Desde Egipto hasta Toledo: un viaje con Rilke

calendar_today 08.08.2026 - person  - timer ~13 Minutos

Pocos poetas han sido tan nómadas como Rainer Maria Rilke (1875-1926), que en realidad no tuvo nunca domicilio fijo y vivió siempre de prestado, alojándose en palacios y castillos propiedad de sus amigas aristócratas, mecenas de su intensa y ansiosa búsqueda espiritual.

Aunque resulta muy difícil resumir todos los lugares que visitó, los diez años en que concibió y compuso las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, uno de los grandes ciclos poéticos del siglo pasado y de todos los tiempos, conforman una especie de pequeña odisea en la que Rilke terminó experimentando la revelación que siempre había buscado.

Entre 1912 y 1922, mientras el viejo orden europeo se desmoronaba, el poeta consiguió sobreponerse a la consternación que le producían guerras y revoluciones y terminó legándonos una de las afirmaciones más contundentes y luminosas de la modernidad. El precio que tuvo que pagar a cambio, como siempre ocurre en estos casos de vaciamiento radical, fue el de su propia vida. Rilke murió el 29 de diciembre de 1926, enfermo de leucemia y después de habérsele infectado una herida en una mano por el pinchazo de una espina de rosa.

Argel, Túnez y... Egipto

A finales de 1910, Rilke emprendió un viaje por el norte de África que empezó siendo algo frustrante pero que acabaría resultando muy fértil para la obra que ya estaba gestándose en su interior. Le acompañó Frau Jenny Oltersdorf, la mujer de un hombre de negocios, a la que había conocido en Múnich y que había sido quien lo había persuadido de hacer aquel viaje. (No sabemos qué tipo de relación tuvieron, puesto que no nos han quedado cartas entre ellos, pero todo parece indicar que Rilke no se dejó seducir por ella).

En la primera parte del trayecto, visitaron Argel, Túnez y la ciudad santa de Kairuán, que le parece “custodiada por sus muertos”. La muerte es el gran asunto rilkeano, que a lo largo de su obra –y con especial énfasis en esa última etapa– reformulará para tratar de revertir el nihilismo constitutivo de la era moderna. Al salir de Kairuán, un perro muerde al poeta, incidente sobre el que comentará con humildad: “Le di la razón; se limitaba a expresar, a su manera, lo totalmente injusto que yo estoy siendo con todo”.

Ente 1910 y 1911, Rilke viajó por el norte de África, un recorrido que le llevó por Argel, Túnez y, finalmente, Egipto, donde quedó prendado por la Gran Esfinge de Guiza 

Ente 1910 y 1911, Rilke viajó por el norte de África, un recorrido que le llevó por Argel, Túnez y, finalmente, Egipto, donde quedó prendado por la Gran Esfinge de Guiza PHAS / Getty

Rilke escribe poco y no se desprende de cierto sentimiento de frustración, pero su atención y su receptividad son, ahora acaso más que nunca, extremas. En Nochebuena los dos quisieron oír misa y encontraron una iglesia que antes había sido mezquita, “una casa”, como dirá él en una carta, “de religiones distintas pero de un mismo Dios”. Rilke también busca el punto de encuentro de todas las religiones, lo que T. S. Eliot llamará en los Cuatro cuartetos “el punto muerto del mundo en su vuelta”. Terminada la primera parte del periplo, el poeta y su amiga desembarcaron en Palermo, donde Rilke se fascinó ante El triunfo de la muerte, entonces en el palazzo Sclafani, un enorme fresco del siglo XV que representa a la parca como un jinete cadavérico a lomos de un caballo escuálido, pertrechado con un carcaj lleno de flechas, atravesando todos los estamentos sociales.

En Nápoles, los amigos decidieron seguir el viaje hacia Egipto, ya en los primeros días de 1911. Después de arribar a Alejandría se fueron a El Cairo, donde embarcaron en el Ramsés el Grande para remontar el Nilo. Las experiencias del poeta aquí serán muy enriquecedoras y acabarán vertidas en algunos de los pasajes más intensos de las Elegías de Duino. Luxor y Karnak le sobrepasaron, hasta el punto de comentar en una carta que “solo Dios pudo crear un panorama semejante”. Bajo la luna menguante, descubre maravillado “una columna solitaria”, una “superviviente”, con “forma de cáliz”. “No se la puede abarcar, está allí de pie, frente a uno, más allá de la vida, tan sólo abrazada a la noche, se hace una misma cosa con las estrellas, para desde allí hacerse por un momento humana, viviente realidad”.

