
“Las mujeres africanas no podemos ser simples espectadoras de las transformaciones de nuestro continente. No habrá independencia real en África si las mujeres no caminamos al lado de los hombres, libres de toda servidumbre colonial y patriarcal”. La frase pertenece a la diplomática guineana Jeanne Martin Cissé y fue pronunciada el 31 de julio de 1962 en Dar es-Salam, entonces capital de Tanganica (actual Tanzania), durante la Primera Conferencia de las Mujeres Africanas. El encuentro reunió a delegadas de catorce países independientes y representantes de ocho movimientos de liberación nacional.
De aquella cumbre nació la Organización Panafricana de Mujeres (PAWO) y se instituyó la conmemoración que cada 31 de julio recuerda la lucha de las mujeres africanas por sus derechos políticos, sociales y económicos. También se acordó una agenda común que impulsó la educación de las niñas, el acceso a la salud materna, la igualdad jurídica y una mayor participación de las mujeres en la vida política.
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La historia de las mujeres africanas, sin embargo, también está marcada por uno de los mayores crímenes de la historia: la trata transatlántica de personas africanas esclavizadas. Entre los siglos XVI y XIX, millones fueron capturadas, separadas de sus familias y comunidades, trasladadas por la fuerza hacia América y sometidas a un régimen de esclavitud. Miles fueron llevadas al Río de la Plata, donde sostuvieron, bajo condiciones de explotación y violencia, una parte esencial de la economía colonial y dejaron una huella profunda en la conformación social, económica y cultural de la región.

Durante más de tres siglos, el océano Atlántico fue escenario de uno de los mayores procesos de deportación forzada de personas de la historia. La trata transatlántica de africanos esclavizados fue un sistema organizado por las principales potencias coloniales europeas para capturar, trasladar y someter a millones de personas a un régimen de esclavitud en América.
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De acuerdo con la base de datos histórica Slave Voyages —que documenta el comercio forzado de personas africanas— entre los siglos XVI y XIX alrededor de 12,5 millones de personas fueron embarcadas desde distintos puntos de la costa africana con destino al continente americano. La proporción de mujeres y niñas varió según la época y la región, pero estudios sobre el tráfico hacia Sudamérica indican que representaron entre un 30% y un 40% del total, aunque los hombres fueron mayoría, especialmente en los embarques hacia Brasil y el Río de la Plata.
Portugal, España, Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos establecieron una extensa red de fuertes y puertos sobre la costa africana que funcionaban como centros de concentración antes del cruce del Atlántico. Lugares como la isla de Gorée, en el actual Senegal; el castillo de Elmina, en Ghana; Luanda, en Angola; y la isla de Mozambique se convirtieron en puntos centrales de un sistema que separó a millones de personas de sus comunidades de origen.
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Tras permanecer allí en condiciones de extrema violencia, las personas capturadas eran embarcadas hacia América en travesías conocidas como "Pasaje Medio". Pero no era simplemente un traslado marítimo, sino una etapa de deshumanización sistemática y terror calculado diseñada para destruir la identidad de las personas y maximizar las ganancias financieras de los traficantes europeos. Esos viajes podían durar varios meses y estaban marcados por el hacinamiento, la falta de alimentos, las enfermedades y los malos tratos infligidos por las tripulaciones. Aunque la mortalidad durante estas travesías era muy alta, quienes sobrevivían debían enfrentar al llegar la explotación y deshumanización hasta el final de sus vidas.
América del Sur concentró el mayor volumen de desembarcos de personas africanas esclavizadas. Brasil fue el principal territorio receptor, con puertos como Salvador de Bahía y Río de Janeiro que funcionaron como grandes centros de ingreso y redistribución hacia otras regiones.
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Pero el Río de la Plata también formó parte de esa red. Durante el período colonial, los puertos de Buenos Aires y Montevideo recibieron a miles de personas africanas esclavizadas mediante circuitos autorizados por la Corona española y también a través del contrabando, que tuvo un papel central en la economía regional. Entre las personas trasladadas por la fuerza al actual territorio argentino había mujeres y niñas que, pese a haber sido sometidas a la esclavitud, tuvieron un papel fundamental en la vida cotidiana de las ciudades coloniales y en la conformación social, económica y cultural del Río de la Plata.

