
Hay compositores que escriben notas y otros que plasman atmósferas, climas y fantasmas que flotan entre los acordes sin que nadie pueda nombrarlos. Tomás Videla pertenece a esa segunda estirpe, la de quienes convierten el aire de una escena de cine en sonido puro. Desde un estudio en Los Ángeles, con el mate siempre a mano incluso en las grabaciones de madrugada, el compositor argentino contó que fue nominado al Latin GRAMMY 2026 por la banda sonora original de La Casa de los Espíritus, la serie de Prime Video inspirada en la novela de Isabel Allende. Es que, en medio de la emoción por este nuevo logro, Videla habló en exclusiva con Teleshow.
Su historia empezó mucho antes de Hollywood, en un living donde sonaban Facundo Saravia y Los Chalchaleros de la mano de su papá, y continuó en una tarde cualquiera frente a una góndola de un reconocido local de electrodomésticos, donde un adolescente curioso encontró, sin saberlo aún, la banda sonora de su propio destino. Desde entonces, cada paso lo acercó un poco más a ese lugar que soñaba ocupar: no frente a las luces, sino detrás de ellas, tejiendo con sonidos las emociones que el ojo no alcanza a ver. La UCA, Columbia College Chicago y los estudios de Fox fueron las estaciones de un recorrido que lo trajo, finalmente, hasta el corazón de la industria audiovisual más grande del mundo.
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Hoy, con una nominación al Latin GRAMMY y un Imagen Award ya guardados en su historia reciente, Videla encontró en La Casa de los Espíritus mucho más que un desafío profesional: fue el reencuentro con el niño que escuchaba folclore sin saber que ahí germinaba su vocación. El realismo mágico de Allende, ese que nunca se explica pero siempre se siente, encontró en sus composiciones un aliado perfecto, capaz de honrar las raíces sudamericanas sin perder la escala cinematográfica que la historia merecía. Una nominación que, para él, significa mucho más que un premio.

—¿Cuál es el primer recuerdo que tenés relacionado con la música y que terminó siendo el disparador de tu carrera?
—El primer recuerdo que tengo es de mi viejo. Es fanático de Facundo Saravia y de Los Chalchaleros, y eso es lo primero que escuché durante años: folclore, Saravia, Mercedes Sosa. Después, por esas cosas de la vida, descubrí a los Beatles y me volví fanático de ellos hasta el día de hoy. Esos son un poco mis primeros recuerdos con la música. Más adelante me empecé a meter en la música clásica: estudié en la UCA, hice la carrera de composición y piano con Elsa Muñiz. Mi tío, que es músico, Nico Posse, también fue quien me fue guiando y me dijo que no solo estudiara piano clásico, sino también jazz y tango. Así fue como empecé con la música.
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—¿Y qué te llevó a definirte puntualmente por la composición?
—La verdad es que no sé bien qué fue lo que me llevó ahí. Siempre quise ser músico, pero nunca sabés bien en qué forma. Lo único que pensás es en armar una banda, pero a mí no me terminaba de copar esa idea, porque me cuesta un poco el protagonismo, el estar en el centro de la escena. Un día, por algún motivo, estaba con mi mamá y mi abuela en un conocido local de electrodomésticos, que ya no existe en Argentina, y en la sección de CDs me encontré con la música de Piratas del Caribe y de Las Crónicas de Narnia, películas que yo ya había visto. No tenía ni idea en qué me estaba metiendo, pero le pedí a mi mamá que me lo comprara. Cuando llegué a casa y lo escuché, pensé: “¿Qué es esto? Es una locura”. Después volví a ver las películas y me di cuenta de que esa música estaba ahí, de fondo, construyendo toda la emoción. Ahí se me abrió la puerta hacia la música para cine y empecé a escuchar todo lo que encontraba: John Williams, Lalo Schifrin, que es argentino, Jerry Goldsmith, Thomas Newman, todos los grandes. Y dije: “Yo quiero hacer esto, quiero estar detrás de la pantalla, que nadie me vea, que solo me escuchen”. Ahí arrancó mi locura por la música para cine y televisión.
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—¿Y cómo fue la decisión de mudarte de la Argentina a Estados Unidos?