A la derecha, el castillo de Duino, donde RIlke se hospedó y tuvo la inspiración para comenzar las ‘Elegías’ 

A la derecha, el castillo de Duino, donde RIlke se hospedó y tuvo la inspiración para comenzar las ‘Elegías’ Mondadori Portfolio / Getty

Pero el recuerdo más poderoso que se trajo de aquel viaje fue la contemplación de la Gran Esfinge de Guiza, bajo la que pasó tumbado una noche entera, como le contó años más tarde en una carta a su amiga Magda von Hattinberg, a la que el poeta llamaba Benvenuta: “No sé si alguna vez cobré conciencia de mi existencia de manera tan plena como en aquellas horas nocturnas en que esa existencia perdió todo su valor: ¿qué era ella en comparación con ese todo?”. También le cuenta a su corresponsal que esa misma noche vio cómo una lechuza emprendía el vuelo rozando la mejilla de la esfinge. La imagen irá a parar a la décima de las Elegías de Duino, una vez que Rilke ya haya consumado la “comprensión atroz” de asumir la muerte en vida y ver lo invisible, latente, en lo visible. La Esfinge será para el poeta un símbolo que reúne al hombre, al animal y al dios, todos mirando impasibles la eternidad, pero sin abandonar la vida moviente.

Después de aquel viaje, Rilke pasó el mes de julio en el castillo de Lautschin, en su Bohemia natal, acompañando a sus amigos los príncipes von Thurn und Taxis. Con la princesa Maria visitaría luego la ciudad de Weimar, siguiendo al fantasma de Goethe. De camino a la casa del gran Dichter, les sorprendió una tormenta de viento y niebla que los extravió hasta que llegaron en su ayuda unos japoneses. Su presencia convenció a “Seráfico”, como llamaba al poeta la princesa, de que alguien les había hechizado. La aristócrata, en cambio, estaba convencida de que se habían adentrado en una escena onírica. Fue en Weimar, en un anticuario, donde Rilke compró un pequeño libro encuadernado en tela azul en el que pronto copiaría las dos primeras Elegías de Duino.

Revelación en Duino

Tras pasar por Múnich, donde formalizó su separación de Clara Westhoff –la pintora alemana, madre de su única hija, Ruth–, Rilke volvió con los príncipes von Thurn und Taxis, pero esta vez al castillo de Duino, su residencia de invierno, en el Adriático. El castillo sigue siendo una imponente fortaleza medieval construido sobre una gran roca y asomado a un acantilado. Cuando sus dueños se marcharon, al llegar la Navidad, Rilke se quedó solo en el palacio, a la espera de una inspiración que no llegaba. Con la princesa había estado traduciendo la Vita Nuova de Dante.

⁄ En el castillo de Duino, en la costa adriática, Rilke escuchó la voz que le dictó el primer verso de las ‘Elegías’

A su regreso de Egipto, en una librería de viejo de París, había dado con la primera edición de L’Amour de Madelaine, un sermón anónimo del XVII –atribuido por algunos a Bossuet– que le impresionó mucho y que decidió traducir. (Hay una versión en español, espléndida, de Nicole d’Amonville Alegría). El amor excesivo y repudiado de “las grandes amantes abandonadas” era otro motivo recurrente en su obra. En los primeros días de enero de 1912, Rilke escribió los doce poemas que componen La vida de María, su fresco sobre las distintas etapas vitales de la virgen, a su juicio un personaje mucho más importante que Cristo. “¿Quién hubiera pensado que hasta su llegada / el cielo abarrotado estaba incompleto?”, leemos en esos poemas acerca de la Asunción.

