El sentido común de los derechos - La Tercera

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Yanira ZúñigaPor Yanira Zúñiga28 JULIO 2026

Sede del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) en Providencia. Foto: Javier Salvo / Aton Chile. JAVIER SALVO/ATON CHILE
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Tras confirmarse la visita de funcionarios del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) al imputado por el homicidio del carabinero Marcos Cosme, parlamentarios del Partido Republicano solicitaron al gobierno eliminar ese organismo y redistribuir sus recursos en políticas de seguridad pública. El senador Arturo Squella adujo que no es sensato “usar recursos del Estado para que [funcionarios del INDH] se querellen contra quienes nos cuidan” y que el “sesgo ideológico y la persecución sistemática a Carabineros hace concluir que el cierre es el único camino viable”.

A muchos tales declaraciones y propósitos seguramente les parecerán de sentido común. Después de todo, es indiscutible que asesinar a un carabinero es un acto deplorable, sujeto a castigo. Y está fuera de duda de que las instituciones de seguridad merecen solidaridad frente a la pérdida de integrantes en actos de servicio y que los recursos de los que disponen están muy por debajo de sus requerimientos (de ahí el escándalo que el anuncio de recortes fiscales en Carabineros, hecho por la exministra Steinert, causó en marzo pasado). Pero, eso no significa que la propuesta de eliminar el INDH (o su reforma para transformarlo en irrelevante) sea sensata.

Si bien el sentido común es un raciocinio elemental –menos intelectual que práctico, más tosco que refinado– es bastante más que una creencia compartida, un juicio superficial o una reacción acalorada. Como indica el antropólogo Clifford Geertz, el sentido común es un conjunto relativamente organizado de sabiduría mundana, en el que saberes y valores se entrelazan para dar forma a una normatividad, presente en todas las sociedades, aunque manifestada de formas diversas en distintos tiempos. Se dice que alguien actúa con sentido común no solo porque percibe y procesa la experiencia a través de los sentidos, sino porque utiliza ese saber de manera efectiva y juiciosa, reflexiva y ponderada.

El sentido común es dinámico, se enraíza en la cultura y puede ramificarse institucionalmente. La profunda herida moral dejada por la Segunda Guerra Mundial es un buen ejemplo. Ella remeció conciencias y remodeló valores e instituciones. Cambió nuestro sentido común. El constitucionalismo se convirtió en garantismo y se enfocó en reducir la brecha entre normas y realidad. Tomarse en serio los derechos, en este nuevo escenario, es “dotarles de dientes”, contrapesar el monopolio del poder estatal, creando y multiplicando sus controles. Las actividades de vigilancia y denuncia de las defensorías de derechos humanos se inscriben en esta lógica: incomodar al poder (sea quien sea) para garantizar los derechos, sin importar si sus titulares son o no ciudadanos virtuosos. La función de las defensorías no es ser condescendientes, es evitar el riesgo, siempre latente, de violaciones de derechos e impunidad. Luego, las defensorías y sus prácticas no son una anomalía; son el reflejo del sentido común de los derechos en nuestra época.

Por Yanira Zúñiga, Profesora Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile

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