Cuando Martha Béjar llegó a Urdesa tenía 18 años y una vida entera transcurrida en el centro de Guayaquil. Era 1957 y la urbanización todavía estaba lejos de parecerse a la ciudadela que hoy se extiende entre avenidas, comercios y viviendas.
Su familia adquirió una casa que estaba en obra muerta y tardó alrededor de cuatro meses en terminarla. La vivienda, ubicada en la calle Tercera, entre Las Monjas y Ficus, se convirtió desde entonces en parte de su historia familiar.
“Era como tener una villa de lujo en medio del campo”, recordó Béjar al hablar de aquellos primeros años.
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La denominada Urbanización del Salado había comenzado a desarrollarse en la década de 1950, después de que la empresa Urbanizadora del Salado S. A. adquiriera terrenos de la Junta de Beneficencia y empezara a lotizarlos. La construcción de las primeras viviendas comenzó alrededor de 1955 y 1956.
Béjar recordó que la urbanización estaba dividida en sectores y que la financiación de los terrenos y viviendas tuvo el respaldo de La Previsora. En las zonas económicas incluso se ofrecían pequeñas villas financiadas.
Pero la vida cotidiana estaba lejos de la densidad actual.
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Había pocas casas, mucho espacio libre y una naturaleza que todavía formaba parte del paisaje. Los jóvenes podían reunirse hasta la madrugada, caminar por las lomas y acercarse al estero.
“Había mucha más naturaleza”, recordó.
En aquellos años, los fines de semana también llegaban amigos desde el centro de Guayaquil. Su padre, Miguel Béjar Negrete, al notar que los jóvenes de la familia comenzaban a pasar más tiempo en Urdesa, organizó incluso un equipo de fútbol.
“Era puro monte”, recordó Béjar al referirse al espacio que su padre hizo limpiar para convertirlo en una cancha. Los jóvenes jugaban mientras las familias se sentaban en las veredas a observarlos.
También estaban los paseos al estero y los pícnics en las lomas. Béjar recordó que se bañaban en la ribera y caminaban por sectores donde todavía no había viviendas.
La transformación comenzó cuando las lomas empezaron a urbanizarse. Llegaron nuevas casas, familias y avenidas. Circunvalación Norte se convirtió en uno de los sectores residenciales más reconocidos y, poco a poco, aquel paisaje abierto fue desapareciendo.
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“Ya no podíamos ir a jugar y hacer pícnic en las lomas”, recordó.
Pero mientras Urdesa crecía, también comenzó otra etapa en la vida de Béjar: la organización comunitaria.
Con el paso de los años impulsó iniciativas para mejorar la seguridad del sector. Consiguió un terreno, gestionó recursos y puso en funcionamiento un puesto de auxilio con el apoyo de vecinos y empresas. También consiguió vehículos y organizó un sistema para mantenerlos operativos.
“Pidiendo, pidiendo, haciendo eventos y todo”, resumió al recordar aquellos comienzos.
La iniciativa creció hasta convertirse en una estructura de trabajo comunitario que posteriormente se extendió a otras ciudadelas del norte de Guayaquil. Béjar impulsó organizaciones para reunir a sectores que trabajaban de manera aislada.
También participó en proyectos de carácter cívico, cultural y ambiental. Su trayectoria la llevó incluso a asumir responsabilidades nacionales relacionadas con los puestos de auxilio inmediato.
Una de sus convicciones, explicó, fue siempre mantener el carácter voluntario de su trabajo. Cuando le ofrecieron una responsabilidad nacional, consultó primero las condiciones y planteó que no quería recibir un sueldo.
A sus 87 años, Béjar mira aquella Urdesa desde la misma casa a la que llegó siendo joven. El paisaje cambió, las lomas se poblaron y el estero dejó de ser aquel espacio cotidiano de sus recuerdos.
También cambió la forma de recorrer Guayaquil.
“Yo no tenía miedo de nada, pero ahora sí”, afirmó al recordar que cuando era niña podía tomar sola el tranvía desde el centro.
Entre fotografías familiares, recuerdos y objetos que conservan parte de su historia, Béjar habla de una ciudad que conoció cuando todavía era posible caminar entre el centro y una Urdesa que apenas comenzaba a levantarse.
Su memoria guarda así dos historias que se cruzan: la de una ciudadela que dejó de ser campo para convertirse en uno de los sectores más conocidos de Guayaquil, y la de una mujer que hizo de sus vecinos y de su ciudad una causa de vida. (I)