A finales de enero, llegó la inspiración que tanto había aguardado, procurando ser, como dirá más tarde en los Sonetos a Orfeo, abierto y receptor. Tras recibir una fastidiosa carta de negocios, Rilke decidió salir al jardín y tomar el sendero que bajaba hasta la playa Sistiana. A media altura del acantilado, el poeta oyó una voz que le dictó lo que sería el primer verso de la primera de las Elegías de Duino: “¿Quién si yo gritara llegaría a oírme desde los coros de los ángeles?”. Conmovido, el poeta volvió a su habitación y terminó el primer poema de la secuencia. Ya a principios de febrero, Rilke escribiría la segunda elegía y partes de la tercera, la sexta, la novena y la décima. De pronto, tenía todo el ciclo esbozado, como si fuera un cuarteto de cuerda, con los principales motivos dispuestos en espiral, aunque aún tardaría diez años en acabar la obra. El ángel de la religión ortodoxa iba camino de transformarse en un nuevo agente existencial, el mensajero de un evangelio que no prometía otra vida después de la muerte, sino que anunciaba una forma de estar aquí sin negación.

Fotografía de 1925 del poeta alemán Rainer Rilke en París 

Fotografía de 1925 del poeta alemán Rainer Rilke en París Bettmann / Getty

Tras abandonar Duino en mayo, Rilke pasó el verano en Venecia, alojado con la princesa Maria en el mezzanino del palacio Valmarana. En la ciudad de agua, el poeta conoció por fin a la actriz Eleonora Duse, uno de sus ídolos, a la que había admirado en su juventud en los grandes papeles de Ibsen. Los dos hablaron, según contó él, “como por encargo de una leyenda”. Entusiasmado, Rilke quiso ayudar a relanzar la carrera de la actriz, algo venida a menos a sus 53 años. Primero pensó en rehacer su obra de teatro La princesa blanca –escrita en su día pensando en la Duse– o incluso en confiarle una dramatización de La vida de María. Pero al final la actriz se peleó con una escritora italiana con la que vivía –Cordula Poletti– y las dos se marcharon precipitadamente. Desilusionado, Rilke decidió entonces retomar su proyecto de viajar a Toledo, inspirado por su amor a la pintura de El Greco. Antes de partir, pasó por Múnich para ver, otra vez, el Lacoonte y prepararse para el encuentro.

Visita iluminadora a España

La relación de Rilke con Toledo había empezado en 1903, cuando el poeta vio, en el estudio de Zuloaga en París, tres cuadros del cretense que le causaron una impresión muy honda. Años después, descubrió maravillado la vista de la ciudad en el célebre óleo del pintor, la perfecta representación de un lugar que el propio Rilke describiría como un espacio “del cielo y de la tierra”, hecho tanto “para los ojos de los difuntos como de los vivientes y de los ángeles”. Toledo era algo así, por tanto, como el trasunto de esa nueva forma de existencia que estaba explorando en las Elegías y que buscaba acabar con la consideración negativa de la muerte, a su juicio la herramienta con la que el hombre moderno había enajenado la naturaleza. Los niños y los animales, como dirá en la octava elegía, están “libres de la muerte que nosotros solo vemos”. No solo somos los únicos que percibimos la muerte, sino que, al mirar, la proyectamos en todo lo que observamos, anonadándolo.

En Toledo, Rilke se dedicó a pasear, cebarse los ojos de pintura, como diría Góngora, y a traducir, esta vez a la poeta renacentista Louise Labé. Sabemos por sus cartas que iba muy escaso de dinero y que conoció la penuria, pero la ciudad le ayudó a proseguir con las Elegías, sobre todo con la tercera. El recuerdo de Toledo, así como “la física de cielo” de la Asunción Ovalle de El Greco, le acompañarán a lo largo de los diez años en que duró la composición de su obra más ambiciosa. Rilke prosiguió luego su ruta sureña y visitó Córdoba, donde se escandalizó por la cristianización de la mezquita. Quizá por ello, empezó a leer el Corán, espoleado por “una rabieta anticristiana”.