—Sí. Lo que yo buscaba en el fondo era llegar a Hollywood. Cuando empecé la carrera, mi tío Nico Posse me había dicho que necesitaba una base sólida de música, más allá del cine, y me recomendó estudiar composición en la UCA. Ahí construí una base muy fuerte en composición, orquestación, contrapunto y armonía, mientras en paralelo estudiaba jazz y otras cosas. Cuando llegué a Columbia, en Chicago, me di cuenta de que esa formación me había dejado más preparado que a otros compañeros para sentarme a componer, adaptarme a distintos estilos y entender rápido qué estaba pasando en una pieza. También influyó mucho haber tocado en vivo durante años en Argentina: llegué a Estados Unidos con algo de carrera hecha y con contenido propio.
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Hice el máster en Columbia College Chicago, que me becó, y después vinimos a Los Ángeles a hacer pasantías. Grabé mi tesis en los estudios de Fox, con una orquesta de entre 60 y 70 setenta músicos, y tuve la posibilidad de dirigirla. Compuse un tango que llamé “Midwest Tango”, porque Chicago está en el medio oeste de Estados Unidos y fue ahí donde lo escribí. A partir de esas pasantías ya quedás un poco metido en Hollywood. Llegué en 2019, justo antes de la pandemia, y desde entonces no paré de trabajar.

—¿Qué fue lo que más te sorprendió al meterte en la industria allá?
—Creo que lo que más me sorprendió fue descubrir que todos estamos en la misma. Hice una pasantía con Theodore Shapiro, un compositor genial al que yo tenía en un pedestal, y lo vi sufrir en el estudio cuando no estaba inspirado o cuando tenía que revisar algo con lo que no estaba conforme. Ahí entendí que todos pasamos por lo mismo, sin importar quién seas. Eso fue como bajar a tierra: estás en Hollywood, pero te das cuenta de que los días sin inspiración le pasan a cualquiera.
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—¿Sentís que la argentinidad atraviesa tu trabajo diario?
—Un poco, sí. Me di cuenta en proyectos que no tenían nada que ver con lo latinoamericano, proyectos típicamente de Estados Unidos, de que se me escapaban ritmos de tango o de folclore, una chacarera. Son cosas que hacés de manera inconsciente, casi por diversión, y que se van metiendo en vos. Me doy cuenta de que eso empieza a estar presente en mi forma de componer y también me define. Con tanta competencia, uno también se pregunta: “¿quién soy como compositor?, ¿qué es lo que hago?” Y esas raíces son parte de lo que me identifica.
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Y, además, el mate nunca falta, todos los días, en todas las sesiones de grabación. Nosotros grabamos mucho con Budapest, que nos lleva nueve horas de diferencia: cuando allá son las nueve de la mañana, acá en Los Ángeles son las dos de la madrugada. En La Casa de los Espíritus tuvimos sesiones de ocho horas, desde las dos hasta las nueve o diez de la mañana, y el mate siempre estaba ahí, porque es lo único que te mantiene despierto. Es un motorcito al que le decís: “No me abandones, sos lo único que tengo en este momento”.
—Trabajaste en muchos formatos y con compañías de streaming como Disney y HBO. ¿Cómo hacés para encontrarle la identidad musical a cada proyecto?
—Hay mucha charla previa con productores y directores, con la gente que hizo el show, sobre qué se quiere contar y qué se busca que represente la música. Después hay mucho de prueba y error: te sentás convencido de que una idea es excelente y después te das cuenta de que no funciona, mientras que algo que te parecía mínimo termina convirtiéndose en el color principal del show.
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—Y con La Casa de los Espíritus, ¿cómo se presentó la propuesta?
—La propuesta llegó a través de un compositor amigo que me avisó que estaban buscando a alguien latinoamericano para una serie y me preguntó si podía pasar mi contacto. Pensé que no había chances de que Amazon me llamara, pero terminaron haciéndolo. Los compositores solemos llegar casi al final del proceso, cuando ya está todo filmado y casi editado, así que ya hay una base sólida de lo que se busca. Me reuní con Javier Balmaceda, Adrián Sosa y Maru Buendía, ejecutivos de Amazon, y con Courtney Saladino, de Pure Nation, para ver el primer episodio y empezar a hablar de música. Ahí coincidimos todos en algo: tenía que haber una identidad sudamericana, sin que quedara claro exactamente de qué país se trataba. Algo similar a lo que hace Isabel Allende en la novela, donde todos sabemos que es Chile aunque nunca se lo menciona. A partir de esa charla empezamos a pensar en instrumentos autóctonos: guitarra, charango, ronroco, bombo legüero, instrumentos de viento como la quena y el pinquillo. Incluso conseguimos una quijada de burro para usar como instrumento de percusión. Mi amigo Alan D’Auria, mi percusionista de siempre, consiguió tanto el bombo legüero como la quijada, no sé cómo hizo, pero la encontró en Los Ángeles.
