
¿Qué me está pasando? ¿Me estaré volviendo loca? Después de parir a mi hija se puso en marcha algo dentro mío que no llegaba a entender. Al principio pensé que sería el parto, las hormonas, el cansancio, la falta de sueño, ese terremoto físico y emocional que significa convertirse en madre. Pero las semanas pasaban y, junto con la inmensa plenitud que sentía al tenerla conmigo, crecía una angustia difícil de explicar. La miraba dormir, la tenía en brazos, sentía un amor que nunca había experimentado y, sin embargo, en algún lugar de mí había empezado a crecer una inquietud que parecía venir de mucho más lejos.
No era la primera vez que sentía algo parecido. Durante mi adolescencia había atravesado años bastante oscuros, dominados por una sensación de sinsentido que algunos psiquiatras diagnosticaron como depresión. Me dieron medicación y durante un tiempo dejé de sufrir, y también de sentir. Más bien me sentía anestesiada, como si mirara mi propia vida desde afuera. Las cosas ya no dolían tanto, pero tampoco me producían demasiada alegría. Pasé por médicos y terapeutas que intentaron contarme qué me sucedía, pero ninguna de aquellas explicaciones terminaba de tocar algo que yo pudiera reconocer como verdadero.
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Ese largo desierto duró hasta que conocí al hombre que después sería mi marido. Enamorarme fue como volver a la vida y durante un tiempo pensé que todo se había arreglado. Me sentía elegida, querida, fascinada por él y, sobre todo, correspondida en esa fascinación. Había algo extraordinario en descubrir que alguien a quien yo quería tanto también quería estar conmigo. Pero con el tiempo la intensidad del enamoramiento fue bajando y aquellas sombras que yo creía desaparecidas volvieron a aparecer. Al principio traté de ocultarlas para no espantarlo, hasta que llegó un momento en que ya no pude seguir haciéndolo.
Cuando finalmente me animé a mostrarle esa parte de mí, él reaccionó de una manera que no esperaba. Fue amoroso, paciente, comprensivo, y empecé a experimentar una sensación que me resultaba extrañamente nueva: la de ser cuidada. Siempre me llamó la atención sentirlo así porque si alguien me hubiera preguntado por mi infancia, habría dicho que venía de una familia sólida y con buenos padres. Mi madre era algo fría y mi padre bastante rígido, con una forma de ejercer la autoridad que no admitía demasiadas discusiones, pero nunca habría dicho que había crecido a la intemperie. Y, sin embargo, algo de la contención de mi marido me resultaba una experiencia nueva.
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Cuando mi hija cumplió seis meses, la angustia se volvió mucho más difícil de manejar. Por momentos sentía que podía perder la cabeza porque convivían dentro de mí dos emociones que parecían incompatibles. Por un lado, estaba ese amor inmenso por ella, las ganas de cuidarla y protegerla, el deseo de verla crecer; por el otro, un desasosiego cada vez más profundo que no conseguía relacionar con nada concreto. Hablaba de esto con mi psicóloga, pero las sesiones no parecían llevarme a ningún lado. Hasta que una noche tuve un sueño que me dejó profundamente perturbada.
En el sueño estaba sentada sobre la falda de mi padre. Al principio él me acariciaba como podría acariciar un padre a una hija, pero poco a poco esas caricias adquirían otra intención. Me desperté muy angustiada y durante los días siguientes no pude sacarme esas imágenes de la cabeza. Cuando se las conté a mi terapeuta apareció una pregunta que me resultaba insoportable: ¿había sido simplemente una pesadilla o podía haber algo más detrás de ella? No tenía ninguna respuesta y tampoco sabía si quería encontrarla. La posibilidad de que mi propia cabeza estuviera inventando algo así me aterraba, pero la posibilidad contraria era todavía peor.
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Durante los meses siguientes empecé a sentir que había una parte de mi historia a la que nunca había querido entrar. La imagen que me venía era la de un sótano oscuro dentro de mí, un lugar que había permanecido cerrado durante años y que de pronto empezaba a reclamar mi atención. Sabía que tarde o temprano tendría que bajar, prender la luz y mirar lo que hubiera allí, aunque decirlo era muchísimo más fácil que hacerlo. Ni siquiera sabía cómo se llegaba a ese lugar ni cómo distinguir un recuerdo verdadero de un delirio construido muchos años después.
Pocas semanas más tarde tuve otro sueño. Esta vez yo tendría unos nueve años y estaba acostada en mi habitación, a punto de dormirme. Mi padre entraba, se acostaba a mi lado y empezaba a acariciarme. Primero eran caricias que podían ser afectuosas, pero después cambiaban. En el sueño me quitaba la bombacha y me violaba. Me desperté llorando, casi sin poder respirar. Mi marido trató de calmarme diciéndome que había sido una pesadilla, pero yo sentía que era algo diferente, aunque no pudiera demostrarme a mí misma qué parte era un recuerdo y cuál podía haber sido creada por mi mente.