A la izquierda, antigua postal de Toledo de principios del siglo XX, época en la que Rilke la visitó por el amor que profesaba a la pintura de El Greco

A la izquierda, antigua postal de Toledo de principios del siglo XX, época en la que Rilke la visitó por el amor que profesaba a la pintura de El GrecoCulture Club / Getty

Pero la experiencia más intensa que tuvo en aquella ciudad fue con una perra preñada que se le acercó y a la que le dio un terrón de azúcar. Al poeta le conmovió la mirada del animal. “Celebramos, por decirlo así, una misa”. En los Sonetos a Orfeo (I, XVI), Rilke convertirá al perro en el depositario de una miseria humana que no le corresponde, pero cuya herencia acepta para aliviarnos.

Su descenso continuó en Ronda, la ciudad que más le fascinó. Hospedado en el hotel Reina Victoria, en una habitación que aún custodia su recuerdo, Rilke admiró la quebrada del Tajo desde el Puente Viejo, la elevación del paisaje y la alegría de la pobreza. Observando el cuidado de un pastor con su rebaño, escribió: “Si un dios tomara secretamente su figura, no se reduciría”.

Iglesia del Castillo de San Romano, lugar de descanso del poeta Rainer Maria Rilke, Raron, Valais, Suiza 

Iglesia del Castillo de San Romano, lugar de descanso del poeta Rainer Maria Rilke, Raron, Valais, Suiza UCG / Getty

Rilke supo escribir, como ningún otro poeta moderno, desde la cercanía nuclear de la existencia, situándose en el “puro centro anónimo” del que a su juicio surge el arte. Como escribió en una carta: “A menudo me pregunto si no fue eso lo que más influyó en mi formación y en mi obra: el trato con un perro, la hora que pasé mirando en Roma un cordelero que repetía en su oficio uno de los gestos más antiguos del mundo. Al igual que aquel alfarero, en un pequeño pueblo del Nilo, cuando estar al lado de su torno me resultó fecundo en el sentido más secreto”.

Como plasmó en el último verso de la Trilogía española que compuso en Ronda, Rilke se hallaba “en la alta mar del espíritu”. Corrían ya los últimos días de febrero de 1913. El espectro de aquella estancia le acompañará también durante la elaboración de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, en uno de los cuales evocará el coro de niños que oyó allí en un pequeño convento de monjas, durante una misa matinal. Rilke siempre prestó atención a los cantos litúrgicos ancestrales, en Rusia lo mismo que en España, manifestación para él de un espíritu que aún no había cedido. Poco a poco se estaba avezando a captar lo invisible y a desplazarse desde lo visual a lo acústico, el reino de lo sagrado.

⁄ El poeta viajó a Toledo por su amor a El Greco y quedó fascinado por Córdoba y, especialmente, por Ronda

Cuando dejó España, Rilke había culminado de algún modo el viaje de su vida. Siguió errando luego por toda Europa, ya fuera en París, Múnich, Venecia, Viena, Berlín, Zúrich o Duino, otra vez. Pero su experiencia fundamental estaba cumplida. Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el poeta, a través del editor austriaco Ludwig von Ficker, recibió una donación anónima de 20.000 coronas. Rilke no lo sabría nunca, pero el donante había sido Ludwig Wittgenstein, que había decidido repartir su cuantiosa herencia familiar entre los artistas que admiraba. El filósofo estaba entonces en una pequeña cabaña, al sur de Noruega, escribiendo su Tractatus logico-philosophicus.

El regalo debió aliviar un tanto el horror que le produjo a Rilke la guerra, que le deprimió y volvió a sumirle en una parálisis creativa, de la que solo consiguió salir leyendo a Hölderlin, bajo cuya influencia escribió los Cinco cantos, transidos de una retórica que no terminaba de sonar auténtica. Su verdadero tono seguía estando en las Elegías de Duino, que terminaría en febrero de 1922, encerrado en el torreón de Muzot, en el cantón suizo del Vallais. Allí, en un rapto en el que recuperó y conjuró todo lo vivido a lo largo de aquella década, acabó la secuencia y alumbró también los Sonetos a Orfeo, demostración de que el canto podía ser aún, más allá de la ironía, existencia, como lo había sido para el primer cantor de nuestra cultura.

------------------------------

Andreu Jaume (Palma 1977) es editor, traductor, crítico y poeta. Junto a Adan Kovacsics ha publicado en Lumen una nueva traducción de los Sonetos a Orfeo. Ambos han traducido también las Elegías de Duino.