El casco histórico porteño también es futuro

calendar_today 01.10.2026 - person  - timer ~4 Minutos

Casco Histórico porteño

Los planes deben durar más que una gestión de gobierno (Getty Images)

Cuando el Ejército Rojo entró en Varsovia el 17 de enero de 1945, el casco antiguo de la ciudad ya no existía. Después de aplastar el Levantamiento de 1944, los alemanes habían vaciado la ciudad y la habían ido demoliendo por partes, con zapadores, explosivos y lanzallamas. Para enero estaba destruido entre el 85 y el 90 por ciento de lo edificado. La catedral de San Juan, el Castillo Real, las casas de la plaza del mercado se convirtieron en escombros.

Los polacos decidieron reconstruir el casco antiguo tal cual había sido. No tenían con qué guiarse, salvo lo que quedaba en papel. Usaron esos planos anteriores a la guerra, fotos de archivo, relevamientos hechos por estudiantes de arquitectura en los años treinta y las vistas de la ciudad que Bernardo Bellotto, sobrino de Canaletto y pintor de la corte polaca, había dejado en el siglo XVIII. Separaron ladrillos y molduras del escombro para volver a ponerlos donde iban. La obra gruesa se hizo entre 1949 y 1955 y en 1980 la UNESCO incorporó ese casco antiguo a la lista del Patrimonio Mundial, diciendo con todas las letras que se trataba de una reconstrucción.

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Un país arrasado, ocupado y sin un peso decidió que recuperar su centro histórico no podía esperar a que se resolviera todo lo demás.

La Ciudad de Buenos Aires tiene un problema bastante más sencillo, porque su casco histórico está entero. La Avenida de Mayo sigue en pie con el Barolo, el Tortoni, las cúpulas y el primer subte de América Latina corriendo por abajo. Acá no hubo demolición sistemática ni bombardeo: hubo cincuenta años de deterioro, que es una forma de destrucción bastante más difícil de discutir, porque no tiene fecha, no tiene responsable y nunca obliga a nadie a reaccionar de manera inmediata.

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La Ciudad cuenta con una Dirección General del Casco Histórico desde el año 2000, hay áreas de protección patrimonial, hay un plan de manejo presentado en 2015, entre otros.

Lo que no hubo nunca fue una decisión de escala, con presupuesto propio, plazos, metas que se puedan chequear y continuidad más allá del mandato de quien la firma. Administramos el patrimonio, pero nunca lo convertimos en un proyecto.

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Un casco histórico sin vecinos cierra a las siete de la tarde y a las nueve ya no camina nadie. La falta de iniciativa y de imaginación hace que veamos cada vez más oficinas vacías y edificios subocupados a tres cuadras de la Plaza de Mayo. Convertirlos en vivienda es posible y se trata de un asunto de normativa e incentivos, antes que de obra pública.

Está también el turismo, que acá suele discutirse como un problema de promoción cuando es, antes que nada, un problema de producto. Quienes nos visitan caminan el centro: la Plaza de Mayo, el Cabildo, la Avenida Corrientes, San Telmo. Son las zonas más fotografiadas de la geografía porteña, pero con su alma rota entre veredas destruidas, persianas bajas y edificios notables tapados por publicidades inoportunas.

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Trabajar por un centro reconstruido debiera tener como primera tarea dejar de dividir el casco histórico entre ocho reparticiones y tratarlo como una unidad de gestión, con presupuesto asignado y objetivos públicos. Es lo que hizo México en 2001, cuando el gobierno federal, el de la ciudad, empresarios y organizaciones, se sentaron en la misma mesa a rescatar su centro. El objetivo que se fijaron entonces no era restaurar fachadas, sino evitar quedarse con un centro impecable y muerto, una gran pieza de museo llena de fantasmas.

Un régimen de crédito y desgravación para poner en valor frentes y locales sobre la Avenida de Mayo, con contrapartida del privado y exigencia patrimonial, cuesta menos que casi cualquier obra y se nota mucho antes. Jane Jacobs lo explicó hace sesenta años: una calle se vuelve segura cuando hay alguien mirándola.

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Nada de esto sirve si dura lo que dura una gestión. El instrumento pesa tanto como la idea, y esa es justamente la parte que en Buenos Aires siempre quedó para después.

Hoy es el después y en eso estamos trabajando, porque nuestra Ciudad nunca dejó de ser la más hermosa, pero hay que cuidarla del paso del tiempo y potenciarla para el futuro.

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