Cuando se habla de Aleister Crowley, casi siempre aparecen las mismas palabras: ocultismo, magia, satanismo, rituales, escándalos o “el hombre más perverso del mundo”. Su influencia llega incluso a la cultura popular, desde su presencia en la portada del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles hasta las referencias que han hecho artistas como Jimmy Page, David Bowie o Iron Maiden.
Lo que muy pocos conocen es que, antes de convertirse en uno de los personajes más controvertidos del siglo XX, Crowley fue un extraordinario alpinista. De hecho, participó en la primera expedición que intentó ascender el K2, una montaña que todavía hoy, más de un siglo después, sigue siendo considerada el ochomil más difícil y peligroso del planeta.
Nacido en Inglaterra en 1875, Edward Alexander Crowley descubrió muy pronto la escalada. A finales del siglo XIX el alpinismo vivía una auténtica revolución, donde los Alpes ya habían visto caer la mayoría de sus grandes cimas y una nueva generación de montañeros buscaba paredes más difíciles y ascensiones sin guías.
Crowley destacó rápidamente por su capacidad técnica y por una personalidad tan competitiva como temeraria. Abrió nuevas vías en el Reino Unido, realizó ascensiones en los Alpes y escaló volcanes en México cuando muy pocos europeos se aventuraban en ese tipo de expediciones.
Su gran compañero de cordada fue Oscar Eckenstein, uno de los grandes innovadores del alpinismo moderno. Ingeniero de formación, defendía una forma de escalar mucho más técnica y deportiva que la practicada por los montañeros victorianos y contribuyó al desarrollo de los primeros crampones modernos.

El desafío imposible del K2
En 1902 ambos decidieron afrontar un objetivo que entonces parecía casi irreal como era intentar ascender el K2.
Hoy sabemos que el K2 alcanza los 8.611 metros y que presenta una dificultad técnica superior al Everest. Pero hace más de 120 años apenas existía información sobre la montaña. Ni siquiera había una ruta lógica de ascenso y el mero acceso al Karakórum suponía una expedición en sí mismo.
La expedición, por así llamarla, estaba formada por Eckenstein, Crowley, el médico suizo Jules Jacot-Guillarmod, Heinrich Pfannl, Victor Wessely y Guy Knowles. Para llegar al pie de la montaña necesitaron casi dos semanas de marcha atravesando glaciares y valles prácticamente inexplorados. Su objetivo era la arista noreste, una línea que todavía hoy apenas se utiliza debido a su enorme complejidad.
El equipo estuvo cerca de 70 días en altura, una permanencia extraordinaria para la época. No disponían de tiendas de campaña modernas, ropa impermeable, hornillos eficientes, previsiones meteorológicas ni oxígeno suplementario. Los crampones eran rudimentarios y el conocimiento sobre los efectos de la altitud era prácticamente nulo.
Aun así, realizaron varios intentos y alcanzaron aproximadamente los 6.500 metros, una altitud excepcional para 1902 y un récord en el K2 durante décadas. Las tormentas constantes, el agotamiento físico y las tensiones entre los integrantes acabaron obligando al grupo a retirarse.
Al regresar, Crowley resumió toda la aventura con una frase que ha pasado a la historia del himalayismo: “Ni hombre ni bestia resultaron heridos.”
Según diversas crónicas históricas, Eckenstein enfermó durante la marcha y el propio Crowley sufrió un fuerte ataque de malaria que le provocó fiebre y delirios. Algunos testimonios relataron incluso que llegó a amenazar con un revólver a otros miembros del equipo durante uno de esos episodios febriles, reflejo del ambiente de tensión que se respiró en el campamento.
Las desavenencias personales fueron constantes y terminaron convirtiendo la expedición en una convivencia explosiva, aunque su importancia histórica acabaría eclipsando aquel fracaso deportivo.

El desastre del Kangchenjunga
Si el K2 consolidó su prestigio como montañero, la expedición al Kangchenjunga en 1905 destruyó casi por completo su reputación. Durante el descenso murieron varios porteadores arrastrados por una avalancha. La actitud de Crowley fue duramente criticada por algunos compañeros, que le acusaron de no acudir en ayuda de los supervivientes y de abandonar posteriormente la expedición. Aunque las circunstancias siguen siendo objeto de debate entre los historiadores, aquel episodio marcó un antes y un después en su imagen dentro del mundo del alpinismo.
Del alpinismo al ocultismo
Poco después, Crowley fue alejándose de las montañas para centrarse en el estudio del esoterismo.
Fundó la filosofía religiosa conocida como Thelema, escribió numerosos libros y desarrolló una intensa actividad relacionada con la magia ceremonial. La prensa sensacionalista británica terminó bautizándolo como The Great Beast 666 (“La Gran Bestia”), una imagen que él mismo contribuyó a alimentar.
Su fama como ocultista acabó siendo tan enorme que relegó a un segundo plano una carrera alpinística que, objetivamente, había sido extraordinaria.

El K2 no sería conquistado hasta 1954 por los italianos Achille Compagnoni y Lino Lacedelli, cincuenta y dos años después del intento de Eckenstein y Crowley.
Sin embargo, aquella expedición de 1902 dejó un legado mucho mayor de lo que suele recordarse. Permitió reconocer el macizo, estudiar posibles rutas de ascenso, recopilar información topográfica y demostrar que era posible sobrevivir durante semanas en uno de los entornos más hostiles del planeta.
Paradójicamente, uno de los pioneros del himalayismo terminó siendo recordado casi exclusivamente por su vida esotérica.