Las mujeres africanas y afrodescendientes esclavizadas fueron sometidas a una doble forma de opresión: la explotación económica impuesta por el sistema esclavista y una violencia ejercida sobre ellas por su condición de mujeres. Bajo el orden jurídico colonial, eran consideradas legalmente propiedad de quienes pagaban por ellas y quedaban sometidas al control de quienes las esclavizaban. Ese sistema les negaba autonomía sobre sus cuerpos, sus vínculos familiares, su trabajo y su capacidad reproductiva.
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Además de ser obligadas a realizar tareas domésticas, agrícolas, artesanales y de cuidados, muchas fueron violadas y abusadas sexualmente por propietarios, administradores, capataces y otros hombres que ejercían poder sobre ellas. La violencia sexual era una práctica favorecida por un régimen que les negaba su condición de personas libres y permitía que otros dispusieran de sus cuerpos.
El control sobre la reproducción fue una de las formas más crueles de dominación. En las sociedades esclavistas americanas, la condición de esclavitud se transmitía por línea materna, lo que significaba que los hijos e hijas nacidos de mujeres esclavizadas nacían esclavos. Esos embarazos y nacimientos dentro del sistema esclavista podían traducirse en un incremento del patrimonio de los propietarios, que se beneficiaban de la continuidad de la esclavitud a través de las generaciones...
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La maternidad dentro de ese sistema estuvo atravesada por múltiples formas de coerción. Algunos nacimientos fueron consecuencia de violaciones sexuales; otros ocurrieron dentro de relaciones condicionadas por un régimen que negaba la libertad y la capacidad de decidir sobre la propia vida familiar. En todos los casos, la legislación colonial colocaba a los hijos e hijas bajo la misma condición de esclavitud heredada de sus madres.
En todos los casos, los traficantes y propietarios los seleccionaban según los conocimientos, habilidades y características físicas que atribuían a las personas capturadas. Las mujeres de regiones como Alta Guinea eran valoradas por sus conocimientos agrícolas, especialmente vinculados al cultivo del arroz, mientras que las del Congo y Angola solían ser destinadas a tareas agrícolas, textiles y domésticas.
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Durante el Pasaje Medio, las mujeres atravesaron condiciones extremas de hacinamiento, hambre, enfermedades y violencia física. Y siempre estaban bajo la amenaza constante de agresiones sexuales por parte de las tripulaciones y otros hombres vinculados al comercio esclavista.
Al llegar a América, eran vendidas y asignadas forzosamente a distintas tareas: todas eran clasificadas por edad, estado físico y capacidades laborales. Pese a esas condiciones de extrema violencia, muchas mujeres desarrollaron estrategias de resistencia, preservaron conocimientos culturales, sostuvieron redes comunitarias y buscaron caminos para recuperar su libertad y la de sus familias.
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En las ciudades del Río de la Plata, estas mujeres esclavizadas tuvieron un papel en la vida económica y social colonial: les tocaban las tareas domésticas dentro de las viviendas de familias españolas y criollas, lavaban sus ropas en las costas del río y producían y vendían alimentos y otros bienes en espacios públicos.
Algunas fueron sometidas al sistema de esclavitud a jornal. Debían salir a trabajar por cuenta propia, pero entregar una suma de dinero a sus propietarios. Actividades como la venta de alimentos, la elaboración de mermeladas o el lavado de ropa les permitieron, en ciertos casos, juntar un dinero para intentar comprar su libertad o la de sus hijos mediante la manumisión.
Los archivos judiciales y notariales, como el Archivo General de la Nación de Argentina y el Archivo General de la Nación de Uruguay, conservan expedientes, escrituras y testimonios que permiten reconstruir las experiencias de aquellas que reclamaron ante las autoridades, denunciaron abusos y enfrentaron situaciones de violencia extrema. Estos documentos históricos, junto con los digitalizados por el Archivo General de Indias (en el portal PARES) y bases de datos especializadas sobre la trata transatlántica como Slave Voyages, permiten conocer hoy no solo las condiciones impuestas por el sistema esclavista, sino también las estrategias legales, familiares y comunitarias que muchas mujeres desarrollaron para defender sus vidas, proteger a sus hijos y buscar caminos hacia la libertad.
A la par de estas batallas individuales en los tribunales y mercados, las mujeres crearon redes de resistencia grupal a través de las cofradías religiosas y la Casas de Nación, asociaciones comunitarias y de ayuda mutua constituidas por los propios africanos y afrodescendientes. En estos espacios comunitarios, que operaban en las periferias de Buenos Aires y Montevideo, muchas de ellas asumieron liderazgos y roles jerárquicos. Su autoridad fue fundamental para preservar lenguas nativas, rituales espirituales, cantos y danzas de sus regiones de origen, logrando resguardar la memoria e identidad africana frente a las políticas de aculturación impuestas por el orden colonial.
Esas mujeres administraban fondos comunes y organizaban colectas comunitarias con un claro sentido político y familiar: el dinero recaudado se destinaba prioritariamente a financiar los juicios de manumisión y a comprar la libertad de las mujeres en edad reproductiva y la de sus niños. La solidaridad comunitaria se convirtió en una herramienta que garantizaba la emancipación de las futuras generaciones.

Durante las guerras de independencia del siglo XIX, muchas mujeres afrodescendientes acompañaron a los ejércitos como cocineras, enfermeras, proveedoras y auxiliares, realizando tareas esenciales para la organización y supervivencia de las tropas. Se ocuparon del abastecimiento de agua y alimentos, el lavado de ropa, la atención de heridos y enfermos y otras tareas de cuidado en campamentos que, muchas veces, estaban marcados por la precariedad y las difíciles condiciones sanitarias. Su trabajo resultó fundamental para sostener campañas militares prolongadas, aunque durante mucho tiempo quedó relegado en los relatos históricos tradicionales.
María Remedios del Valle participó en las campañas del Ejército del Norte durante las guerras de independencia. Acompañó a las fuerzas patriotas, intervino en las batallas de Tucumán y Salta y asistió a los soldados heridos en el campo de batalla. Su compromiso y valentía fueron reconocidos por el general Manuel Belgrano, quien le otorgó el grado militar de capitana.
Con el tiempo, los soldados comenzaron a llamarla “Madre de la Patria”, un reconocimiento que reflejaba el respeto ganado durante los años de campaña. Sin embargo, después de la independencia, su figura quedó relegada durante décadas dentro de los relatos oficiales sobre la construcción de la Argentina.
Lo de ella fue más allá de las tareas de asistencia. Estuvo presente en escenarios de combate y sufrió las consecuencias directas de la guerra. Durante las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma fue herida, capturada por las fuerzas realistas y sometida a castigos físicos durante su cautiverio: fue azotada públicamente durante varios días como represalia por su participación junto a las fuerzas revolucionarias.
Luego de escapar, continuó vinculada a las luchas independentistas en el norte y acompañó las acciones militares de las fuerzas patriotas. Su trayectoria, marcada por el sacrificio y la resistencia, refleja el papel que tuvieron muchas mujeres afrodescendientes en los procesos de independencia, no solo como auxiliares de los ejércitos, sino también como protagonistas de una historia que durante mucho tiempo permaneció oculta.