Durante años, Mariano Angarolla persiguió micrófonos ajenos. Llegó de Pergamino a Buenos Aires para estudiar otra carrera y se terminó recibiendo de periodista deportivo. Hizo de productor, movilero y columnista, trabajó con Andy Kusnetzoff, pasó por Perros de la calle, PH, Metro, Luzu y Olga. Incluso durante cinco años esperó a Andy a la salida de la radio para convencerlo de que podía trabajar con él. “No alcanzaba con mostrar ganas. Tenía que mostrar algo más”, recuerda.
La paradoja es que, después de tanto insistir para que otros le dieran un lugar, terminó encontrándolo por su cuenta. Cuando se quedó sin programa, sin sueldo y con la sensación de que el camino que había elegido se estaba desarmando, decidió apostar por sus propias redes. “Voy a comunicar lo que tengo ganas de comunicar”, se dijo. Un año y medio después, había alcanzado el millón de seguidores y sus contenidos llegaban a 35 millones de personas por mes.
En el camino aparecieron la Fórmula 1, Franco Colapinto, las noticias insólitas de Hola país y, sobre todo, Comentarios falopa, la sección que nació casi de casualidad después de largas madrugadas mirando redes.
Angarolla habla con Infobae de ese recorrido, de la transformación de la radio y el streaming, de los errores al aire, de las fake news y de lo difícil que fue dejar de trabajar para otros y animarse a ser protagonista. “Mi motor era demostrarles a los demás que podía estar al aire. No para mí”, reconoce. Y después de años de perseguir oportunidades, asegura: “Para mí no hay vuelta atrás”.
—Bienvenido, el hombre de las redes, el hombre de los Comentarios falopa.
—Sí, el nombre es medio raro (risas).
—¿Cómo nació?
—Nació de esas ideas que aparecen. Yo venía de madrugadas de scrollear y empecé a ver mucha bizarreada. De golpe empecé a mirar los comentarios y me agarró el instinto de hacerles captura y guardarlos porque me parecían muy graciosos. A veces alguien hacía algo muy bizarro y el comentario superaba lo que estaba viendo. Un día agarré el teléfono y me pintó decir: “Bienvenidos a los comentarios falopas de la semana”. Tenía cinco videos guardados y los editaba para que apareciera el comentario con un ruidito.
—Son los remates, ¿no? El pie que uno necesita.
—Claro. Lo subí y tuvo como un millón de reproducciones. Después se fue transformando y le agregué el vino, mis reacciones, las caras. No es que lo pensé y lo planeé.
—Vamos por el principio: ¿vos nacés en Pergamino?
—Sí, vine cuando terminé el secundario, a los 18. En el interior, si querés estudiar una carrera, generalmente te vas a Rosario porque está cerca. Pero yo tenía algo con Buenos Aires que me gustaba más. Todavía no tenía en claro que quería trabajar en los medios porque lo veía como algo imposible.
—¿Qué mirabas de chico?
—Videomatch, CQC, pero no me dejaban verlos porque eran después de las diez y mi vieja me hacía apagar la tele, aunque a veces la prendía escondido y la dejaba bajito. Consumía mucho deporte, me gustaba el fútbol, hice básquet y también me gustaba el automovilismo, me compraba revistas. A Buenos Aires solo venía en vacaciones de invierno a la casa de una tía.
—¿Y dónde empieza la fantasía de trabajar en los medios?
—Me vine con un amigo en 2004, después de haber crecido durante la crisis de 2001 viendo a mis viejos laburar sin parar para sostener el colegio y los gastos. Arranqué el CBC de Recursos Humanos y fui dos meses. Siempre tuve algo con la comunicación y cuando vine acá se me abrió un mundo: me subía a un bondi y me iba a la puerta de Telefe o entraba a ver el programa de Tinelli, entonces me empezó a picar el bichito. Un día estaba en una clase de Sociología y dije: “¿Qué hago acá?”. Me levanté, caminé hasta TEA y me anoté en periodismo. Como no había vacantes, entré a periodismo deportivo.
