
Un conocido periodista argentino se ha echado fama no solo por sus agudas preguntas sobre temas de actualidad, también por la pregunta con cuya respuesta da por finalizado el diálogo: “Nos morimos… y después qué? Y las respuestas varían entre “…es el final y no pasa nada”, «… yo creo que algo sucede, pero no sé qué…”, dicen otros, “es el comienzo de una nueva forma de existencia”, apuestan los menos, y “…es un misterio” contestan muchos.
Tanto la mentalidad científica del siglo XXI, cuanto la propia mentalidad religiosa, concluyen afirmando que en la vida “todo acabará…, en ceniza” como afirma Romano Guardini en su obra Los signos sagrados (pág. 37, Ed. Litúrgica Española S.A. segunda edición, 1965, Cuadernos Phase año 2022 Nro 270).
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En las palabras impregnadas de un crudo realismo y poético acento afirma:
“Lo que el fuego hace en breves instantes, lo hace de continuo el tiempo con todos los seres vivientes: con el gracioso helecho, y el altivo gordolobo, y el pujante y vigoroso roble. Así con la leve mariposa, como con la rauda golondrina. Con la ágil ardilla y el lento ganado. Siempre la misma cosa, ya de súbito, ya con despacio; por herida, enfermedad, fuego, hambre o cualquier otro medio, día ha de llegar en que se vuelva ceniza toda esa vida floreciente.” Y tras recordar el Génesis (3,19) donde prescribe: “¡Acuérdate, hombre: polvo eres, y en polvo te has de convertir!”.
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“Todo ha de parar en ceniza. Mi casa, mis vestidos, mis muebles y mi dinero; campos, prados, bosques. El perro que me acompaña, y el ganado del establo. La mano con que escribo estas líneas, y los ojos que las leen, y el cuerpo entero (las latinas son n.). Las personas que amé, y las que odié y las que temí. Cuanto en la tierra tuve por grande, y por pequeño, y por despreciable: todo acabará en ceniza, ¡todo!… (R. Guardini, op. cit. pág. 38).
Desde luego que, el gran teólogo italo-alemán Romano Guardini en su obra La muerte de Sócrates sostiene una concepción dualista del ser, se refiere a la materialidad del cuerpo y de todo lo que es material, no al alma. En los diálogos que Platón relata en el Fedón Segunda parte titulada “La indestructibilidad del alma” entre su maestro Sócrates y Cebes (autor cit., libro cit. subtitulado Una interpretación de escritos platónicos Eutifrón, Apología, Critón y Fedón, ed. Palabra SA, Madrid, 2016):
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“-Admitiremos entonces, ¿quieres? -dijo (Sócrates)-, dos clases de seres, la una visible, la otra invisible”;
………
“-Admitámoslo también -contestó (Cebes).
“-¿Y la invisible se mantiene siempre idéntica, en tanto que la visible jamás se mantiene en la misma forma?
“-También esto -dijo (Cebes) lo admitiremos.
“-Vamos adelante. ¿Hay una parte de nosotros -dijo él -que es el cuerpo, y otra el alma?
“-Ciertamente -contestó (Cebes).
“-A ¿cuál, entonces, de las dos clases (dadas) afirmamos que es más afín y familiar el cuerpo?
Para cualquiera resulta evidente esto: a la de lo visible.
Resumiendo, tras demostrar que el alma no es visible sino invisible, inmaterial, espiritual -dice Guardini- está viva, pero, con una vitalidad que sólo puede ser alcanzada partiendo de una vida sujeta a los sentidos, mediante el paso por la muerte; es decir, mediante una muerte como la que habla todo el Fedón, la filosófica.” (op. cit. págs. 255/256).
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Pero nuestro encuentro con este misterio en el divino Crucifijo, en Él, el supremo, el verdaderamente inocente (cf. Lc 23,41), era el Cordero de Dios, que se humilló y débilmente se dejó llevar al matadero», murió (Mt.12, 39-40) y descendió a los infiernos en Hades, liberó a los justos que le habían precedido (Mateo 27, 52,53) y al tercer día resucitó (Cat. 632/635) y no obstante que su imagen física y divina reaparece tal como lo describen los Evangelios.
Carl Jung en su estudio de la Realidad del alma, después de analizar la distinción de la materialidad del cuerpo y la vida espiritual del hombre, plantea la duda filosófica sobre la “trabazón entre el cerebro y la psiquis y su limitación espacio-temporal”. Están -dice- “Quienes mediante la observación demuestran que se producen fenómenos que se desenvuelven, en parte, como si no existiera el espacio y en parte, como si no existiera el tiempo”… no obstante las evidencias, agrega, “la posibilidad hipotética de que la psiquis tenga también una forma de existencia sin tiempo ni espacio…” es considerada como hipótesis en el plano científico “que por ahora debe tenerse muy en cuenta….”.
