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Durante años, la vida de la joven Tan transcurría, en buena parte, en un tren de Tokio. Dos horas diarias de trayecto a la oficina, cinco días a la semana. Había estudiado economía y trabajaba en una multinacional, pero tenía cada vez más claro que no era la vida que quería. “No era feliz, pero no sabía cómo salir del bucle. De hecho, ni siquiera me lo planteaba”.
Había nacido en Shenyang, en el norte de China, muy cerca de la frontera con Corea, en una familia de origen coreano marcada por las migraciones. Sus abuelos procedían de Corea del Norte y ella apenas tenía nueve años cuando sus padres decidieron instalarse en Japón. Creció saltando entre ambos países hasta establecerse en Tokio, donde estudió, empezó a trabajar y abrazó una rutina que durante años creyó inevitable.
Hasta que llegó a Barcelona. La revelación no apareció tras una catarsis, sino en un momento cotidiano: en un Bruch Electronik, el festival de música electrónica de Montjuïc. “Estaba de vacaciones y no me planteaba cambiar de vida. Pero de repente, charlando con una chica barcelonesa, lo vi claro. ¿Por qué seguir haciendo algo que no me gustaba? ¿Por qué no podía vivir aquí?”. Barcelona compartía con muchas ciudades asiáticas el gusto por la vida nocturna, con calles llenas y locales abiertos hasta tarde, pero sin la presión de Tokio: “Enseguida me di cuenta de que aquí la gente es más feliz”.
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Tenía 27 años cuando decidió dejar su trabajo en Tokio y pasar una temporada en Barcelona para estudiar un máster en Turismo. Quería cambiar de vida, pero no sabía cómo hacerlo. Pronto encontró trabajo en una empresa japonesa de alimentación, y aunque consiguió quedarse en la ciudad seguía sin sentirse satisfecha. Un día volvió a hacerse la misma pregunta que años atrás. “Pensé: he venido a Barcelona para seguir haciendo lo mismo. ¿Qué estoy haciendo?”.
Encontró la respuesta en la cocina de su casa. Siempre le había gustado cocinar, aunque nunca imaginó que acabaría dedicándose a ello. Durante la pandemia comenzó a organizar cenas para amigos, a las que pronto se apuntaron amigos de amigos. Después preparaba cajas de comida para llevar en sus días libres. Primero fueron unos pocos encargos, después una web y, poco a poco, una demanda creciente la llevó a abandonar la oficina en 2021. Desde una cocina compartida en el Poble-sec empezó a construir, casi sin darse cuenta, el embrión de Mikan, que significa “mandarina” en japonés, el nombre de una de sus dos gatas.
Su cocina resulta tan difícil de etiquetar como su biografía. Nació en China, creció en una familia coreana y pasó años viviendo en Japón. En sus platos conviven el kimchi, las algas o el tofu con productos de proximidad como el cerdo de dpagès, la ternera de Cal Tomàs o el pescado local. Hay recetas que nunca desaparecen de la carta por aclamación popular, como las setas eringi con mantequilla de ajo y ponzu, que resumen a la perfección una cocina delicada, libre y sin fronteras.
Abrió Mikan en 2023 junto a dos socios de confianza: su pareja, Woody Wong, y su amigo Arthur Holland, que elaborar una carta de vinos naturales estupenda. Hoy compagina la cocina con la maternidad (su hija tiene seis meses) y reconoce que hay días en los que el cansancio le hace preguntarse en qué lío se ha metido. Pero nunca se arrepiente. “Me gusta vivir aquí. En Asia, cuando hay un conflicto, muchas veces la emoción se queda dentro. Aquí la gente habla más, discute, pero luego sigue adelante”, dice, y sonríe cuando admite que ya piensa en abrir un segundo restaurante.
Tipo de comida
Dirección
Carrer d'Aribau, 158
931 38 84 71
www.mikanbarcelona.com
