Antes de llegar a una lata, el atún se busca desde el cielo: Jonathan Chiluisa sobrevuela el Pacífico en helicóptero para encontrar cardúmenes

calendar_today 11.10.2026 - person  - timer ~8 Minutos

Jonathan Chiluisa llega apurado al aeropuerto de Manta. Son las 07:00 y todavía faltan dos horas para que el barco atunero zarpe. Antes debe pasar por los controles, llegar al hangar, revisar el helicóptero, despegar y encontrarse con la embarcación para realizar unas vueltas de prueba. No subirá a un avión comercial. Esta vez, el vuelo comienza en tierra y termina sobre el Pacífico.

Jonathan, de 31 años, conoce esa rutina.

Después de más de una década en la aviación, cerca de ocho años los ha dedicado a pilotar helicópteros desde barcos atuneros. Su trabajo empieza cuando la costa comienza a quedar atrás. Desde el aire debe ayudar a encontrar aquello que el barco salió a buscar: los cardúmenes de atún.

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Para hacerlo, Jonathan y el buscador que lo acompaña miran el océano en busca de señales. Aves marinas, objetos flotantes, manchas en el agua o cualquier indicio que pueda revelar que debajo de la superficie se mueve una concentración de peces.

Ecuador cuenta con una flota atunera de 116 embarcaciones y alrededor del 90 % opera desde Manta, según datos del sector pesquero. Por eso, esta ciudad portuaria de Manabí es también el principal centro de operación de la flota atunera ecuatoriana y concentra buena parte de las plantas que procesan el pescado que llega desde el Pacífico.

Pero antes de que ese atún llegue a una fábrica, pasa por una búsqueda que puede comenzar a cientos de metros sobre el mar.

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El vuelo comienza antes de despegar

Jonathan llega al hangar y conversa con un técnico. El helicóptero acaba de regresar de una faena y él quiere conocer qué trabajos de mantenimiento se realizaron durante la semana que permaneció en tierra.

Su relación con la aviación comenzó mucho antes de los barcos atuneros, dice, de pie, a un lado de la nave.

Fue piloto de aviones comerciales durante aproximadamente dos años y medio. Sin embargo, los helicópteros terminaron llevándolo hacia otro mundo.

“En la aviación ya llevo más de doce años, pero en sí, llevando este helicóptero y trabajando en la pesca, ya llevo ocho años”, cuenta.

Llegó hasta allí por una coincidencia. Después de realizar el curso de helicóptero tuvo como instructor a un piloto retirado del Ejército que había trabajado en operaciones de protección pesquera. Así conoció el mundo de los barcos atuneros.

Jonathan comparte la cabina con un buscador, cuya principal tarea es mirar el océano y detectar posibles concentraciones de peces.

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“Yo soy el piloto. Él es el que busca”, explica Jonathan.

Un pájaro puede cambiar el rumbo del barco

En la cubierta del atunero también hay personas que cumplen una función similar. Son los llamados pajareros, vigías que pasan horas observando el horizonte.

Ellos buscan aves, objetos flotantes y cualquier señal que pueda indicar que existe actividad de peces.

Cuando el barco detecta una concentración de aves a varias millas de distancia, el helicóptero puede adelantarse para comprobar qué ocurre.

Jonathan vuela hasta el punto, observa desde arriba y determina si vale la pena que la embarcación cambie su rumbo.

La ventaja está en la distancia.

“Es más rápido”, dice Jonathan cuando explica la utilidad del helicóptero para encontrar atún.

Si el punto no tiene peces, el barco continúa su ruta sin gastar combustible navegando hasta un lugar que finalmente no resulta productivo. Si la señal es buena, en cambio, comienza la operación para acercar la embarcación al cardumen.

El helicóptero, en ese momento, se convierte en los ojos del barco desde el cielo.

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Una rama perdida en el océano puede esconder toneladas de atún

El Pacífico también está lleno de señales que para alguien ajeno a la pesca podrían pasar inadvertidas.

Jonathan cuenta que durante uno de sus vuelos vio un pequeño objeto flotando. Se acercó para revisarlo. Era apenas una rama.

Debajo había una concentración de atún.

El episodio quedó grabado en su memoria porque resume la dificultad de la pesca en altamar: una pequeña estructura flotando en medio de miles de kilómetros cuadrados puede convertirse en el punto alrededor del cual se concentra una gran cantidad de peces.

Los plantados y otros objetos flotantes pueden atraer peces y convertirse en lugares que los pescadores observan con especial atención.

Cuando Jonathan encuentra una señal, comunica la información al puente de mando. Desde allí, el capitán y los responsables de navegación coordinan el desplazamiento del barco.

La búsqueda aérea termina entonces y empieza otra operación.

El momento en que el océano se convierte en una maniobra

Uno de los videos que Jonathan comparte en sus redes sociales muestra la captura de un cardumen que, según relata, alcanzaba unas 100 toneladas.

