Cicatrices en la piedra: el mapa emocional de Gabriela Exilart | El Dia

calendar_today 26.07.2026 - person  - timer ~8 Minutos

¿Qué define realmente a una buena novela histórica en la actualidad? En el panorama de la literatura argentina contemporánea, el género se ha desplazado hacia un ejercicio de justicia poética, donde la ficción se convierte en la herramienta indispensable para rescatar del olvido a quienes padecieron la historia en el más absoluto silencio. Para Gabriela Exilart, cuya trayectoria la posiciona como una de las voces más leídas del género en el país, las claves residen en un pacto indestructible de verosimilitud y un rigor documental exhaustivo que busca la verdad humana más allá de los datos duros. Con su reciente éxito “Tierra herida”, la escritora marplatense demuestra que la verdadera narrativa histórica no se limita a enumerar acontecimientos del pasado, sino que recupera la compleja trama social, las tensiones de época y el latido cotidiano, devolviendo la palabra a los personajes que la crónica oficial dejó en las sombras.

Ambientada en los primeros años del siglo XX, entre el paisaje arduo de las canteras de Tandil, una Buenos Aires en vertiginosa transformación y un país que todavía discute qué significa convertirse en nación, la autora vuelve sobre los pasos de personajes de “El secreto de Azucena” para narrar un entramado en el que la violencia, el trabajo agotador, la inmigración, el conflicto con los pueblos originarios y las primeras demandas feministas forman parte de una misma historia.

La ficción comienza cuando la Argentina celebra el progreso material. El ferrocarril avanza, las ciudades crecen a ritmo acelerado y la modernización se presenta como una promesa compartida. Sin embargo, Exilart decide correr el foco de ese relato oficial optimista y mirar aquello que quedó debajo de la superficie: las canteras de piedra donde se trabajaba en condiciones inhumanas y duras.

El pacto con la historia y el lector

En ese escenario aparecen Ana, convertida ahora en maestra; Catriel, atravesado por una identidad escindida entre el universo indígena y el mundo criollo; Celestina, cuya peripecia judicial vuelve a poner en tensión directa la noción de justicia. La documentación que sostiene este entramado es rigurosa, pero no desplaza a la ficción. El lector percibe desde las primeras páginas que detrás de cada pasaje existe un trabajo de archivo minucioso: las fechas, los periódicos, las instituciones y los hechos históricos aparecen integrados con naturalidad al relato. La ficción sostiene la historia; jamás la aplasta. En entrevista con EL DÍA, Gabriela explica: “Trato de ser lo más cercana y lo más documentada posible a lo que estoy narrando. Cuando alguna fuente contradice a otra o necesito tomar una licencia narrativa, lo aclaro porque me parece una cuestión de respeto hacia la historia y hacia el lector”.

Lo interesante: en un apartado de notas hacia el final, la autora distingue qué personajes y acontecimientos pertenecen a la documentación histórica y cuáles son producto de la ficción. Lejos de romper la ilusión narrativa, ese gesto fortalece el pacto de lectura de modo definitivo. La frontera entre la historia oficial y la ficción deja de ser un límite para convertirse en un espacio de diálogo. Este procedimiento explica también por qué “Tierra herida” consigue algo difícil en la literatura actual: recuperar acontecimientos poco transitados por la narrativa argentina sin convertirlos en meros escenarios decorativos. La vida de los picapedreros de Tandil, las formas de organización obrera, las relaciones laborales dentro de las canteras o el funcionamiento de su economía no figuran como datos curiosos, sino como elementos estructurales del conflicto.

La investigación que abre

La gestación misma de la novela nació a partir de un hallazgo documental, tal como lo relata la autora: “Empecé escribiendo ‘El secreto de Azucena’ porque quería contar la masacre de Tata Dios. En medio de esa investigación llegó a mis manos un libro sobre los picapedreros. No me servía para la masacre porque no estaba ambientado en esa época, pero ahí vi el enlace porque me interesó muchísimo la historia de la vida de las canteras, que no la conocía tampoco”. Luego, “los niños de esa historia crecieron treinta años y se convirtieron en los protagonistas de ‘Tierra herida’”. “Me enamoro de mis personajes de ficción, los tengo conmigo, son parte de mi familia. Por eso, a veces, cuando puedo meter a alguno de una novela anterior en una historia nueva, lo hago. Es mi forma de no soltarlos”, confiesa. Aun así, la novela es independiente; no es necesario haber leído la primera.

Esta respuesta revela una característica constante en la obra de Exilart: cada proceso de investigación abre otra investigación. Un episodio conduce a otro y termina dibujando una cartografía alternativa de la historia argentina, donde los márgenes adquieren el centro de la escena.

