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La Guardia Urbana desalojó este viernes a primera hora de la mañana a 32 personas instaladas en tiendas de campaña y algunas construcciones muy precarias levantadas en la ladera de Montjuïc que da la ronda del Litoral, justo al lado del parque de Bomberos, en la avenida Josep Carner... Hablamos del que a efectos prácticos vendría ser el barrio más precario, inseguro y encima insalubre de la ciudad de chabolas en la que de un tiempo a esta parte devino esta montaña.
Porque de toda la vida en las faldas más discretas de Montjuïc se levantaron barracas, pero en verdad desde no hace tanto, sobretodo después de la pandemia, las infraviviendas también comenzaron a proliferar junto a los senderos más transitados del lugar, a los pies del teleférico, frente a los jardines de la Primavera, rodeando el barrio del Poble Sec...
Tenemos por estas faldas tan frecuentas por turistas y otros visitantes habitáculos con camino hasta la entrada decorados hasta con enanos de jardín por filipinos cuyos sueldos de cocineros no les da lo suficiente como para hacerse con siquiera una habitación en un piso compartido, también los que vendrían a ser chalets de autoconstrucción equipados con camping gas y muebles cajoneros donde tener todos los enseres bien ordenados... y también pozos de desesperanza y unos aires vintage que nos recuerdan aquellos turbios tiempos no tan lejanos de Can Tunis. Ahora lo que pasa es que las pipas y el crack arrebataron el protagonismo a las jeringuillas y a la heroína. Pero esta ruina viene a ser igual de triste que aquella.

El gobierno del alcalde Jaume Collboni explicó al poco que no tuvo otro remedio, que este asentamiento era también un pestilente foco de inmundicia, basuras y suciedad, que en los últimos meses los hurtos, las peleas y los delitos contra el patrimonio y se incrementaron en un 400%, que no pocos de estos maltrechos moradores son bien conocidos por los policías... Los vecinos de los alrededores ya estaban hartándose de todo esto. Hasta la seguridad vial de la ronda del Litoral estaba comprometida. Además, esta situación disparaba el riesgo de incendios en la montaña.

De manera que, tal y como también detalló el ejecutivo del alcalde Collboni, los policías municipales comunicaron a los moradores de este pozo de desesperanza que lamentablemente tenían que marcharse de allí, que los equipos municipales de limpieza tenían que garantizar la salubridad de estos rincones tan venidos a menos, que los servicios sociales del Ayuntamiento les asesorarían sobre sus alternativas...

Se trata en verdad de otro capítulo de una larga lista de desalojos que están marcando este mandato. Las entidades del tercer sector calculan que en estos momentos alrededor 2.000 personas viven en las calles de Barcelona. Es una cifra récord. Y centenares de ellas no hacen otra cosa que cambiar un parque por otro. En el último año al menos medio millar de personas fueron invitadas a plantar su tienda de campaña en otro lugar.

Luego, sobre el terreno, a la hora de la verdad, estas operaciones se desarrollan de un modo mucho más arisco. Los maltrechos moradores contaron después de su desalojo que sí que les avisaron, concretamente el día anterior. En realidad pueden darse con un canto en los dientes. A otros chabolistas simplemente les dicen un día tras otro que cualquier día de estos los echarán. No pocas veces el Ayuntamiento viste sus desalojos de simples operaciones de limpieza. Y la supuesta atención social en estos desalojos consiste básicamente en que te digan a qué oficina has de ir para explicar tus circunstancias si acaso deseas pedir algún tipo de ayuda. De los 32 desalojados solo tres se interesaron por esta información. La La Federació Catalana de Drogodependències ialtres addiccions (FCD) advirtió que “la presencia de personas sin hogar y consumo de drogas en el espacio público no puede abordarse únicamente como un problema de orden, seguridad o convivencia. Son situaciones complejas también vinculadas a la falta de vivienda, la pobreza, la exclusión social y las dificultades para acceder a los servicios más básicos”.
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Además, añadieron algunos maltrechos moradores, todo tuvo lugar de un modo un tanto precipitado. Al parecer muchos de ellos no habían terminado de hacer sus bultos y vieron cómo sus enseres acababan en un visto y no visto en el camión de la basura. Además, los más espabilados aprovecharon el trasiego para hacerse con cualquier cosa no atendida, como una bicicleta que de repente desapareció. En el fondo los robos siempre fueron muy habituales en este asentamiento. Algunos hasta celebraron de un modo un tanto estoico que los obligaran a marcharse. “Tengo mis cosas escondidas por ahí, en la montaña. Supongo que me buscaré otro sitio”. “Yo no, yo a la que pueda me vuelvo para Italia. Pediré dinero hasta que tenga para el pasaje”. “Yo qué sé, ya veremos...”.

Nacido en Salamanca en 1974. Licenciado en Sociología por la Universidad de Granada. Máster en Periodismo Les Hueras de la Universitat de Barcelona. Premio Josep Maria Huertas Clavería en 2008 por su obra Mudanzas . Desde el año 2000 escribe reportajes en La Vanguardia , en su mayor parte sobre el ámbito local.