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“Las dudas no son, por tanto, caprichosas, sobre todo en esta época” (en recopilación de escritos y conferencias del prestigioso médico-psiquiatra suizo dadas entre 1920 y 1930). Tal existencia, fuera del tiempo y el espacio, pertenecería, según Jung a lo que simbólicamente se llama “eternidad”, aunque reconoce que “la razón crítica no podría oponerle otro argumento que el científico non liquet (no es evidente)”.
Como el alma es inmaterial, no se puede corromper, tiene que ser inmortal. Este es el argumento clásico de la espiritualidad humana que han usado todos los espiritualistas, desde Platón hasta Bergson o Santo Tomás de Aquino y es la interpretación de la Iglesia hasta la actualidad.
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Combinando elementos de las filosofías de Platón y Aristóteles, Santo Tomás dedujo que el alma es, a la vez, el sujeto espiritual (Platón) y la forma del cuerpo (Aristóteles).
La tradición filosófica entronca la idea del sujeto humano espiritual -la persona- con una aspiración permanente y espontánea de la humanidad. La idea de un más allá, donde las personas perviven es una aspiración que nos encontramos por todas partes y se expresa en todas las culturas, aunque de distinta manera. Muchas culturas y muchas religiones afirman que el sujeto humano permanece tras la muerte de algún modo. Y a lo que permanece, al sujeto, le llaman “alma”, “mónada” lo llama el alemán Gottfried W. Leibniz en el año 1712, uno de los genios más grandes que tuvieron las ciencias y la filosofía.
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El ser humano participa de lo divino. Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis, 1, 26-27) y por eso mismo Dios ha hecho al hombre capaz de conocer y amar inmensamente, y de durar sin límites. Esto es lo que funda y nos permite entender los eslabones de la espiritualidad de cada uno para sí mismo y para con los otros. Con un destino: conocer y amar y haber sido creado para permanecer vivo para siempre. Aquí y allá. ¿Acaso Dios no creó el mejor y más armonioso de los mundos posibles (Leibniz) aplicando el principio de razón suficiente?
La idea de persona, no se agota en la vida terrena. La calidad de un ser no se explica por las analogías y la posesión de la materia corporal o extracorpórea. Ni su ser ni su hacer u obrar.
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Al mismo tiempo, el hombre es cuerpo. Pertenece a su forma, a su idea, tal como Dios la ha querido. Sabemos por experiencia que, para que el espíritu pueda expresarse en el cuerpo, el funcionamiento normal del hombre es una psiquis (del griego psyché, alma o aliento), uno de cuyos niveles es la conciencia y un cuerpo; y el cuerpo sitúa a la persona en el mundo, y sirve de expresión e instrumento a la conciencia y al cuidado de los otros cuerpos y al cuidado de la naturaleza. La fe cristiana cree que el sujeto espiritual permanece tras la muerte, privado de su cuerpo, pero cree también que su perfección es con el cuerpo, y la alcanzará al final, en la resurrección. Tiene su modelo en la del Cristo cósmico que ha muerto y ha resucitado.
Creemos que en todo ser humano, desde su origen, hay un sujeto espiritual, aunque todavía no se pueda expresar. El espíritu humano es relacional, no se concibe el ser humano en su plenitud sin el nosotros. Somos el nos-otros-nos-uno del gran Miguel de Unamuno. La tradición del pensamiento cristiano ve en esto una huella. La del hombre que es polvo que anda un ser en y para la relación con el otro. El que procede de la relación con Dios. con el resplandor de tu llama seguirás iluminando el camino visible por las otras almas sobrevivientes en la tierra y las que te acompañan en el cosmos.
Cuando se entiende el valor de cada persona, se vive el amor. Juan Pablo II llama a esto la “norma personalista”. Muchos pensadores cristianos (Gabriel Marcel, Joseph Pieper) se han dado cuenta de que todo amor en Dios es eternidad. Tras la muerte podrá descomponerse tu cuerpo, tus elementos materiales, pero no desaparecerá tu alma, no se descompondrá ni se extinguirá porque tu alma es igual, inmortal, imperecedera, llama eterna.
Dios y tu participación en el mundo, en los otros y en la divinidad son la garantía de esa realidad. Ese es el fundamento personal del peculiar modo de ser del hombre, un sujeto delante de Dios: un tú creado para siempre por el Yo Superior creador del universo, todopoderoso y eterno. Cuando nos digan: ¿cuándo mueras, qué? afirma, seguiré siendo grano, ceniza y seguiré siendo una llama viva. “La llama simboliza nuestra vida interior, con sus aspiraciones, su irradiación, fortaleza y espíritu. Llama que vemos, parece que por su oscilación y brillo nos hablara. Y deseando exteriorizar nuestra vida y hacerle hablar de alguna manera, encendamos una llama.”