El señor de los helados (y las castañas), por Xita Rubert

calendar_today 07.09.2026 - person  - timer ~2 Minutos

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Este verano, mientras caminaba por el casco antiguo de Santiago de Compostela, reconocí el rostro de un hombre. Con sorpresa, con incomodidad, como se identifica lo que no debería estar allí, la persona conocida que uno ha dejado de conocer. El personaje familiar que, en sueños, reaparece en un escenario que no le corresponde.

El hombre de los helados no me reconoció a mí. Para quienes crecimos en ciudades pequeñas, las personas a cargo de los comercios resultaban personajes legendarios, pero es posible que para ellos nosotros seamos solo un cliente más. O no. El caso es que aquél no era el vendedor de helados cuando yo era pequeña. Era lo contrario: el señor de las castañas.

 

 pexels / Joaquin Carfagna

En la Galicia de mi infancia, el Magosto era una celebración otoñal: durante semanas, colegios y familias asaban y comían castañas. Lo recuerdo como una época entrañable y feliz, pero sobre todo lo recuerdo con su rostro. El señor de las castañas estaba siempre en su esquina de la calle, en pleno noviembre, con su gorro y mandilón azules, su cara arrugada y achicharrada. Se parecía a Gepetto: lo esperaba una inmensa cola de vecinos, y él metía las manos dentro de su horno ambulante, con forma de pequeño tren, y de las llamas extraía un puñado de castañas.

Parecía magia: sus dedos no se quemaban, aunque entraban en contacto con el fuego sin guantes, sin protección de ningún tipo. El señor de las castañas con su horno-carroza era uno de los personajes más populares de Santiago. Por eso ahora me extrañé al verlo reconvertido en el hombre de los helados, moderno y solar. Un cortocircuito en mis recuerdos. Su identidad se cimentaba en el gorro de lana, las castañas humeantes y el rostro otoñal.

En la Galicia de mi infancia, el Magosto era una celebración otoñal

Pero ¿por qué sentimos que no deben cambiar las figuras mitológicas de nuestra infancia? Nuestros padres, nuestros vecinos, nuestro vendedor ambulante. ¿Por qué, si nosotros mismos nos hemos transformado con los años? El señor de las castañas, a quien habíamos adscrito una identidad inamovible, ha trucado su mandilón chamuscado y su carruaje de llamas por una camisa hawaiana y un quiosco de helados. Finjo ofenderme, pero lo miro de lejos, me devuelve la mirada, y reconozco que cambiar no significa dejar de ser uno mismo.