—¿Y cómo reaccionaron tus viejos?
—Al principio no les dije nada, pero después vino mi papá y le conté. Mi viejo me dijo: “Pero hace un año y medio que estamos gastando guita”. Era otra mentalidad y ellos hacían un esfuerzo enorme, recuerdo que tenía 50 pesos para toda la semana y alquilaba. Pero al toque lo entendieron y después siempre me apoyaron.
—¿Quién fue el primero de estos famosos al que esperabas a la salida del estudio para pedirle trabajo?
—Andy Kusnetzoff. Cuando empecé periodismo deportivo me di cuenta de que no quería ser periodista deportivo de raza. Quería entretener, hacer reír y también hacer periodismo. Y en ese momento explotaba Radio Metro, estaban Fernando Peña, Andy, Matías Martín. Escuchaba sus programas y me pasaba lo mismo que en el colegio: lo que yo pensaba lo decían tres segundos después, entonces sentí que quería participar. Un día fui a la puerta de la radio y esperé a Andy. Le dije: “Mirá, quiero laburar con vos”. Me miró y me dijo: “Pero, ¿qué querés hacer?”. Tenía 20 años y ahí entendí que no era tan fácil. No tenía contactos, no conocía a nadie en el medio y no había redes.
—Y volviste...
—Claro, pasaba un mes y aparecía de nuevo. Era muy incómodo porque él no me conocía, salía de la radio después de cuatro horas de aire y yo le caminaba al lado hasta el auto hablándole, haciéndole algún comentario del programa. Después me apodó el psycho, que más adelante se transformó en un personaje.
—¿Durante cuánto tiempo lo hiciste?
—Cinco años. La primera o segunda vez me dio su mail y empecé a mandarle ideas y análisis del programa. Él respondía algunos mails. Y me fui dando cuenta de algo: no alcanzaba con mostrar ganas. Por su metodología de trabajo, todo tenía producción y yo tenía que mostrar algo más, ese fue uno de mis primeros grandes aprendizajes. Igual cada tanto volvía, pensando en lo que pasó con Cayetano que hizo lo mismo y a los dos meses era movilero. Y un día me dijo que iría a tomar un café.
—¿Fueron a tomar el café?
—Sí, pero no cerramos nada. Después apareció Twitter y en la radio interactuaban mucho con la gente, entonces si él entrevistaba a Darín yo le sugería una pregunta. Y empezó a decir: “Acá el psycho me dice que te pregunte tal cosa”. Entonces el oyente me empezó a incorporar y así fue creciendo el vínculo. Después me dio su WhatsApp, iba al programa, me quedaba atrás del vidrio mirando.
—Mientras tanto, ¿de qué vivías?
—Me recibí de periodista y laburé de todo: estuve en un call center de una compañía de cable, hice una pasantía en TyC Sports y pasé por Fox Sports y DirecTV Sports, siempre como productor. En ese momento lo autogestivo no existía, si querías jugar en primera tenías que comerte esa.
—¿Cómo llegaste finalmente a Perros de la calle?
—Andy había arrancado el programa Argentinos por su nombre y me consiguió una entrevista. Fui y me bocharon. Entonces le dije: “boludo, voy recomendado por vos que sos el conductor del programa, el dueño, y me bochan en la entrevista”. Y me respondió: “¿qué querés que haga?”. Después, vino la asunción de Macri y me fui al Congreso en scooter, donde estaban todos los expresidentes. Me acuerdo de que de pasada me compré unos auriculares sobre la calle Corrientes. Llegué, le mandé una foto: “Estoy acá”. Me llamó y me puso al aire. Salió un móvil gracioso, pusimos al aire a De la Rúa y ahí fue el clic. Al año siguiente empecé como movilero.
—¿Cómo fue el primer móvil?