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Después trabajamos mucho con los ritmos: metimos ese ADN sudamericano dentro de una orquesta de cuerdas clásica, con un compás de tres contra dos muy presente. La música para cine, además, tiene que tener la libertad para abarcar muchas emociones, porque son ocho episodios que recorren distintas épocas y décadas, así que la partitura también tenía que reflejar eso. Y, por supuesto, está el realismo mágico: planteamos que tenía que formar parte de la música de la misma manera en que forma parte de la novela, sin que nadie se pregunte “¿qué es esto?”. Ahí entró la celesta, ese instrumento parecido a un piano pero con martillos que golpean placas de metal, el mismo sonido mágico que se asocia a Harry Potter. En nuestro caso le dimos un tratamiento más ambiental, integrado al ADN sudamericano, como uno más de los quince elementos que arman ese mundo sonoro. A partir de ese concepto, fuimos viendo cómo llevarlo a las distintas épocas y cómo dialogaba con las canciones, como las de Víctor Jara o la de Mon Laferte, para que todo se sintiera como un mismo universo.
—Ese trabajo te llevó a ser nominado a los Latin Grammy. ¿Cómo sentís este reconocimiento?
—Estoy muy contento. Esta categoría, la de medios visuales en los Grammy, es nueva, empezó el año pasado. Que nos reconozcan por este trabajo es un honor, no solo para mí sino para todos: también está nominado Sergei Grosny por la serie Menem, otro compositor argentino. Está bueno que se sepa quiénes somos, que hay gente trabajando detrás de escena en estas historias. El año pasado, por ejemplo, estuvo nominado Federico Jusid, que también es argentino. Me pone muy contento formar parte de ese grupo y que cada año haya nuevos nombres.
—¿Sentís que esto marca un antes y un después en tu carrera?
—Uno quiere creer que sí. Lo veo como algo muy importante, porque es un Latin Grammy, uno de los premios más altos que existen. Más allá de eso, La Casa de los Espíritus fue un proyecto muy lindo que me reconectó con el folclore, que fue lo primero que escuché de chico y fue volver a mis raíces. Y que sea un proyecto basado en la novela de Isabel Allende, con tanto talento detrás, lo hizo todavía más especial.

Francisca “Fran” Alegría y Fernanda “Fer” Urrejola, que adaptaron la novela, hicieron un trabajo enorme liderando un equipo gigante, y haber formado parte de eso fue un placer y un sueño hecho realidad. La colaboración fue increíble: incluso tuve la oportunidad de hablar con el equipo de efectos visuales, porque había una escena en la que Clara tocaba el piano con sus poderes y las teclas se movían solas, así que me llamaron para asegurarnos de que coincidiera con la música. Se notaba un equipo que remaba para el mismo lado, con muchas ganas de que a la serie le fuera bien.
—¿Te gustaría volver a trabajar en algún proyecto vinculado a Latinoamérica o, puntualmente, a la Argentina?
—Sí, me encantaría. Eso siempre está presente, más allá de que yo esté acá trabajando en proyectos de Hollywood y de Estados Unidos. Argentina siempre tiene un lugar muy especial, no importa dónde estés ni qué estés haciendo. Cuando empecé a trabajar en La Casa de los Espíritus y veía a Dolores Fonzi, pensaba: “No puedo creer que estoy trabajando en un proyecto con Dolores”. Era una locura. Uno se da cuenta de que Argentina siempre va a estar ahí.
Siempre hay algo. El dulce de leche, además escucho programas como Perro de la Calle todo el tiempo. Siempre estoy tratando de estar conectado y al tanto de lo que pasa allá. El lazo no se rompe.
—Si pudieras volver al pasado y hablar con tu versión chiquita, ¿qué le dirías ahora que acabás de recibir esta nominación?
—Le diría que disfrute, que a veces no se preocupe tanto y que disfrute más. Que va a estar todo bien y que trate de vivir el proceso con más calma.