Bolonia ocupa una posición baricéntrica en el mapa italiano, atravesada por las rutas que cruzan el país de norte a sur y de este a oeste. Hacia el Adriático se extiende la Romaña, bizantina y marítima; hacia occidente, una Emilia continental, laica y productiva que mira al valle del Po. La capital de Emilia-Romaña se encuentra justo en medio, y a medio camino también entre Florencia y Venecia, dos de los polos turísticos italianos que a menudo eclipsaron su fama. La llaman la Docta, la Gorda y la Roja: por el Alma Mater Studiorum, la universidad más antigua de Occidente, fundada en 1088; por una gastronomía que no conoce la culpa calórica, y por el color de sus ladrillos medievales.
Bolonia es a un tiempo sofisticada y terrenal, vanguardia y conservación, burguesía y proletariado. Para terminar de encuadrarla, el otro tríptico que la define explora su alma hedonista y un poco fanfarrona. Es conocida también como la ciudad de las tres T: torres, tortellini y tetas. La primera de las T es evidente en Porta Ravegnana, donde aparecen las dos torres que dominan el imaginario de la ciudad desde hace siglos.

La Asinelli alcanza los 97,20 metros y guarda en su interior una escalera de 498 peldaños; la Garisenda, inclinada por el hundimiento del terreno, fue recortada en la edad media hasta los actuales 47 metros. Son las supervivientes más famosas de la Bolonia Turrita, cuando las familias poderosas levantaban torres con funciones defensivas y, sobre todo, para competir en prestigio, hasta dibujar una especie de Manhattan del siglo XII. La tradición universitaria aún avisa de que quien sube a la Asinelli antes de licenciarse corre el riesgo de no terminar nunca la carrera.
Piazza Maggiore es el centro cívico y social de una ciudad que durante siglos estuvo bajo dominio pontificio y que, tras la Segunda Guerra Mundial, se alzó como uno de los epicentros de la izquierda italiana y la contracultura juvenil, dando al antiguo apodo de ciudad roja un segundo significado. En la plaza, la basílica gótica de San Petronio, iniciada en 1390 y nunca terminada del todo, comparte el espacio con la fuente del Nettuno y palacios medievales y renacentistas.
A pocos pasos, en el Archiginnasio se conserva el Teatro Anatómico, una magnífica sala de madera del siglo XVII donde se enseñaba anatomía alrededor de una mesa de disección. La Pinacoteca Nazionale reúne obras de Giotto, Rafael, Perugino, Tiziano y Tintoretto, mientras el complejo de Santo Stefano, las llamadas Siete Iglesias, superpone edificios religiosos levantados en épocas diferentes.
La arquitectura más característica se encuentra, sin embargo, a ras de calle. Bolonia suma 62 kilómetros de pórticos, 42 de ellos en el centro histórico medieval, uno de los más extensos del mundo. Empezaron a multiplicarse para ampliar las plantas superiores de los edificios sobre el espacio público y acabaron formando una red de madera, piedra y ladrillo que atraviesa siglos y estilos arquitectónicos.