—Un desastre. Habían venido los Rolling Stones y yo estaba re nervioso, tenía que hacer a los fans y dije cualquier cosa. Pero esa primera semana apareció el dengue y vi que había una cuadra donde se habían registrado casos. Fui y armé “la cuadra del dengue”. Estuve unos 35 minutos al aire. Había gente que pasaba y yo le decía: “Ojo que estás en la cuadra del dengue”. Funcionó y ahí rompí el hielo.
—¿Cuál fue el personaje más difícil de conseguir?
—Manu Ginóbili, nunca pude conseguirlo. Al punto tal que me hizo echar de un VIP porque me colé. Después le escribí y le pedí disculpas porque me mandé a un lugar al que no me tenía que mandar.
—También perseguiste figuras internacionales.
—Sí, a Al Pacino lo perseguí durante una semana. Cuando finalmente salió del hotel para irse al aeropuerto, bajó el vidrio y me iba a hablar. Y justo se me apagó el celular y no grabé nada. Al día siguiente hicimos 45 minutos de programa contando todo y el remate fue que el cuñado argentino de Pacino nos consiguió un saludo.
—Espectacular.
—Otro fue Del Potro cuando ganó la Davis. Me fui a Ezeiza porque me había dicho que si ganaba me daba la exclusiva. Había 70 periodistas y pensé que era imposible. Vi a un grupo de chicos que eran sus amigos de toda la vida de Tandil. Empecé a hablar con ellos y entramos juntos al VIP. De golpe estaba al lado de Del Potro y su familia. Me miró y, en vez de echarme, me dijo: “Dale, llamemos a Andy”. Y ahí hicimos la nota.
—¿Cuántos años fueron de Perros?
—Seis, más o menos. Hice móviles, producción y después columnas, hasta que un día renuncié. Me había agotado un poco del móvil y el programa también fue mutando. Cuando pasé a producción volvió a aparecer algo que me pasaba desde el colegio: tenía el micrófono abierto y podía tirar el comentario justo en el momento indicado. Ahí surgió una sección que pegó mucho, El policía de Instagram, sobre los primeros canjes, chivos y movimientos de los famosos en redes.
—Y después llegó tu desembarco en la televisión también.
—Sí. Empecé a trabajar en PH con Andy como productor periodístico y hacía las historias del programa. Fue un trabajo espectacular y aprendí muchísimo. Después vino la pandemia y era el único que iba a la radio porque vivía cerca y solo, el resto salía por Zoom, y me ofrecen hacer en Metro un programa los sábados a la mañana con Tania. Era el llamado que esperaba hacía años. Con Andy ya lo venía charlando, porque yo quería estar en la mesa y no se daba, entonces le dije que si aparecía algo, iba a renunciar. Llegó este programa y seguí solo haciendo PH. Y cuando todas las figuras se fueron a Urbana, con Tania nos hicimos cargo de la primera mañana.
—¿Te dolió el cierre de Metro?
—Sí, un montón. Una cosa es entender el caso de Perros de la calle o el programa de Matías, que son proyectos que ellos construyeron con mucho esfuerzo y talento y que se sostuvieron durante 20 años. Si un día deciden no hacerlo más o irse, lo entendés. Ahora, lo que pasó con Metro es interesante para pensar lo que ocurre hoy con los medios y las redes: ahí se hacía escuela. Como le pasó a Andy con Pergolini, a Tinelli con Badía o a Marley cuando Nico Repetto le dio su primera oportunidad. Entrabas a un lugar donde, más allá del derecho de piso o los malos momentos que podían existir, había gente con muchísimos años de experiencia de la que aprendías y sabías que tenías un horizonte.
—¿Hoy esa escuela no pueden ser los streamings?
—Yo creo que no. De hecho, me doy cuenta ahora de que todo lo que pude empezar a aplicar en redes viene de ese camino anterior. En un año y medio hice un millón de seguidores y mi canal llega a 35 millones de personas por mes. Tuve la suerte de aprender a trabajar con las nuevas herramientas. La edición, por ejemplo, la hago yo porque ahí también hay creatividad. Pero, sobre todo, aprendí producción y a entender la dinámica que hoy requiere un reel.
