
Hay una pregunta que ninguna familia debería tener que hacerse al buscar una escuela para su hijo: “¿Lo van a aceptar cuando sepan que tiene una discapacidad?”
Sin embargo, para muchas familias argentinas, esa pregunta se convirtió en una realidad cotidiana.
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Somos padres de niños con discapacidad y, como cualquier otra familia, buscamos una escuela en la que nuestros hijos puedan aprender, crecer, hacer amigos, compartir y sentirse parte. Buscamos una institución que pueda conocerlos, descubrir sus capacidades y acompañarlos en aquello que necesiten.
Pero muchas veces el proceso cambia drásticamente cuando aparece una palabra: CUD.
A partir de ese momento comienzan las preguntas sobre diagnósticos, terapias, acompañantes y necesidades de apoyo. Y, en demasiadas ocasiones, lo que inicialmente parecía un proceso normal de admisión termina con una respuesta que, con distintas palabras, significa lo mismo: “No estamos preparados para recibirlo”.
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A veces ni siquiera existe una negativa explícita. Simplemente el proceso deja de avanzar. Se argumenta una supuesta “falta de vacantes”, se habla de un supuesto “cupo de inclusión” por aula o se imponen barreras burocráticas e indirectas vinculadas con la necesidad de contar previamente con un acompañante o con la cobertura de las prestaciones. La institución aduce que no puede garantizar los apoyos o que no sabe cómo abordar la situación, y la familia termina entendiendo el mensaje de fondo: su hijo no fue elegido.
Y ahí comienza el verdadero problema: antes de conocer al niño, se conoce su diagnóstico.
Nuestro hijo Rafael tiene discapacidad y cuenta con Certificado Único de Discapacidad. Necesita determinados apoyos y realiza distintas terapias. Nada de eso debería definir cuánto puede aprender, cuánto puede aportar a sus compañeros ni, mucho menos, si merece o no un lugar en una escuela.
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No estamos pidiendo privilegios.
Estamos pidiendo igualdad.
No estamos pidiendo que una escuela ignore sus posibilidades institucionales ni que deje de evaluar las necesidades pedagógicas de un alumno. Estamos pidiendo algo mucho más básico: que cada niño sea evaluado como una persona, que se analicen sus necesidades concretas y que se busquen los apoyos y ajustes necesarios para que pueda aprender y participar junto a los demás.
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Porque inclusión no significa que todos los chicos necesiten lo mismo.
Significa que todos tengan la posibilidad de estar, aprender y pertenecer.
Y esto no es solamente una preocupación de nuestra familia. Al hablar con otros padres descubrimos que somos muchos los que atravesamos situaciones similares. Familias que recorren colegios, tienen entrevistas, explican la situación de sus hijos y vuelven a casa con la sensación de que una condición que sus hijos no eligieron terminó convirtiéndose en una barrera para acceder a la educación.
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Lo más difícil no es solamente encontrar una escuela.
Lo más difícil es sentir que, antes de conocer a nuestros hijos, algunas instituciones ya decidieron que son demasiado difíciles de acompañar.
La inclusión no es un favor: es un derecho
Argentina tiene un marco jurídico claro.
La Constitución Nacional establece, en su artículo 75 inciso 23, el deber de promover medidas de acción positiva que garanticen la igualdad real de oportunidades y de trato y el pleno ejercicio de los derechos, especialmente respecto de los niños y de las personas con discapacidad.
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La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que en nuestro país tiene jerarquía constitucional, reconoce expresamente el derecho a la educación y obliga a garantizar un sistema educativo inclusivo, sin discriminación y sobre la base de la igualdad de oportunidades. Su artículo 24 establece que las personas con discapacidad no pueden quedar excluidas del sistema general de educación por motivos de discapacidad y exige que se realicen ajustes razonables y se brinden los apoyos necesarios.
La Ley de Educación Nacional N.º 26.206 establece que la educación es un derecho y que el sistema educativo debe garantizar la igualdad, la equidad y la inclusión.
