El mes en el que nace un perro puede parecer un dato completamente anecdótico frente a cuestiones como su genética, su alimentación, el ejercicio que realiza o las enfermedades que haya padecido a lo largo de su vida. Sin embargo, un estudio publicado en 2018 encontró una curiosa asociación entre la estación de nacimiento y el posterior riesgo de padecer enfermedad cardiovascular.
La investigación, realizada por científicos de la Universidad de Pensilvania, y utilizando información procedente de la Orthopaedic Foundation for Animals, analizó los datos de 129.778 perros pertenecientes a 253 razas. Los resultados mostraron que los animales nacidos durante los meses de verano presentaban, en determinadas circunstancias, una mayor probabilidad de desarrollar problemas cardiovasculares, con una diferencia especialmente llamativa entre los nacidos en julio y los nacidos en enero.
El hallazgo no significa que nacer en verano provoque una enfermedad cardíaca ni permite predecir qué perros tendrán problemas de corazón. Los propios investigadores plantearon que la explicación podría encontrarse en factores ambientales presentes durante la gestación, entre ellos la exposición de la madre a determinadas partículas contaminantes del aire.
En el conjunto de los perros analizados, el riesgo habitual de desarrollar una enfermedad cardíaca oscilaba aproximadamente entre el 0,3 por ciento y el 2 por ciento, dependiendo de la raza. Sin embargo, entre los animales nacidos en julio se observó un riesgo un 74% superior al esperado en comparación con los nacidos en enero.
La diferencia resultó especialmente evidente en las razas que no presentan una predisposición genética conocida a las enfermedades cardiovasculares. Entre ellas se encontraban el norfolk terrier, el pastor de Picardía, el spaniel continental enano inglés, el border terrier y el bichón habanero, entre otras. En cambio, entre las razas que ya presentan una mayor susceptibilidad genética a los problemas cardíacos, la relación con el mes de nacimiento fue mucho menos marcada. Este detalle llevó a los autores a considerar que el patrón observado podía estar relacionado con algún factor ambiental y no únicamente con la genética.
Eso sí, conviene poner el dato del 74% en contexto. Se trata de un incremento relativo del riesgo, no de que tres de cada cuatro perros nacidos en julio vayan a desarrollar una enfermedad cardíaca. Además, el estudio fue observacional, por lo que encontró una asociación estadística, pero no demostró una relación de causa y efecto.
La hipótesis que plantearon los investigadores tiene que ver con la exposición a partículas finas de contaminación durante la gestación. El verano puede presentar periodos de mayor exposición a determinados contaminantes atmosféricos y, según los autores, estos factores podrían influir en el desarrollo del sistema cardiovascular del feto. Esta idea no surgió únicamente de los datos obtenidos en perros, ya que el mismo equipo había analizado anteriormente información sanitaria de unos 10,5 millones de personas de varios países y había encontrado una asociación entre la exposición durante el primer trimestre del embarazo a partículas finas presentes en el aire y un aumento posterior del riesgo de fibrilación auricular, un trastorno del ritmo cardíaco.
Los investigadores plantearon que ambos hallazgos podían apuntar hacia un mecanismo similar. Durante el embarazo, la exposición de la madre (sea humana o canina) a determinados contaminantes puede afectar al entorno uterino y, con ello, al desarrollo cardiovascular del futuro cachorro.
En los perros, además, la gestación dura alrededor de dos meses, por lo que las etapas del desarrollo fetal y la exposición ambiental se concentran en un periodo mucho más corto que en el caso de las personas. Esto convierte a la especie canina en un modelo de interés para estudiar determinadas enfermedades cardiovasculares, ya que perros y humanos compartimos numerosos factores ambientales y también algunas características del sistema cardiovascular.
Que un perro haya nacido en julio no significa que esté condenado a padecer una enfermedad cardíaca, del mismo modo que nacer en enero tampoco supone estar protegido frente a ella. La genética, la edad, el estado de salud, el peso, la actividad física y otros factores tienen una importancia mucho más directa conocida sobre el bienestar cardiovascular.