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Lo más desconcertante fue que, mezclado con el horror, apareció cierto alivio. Me costaba incluso admitirlo porque parecía absurdo sentir algo parecido después de un sueño así, pero por primera vez empezaba a imaginar que aquella depresión de mi adolescencia, esa sensación persistente de que la vida no tenía demasiado sentido, podía tener una causa. Durante años había pensado que yo tenía algo defectuoso. Esa tristeza que aparecía sin explicación, ahora abría una posibilidad terrible pero al mismo tiempo, ordenadora. Tal vez había sucedido algo que yo había apartado de mi conciencia y que, por alguna razón, la maternidad estaba sacando a la superficie.
Con el correr de los días apareció un problema todavía más difícil: qué hacer con mi padre. Seguía siendo el hombre que me había criado, que me había educado y que había formado parte de toda mi vida. ¿Cómo podía conciliar a ese padre con el hombre que aparecía en mis sueños? ¿Cómo se acusa a alguien de algo así cuando ni siquiera una misma sabe con certeza qué recuerda? Mi terapeuta fue muy prudente y me insistía en que no podía tomar un sueño como una prueba. Me preguntaba qué pasaría si todo aquello fuera una construcción de mi mente, y yo entendía perfectamente su cautela, aunque cada vez me resultaba más difícil seguir relacionándome con él como si nada estuviera ocurriendo.
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Continué viéndolo durante un tiempo. Teníamos nuestras cenas semanales y cada encuentro se volvía más incómodo. Lo escuchaba hablar de cualquier cosa y, mientras tanto, había una pregunta que ocupaba todo el espacio entre nosotros. A veces lo observaba tratando de encontrar algún indicio en su cara, algún gesto que me confirmara o desmintiera lo que yo sentía. Otras veces me reprochaba estar haciendo algo tan injusto como sospechar de mi propio padre por un sueño. Así pasaron varias semanas, hasta que una noche entendí que ya no podía seguir sentándome frente a él fingiendo normalidad.
No preparé demasiado lo que iba a decirle. Quizás porque no existía una manera adecuada de tener una conversación semejante. En algún momento lo miré y le dije: “Sé que me violaste”.
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Mi padre siempre había sido un hombre de una enorme fortaleza, rígido, casi militar, y nuestra relación había tenido algo de esa verticalidad durante toda mi vida. Por eso me sorprendió tanto lo que ocurrió. No me preguntó de qué estaba hablando, no se enojó, no me dijo que estaba loca ni intentó convencerme de que mis recuerdos eran falsos. Colapsó delante mío y empezó a repetir una sola palabra: “Perdón, perdón, perdón…”.
No sé cuánto duró ese momento. Recuerdo mirarlo y sentir que ya no tenía nada más que hablar. Durante meses había dudado de mi cabeza, de mis sueños y de mis propias percepciones, y ahora tenía frente a mí una reacción que para mí modificaba completamente las cosas. Me levanté y me fui. No hubo una discusión ni una explicación que permitiera ordenar lo ocurrido. Tampoco sé si hubieran servido para algo. Hay conversaciones en las que uno busca comprender al otro; en esa, yo solamente necesitaba saber.
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Hablar con mi madre fue diferente. Cuando se lo conté, fingió sorpresa y negó que algo así pudiera haber sucedido. No le creí. Nunca pude saber exactamente qué sabía, qué sospechaba o qué había preferido no ver, y con el tiempo entendí que probablemente tampoco llegaría a saberlo. Mis padres se separaron poco después y durante mucho tiempo me quedó el consuelo de pensar que quizá aquella separación había sido su manera tardía e imperfecta de reaccionar ante algo que no había podido enfrentar.
Tardé dos años en hacer la denuncia judicial. Sabía que las posibilidades de demostrar un abuso ocurrido más de veinticinco años atrás eran mínimas y que probablemente el proceso no terminara como uno imagina que debería terminar una historia así. Durante bastante tiempo eso me hizo preguntarme para qué hacerlo. Si no podía probarlo, si probablemente no conseguiría una condena y si nada de lo sucedido podía deshacerse, ¿qué sentido tenía exponerme nuevamente?
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Finalmente entendí que necesitaba denunciarlo por una razón que tenía menos que ver con la justicia y más conmigo. Durante muchos años había vivido con una angustia cuyo origen desconocía y después había pasado otros tantos tratando de reunir el coraje para mirar aquello que podía haber sucedido. Hacer la denuncia era una manera de dejar de sentirme completamente sometida a esa historia, de poder decirle a mi padre, pero sobre todo decirme a mí misma, que ya no tenía miedo.
Durante mucho tiempo pensé que para enfrentar algo había que dejar de tener miedo. Hoy sé que eso no es cierto. Tuve miedo cuando empecé a sospechar, tuve miedo cuando lo miré a los ojos y tuve miedo cuando finalmente hice la denuncia. Solo que entendí que algunas cosas importantes de la vida se hacen así, sin que el miedo desaparezca. Alcanza con descubrir que podemos tener miedo y, aun así, hacer lo que tenemos que hacer.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.www.youtube.com/juantonelli