Lo ridículas que resultan muchas situaciones de los videojuegos de Resident Evil generan un tono muy particular en las obras de Capcom, plenamente conscientes de su absurdo, pero que resulta más fácil de introducir en un medio interactivo que en el cine. Zach Cregger, en esta nueva adaptación de la franquicia, no ha querido obviarlo y, de hecho, lo abraza con los brazos abiertos de forma muy efectiva. ¿El resultado? Una cinta que se acerca más a la comedia que al propio terror y que supone un salto adelante en las adaptaciones de la saga de juegos, pero que se queda lejos en lo que a cine puro se refiere respecto a Barbarian o Weapons, las últimas obras maestras del cineasta.
Cregger es muy inteligente al apostar por un tipo de protagonista que se aleja por mucho de lo que estamos acostumbrados a ver en la franquicia de videojuegos. Bryan, interpretado con tino por Austin Abrams, no es ningún soldado, policía ni mercenario; no tiene experiencia con las armas ni sabe de qué va todo el tema de los extraños virus que transforman a humanos y animales en criaturas grotescas y mortalmente peligrosas. Es a través de su visión donde nos vamos encontrando, de forma continua, con situaciones que recuerdan irremediablemente a las de los videojuegos, tratadas con el absurdo de lo que realmente significan: candados por todas partes que requieren llaves, armas, criaturas extrañas... no creo que todos los jugadores queden satisfechos con este acercamiento, pero es el más correcto si tratas de abordar una adaptación que sea fiel: las propias obras originales son conscientes de su extravagancia y juegan con ella.
Sí me ha sorprendido encontrar tan poco terror, teniendo en consideración lo bien que Cregger sabe asustar en Barbarian y Weapons. Hay momentos de cierta tensión, por supuesto, y algún que otro susto, pero quedan diluidos de forma constante con lo estrafalario de las situaciones, que no dudan en remarcarse. Como digo, esto gustará más o menos, pero creo que es la forma más correcta de realizar una adaptación fiel del universo de Resident Evil: algo más serio o terrorífico se alejaría de las obras originales, por extraño que pueda parecer.
Pero esto nos lleva a otra lectura menos grata, al menos para mí: la figura de Zach Cregger también queda algo diluida en favor de estos esfuerzos por querer capturar la esencia de los videojuegos de Resident Evil. Hay muchas referencias, la utilización de muchos planos que intentan asemejarse al videojuego (muchas escenas sitúan la cámara en la espalda del protagonista, o incluso en una vista en primera persona) hacen que la magia cinéfila del propio Cregger, que sí brilla en sus películas anteriores, aquí se deteriore un poco.
Aunque es una película fantástica, Resident Evil no consigue llegar a la altura de las películas anteriores de Zach Cregger, pero tampoco parece ser su objetivo: Barbarian y Weapons ya son, entre ellas, aproximaciones diferentes al terror, y aquí la intención difiere por completa. De forma personal, tras considerar muchas de las declaraciones del director, pensaba que la cinta iba a alejarse mucho más de los videojuegos. Esperaba que hubiera mucho más de Cregger que de Resident Evil, y me he encontrado lo contrario.
Curiosamente, el propio Cregger destacó que uno de los aspectos que más le llamaban la atención de los videojuegos de Resident Evil eran su capacidad de transportar al jugador por escenarios muy diversos de manera orgánica y continua. Que de una ciudad pases a una comisaría, a un bosque, a una casa, a un garaje o a un laboratorio, por ejemplo. Y esto, curiosamente, está perfectamente representado en la película. De hecho, todo se organiza alrededor del protagonista, al que el espectador acompaña de forma constante durante toda la cinta, como si fuera el personaje que controla en un videojuego. Hay mucho del autor en su representación, en lo que significan para él mismo los juegos.
Es otra buena muestra de que Cregger, a pesar de sus palabras, ha querido ser realmente fiel a lo que significa para él Resident Evil. Y hago hincapié en esta última frase: lo que significa para él. Y es una interesante aproximación que nos regala una película muy intensa, rápida y entretenida, con grandes momentos y que no consigue brillar con la misma intensidad que otras de sus obras, pero porque tampoco pretende hacerlo.
No es el primer cineasta que abraza el absurdo de la franquicia Resident Evil en sus adaptaciones, y las propias películas de Paul W.S. Anderson son el mejor ejemplo de ello, pero con una calidad cinematográfica opuesta. Se nota que se ha querido entregar una experiencia para el gran público, con una marca que cualquiera sabe identificar (sea consumidor o no de videojuegos) pero que, a pesar de ello, no ha dejado de otorgar libertad a su cineasta para aportar su propia visión.
Dicho lo cual, Resident Evil es lo que es: la particular visión de Zach Cregger de una saga de videojuegos absurda y muy querida, pero no parece pretender ir más allá, como sí lo hicieran sus películas anteriores. Si no esperas ver algo a la altura de Barbarian y Weapons, Resident Evil cumple con una hora y media frenética y muy bien medida, que sabe captar la esencia de los videojuegos apostando por el camino de su absurdo. Una visión muy particular que, gustando más o menos, resulta única.