La escena comienza desde el aire. El helicóptero sobrevuela el mar mientras Jonathan y el buscador rastrean la superficie. Finalmente encuentran el cardumen debajo de un objeto flotante.

La información pasa al barco.

Cuando la embarcación llega al punto indicado, el capitán da la orden. Dos lanchas auxiliares comienzan a desplegar la red de cerco alrededor del cardumen. La maniobra busca formar un círculo y encerrar a los peces.

La red puede alcanzar unos 800 metros y acercarse a un kilómetro de longitud, explica Jonathan.

El círculo comienza a cerrarse. Las lanchas se mueven alrededor de la captura mientras la red reduce progresivamente el espacio disponible.

Entonces comienza otra parte de la operación: subir la captura.

El pescado pasa hacia el barco y es conducido por una especie de resbaladera hasta las bodegas, donde permanece almacenado en frío.

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El barco es una ciudad que no puede detenerse

La pesca es solo una parte de la vida a bordo.

Un atunero necesita funcionar durante semanas lejos de la costa. En él trabajan capitanes, oficiales, marineros, pescadores, buzos, rederos, jefes de cubierta y personal de máquinas, además de quienes se encargan de la alimentación y otros servicios.

En máquinas están los ingenieros, electricistas, soldadores y mecánicos. Todos tienen una tarea común: evitar que una avería deje al barco fuera de operación en medio del océano.

“Si algo se daña en medio del océano, no hay cómo volver a tierra solo por eso”, explica Jonathan al describir la importancia del personal técnico.

Antes de salir de Manta, el barco debe abastecerse de combustible, alimentos y suministros. Jonathan cuenta que llevan comida suficiente para más de dos meses y combustible para mantener operativa la embarcación.

También hay provisiones para el helicóptero. En su caso, lleva combustible suficiente para superar las 250 horas de vuelo, una autonomía que permite acompañar la campaña durante semanas.

Y aunque el barco sea atunero, la tripulación no come atún todos los días.

Llevan pollo, carne, cerdo, arroz, verduras y otros alimentos congelados. Cuando capturan alguna especie de pesca blanca, incluso pueden preparar cebiche.

Dos meses de océano, una semana de tierra

No todos los viajes duran lo mismo.

Jonathan explica que algunas campañas terminan después de siete o diez días si encuentran rápidamente una zona de pesca. Otras pueden extenderse hasta unos dos meses.

Cuando el barco vuelve a Manta, descarga la pesca y comienza el proceso para preparar una nueva salida: combustible, alimentos, mantenimiento y revisión de los equipos.

Para Jonathan, también comienza la cuenta regresiva para volver a casa.

Él vive en la Sierra. Después de cada faena viaja desde Manta hasta Quito y luego continúa hacia la provincia donde está su familia.

La última semana en tierra pasa rápido.

Después vuelve al aeropuerto, al hangar y al helicóptero.

“Yo digo: es como un máximo que tiene ese barco de dos meses, pero a veces hay campañas donde el barco sale, encuentra un área de pesca y pesca en siete días o diez días y regresamos. Esos viajes son buenísimos para todos”, cuenta.

Lo que no se ve detrás de un video

En redes sociales, Jonathan muestra otra cara de ese trabajo. En sus cuentas de Alitas Pilot publica videos de los vuelos, la búsqueda de cardúmenes, los barcos, las ballenas, los atardeceres y la vida en altamar.

Las imágenes parecen tranquilas. El océano abierto, visto desde un helicóptero, puede parecer incluso un paisaje.

Pero Jonathan sabe que detrás de esas imágenes hay otra historia.

“Se ve bonito, todo chévere, los pájaros, las puestas de sol, las ballenas”, dice. Luego aparece la otra parte: dejar a la familia, los amigos y perder momentos que ocurren mientras él permanece en el mar.

A Jonathan siempre le gustó grabar y editar. Antes de ser piloto tenía un grupo musical y producía sus propios videos. Por eso, cuando comenzó a trabajar en los barcos, empezó también a registrar lo que ocurría alrededor.

La empresa y el capitán autorizaron que compartiera esas imágenes.

“Es un mundo que no muchos conocen; no hay mucha información”, explica.

Así, sus videos terminan mostrando algo que normalmente permanece oculto detrás de una lata de atún: la búsqueda desde el aire, el trabajo de decenas de personas, las maniobras de las lanchas, la captura y las semanas de navegación.

Cuando Jonathan regresa a Manta después de una faena, el ciclo vuelve a comenzar.

El helicóptero espera en el hangar. Él viaja a Latacunga a visitar a su familia. El barco vuelve a cargar combustible y alimentos. La tripulación revisa sus equipos.

Y, en algún momento, nuevamente habrá que despegar.

Porque en el Pacífico el atún no espera: hay que encontrarlo, y para eso están Jonathan y su helicóptero. (I)