—Detrás de este presente en las redes, hay años de trabajo en medios tradicionales.
—Sí. Comentarios falopa nació como me surgían las secciones en la radio. Lo mismo pasó con Hola país: con Tania teníamos que sostener la primera mañana de Metro y un día agarré una noticia curiosa, la conté de una manera más extensa y el operador le puso una chacarera. Después empecé a buscar noticias insólitas de distintos pueblos y se fue transformando en una sección de 40 minutos, hasta que la gente empezó a mandarnos audios. Después incluso hicimos un stream en la Televisión Pública que terminó llamándose Hola país.
—Quiero ir a tu paso por el streaming. ¿Arrancás en Luzu con Tarde de tertulia?
—Sí. Cuando cambiaron los dueños de la radio yo ya veía que el streaming estaba explotando y que la radio tradicional se estaba quedando atrás. De hecho, se habían ido Andy, Matías, todas las figuras, pero Metro era un gran dial, la marca era buenísima y durante ese tiempo yo iba a hablar con los gerentes y les decía: “Pongamos cuatro o cinco cámaras. No es tanta inversión y hay gente muy valiosa que ya tiene una audiencia”. Pero nunca me dieron bola. Llamé a Nico Occhiato. Nosotros ya habíamos hablado cuando Luzu recién arrancaba. Cuando nos juntamos me dijo que necesitaba gente con más experiencia porque tenía muchos programas con chicos jóvenes. Así que entré a Luzu como productor, para ordenar y coordinar los programas. Y ahí me terminé enamorando de los chicos de Tarde de tertulia, de Marti Benza y de todo ese grupo. Me pasó algo parecido a lo que me había pasado con Andy: por una cuestión natural, terminé siendo uno más de la mesa.
—Después te mudás con ellos a Olga.
—Sí. Marti me dijo que querían que fuera con ellos, pero esta vez para estar al aire y hacer columnas. Yo hablé con Nico porque quería seguir trabajando con él, pero también quería hacer aire. Le di la prioridad porque me había abierto las puertas, pero no me dio bola y me fui.
—Fue muy cuestionada esa decisión en su momento. ¿Terminaron mal?
—No. Nico terminó muy dolido con TDT porque fue un programa al que él le había abierto las puertas y es normal que termine recaliente con que después Marti se vaya a Olga.
—¿Hoy le podrías llevar un proyecto?
—Sí, re. Después no hablé más con Nico, pero aunque yo demostraba que quería estar y llevaba ideas, siempre era no. Cuando llegué a Olga lo mismo, tengo un nicho de Fórmula 1, ellos hicieron un especial de Colapinto, me propuse y siempre no. Es decir, en los streams nunca me dieron lugar. Después veía gente que no tenía oficio, que no modula dos palabras que tenía oportunidades y te da bronca. Hablé mucho con mi psicóloga sobre eso y me dijo: “¿Para qué perdés tiempo y energía ahí? Andá y hacé tu contenido”.
—Me gusta porque no cualquiera se banca que golpeaba la puerta y no le daban la posibilidad. ¿Cuando te vas a Olga, qué resignás?
—Mucha plata. En Luzu era productor ejecutivo y en Olga pasaba a ser columnista. Pasé a la indigencia (risas).
—¿Te gustan las figuras de la tele en el streaming?
—No es que no me gustan. Yo creo que el streaming es un híbrido que todavía no termina de ser ni radio ni televisión. Y hasta quienes trabajan ahí a veces parecen no saber si mirar a cámara o al compañero. La mesa horizontal también genera una dinámica rara: le hablás a tu compañero, pero estás mirando a la cámara. No digo que no haya que abrirse a lo nuevo, pero para mí el streaming debería recuperar el formato radial y sumarle cámaras.
—Hay mucha gente del streaming que dice que inventó un formato que quienes escuchamos radio ya vimos.