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Y existe una norma todavía más concreta: la Resolución CFE N.º 311/16. Esta norma establece criterios específicos para garantizar las trayectorias educativas de los estudiantes con discapacidad y contempla la obligación de identificar las barreras que enfrentan, brindar los apoyos necesarios y desarrollar las estrategias pedagógicas que permitan su inclusión. La información oficial del Estado es explícita al señalar que las escuelas no pueden rechazar la inscripción o reinscripción de un estudiante por motivos de discapacidad.
No se trata, entonces, de una interpretación de algunas familias. Se trata de derechos reconocidos por nuestro ordenamiento jurídico.
Y existe un dato que debería interpelarnos como sociedad: el propio Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad manifestó su preocupación por los rechazos de inscripción de estudiantes con discapacidad en escuelas comunes, tanto estatales como privadas, pese a la existencia de la Resolución CFE 311/16. También señaló la insuficiencia de apoyos y ajustes razonables en los entornos educativos comunes.
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Entonces la pregunta es inevitable:
Si el derecho está reconocido. Si existen leyes, una Convención con jerarquía constitucional y normas específicas que protegen la inclusión. Si las escuelas no pueden rechazar a un alumno por su discapacidad, ¿por qué tantas familias seguimos encontrando puertas cerradas cuando buscamos una escuela para nuestros hijos?
Porque una cosa es que la inclusión exista en los papeles y otra muy distinta es que exista realmente en las aulas.
Tampoco podemos ignorar el rol del Estado. La inclusión no se agota en dictar normas. Exige políticas públicas, fiscalización, acompañamiento y recursos reales para que las instituciones puedan cumplirlas. Y también exige que, cuando existan prácticas discriminatorias, haya mecanismos efectivos para detectarlas y corregirlas.
¿Quién decide cuánto vale un niño?
Quizás uno de los mayores problemas sea que todavía seguimos pensando la discapacidad desde lo que un niño “no puede hacer”, en lugar de preguntarnos qué necesita para poder hacerlo.
Si un niño necesita una maestra de apoyo, una adaptación, determinadas estrategias pedagógicas, más tiempo, una organización diferente o acompañamiento profesional, eso no debería convertirlo en un alumno “imposible”.
Debería activar los mecanismos de inclusión.
La discapacidad no está solamente en la persona. También está en las barreras que encuentra en su entorno.
Y una escuela inclusiva no es aquella que simplemente permite que un niño esté sentado dentro de un aula. Es aquella que trabaja para que pueda participar, aprender y formar parte de la comunidad educativa.
Nuestros hijos tampoco deberían convertirse en un problema que las familias tienen que resolver solas.
Necesitamos escuelas capacitadas, docentes acompañados, equipos de orientación preparados y un sistema que permita que la inclusión sea posible en la práctica y no solamente una declaración escrita en una ley.
Detrás de cada CUD hay un niño
A veces parece que cuando una familia dice “mi hijo tiene CUD”, el colegio deja de escuchar el nombre del niño y empieza a escuchar solamente su diagnóstico.
Pero detrás de cada CUD hay un niño.
Hay un nombre, una personalidad, una sonrisa, amigos que quiere hacer, cosas que quiere aprender, juegos que quiere compartir y sueños que todavía ni siquiera puede expresar.
Hay una familia que probablemente lleva años acompañando terapias, médicos, evaluaciones, tratamientos y esfuerzos que muchas veces nadie ve.
Y hay padres que no están pidiendo que sus hijos sean tratados de manera diferente.
Están pidiendo que tengan la misma oportunidad.
No queremos que nuestros hijos sean aceptados por lástima.
No queremos una escuela que les haga un favor.
Queremos una escuela que entienda que la diversidad forma parte de cualquier comunidad y que educar también significa aprender a convivir con las diferencias.
Porque nuestros hijos no necesitan que alguien les abra una puerta por compasión.
Necesitan que nadie se las cierre por tener una discapacidad.
La inclusión no debería depender de encontrar “el colegio que se anime”.
Debería ser una realidad.
Y quizás haya llegado el momento de que, como sociedad, dejemos de preguntarnos qué colegio está dispuesto a recibir a nuestros hijos y empecemos a preguntarnos:
¿Qué sociedad queremos construir para ellos?