“Creí que siempre iba a tener tiempo”

calendar_today 20.09.2026 - person  - timer ~6 Minutos

(Imagen Ilustrativa Infobae)

“Lo que une esta existencia con la vida eterna no es la muerte sino el amor”, dice el cura (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Tengo la vida hecha. No fue lo que imaginaba ni lo que quería. Pero igualmente, fue maravilloso”, me dijo mi padre en nuestro último encuentro.

Estoy parado frente a su ataúd y, aunque sé que está muerto, me cuesta entender que esa palabra pueda aplicarse a él.

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Hace apenas unas semanas estábamossentados frente a frente. Sabíamos que no había cura para su enfermedad, que su tiempo se estaba terminando, pero todavía podíamos hablar. Y hablamos de la vida, de lo que había sido, de lo que había quedado pendiente. En un momento me dijo algo que ahora retumba en mi cabeza:

Si tuviera que aconsejarte algo es que no esperes mucho para disponer tiempo en compartir con las personas que querés. Escuchar y hablar de corazón a corazón.

Después me tomó las manos.

—El verdadero encuentro entre dos seres es lo más importante de la vida, si es que no es lo único significativo. Si existe el paraíso, debe ser parecido a eso.

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Todos sabemos que algún día vamos a morir. Pero saberlo intelectualmente es una cosa, y sentir que el tiempo se acaba es otra. Ahora, que estoy en plena crisis de los 40, me toca tenerla ahí, frente a frente. Hasta entonces, la muerte perteneció al territorio de los otros: un abuelo, algún conocido, los padres de un amigo. Yo seguía concentrado en mis proyectos, en mis planes, en los hijos que crecen, los trabajos, viajes, y tantas cosas por hacer.

Hasta que algo cambia. Una enfermedad, una pérdida, una señal del cuerpo. De pronto dejamos de pensar en la muerte como una posibilidad lejana y empezamos a sentirla como parte de nuestra propia historia. La enfermedad de mi padre hizo que esa conciencia se volviera imposible de esquivar.

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Y también hizo algo que, por paradójico que parezca, debo agradecer que nos acercó.

Mi relación con él nunca había sido especialmente estrecha. Nos queríamos, pero había distancias, silencios y muchas cosas que no habíamos sabido decirnos. El cáncer hizo que algo se abriera entre nosotros. Quizás porque cuando el tiempo se vuelve limitado dejamos de tener tanto interés en protegernos, en sostener determinadas formas, en guardar para después aquello que verdaderamente queremos decir.

Los encuentros fueron pocos, pero profundos. Ahora, frente a su cuerpo sin vida, siento que estuve subiendo una escalera sin preguntarme demasiado hacia dónde conducía. Como si siempre hubiera tiempo para llegar a algún lugar que en realidad, nunca terminaba de definir. De golpe, me encuentro teniendo que mirar esa escalera desde abajo. Y no puedo evitar preguntarme si estaba apoyada en la pared correcta.

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El sacerdote comienza el responso y yo escucho sus palabras mientras miro alrededor. Estamos todos: mi madre, mis hermanos, mi hija. Hay tristeza, cansancio, una especie de alivio después de tanto sufrimiento. Pero sobre todo hay una sensación difícil de nombrar. Como si, en medio del dolor, también hubiera algo profundamente amoroso sosteniéndonos.

Entonces recuerdo a mi hija despidiéndose de su abuelo.

Mi padre ya estaba inconsciente. Ella sabía que probablemente no volvería a hablar con él. Se acercó a la cama, le acarició las mejillas y empezó a hablarle en voz baja:

—Abuelito, te quiero mucho. Te voy a extrañar. Nunca me voy a olvidar el día que me enseñaste a andar en bici, cuando nos escapábamos de la abuela y de mamá para comer un helado antes del almuerzo. Querido abuelito…

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Reviví cada una de esa pequeñas escenas, que quizás, mientras sucedían, parecían insignificantes. Ahora eran parte de lo que mi hija iba a conservar de él para siempre.

Después estuvimos todos alrededor de su cama. Mi madre, mis hermanos, mi hija y yo. Y cuando finalmente estuvimos juntos, mi padre murió.

Me gusta pensar que esperó a que estuviéramos todos. No sé si fue así. No tengo manera de saberlo. Pero hay cosas que uno necesita creer porque, de alguna manera, ayudan a darle sentido a lo vivido.

El responso continúa: “Lo que une esta existencia con la vida eterna no es la muerte sino el amor”, dice el cura.

Lo escucho y, por primera vez en toda la mañana, sonrío. Instintivamente aprieto la mano de mi hija. Ella me mira, me devuelve la sonrisa.

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Y en ese momento entiendo algo que durante décadas había creído comprender y que, en realidad, no tenía idea de su real significado.

Yo había escuchado muchas veces hablar del amor al prójimo. Lo había aprendido en la escuela, en la iglesia, en conversaciones, en libros. Pero mi idea del amor estaba asociada principalmente al cariño que había recibido de mis padres, al enamoramiento, a la pareja, a los hijos, a los abrazos, a cuidar a alguien.

Pensaba que sabía qué era amar. Pero allí, frente al cuerpo de mi padre, empiezo a entenderlo de otra manera.

El amor también es aquello que permanece cuando alguien ya no está. Es una bicicleta que alguien recuerda. Es un helado comido a escondidas. Es una conversación que ocurrió apenas unas semanas antes y que, sin embargo, puede acompañarnos durante toda la vida. Es algo que pasa de una generación a otra sin que nos demos cuenta.

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Mi padre se fue, pero algo suyo quedó en mi hija. Y algo de él quedó en mí. Quizás eso sea lo que quiso decirme aquella última vez cuando dijo que tenía la vida hecha. No estaba hablando solamente de lo que había conseguido o de lo que no había conseguido. Estaba hablando de los encuentros que había tenido. De las personas con las que había podido estar realmente.

Y entonces vuelvo a su consejo: no esperes mucho.

Mi padre me enseñó que no necesariamente tenemos que esperar a que llegue una enfermedad para empezar a preguntarnos qué estamos haciendo con nuestro tiempo.

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La conciencia de la muerte no debería hacernos vivir con miedo. Debería ayudarnos a distinguir. A entender qué merece nuestro tiempo y qué no. A saber qué conversación queremos tener antes de que sea tarde. A reconocer a quién queremos cerca. A dejar de postergar algunos encuentros.

Porque la muerte no solamente nos recuerda que un día vamos a morir. También puede mostrarnos, mientras todavía estamos vivos, qué cosas hacen que la vida haya valido la pena.

Miro otra vez a mi hija y aprieto su mano.

Mi padre ya no está. Y, sin embargo, en ese instante siento con una claridad que nunca había tenido que algo de él sigue aquí. Quizás eso sea el amor: la posibilidad de que alguien siga acompañándonos incluso después de haberse ido. Y quizá también sea el paraíso: dos personas que se quieren, tomadas de la mano, mirándose sin necesidad de decir nada, completamente presentes. Un momento en el que, por fin, no estamos esperando que empiece la vida.