25/09/2026 a las 01:45h.
El sentido del ridículo es el único freno de mano que nos separa de la barbarie. Sin él, la vida se convierte en un sainete donde la solemnidad dura exactamente lo que tarda un despistado en estamparse contra una puerta de cristal. Es difícil mantener la dignidad cuando te sucede y, además, hay una cámara de seguridad grabando. Puedes recuperar la compostura, pero la realidad te baja a la tierra cuando te imaginas el descojone de los guardias revisando los vídeos. Sales de allí, dolorida, humillada, y ni has firmado los derechos de imagen. En fin.
Algo así le pasó a Amaia Montero en un concierto, sepultada a mitad de torso por una plataforma defectuosa que debía elevarla al Olimpo del pop y la condenó a seguir el espectáculo encajonada en el escenario, con la cabeza a ras del suelo pero siempre alta, cantando y bailando aunque no se la viera, como si no hubiera sucedido nada. Un bochorno de categoría, vaya, como el de Woody Harrelson en los Emmy. Le tocaba entregar un premio a 'La maldición de Widow's Bay' junto a Matthew McConaughey, amigo y, puede, hermano. Darlo lo dio, pero mientras su compañero se apartaba con elegancia texana, él se quedó, sin saber qué hacer, en medio. Terminó en el centro de todo, en primera plana, posando con el galardón con el resto del equipo de la serie, como si hubiera participado en ella. Ha pasado más de una semana pero la coña todavía le hace gracia a McConaughey, que se burló del tema y aprovechó para vacilar el otro día en un encuentro con medios. «No me di cuenta. Y vi a Matthew, apartado a un lado. Y caí en ello, pero pensé: 'Sería más bochornoso irme ahora caminando'. Así que me quedé», se excusó, riendo.
Está claro. Tan importante es saber cuándo irse como saber cuándo quedarse, un mal que no es solo nuestro sino universal, aunque aquí nos empeñemos en acuñarlo. Seguramente eso mismo pensó Brad Pitt, que disfrutó de San Sebastián hasta que, después de proyectar película en el certamen, se le atragantó una pregunta inesperada. No era de Palestina, como la que le agrió el gesto a Jennifer Lawrence el año pasado, sino de Makoke. «No me acuerdo de ella», resolvió el actor, que vino a pasear al norte sus gafas de aviador cuadradas y descubrió que aquí a cualquiera le sacamos el mantel de hule. Una cosa es el sentido del ridículo y otra, bien distinta, esa clase de ridículos de los que solo somos capaces en España.