Entrevista
Seas de apego ansioso, evitativo o estés en un punto intermedio, este experto te enseñará a activar tu modo seguro y a florecer. "Gastamos fortunas en suplementos cuando la clave de la longevidad está en las relaciones".
Actualizado Martes, 11 agosto 2026 - 00:06

El doctor Amir Levine es profesor asociado de Psiquiatría Clínica en el Centro Médico de la Universidad de Columbia y director de SecureLab.Planeta
Hay personas que nos hacen sentir en casa. Y hay otras que, sin darnos cuenta, nos están envejeciendo. Lo dice Amir Levine, psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de Columbia, formado bajo la tutela del premio Nobel Eric Kandel y autor del fenómeno mundial Maneras de amar, el libro que hace 16 años puso de moda hablar de estilos de apego.
Ahora, en Seguridad emocional (Ed. Planeta), que ya es otro éxito en ventas internacional, va todavía más lejos porque no ciñe el concepto a la pareja, sino a cada relación que tejemos: con la familia, los amigos o los compañeros de trabajo. El reto, escribe, es aprender a detectar a las personas fiables que tenemos alrededor y acercarnos a ellas. Por eso ha creado un nuevo tipo de terapia, la de imprimación segura, a la que lleva 10 años dedicándose, y ya prepara un manual para que otros terapeutas puedan aplicarla con sus pacientes.
El concepto de seguridad emocional va mucho más allá de la pareja: también se aplica a la amistad, la familia o el trabajo. ¿Por qué hemos tardado tanto en entender que nuestro cerebro social funciona igual en el dormitorio que en la oficina?La ciencia se ha quedado atrás durante mucho tiempo en esto. Ahora entendemos que nuestros estilos de apego no solo nos ayudan a volvernos más seguros en la pareja, sino también en las amistades, en la familia e incluso en las pequeñas interacciones que tenemos con personas que no son especialmente cercanas. Nuestro cerebro social computa esas interacciones en una idea general sobre cómo nos va en la vida, y eso se traduce en lo saludables que somos.Ahora estamos muy obsesionados con la longevidad y nos gastamos ingentes cantidades de dinero en suplementos o buscamos milagros a través de inyecciones. ¿Hay una parte fundamental de la sociabilidad en vivir más y mejor?Juega un papel enorme, mayor que todo lo demás. Muchos de estos péptidos, la luz roja, los suplementos... tienen un efecto muy pequeño. En el libro cito un metaanálisis con 300.000 personas que demuestra que estar bien conectado disminuye la mortalidad en un 50%: el efecto es enorme, casi al nivel del ejercicio, el tabaco o la obesidad. Gastamos fortunas en suplementos cuando la clave de la longevidad está en las relaciones. Pero hay otro estudio que muestra que no basta con sentirse conectado, hay que estarlo de forma segura: cuando en tu vida hay personas con las que te relacionas de manera insegura, cada una de ellas aumenta tu envejecimiento biológico en nueve meses, y el efecto es acumulativo. Esos son los verdaderos alborotadores en la vida: las personas con las que no nos relacionamos de forma segura.Cuando nuestro cerebro interpreta que estamos en un entorno inseguro, ¿cómo se traduce eso en una reducción de nuestro potencial creativo y profesional?Ahora sabemos que podemos tener estilos de apego distintos con personas diferentes en el trabajo, con los amigos, incluso con las mascotas, porque también desarrollamos apego hacia ellas. En el libro incluyo un cuestionario para establecer lo que yo llamo la topografía del apego, que pronto estará disponible en español en mi web. Ese mapa nos permite ver dónde está cada persona en nuestra vida, y es el comienzo para trazar una ruta hacia más seguridad y reordenar nuestras prioridades, acercándonos a las personas más seguras. El apego no tiene que ver con la amenaza, sino con sentirnos seguros en el mundo, y cuando creamos ese entorno seguro, toda nuestra fisiología se calma. Tiene un efecto sorprendente sobre nuestra biología.Hoy en día mucha gente se relaciona también a nivel digital, no solo cara a cara, y usted trata en su libro el tema del ghosting y la exclusión. ¿Qué le ocurre a nuestro cerebro cuando alguien nos ignora de repente, o nos excluye de su vida sin dar la cara?El primer capítulo de mi libro trata sobre lo que yo llamo el efecto cyberball. Cuando di con este hallazgo me quedé asombrado: muestra hasta qué punto el cerebro odia ser ignorado y excluido, porque activa las mismas áreas relacionadas con el dolor y con el autocuestionamiento, y reduce la autoestima. En definitiva, nuestro cerebro odia que le ignoren tanto como odia el dolor físico. Empezamos a preguntarnos qué hemos hecho mal, incluso ante gestos pequeños: si alguien tarda en responder, ya nos preguntamos si le habrá pasado algo. Nos encanta la conexión, y hasta los momentos mínimos de desconexión nos desestabilizan, no solo en la pareja sino en todas nuestras interacciones. Por eso hablo de las SIMI, esas pequeñas interacciones aparentemente insignificantes: sentirnos hiperincluidos es fundamental, y la comunicación moderna puede ayudarnos a lograrlo. ¿Y cuál sería la solución, más responsabilidad afectiva, aunque sea para rechazar al otro?Un simple mensaje automático de "no puedo hablar ahora, te llamo luego" hace que el cerebro lo agradezca, porque sentimos que hay alguien vivo al otro lado, tirando de la misma cuerda que nosotros. Una ruptura por WhatsApp después de diez años sería dolorosa incluso dicha cara a cara, pero lo es mucho más así. Aun así, la tecnología también puede usarse para esa hiperconexión positiva: cuento en el libro el caso de una madre cuyos hijos, al irse a la universidad, dejaron de contestarle las llamadas, y encontraron la manera de mantenerse en contacto a través de una aplicación de running, viendo cuántos pasos daba cada uno o si habían salido a correr.Solemos pensar que el apego seguro es el único 'bueno' y que el ansioso es puramente negativo. Sin embargo, en el libro ese apego ansioso puede convertirse en una especie de superpoder de percepción. ¿Cómo puede una persona transformar esa hipervigilancia en una herramienta, en lugar de vivirla como una fuente de angustia?Los estilos de apego no son un diagnóstico de lo que está bien o mal: describen una biología que llevamos con nosotros. Se trata de aprender qué tipo de animal somos y cómo convivir con él. Recuerdo a un paciente muy adinerado, que había hecho fortuna en el mercado bursátil, al que una mujer dejó de forma muy abrupta. Vino a verme pidiéndome que le "extrajera" el apego ansioso de la cabeza, y tuve que explicarle que eso no funciona así: forma parte de quién es. Le dije que pensara en cómo había hecho todo ese dinero en bolsa: gracias a su capacidad para predecir tendencias antes que nadie, algo que la gente muy ansiosa hace especialmente bien, porque ve en su entorno cosas que los demás no ven. Puede ser difícil de gestionar en ciertas situaciones, pero a él también le convirtió en millonario. Por eso, al escribir el libro, me pareció tan importante dedicar un capítulo a las personas ansiosas, para que se entiendan mejor y aprendan a que su biología trabaje a su favor.Si hubiera que elegir un único elemento para salvar una relación en crisis, ¿cuál es el pilar que el cerebro necesita con más urgencia?Creo que lo esencial del apego es que nos hace sentir seguros en el mundo porque tenemos una conexión con otra persona. Existe algo así como una homeostasis del apego, un estado de equilibrio, y cuando esa persona desaparece, ese equilibrio se rompe: se activa toda una fisiología que provoca inflamación y problemas de salud física y psicológica. Sentimos menos autoestima, menos control sobre nuestra vida, y la vida nos parece menos significativa. Así que, de los cinco pilares, consistencia, disponibilidad, capacidad de respuesta, fiabilidad y previsibilidad, diría que el más urgente es la falta de respuesta. Por eso cito, en ese mismo capítulo, a la filósofa francesa Simone Weil, que decía que la atención es la forma más pura y más rara de generosidad.¿Pueden los pequeños gestos diarios cambiar esa estructura de neuronas que tenemos? ¿Podemos aprender a reprogramarla, por ejemplo, para dejar atrás los miedos que llevamos dentro?Es algo que yo nunca aprendí como psiquiatra, sino cuando empecé a trabajar en un laboratorio como neurocientífico molecular, viendo en distintos estudios cómo el cerebro se ve afectado por estas pequeñas interacciones. Me pareció que era algo que faltaba por completo en nuestras conversaciones sobre este tema, y he empezado a utilizarlo en mi propia práctica terapéutica, porque cuando la gente va a terapia piensa que va a hablar de su infancia, de los grandes acontecimientos de su vida, y no prestamos atención a estas pequeñas interacciones. Por eso las llamo SIMI, interacciones menores aparentemente insignificantes: no les prestamos atención, pero son fundamentales para moldear nuestro cerebro. Aunque mañana no recuerdes nada de esta conversación, tu cerebro ya habrá cambiado a nivel estructural. Cada interacción de este tipo es una oportunidad para cambiar tu cerebro.Mucha gente vive hoy por inercia, de forma reactiva, casi en piloto automático. Si alguien se siente desconectado, ¿cuál sería su consejo para activar, desde ya, un modo más equilibrado y seguro?Se puede empezar hoy mismo. Yo, por ejemplo, me he vuelto infinitamente curioso con la gente con la que hablo. No se trata de tomar más suplementos, sino de querer conectar de verdad con los demás. Pero no basta con eso, también hay que reordenar la vida social de cada uno, porque relacionarnos con personas que a menudo nos dejan de lado, que no son fiables, le pasa una factura muy alta al cerebro. Como decíamos al principio, rodearte en tu vida de gente poco fiable te envejece tanto como fumar, y el efecto es acumulativo. Así que se trata de conectar, pero de hacerlo con personas de fiar.
Amir Levine
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