien la vida, pero los jóvenes ya no quieren ensuciarse las manos», reconoce.
El taller familiar comenzó en los años 70, cuando su abuelo montó un negocio de tan solo diez metros cuadrados donde había un torno y una fresadora para iniciarse en la mecánica industrial: «Venían clientes a pedir hembras, algunas piezas y reparaciones; después ese trato personal se fue perdiendo», relata Ramón.
Su experiencia profesional en el taller familiar comenzó cuando estaba en bachillerato y por las tardes iba a ayudar a su padre: «A la larga me pareció exigente, pero entretenido, y sabía que te podías ganar bien la vida».
Cuando él empezó, era un negocio en auge. Con la incorporación del CNC (Control Numérico por Computadora), numerosas tareas se delegaron en máquinas. El sistema permitió ajustar estas para realizar movimientos automáticos con una precisión mayor. Lejos de perder el trabajo, la evolución permitió que el tornero fresador dejó de ser únicamente un trabajador artesanal del metal y pasó a convertirse también en un profesional técnico, cuyas funciones pasaron a ser las de programar y supervisar procesos de fabricación digitalizados.
Sobre el futuro de su taller, no tiene claro que vaya a haber una cuarta generación: «Es muy sacrificado, cansa y hay que negociar mucho; mis hijos son aún pequeños, pero eso no les atrae y no creo que cambie en un futuro».
Y eso que «el sueldo mínimo del sector es muy alto; la peligrosidad cuenta, pero entran chicos de 20 años que pueden ganar 1.800 euros. Lo que pasa es que lo saben, y los más espabilados piden muchos aumentos y, al final, lo dejan», resume.