En el Parque Redondo, en la Colonia de los taxistas del distrito de Puente de Vallecas, no necesitan más que cuatro mesas —una de ellas para ‘echarse unos porrillos’—, un parque y una pista de petanca. El resto lo hacen los 10 chavales que han improvisado unas porterías con un par de botellas de agua y dos mochilas del colegio. “¡Mira, es una imagen de otra época!”, señala Álvaro Casares, humorista, tiktoker y monologuista de Check, un show bien (Teatro Arlequín), mientras ve venir a todo el equipo pidiéndole que se eche una foto.
Él los atiende sin prisa, contesta a sus preguntas e incluso improvisa algún chiste. Y ellos pasan por delante, ordenadamente: primero uno, luego otro... “¿Y si hacemos la foto todos juntos?”, pregunta Álvaro.
“Venga, va”, aceptan. Posan, sonríen y se despiden entre cuchicheos.
Ya tienen de lo que presumir estos días en la piscina. Se han echado una foto con alguien que sienten como propio. Álvaro es como Ska-p o el Rayo; es de los suyos. Nació en el barrio, ha crecido en el barrio y ahora, a pesar de acumular más de un millón de seguidores en TikTok y 860.000 en Instagram, sigue en el barrio. ¡Hasta ha sido el pregonero de las últimas fiestas de Vallecas!
“Aquí sí que me conocen y me paran bastante. Este año, además, con la buena temporada que ha hecho el Rayo, he ido haciendo mucho contenido del equipo y me ha empezado a seguir mucha gente nueva”, explica.
Álvaro, a sus 36 años, sabe que se podría perdonar cualquier cosa en la vida, salvo renegar de sus orígenes. Vallecas es su patria, su bandera, su gente, su clase preferente. Pero no es la única. La otra bandera que siente como propia es la de Villamayor de Calatrava, un pueblo de apenas 600 vecinos en el corazón de Ciudad Real.
Allí, en un mundo anterior al de TikTok, aprendió de las romerías, las charangas y las peñas —con la suya propia, el Pilancón—. Allí, entendió el lenguaje de los pueblos, el del campo, el de la España vaciada que veía el Grand Prix con las puertas abiertas, el de las noches ‘al fresco’... El mismo idioma que hoy utiliza en tantos y tantos vídeos. Y allí nacieron ‘los Maroto’, en la calle Pablo Neruda.

Álvaro Casares posa para EL ESPAÑOL en Vallecas.
Rodrigo Mínguez
“La historia de mis abuelos es la típica de los emigrantes que venían a buscarse la vida a Madrid”, empieza contando Álvaro. Su abuela, Juliana, llegó a Vallecas con seis hijos —y el encargo de cuidarlos a todos— y su abuelo Agustín hizo lo que pudo para llevar dinero en aquella España de posguerra y hambre. “Curró” de basurero y marcó el camino de una familia que sólo entiende el trabajo como “aquello que se hace con las manos”.
Su madre, criada junto a aquellos cinco hermanos, conoció a su padre en Vallecas. “Siempre dice que era muy pesado. Iba a buscarla todos los días a una ferretería donde trabajaba en Atocha hasta que consiguió que le hiciera caso”, cuenta. Y de aquel ‘tonteo’ surgieron sus dos hijos: Álvaro e Iván, cinco años mayor.
El pequeño, Álvaro, les salió “graciosillo”. “El típico que daba por saco en clase. Me odiaban, y con razón. Me echaron del Gredos, un colegio grande de aquí de Vallecas. Pero es que yo, sinceramente, si hubiera tenido a alguien como yo, también lo habría expulsado”, recuerda, entre risas.
El caso es que sus padres tuvieron que tomar medidas y lo cambiaron a un colegio público por la zona de Ventas, donde trabajaban. Y él empezó a portarse algo mejor y a aprobar. Hizo el Bachillerato e incluso la Selectividad. Quién se lo iba a decir a aquellos padres.
P.—¿Por qué Trabajo Social?
R.—Dos meses antes de la Selectividad marqué tres casillas. Una era la de Trabajador Social y Derechos Humanos, otra era la de Psicología y la última la de Magisterio. Las tres, de letras. Al final me dio la nota y elegí Trabajo Social porque era la carrera más corta —entonces era una diplomatura de tres años, mientras que las otras eran licenciaturas de cinco—. Y luego descubrí la vocación.
Fue comercial, estuvo en un banco de auxiliar administrativo y finalmente fue 'fichado' como Trabajador Social por una subcontrata del Ayuntamiento de Madrid para coordinar el servicio de los auxiliares que iba a las casas de las personas con dependencia.
Y, entonces, en 2015, empezó su ‘carrera’ de humorista. “Mis colegas me dijeron antes de una fiesta: ‘A que no tienes huevos a prepararte un monólogo’. El caso es que hice siete minutos de chistes y me gustó. Luego descubrí que había cursos y me apunté a uno”, cuenta.