—Es que la radio con cámaras ya existía. A mí me encantaba Últimos cartuchos, de Migue Granados y Martín Garabal. Hacían radio con cámaras espectaculares. Después aparecieron canales que juntaron influencers por cantidad de seguidores y los pusieron en una mesa.
—¿Y eso funciona?
—No demasiado. Un programa necesita tiempo para que la gente se conozca, genere química y construya contenido, y eso lleva tiempo. Nico lo hizo, ya hace varios años está con la misma gente o supo mover piezas, genera contenido. El resto no lo hace, es gente hablando en una mesa y no duran más de un año. Además, hoy los nichos son más individuales. Si seguís a Davoo Xeneize, querés verlo a él. Terminás de ver un partido y vas a YouTube a ver qué dijo, no necesariamente ponés un canal donde hay cuatro personas hablando de otra cosa.
—También se cometen errores y hay que disculparse. ¿Cómo se ve eso desde adentro como productor?
—Todos nos equivocamos. Pero hay algo que no cambia con la tecnología: chequear. Cuando hacía la producción de PH, podía leer una entrevista de Clarín, pero hasta que no escuchaba al personaje decirlo no me quedaba tranquilo. Después era Andy el que le iba a preguntar eso. Hoy tenés todas las herramientas, pero también hay una cantidad arrolladora de fake news. No importa si hacés entretenimiento: tenés una responsabilidad si comunicás.
—¿Quién es responsable de un error como anunciar de esa forma la muerte del padre de Messi?
—Los dos. Con TDT nos pasó cuando murió Liam Payne. Apareció la noticia en el chat y los chicos empezaron a verla. Nosotros dijimos: “Silencio, cerremos la computadora y chequeemos”. Hasta que no lo pudimos confirmar, no se dijo. Por más experimentado que seas, tenés que apoyarte en el productor. No podés tirar una noticia porque la viste en el chat o te llegó por WhatsApp. Lo de Flor Peña me sorprendió porque, más allá de que no es periodista, hace un montón de años que labura. En ese sentido, Olga tiene gente un poco más experimentada que trabajó en medios. Luzu, por ahí, quedó más expuesto porque tiene muchos pibes jóvenes. Igual les pasó a todos.
—Hoy te fuiste del streaming y sos vos y tu marca en las redes. ¿Cómo dejaste de pedirlo para empezar a generarlo?
—Fue un poco por obligación. Se me juntaron varias cosas: perdí la producción de Luzu, los chicos se fueron a Olga y también se terminó otro programa que hacía. De golpe me quedé sin sueldo, sin la conducción de un programa y con monedas de columnista. Y encima renegado con todo este sistema. Hablaba de eso con mi psicóloga Gloria, que le mando un beso porque fue clave, y decidí: “Voy a comunicar lo que tengo ganas de comunicar”. Empecé a hacer contenido y rompí el hielo con la Fórmula 1 y Colapinto.
—¿Ahí encontraste tu primer nicho?
—Sí. Me apasiona el automovilismo y vi en Franco algo que me cautivó: cómo maneja, su carisma. Además, había mucha desinformación. Empecé a informar, desmentir y aclarar cosas.
—Pero no te quedaste solo con la Fórmula 1, fuiste por más.
—No, porque siempre me gustó el interés general, el humor y entretener, no el periodismo clásico. No quería que me reconocieran solamente por la Fórmula 1. Entonces llevé a Instagram cosas que ya había hecho en radio, como Hola país. Y un día agarré el teléfono y dije: “Bienvenidos a los comentarios falopa”. Y después hice que la sección crezca: le agregué vino, mis reacciones, el contenido bizarro y los comentarios de la gente.
—Los comentarios son todos reales.
—Sí, todos reales.
—¿Qué número te hizo decir “esto explotó”?
—Más que nada me sorprendieron los videos de Colapinto. El año pasado tenía 500 mil seguidores y de golpe un reel sobre una carrera de Franco llegó a un millón y medio de reproducciones. Ahí dije: “Bueno”.
