El triunfo imprevisto por las encuestas de Flávio Bolsonaro por sobre el actual presidente y candidato Lula da Silva ilustra cómo se viven los procesos electorales en Latinoamérica en los últimos tiempos: una sociedad polarizada, un vuelco hacia posiciones más radicalizadas de derecha, una persistente dificultad de los oficialismos para reelegir y finalmente, una injerencia cada vez más abierta de Estados Unidos.
En primer lugar, la sociedad brasilera se presenta con una profunda polarización. Si bien Lula obtuvo un porcentaje algo mayor a lo esperado (45% de los votos), la mayor sorpresa fue la elección de Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair (preso por intento de golpe de Estado), quien logró centralizar el voto anti-Lula, en detrimento de otras opciones de derecha.
El gobierno de Lula fue avalado por un porcentaje considerable, pero a pesar del crecimiento económico de los últimos años y medidas de alto impacto social en los últimos días de campaña (como la prohibición de las apuestas deportivas), no logró convencer a sectores de centro. Ello demuestra que la sociedad brasileña está dividida por motivaciones socioeconómicas, pero también territorial (el noreste votó ampliamente por Lula, mientras que el sur por Flávio), racial, género y religión. En este último punto, fueron relevantes los apoyos tanto de la Iglesia Católica al candidato del PT como de las iglesias evangélicas que deliberadamente hicieron campaña por el hijo del expresidente.
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El Bolsonarismo, como movimiento político, no sólo conserva un sólido apoyo, sino que también demostró que puede conservar los votos más allá de la ausencia de la figura de Jair en la fórmula presidencial. Es una fuerza política que se articula en base a tres grandes pilares: biblia (los evangélicos), bala (las fuerzas de seguridad) y buey (el agronegocio).
No obstante, aún en caso de una remontada por parte de Lula, enfrentaría serios problemas de gobernabilidad para el futuro, ya que en la elección pasada el PL (Partido Liberal) que responde a Bolsonaro, logró una mayoría en el Congreso, a lo que se suma una amplia mayoría de gobiernos estaduales que apoyan al bolsonarismo.
Otra certeza que dejó la primera vuelta, se expresa en la dificultad que los oficialismos enfrentan en los distintos turnos electorales en toda la región, prueba de ello es el cambio de signo de gobierno en Colombia, Chile, Uruguay, Bolivia y en Argentina en 2023. Salvo en el caso de México, prima un voto castigo de las sociedades latinoamericanas que son expresión de un profundo malestar social, económico y político, cualquiera sea su signo.
Es también signo de los últimos tiempos la capacidad de seducción que opciones de ultraderecha o “nuevas” derechas logran capitalizar ese malestar, en detrimento inclusive de opciones liberales o de derecha más tradicionales.
Finalmente, también señalar la incidencia de Estados Unidos, que luego de su declive en el escenario global, ha posado nuevamente sus intenciones sobre Latinoamérica. Así, la administración de Trump ha buscado asegurar el control de la región y cada elección es un tablero donde se juegan decisiones trascendentales para los intereses norteamericanos, a través de interferencias políticas y de seguridad para luchar contra el “narco terrorismo”, salvatajes económicos-financieros a gobiernos aliados, guerra comercial y sanciones de tipo diplomáticas.
La segunda vuelta electoral en Brasil explica las tensiones y disputas que recorren América Latina en los últimos tiempos, pero que, en el caso brasilero, por el peso de su importancia, será una de los principales escenarios para el futuro inmediato de la región. Flávio parte como gran favorito para el balotaje, pero Lula, dijo que dará batalla hasta el final: “Soy muy bueno en el mata-mata”.
*Mgter. en Relaciones Internacionales. Abogado y director de la Licenciatura en Relaciones Internacionales UBP.