La complejidad humana en tiempos violentos

En ese sentido, resulta significativo el tratamiento otorgado a Catriel, uno de los personajes más complejos del texto. Su recorrido evita cualquier representación simplificadora del mundo indígena: no aparece como símbolo idealizado ni como antagonista del proyecto nacional. Su identidad está construida desde el desarraigo de pertenecer y, al mismo tiempo, no pertenecer completamente a ninguno de los mundos que habita. Esa tensión existencial convierte su historia en una de las más potentes de la novela.

Algo similar ocurre con Ana, cuya vocación docente no funciona únicamente como un rasgo biográfico. Exilart la utiliza para formular una pregunta central: qué lugar podían ocupar las mujeres en una sociedad que empezaba a modernizarse sin abandonar muchas de sus estructuras patriarcales. En lugar de construir heroínas perfectas, la autora apuesta por personajes atravesados por contradicciones, resentimientos y zonas oscuras. Como lectora y creadora, Exilart desconfía de los personajes previsibles y fundamenta su concepción sobre la condición humana: “Cada vez estoy más exigente como lectora. Si un libro no me engancha o no lo creo, lo dejo. El pacto de verosimilitud con el lector tiene que ser muy fuerte. Trato de darles a los personajes la mayor humanidad posible, que sean contradictorios, porque en la vida nadie es totalmente bueno o totalmente malo. Hasta el malo tiene sentimientos con su familia o con sus amigos, y el bueno también tiene sus oscuridades, su egoísmo y sus traiciones”.

Mujeres que abren grietas en el pasado

Por otra parte, el interés por recuperar voces desplazadas explica la centralidad de las mujeres en la narrativa de Exilart. No se trata de imponer un discurso anacrónico, sino de mostrar que muchas discusiones actuales ya estaban germinando en el pasado. “La historia de Julieta Lanteri me marcó muchísimo. Era una mujer extraordinaria y muy poco conocida. Leí sus ponencias y me impresionó descubrir que ya hablaban de la independencia económica de la mujer, de la patria potestad, del cuidado del cuerpo y del aborto. Son discusiones que seguimos teniendo hoy. Me interesa contar la historia de esas mujeres porque muchas no ocuparon el lugar que les corresponde”.

Esa mirada se proyecta de forma natural sobre “Tierra herida”. La novela rescata a figuras femeninas que desafían los límites de su época desde la educación, el trabajo o la participación política, negociando permanentemente con las fronteras del orden patriarcal.

El desafío de reconstruir lo cotidiano

Otro aspecto determinante en la escritura de Exilart es su destreza para reconstruir la vida cotidiana. Si bien la investigación permite rescatar hechos y fechas, recrear la sensibilidad, los gestos y las conversaciones de una época requiere un esfuerzo artesanal distinto. La autora describe las exigencias de esta tarea: “Lo difícil es reconstruir lo cotidiano. Buscás cómo se hablaba, qué se comía, cómo se vestían, qué expresiones usaban. Ahí está el verdadero desafío; buscás y está el dato histórico, pero no lo cotidiano y uno tiene que evitar los anacronismos”.

Es justamente en esos pequeños detalles —las charlas alrededor del mate, el funcionamiento de una escuela normal, los recorridos del tren o el lenguaje periodístico— en los que la novela alcanza su verosimilitud más deslumbrante.

Tras más de una decena de libros, la trayectoria de Gabriela Exilart muestra una maduración donde la investigación histórica ha tomado el rol protagónico, desplazando progresivamente el lugar que antes ocupaba la trama romántica tradicional: “Con los años me interesa cada vez más contar la Historia. El romance fue perdiendo espacio y el trabajo histórico ganó protagonismo. Incluso la novela que estoy terminando casi no tiene una historia de amor fuerte porque los hechos históricos terminaron imponiéndose”.

Esa afirmación permite comprender el lugar de “Tierra herida” en su producción literaria. Exilart propone algo diferente a usar el pasado como simple escenografía: mirar la construcción del país desde quienes cargaron las piedras, enseñaron en las primeras escuelas, sobrevivieron al despojo o comenzaron a imaginar un lugar distinto para las mujeres. Allí reside su mayor potencia: en devolverle la voz a quienes quedaron al margen de la crónica oficial y recordar que toda nación también se construye con las historias que decide dejar al margen.

“Me enamoro de mis personajes de ficción, los tengo conmigo, son parte de mi familia. Por eso, a veces, cuando puedo meter a alguno de una novela anterior en una historia nueva, lo hago. Es mi forma de no soltarlos”

La autora distingue qué personajes y acontecimientos pertenecen a la documentación histórica y cuáles son producto de la ficción

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