
Una niña de cabello rubio y moño de seda yace en el fondo de unas catacumbas en Palermo, Italia. Tiene los ojos entreabiertos. Lleva más de un siglo así.
Su nombre es Rosalía Lombardo. Murió el 6 de diciembre de 1920, siete días antes de cumplir dos años.
Mario Lombardo y María Di Cara se habían casado pocos meses después del nacimiento de Rosalía, en diciembre de 1918, en Sicilia. Los que los conocieron dijeron que la llegada de la niña fue lo que completó su felicidad. Rosalía contrajo una neumonía, provocada por la gripe española que asolaba Europa en aquellos años, y murió a siete días de cumplir dos años, Mario no encontró forma de seguir adelante sin verla.
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Tomó una decisión que definiría el destino de su hija para siempre. La embalsamó.
Para eso recurrió al mejor especialista de su tiempo. La instrucción fue la de preservar a Rosalía en estado natural, con toda su belleza. Lo que no imaginaba Mario Lombardo era que esa orden daría lugar a uno de los casos de conservación más extraordinarios de la historia de la ciencia.
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El cuerpo de Rosalía está depositado en las catacumbas de los Capuchinos de Palermo. Este lugar tiene una historia que se remonta al siglo XVI cuando la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos enfrentó un problema concreto. Su cementerio estaba lleno. La solución fue construir una cripta bajo el monasterio.
En 1599, los primeros cuerpos embalsamados ya descansaban allí. Lo que comenzó como un espacio exclusivo para monjes fue abriéndose con el tiempo a la nobleza, el clero y la burguesía de Palermo.
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En la actualidad, las catacumbas albergan más de 8.000 cuerpos distribuidos en corredores que se extienden bajo la ciudad. Las figuras cuelgan de las paredes o reposan en nichos, vestidas con sus ropas, clasificadas por profesión y rango social. Hay sacerdotes, abogados, médicos y militares. Y un corredor entero dedicado a niños. Allí, hay 163 cuerpos infantiles que esperan en silencio.
Rosalía fue una de las últimas personas admitidas antes de que las catacumbas cerraran para nuevos entierros. Entró en diciembre de 1920 y se convirtió, desde el primer día, en algo diferente a todo lo que la rodeaba.
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¿Quién fue el hombre capaz de detener el tiempo en el cuerpo de una niña? Alfredo Salafia era un taxidermista y embalsamador siciliano con reputación mundial, considerado en su época uno de los mayores expertos en preservación de cadáveres. Cuando Mario Lombardo lo contactó, Salafia ya había desarrollado una técnica química propia que ninguno de sus contemporáneos igualaba.
El procedimiento que aplicó al cuerpo de Rosalía fue simple. Realizó una inyección de punto único, sin drenaje ni trat amiento de cavidades. Lo que lo hacía extraordinario era la fórmula del líquido que inyectó.
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Según documentó el propio Salafia, la mezcla consistía en una parte de glicerina, una parte de formalina saturada con sulfato de zinc y cloruro de zinc, y una parte de una solución alcohólica saturada con ácido salicílico. La inyección se realizó con toda probabilidad a través de la arteria femoral, mediante un inyector por gravedad.

Cada componente cumplía una función precisa. La formalina eliminaba las bacterias. Salafia fue uno de los primeros embalsamadores del mundo en usar este compuesto, hoy de uso universal en la práctica mortuoria. El alcohol, combinado con el clima árido de las catacumbas, secó el cuerpo. La glicerina evitó que ese secado fuera excesivo. El ácido salicílico impidió el crecimiento de hongos. Pero el ingrediente decisivo fueron las sales de zinc.
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“El zinc le dio rigidez”, declaró Melissa Johnson Williams, directora ejecutiva de la Sociedad Americana de Embalsamadores, a National Geographic. “Podrías sacarla del ataúd, apoyarla y se sostendría sola”. El zinc esencialmente petrificó el cuerpo de la niña. Es un químico que los embalsamadores modernos ya no utilizan, porque sus efectos a largo plazo no se ajustan a los estándares actuales de presentación. Salafia, sin saberlo, había encontrado la combinación exacta que detendría el tiempo.
Durante décadas, la fórmula de Salafia fue uno de los misterios más buscados en la historia del embalsamamiento moderno. El cuerpo de Rosalía seguía intacto, pero nadie podía explicar cómo.
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Dario Piombino-Mascali, antropólogo biológico italiano del Instituto para Momias y el Hombre de Hielo en Bolzano, comenzó a investigar el caso en 1999. Su método fue el de un detective de archivo. Rastreó a los parientes vivos de Salafia, revisó sus papeles personales y siguió cualquier pista que pudiera conducir a la fórmula.
