
Halloween es una de las fechas más señaladas en el calendario de los amantes del misterio y el terror. Esta festividad invita a disfrazarse, contar historias de miedo y buscar planes que despierten la curiosidad por lo desconocido.
Pero hay lugares donde no hace falta recurrir a la imaginación para sentir ese escalofrío: basta con cruzar sus puertas y recorrer sus caminos en silencio. En el norte de España, algunos cementerios reúnen esculturas sorprendentes y rincones cargados de historia que los convierten en destinos increíbles para estas fechas.
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Cerca del cabo Finisterre, en plena Costa da Morte, se encuentra un cementerio que rompe con la imagen tradicional de estos recintos. Diseñado por el arquitecto gallego César Portela en los años noventa, el proyecto distribuye nichos en estructuras de granito a lo largo de una ladera, en A Coruña.
Su arquitectura busca integrarse en el paisaje y aprovechar la fuerza visual del entorno. Sin embargo, el cementerio nunca llegó a completarse, y durante años permaneció abandonado y rodeado de vegetación. Es una obra singular por su concepción arquitectónica, aunque conviene comprobar las condiciones de acceso antes de visitarla, ya que la información publicada describe problemas de acceso y conservación.
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En la villa cántabra de Comillas se encuentra uno de los cementerios más singulares del norte de España. Su imagen está marcada por las ruinas de una antigua iglesia gótica, que el arquitecto Lluís Domènech i Montaner aprovechó para configurar el recinto a finales del siglo XIX.
Entre sus elementos más reconocibles destaca el Ángel Guardián, una escultura de Josep Llimona que corona uno de los muros del antiguo templo y sostiene una espada. El conjunto combina arquitectura modernista, esculturas y restos históricos que le confieren una apariencia inconfundible.

En las laderas del monte Urgull, en San Sebastián, se esconde un pequeño camposanto ligado a uno de los episodios militares del siglo XIX. El Cementerio de los Ingleses está relacionado con los miembros de la Legión Auxiliar Británica que combatieron en la Primera Guerra Carlista.
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Su entorno, entre vegetación y caminos, contrasta con los monumentos funerarios que recuerdan a quienes participaron en aquel conflicto. El recinto también guarda una curiosidad histórica: allí está enterrado el militar liberal navarro Manuel Antonio de Gurrea, el único soldado no británico sepultado en este cementerio. El monumento se trasladó a su emplazamiento actual en 1924.

En la localidad asturiana de Luarca, el cementerio ocupa el promontorio de La Atalaya, desde donde se contemplan el mar Cantábrico y los acantilados de la costa. Su ubicación es uno de sus grandes atractivos, pero el recinto también destaca por sus panteones modernistas y sus capillas funerarias.
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Entre las tumbas se encuentra la del científico Severo Ochoa, nacido en Luarca y galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1959, que descansa junto a su esposa, Carmen García Cobián. La combinación de arquitectura funeraria, historia local y vistas al mar convierte este camposanto en una visita singular durante un recorrido por el occidente de Asturias.