Solemos pensar, y con razón, que cada persona tiene su manera particular de relacionarse con su perro, pero algunos estudios han encontrado diferencias que aparecen con frecuencia cuando se compara la interacción de hombres y mujeres con sus perros. No se trata, evidentemente, de una regla que pueda aplicarse a cada individuo, sino de tendencias observadas en distintos contextos y que pueden estar relacionadas con la forma en que unas y otros hemos aprendido a comunicarnos y a establecer vínculos.
Estas diferencias pueden parecer pequeñas, como hablar con un tono más agudo, utilizar más palabras para guiar al perro, recurrir al contacto físico o ejercer más tensión sobre la correa, pero para un animal que no entiende el lenguaje humano como lo hacemos nosotros, todos esos elementos forman parte de la información que recibe de la persona que tiene delante, o a su lado. Comprenderlos puede ayudar a revisar nuestra propia manera de comunicarnos con los perros y, sobre todo, a preguntarnos si aquello que hacemos para conseguir una determinada respuesta les resulta realmente comprensible y seguro.
Una de las diferencias más reconocibles aparece en algo tan cotidiano como la voz. Muchas personas modifican espontáneamente su manera de hablar cuando se dirigen a un perro y elevan el tono, alargan determinadas palabras, utilizan una entonación más melódica y recurren a expresiones que recuerdan a la llamada habla infantilizada que dirigimos a los bebés.
Esta forma de comunicación recibe en la literatura científica el nombre de ‘habla dirigida a perros’ y no es exclusiva de las mujeres. De hecho, un estudio publicado en 2017 encontró que las personas utilizaban este registro al dirigirse a perros de diferentes edades. Los cachorros, además, respondían especialmente bien a ese tipo de voz, mientras que los perros adultos no mostraban una respuesta diferente frente al habla convencional en ese experimento concreto. Otra investigación, publicada en 2020, observó específicamente cómo hombres y mujeres interactuaban con sus perros en parques. Los investigadores realizaron 177 observaciones de diez minutos entre los binomios persona-perro y registraron diferentes comportamientos, entre ellos hablar al animal con un tono infantil, hablarle suavemente o reprenderlo. Las mujeres mostraron una mayor tendencia a utilizar el ‘habla dirigida a perros’ y a utilizar un volumen suave, aunque algunas de estas diferencias fueron pequeñas y el estudio tenía carácter exploratorio.
Las diferencias también se observaron durante los paseos, donde la comunicación entre perro y persona no depende únicamente de las palabras. La correa, la postura corporal, el movimiento, la tensión que se ejerce y el contacto físico forman parte de un intercambio constante que el animal debe interpretar.
En un estudio se analizaron 370 paseos de 111 perros de una protectora realizados por 74 voluntarios. Los investigadores grabaron las caminatas y utilizaron un dispositivo capaz de medir la tensión ejercida sobre la correa para estudiar cómo interactuaban los perros y las personas que los paseaban. Los resultados mostraron algunas diferencias según el sexo del personal voluntario. Los perros presentaron más conductas relacionadas con el estrés cuando paseaban con hombres que cuando lo hacían con mujeres. Entre estas conductas aparecieron una menor frecuencia de colocar la cola en posición alta, más miradas hacia la persona y más lametazos de labios. Al mismo tiempo, las mujeres mostraron una mayor tendencia a utilizar órdenes verbales y un registro de voz similar al empleado al hablar con niños, mientras que los hombres tendieron a mantener tensa la correa y al contacto físico con los perros, pero en silencio.
Además del sexo de la persona, hay otros factores que pueden modificar considerablemente la interacción. Una investigación posterior del mismo equipo estudió la relación entre los rasgos de personalidad de los voluntarios de una protectora y la manera en que paseaban con los perros.
Los resultados mostraron, por ejemplo, que los voluntarios con mayores niveles de neuroticismo, un rasgo de personalidad relacionado con una mayor tendencia a experimentar emociones negativas como ansiedad, preocupación e inseguridad, ejercían más fuerza sobre la correa y tendían a utilizar más el lenguaje corporal, mientras que los perros que paseaban con ellos mostraban más conductas como lamerse los labios o sacudirse. Los voluntarios más extrovertidos también se asociaron con una mayor tensión de la correa y con más alabanzas al perro utilizando un tono agudo.
Este trabajo ayuda a poner los resultados sobre género en contexto. Nuestra personalidad, nuestras experiencias, los conocimientos que tengamos sobre comportamiento canino, el tipo de educación que hayamos recibido y las experiencias previas del propio perro pueden influir en lo que ocurre durante una interacción.
Más que preguntarnos si hombres o mujeres son mejores a la hora de comunicarse con los perros o para entrenarlos, resulta mucho más útil observar nuestras propias conductas. Si ante un perro que no responde como deseamos recurrimos inmediatamente a tirar de la correa, elevar la voz o repetir una orden cada vez más fuerte, quizá el problema es que tenemos dificultades a la hora de comunicarnos y gestionar nuestra frustración.
Del mismo modo, hablarle con calma, utilizar una señal que el perro conozca, darle tiempo para procesar la información y reforzar las conductas que queremos que repita puede hacer que la interacción resulte mucho más clara para ambas partes.
Las diferencias encontradas entre hombres y mujeres en estos estudios citados son una oportunidad para mirar con atención una relación en la que participan dos seres vivos que no compartimos el mismo lenguaje. Cuanto mejor entendamos cómo afectan nuestros gestos, nuestra voz y nuestras decisiones al perro que tenemos delante, más fácil será construir una convivencia en la que ambos sepamos qué esperar del otro.