Álvaro Casares, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.
Rodrigo Mínguez
Y en poco tiempo se vio en bares probando a hacer reír a la gente. “Y cuando vi que a un desconocido le hacía gracia, dije: ‘Yo me quiero dedicar a esto’. Fue una sensación muy gratificante”, explica. Al principio, actuando junto a un compañero que ha tenido una carrera muy distinta a la suya. “Él se sacó unas oposiciones y ahora es conductor de autobuses”.
Pero no es oro todo lo que reluce: “Durante los cinco primeros años estuve haciendo monólogos y vídeos sin que me viera nadie, salvo mi familia y mis amigos”.
Todo cambió en 2020. Llega la Covid, le echan del trabajo, España se encierra y un amigo le sugiere empezar a publicar sus vídeos en TikTok. “A veces la clave es llegar el primero y entonces allí sólo había gente bailando y de repente llegué yo, Lalachus y alguno más”, cuenta. Y sus seguidores, como por arte de magia —y no sin esfuerzo, desde luego— empezaron a subir. En cinco meses ganó 40.000. Y entonces empezó a crear contenido con regularidad y llegaron las marcas...
“Luego me llamó una chica para ofrecerme volver. Pero ya sabía lo que había. Me dijo: 'Álvaro, sé que te va bien en redes y esto ya no te interesa, pero por si acaso... Yo se lo agradecí. Pero a partir de entonces ya sólo me dediqué a esto", cuenta.

Álvaro Casares.
Rodrigo Mínguez
Su vida había dado un giro de 360 grados y, aunque su madre le insistiera en que se sacara unas oposiciones y dejara de hacer “el tonto en las redes”, a la larga ha conseguido convencerla. A ella y a tanta otra gente. “Conmigo lo mismo se echan una foto tres maderos que unos gitanillos en Vallecas. De hecho, muchos días he pasado de ir con cualquier obrero en la Línea 1 desde Vallecas a alguna zona VIP de algún festival con Victoria Federica. Las dos Españas, literalmente”, confiesa.
P.—¿Qué tal con Victoria Federica?
R.—No se puede hablar mucho, la verdad (risas).
P.—¿Qué es lo malo de ser influencer?
R.—La presión que tienes a veces de gustar, ¿no? Pero luego es un chollo para cualquiera que haya tenido un trabajo normal.
P.—¿Quema lo de estar todo el día pendiente de los números?
R.—Quema mucho estar todo el día con la pantalla. Hay veces que dices: ‘¡Ostras, he echado siete horas en el móvil’. Yo llevo yendo a una psicóloga varios años, y me ha ayudado mucho en todo lo relacionado con la creación del contenido, de lo a gusto que te sientas (o no). Y de desconectar y ayudarme a conectar conmigo mismo también. De saber dónde quieres estar y dónde no. Porque al final el móvil te puede dominar porque es una adicción.
Fíjate, hace un rato estaba escuchando música y sin querer me he ido a fijar en las visualizaciones que tenía el vídeo. Y no estaba valorando lo buena o lo mala que era la canción. Miraba las cifras.
P.—Por último, ¿qué harías si un día de repente te empieza a ir mal?
R.—Volveré a ser Trabajador Social o a ser entrenador de fútbol, que patrocino al equipo Madrid Sur. Y bueno, el dinero que estoy haciendo me durará unos años. No soy alguien que despilfarre y se vaya a comprar un Maserati mañana o un chalet en Pozuelo. Respeto a quien lo haga, pero no es mi forma de vida. Pero ojalá y me dure toda la vida y no tenga que volver a madrugar. Sería la mejor noticia para mí, la verdad (ríe).