La búsqueda duró años. Hasta que, en 2007, entre los documentos del embalsamador, apareció un manuscrito escrito a mano. El título era “Nuevo método especial para la conservación del cadáver humano completo en un estado de frescura permanente”. Allí, Salafia había registrado con precisión los químicos que utilizó, los procedimientos que siguió y las proporciones exactas de cada componente.
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Hace algunos años, el cuerpo de Rosalía fue sometido a estudios de rayos X. Los resultados sorprendieron a los investigadores. Los órganos internos estaban intactos. Todo preservado dentro de ese cuerpo de menos de dos años, como si el tiempo no hubiera pasado.
De los 163 cuerpos infantiles que aguardan en las catacumbas, el de Rosalía es el mejor conservado. Eso le valió el título que hoy la define en todo el mundo. El de “la momia más hermosa del mundo”.
La piel sigue siendo suave y de tono porcelana. El cabello rubio permanece recogido con un gran moño de seda. Y debajo de las pestañas rubias, los iris azules siguen visibles.
Durante décadas, miles de visitantes juraron haber visto algo imposible. Los ojos de Rosalía se abrían y se cerraban.
Para documentar el fenómeno, se instaló una cámara con técnica de time-lapse. Las imágenes mostraron que, a lo largo de 12 horas, los párpados de la niña parecían moverse. El video circuló por internet y encendió una leyenda que ya existía en Sicilia desde hacía un siglo. Muchos comenzaron a ver en ese movimiento una señal sobrenatural. Algunos la consideraron la reencarnación de Santa Rosalía, la patrona de Palermo.
En 2009, Piombino-Mascali cerró el debate con una explicación técnica. Cuando los trabajadores del museo movieron la vitrina, el cuerpo se desplazó levemente y el paleopatólogo pudo observar los párpados con mayor claridad que nunca. “Es una ilusión óptica producida por la luz que se filtra por las ventanas laterales, que durante el día está sujeta a cambios”, declaró.
Los párpados de Rosalía quedaron entreabiertos desde el momento del embalsamamiento, en 1920. Cuando la luz cambia y los golpea desde distintos ángulos, da la impresión de que se abren. No es un milagro. Es física.

Durante décadas, el cuerpo de Rosalía reposó sobre un pedestal de madera, dentro de un ataúd con tapa de vidrio, expuesto cerca de la pequeña capilla de Santa Rosalía al final del corredor de las catacumbas. Las visitas de sus familiares mantuvieron el féretro permanentemente visible durante años.
Pero en 2009, una fotografía de National Geographic reveló algo perturbador. El cuerpo comenzaba a mostrar signos de deterioro. El más notorio era una decoloración progresiva en el rostro. El tiempo, que había esperado casi noventa años, empezaba a avanzar.
La respuesta fue inmediata. El cuerpo fue trasladado a una zona más seca de las catacumbas, la de menor contenido de humedad según determinó el equipo de investigación. Y se construyó para ella una vitrina de cristal templado de dos centímetros y medio de grosor, sellada herméticamente y rellena con nitrógeno en flujo continuo. La cámara cuenta con controles de temperatura regulados automáticamente, capacidades de resistencia a la luz y un nivel de humedad del 65%. El sistema está conectado a una computadora en la oficina de Piombino-Mascali en Bolzano, desde donde el estado de conservación se monitorea de forma permanente.
“Fue diseñada para bloquear cualquier bacteria u hongo. Gracias a una película especial, también protege el cuerpo de los efectos de la luz”, explicó el paleopatólogo. Se estima que la vitrina tiene una vida útil de al menos 100 años.
Rosalía ya no descansa en su lugar original, la capilla de Santa Rosalía. Está ubicada al fondo de las catacumbas, en un área delimitada por una cuerda. Los visitantes pueden verla, pero ya no de cerca.
Mario Lombardo y María Di Cara no se detuvieron en el duelo. Dos años después de la muerte de Rosalía tuvieron un hijo. Un año más tarde, una hija. Le pusieron el mismo nombre: Rosalía.
La entrada a las catacumbas de los Capuchinos de Palermo cuesta 3 euros. Por ese precio, miles de visitantes al año recorren los corredores donde más de 8.000 cuerpos aguardan en silencio, y llegan hasta el fondo, donde una niña de cabello dorado y moño de seda yace en su vitrina de nitrógeno con los ojos entreabiertos. Tiene, para siempre, un año y 359 días.