—¿Cuál fue el producto más bizarro que se acercó a pautar?
—Casas de apuestas, de a montones. Cuando decidí apostar por las redes me ayudaron mis viejos. Me quedé sin un mango, saqué un préstamo, me compré una cámara, mi hermana me prestó un aro de luz y arranqué. Tenía justo para pagar el alquiler, me endeudé y era literal llamar a mi vieja y decirle: “¿Me transferís 30 mil pesos para comprar milanesas?”. Y ahí apareció un casino que es legal, lo hice una vez y me bajé porque necesitaba la plata pero no me sentía cómodo.
—¿Hoy podés vivir bien con lo que vos generás?
—Recién ahora. Estos últimos meses pude volver a cubrir mis gastos y que me sobre un puchito para irme a comer. Estuve un año entero sin saber si iba a funcionar.
—¿Daba miedo?
—Sí, pero nunca pensé un plan B. Estaba bastante hinchado los huevos y quería ser protagonista de lo que hago por primera vez. Puedo estar en un canal de streaming, ganar bien, pero quizás al año se termina. Hoy todo es muy vertiginoso.
—Con lo cual no descartamos ninguna propuesta, pero la marca Anga va a seguir estando.
—Por supuesto. Para mí no hay vuelta atrás. Y no lo pensé desde el triunfo, sino desde la derrota. Dije: “Si no funciona, me pongo un vivero”. Lo increíble es la velocidad. En mayo del año pasado empecé a ver resultados con los reels de Fórmula 1 y en noviembre estaba en Las Vegas viendo la Fórmula 1 y haciendo una nota con Colapinto desde los boxes.
—¿Ahí te llevó una marca?
—Sí. Una marca me dio acceso a los boxes y una agencia de viajes me escribió para llevarme. Ahí me emocioné porque en mayo le estaba pidiendo unos mangos a mi vieja para una milanesa y en noviembre estaba caminando por Las Vegas. Me fui sin plata porque las empresas te pagan a 60 días, tenía 200 dólares que me había regalado mi hermana para mi cumpleaños y el hotel me lo cubría la agencia. Estaba desbancarizado, no tenía tarjeta, y de golpe, por primera vez, estaba adentro de la Fórmula 1. Creo que ahí sentí que se cerraba algo, como cuando llegué a Perros o me nominaron al Martín Fierro como movilero de radio. Son momentos en los que decís: “Mirá qué bueno, valió la pena el esfuerzo”.
—Y empezás a ser reconocido por vos mismo, que era algo que buscaste mucho.
—Sí. Ese era el problema. A mí me motivaba trabajar para alguien: Andy, Nico, cualquier otro. Mi motor era demostrarles que yo podía estar al aire. Entonces me costaba mucho motivarme haciéndolo para mí. Eso también lo trabajé con mi psicóloga: confiar en mí y decir “rompé el hielo y hablá”. Si querés hablar de Colapinto, hablá de Colapinto. Si tenés 20 años de formación en periodismo, ¿por qué carajo no lo hacés?
—¿Se vienen nuevas secciones?
—No te lo puedo prometer, ahora estoy medio abombado.
—¿Te pasa que todos te mandan videos para Comentarios falopa?
—Un montón. Gente de los medios, empresarios, de todo. Y también pasa que me paran en la calle y me dicen: “¿Vos sos el de los comentarios falopa?”.
—Y ahí te pone contento porque buscabas ese reconocimiento.
—Sí. Porque, en el fondo, es lo mismo que hacía de chico: llamar la atención, participar en clase, hacer un chiste para que se rieran mis compañeros.
—Me quedo con eso. Felicitaciones. Está buenísimo este momento después de todo ese recorrido.
—Sí, creo que es eso. Y para mí estar acá con vos también es parte de eso: el otro día estuvo sentado Arturo Puig acá, hoy estoy yo. Todo valió la pena.