Ese espacio intermedio entre lo privado y lo público refleja una ciudad acostumbrada a compartir la calle. Doce conjuntos de pórticos fueron incluidos en 2021 en la lista del patrimonio mundial de la Unesco. Umberto Eco, boloñés de adopción y profesor durante décadas en el Alma Mater, veía en ellos y en las osterie que los puntúan una prolongación de la universidad: lugares donde encontrarse, conversar e intercambiar ideas fuera de las aulas. Una atmósfera que el cantautor y poeta Emiliano Francesco Guccini definió como la de una “Parigi in minore”, con sus mercados, sus tabernas y su bohemia de provincia.
En Via Zamboni, en plena zona universitaria, facultades y bibliotecas ocupan antiguos palacios hasta llegar a Piazza Verdi, poblada a todas horas por estudiantes, bicicletas, músicos callejeros y punkabbestia, figura italiana bastante próxima al perroflauta español. La plaza puede ser ruidosa, desordenada, maloliente y bastante poco complaciente con la postal turística. Eso sí: viva, vivaz y real. El turista, por su parte, puede encontrar uno de sus escenarios predilectos a pocos minutos, en Via Piella, donde la Finestrella, una pequeña ventana abierta sobre el canal de las Moline, permite asomarse a uno de los pocos tramos visibles de la antigua red de canales que durante siglos movió molinos y talleres.
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Hace no demasiado tiempo era una curiosidad que alguien tenía que indicar; hoy la llamada Piccola Venezia aparece en guías y redes sociales y no es raro tener que esperar turno para acercarse a la ventana. Bolonia ha regresado en los últimos años al gran circuito turístico internacional del que durante mucho tiempo parecía quedar al margen, sin que eso la incomodara especialmente. Pero, como siempre en su historia, ha sabido adaptarse a los tiempos que cambian, a menudo incluso adelantándose a ellos.
En la céntrica Via Ugo Bassi, los raíles del nuevo tranvía atraviesan el casco antiguo. El debate sobre esta nueva infraestructura fue acalorado entre los habitantes y, al final, prevaleció el pragmatismo. Lo cierto es que hoy Ryanair descarga aquí un turismo no siempre atento al patrimonio histórico, cultural y artístico de la ciudad y más atraído por los puestos de mortadela frita que en los últimos años han proliferado como setas por todos los rincones del centro. Males de la modernidad que parecen inevitables.

No obstante, Bolonia resiste y los viernes y sábados, a unas calles de allí, el mercado de la Montagnola mantiene su mezcla de ropa usada, zapatos, objetos improbables y público local. No muy lejos, el Mercato delle Erbe demuestra por qué Bolonia es quizá, junto con Nápoles, la gran capital gastronómica italiana. La mortadella lleva el nombre de la ciudad por el mundo; el ragù, conocido fuera de Italia como salsa boloñesa, se sirve con tagliatelle frescas al huevo, nunca con espaguetis; y los tortellini se comen religiosamente en caldo. Hasta la anchura de la tagliatella está codificada: ocho milímetros, con un modelo de oro conservado en el Palazzo della Mercanzia.
En Rodrigo, en pleno centro, la pasta fresca sigue elaborándose cada día a mano por las sfogline, las mujeres especializadas en extender con el mattarello la fina lámina de pasta al huevo de la que nace buena parte de la cocina de la Gorda. El restaurante abrió en 1949 y mantiene intacta su ortodoxia gastronómica. Indegno, una enseña mucho más joven, prefiere freír los tortellini y servirlos como street food para comer bajo los pórticos. La ciudad acepta el contraste con esa bonhomía algo fatalista que forma parte de su carácter.
En Via Mascarella, otro de los rincones que aparecen en el dédalo de soportales, Cantina Bentivoglio permite cenar a pocos metros de una formación de jazz. Aunque la música no tenga su propia T, forma parte de la identidad de Bolonia, integrada desde 2006 en la red de Ciudades Creativas de la Música de la Unesco. Su escena ha cambiado varias veces de piel, alimentada por la efervescencia universitaria: de la canción de autor de los setenta al punk y la new wave, de la electrónica al rock, el jazz y una larga tradición independiente.

Los pórticos continúan mucho más allá del centro. Desde Porta Saragozza, un tramo cubierto de casi cuatro kilómetros llega hasta el santuario de la Madonna di San Luca, en el Monte della Guardia. Sus célebres 666 arcos acompañan el recorrido, que atraviesa el Arco del Meloncello antes de comenzar la subida por la colina. Arriba, los tejados rojos se compactan hasta ocultar las calles y, detrás, se abre la llanura. Una pequeña gran ciudad, provinciana e internacional. Todavía hoy, como cantaba Lucio Dalla, otra de sus grandes voces: “En el centro de Bolonia no se pierde ni un niño”.