El día antes de esta conversación, Alba Galocha había terminado una sesión de fotos temprano en Madrid y se había marchado en coche a Galicia con su tío. Pararon junto a un río, caminaron hasta un mirador y llegaron a casa al anochecer. Antes, por la mañana, Jesús Isnard le había dicho dos cosas que la sorprendieron: “Me das muchísima paz” fue la primera. Al rato añadió: “Tienes mucho mundo interior”. Galocha se ríe al recordarlo. “Creo que las dos cosas las atinó un poco”. La primera, al menos, necesita explicación. ¿Es realmente tan tranquila como parece? “No, para nada. Le doy mil vueltas a todo y tengo una tendencia a intentar tener las cosas bajo control. Dedicándome a ochenta cosas a la vez, eso no me permite controlar nada. Creo que busco esa calma y esa paz en mi día a día para poder gestionar esa velocidad mental”.
A sus 36 años, Galocha continúa trabajando como modelo y actriz mientras su vida profesional se ha ido abriendo hacia otros terrenos. “Como modelo llevo muchos años, tengo una experiencia, ya sé dónde colocar cada cosa. Como actriz sí que me pongo mucho más nerviosa”. En un departamento de arte ocupa otra posición, menos expuesta y más ligada al funcionamiento del rodaje. Con el textil avanza de manera más intuitiva; la cerámica requiere planificación. “Me pone mentalmente en un lugar de concentración distinto”. Sobre la mesa de su estudio hay ahora una máquina de coser, retales, hilos, una pieza que construye poco a poco y varios jarrones a los que lleva más de un año pensando en hacerles un molde.
Durante años, Galocha fue escogida. Para una campaña, para una portada, para un personaje. Ella nunca lo había pensado exactamente en esos términos hasta que se le pregunta y se queda un momento dándole vueltas. “He tenido mucho la sensación de: yo no escogí esto y lo estoy haciendo“. No hay ingratitud en la frase. Habla con cariño de ese tiempo y, sobre todo, de todo lo que aprendió en sets y rodajes. Lo más complicado fue quizás aceptar que tenía derecho a estar allí: “Tuve que aprender a creerme que me merecía ese trabajo”.
Tras el confinamiento eligió volver a formarse. Se matriculó en un grado superior de cerámica y durante dos años estuvo de lunes a viernes, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, aprendiendo moldes, matricería y escayola. “Esto lo estoy escogiendo yo”. Le gustó tanto descubrir una técnica como comprobar el efecto que tenía sobre su cabeza. “Cuando entiendes cómo funciona el material, de pronto en el cerebro se activan otras zonas”. La cerámica le dio una confianza que parece haber terminado filtrándose hacia el resto. También una manera menos rígida de pensar en lo que hace. “No es que yo sea una devota de ‘quiero ser artista’. Cuando encuentro que hay algo de lo que quiero hablar, busco la técnica para contarlo”. Ahora está escribiendo con una amiga algo que empieza a parecerse a un corto. “Al final estoy hablando de lo mismo y es otra forma de contarlo. Las cosas que yo iba haciendo profesionalmente ahora me sirven para contar mi película, mi historia”.
Quizás por eso, preguntada sobre qué ha desaparecido de la chica de 22 años, dice: “Darle tantísimo valor al trabajo”. Galocha empezó pronto y se tomó muy en serio el privilegio. “He sido hiperresponsable desde el minuto uno. Y lo sufría un poco porque me he perdido muchas cosas de mi vida personal por estar trabajando tanto tiempo”. Sigue siendo una persona que hace muchas cosas, de eso no hay duda; lo que ha cambiado es la jerarquía. “Ahora entiendo el trabajo como lo que me posibilita después hacer lo que yo quiera”.
Una de las decisiones que más la entusiasman ahora consiste en ponerse a trabajar de asistente. Desde su primer rodaje miraba al departamento de arte y pensaba que le encantaría estar allí, aunque durante años no se atrevió a plantearlo. Ahora va a incorporarse a esa sección en una película. “Este año he tomado varias decisiones sin pensar en quién soy o qué debería hacer o quién debería ser, y más pensando en qué es lo que me apetece”.
Pablo Curto conoce bien las sucesivas versiones de Galocha. Se encontraron en el 2014, cuando ella protagonizó la primera portada que él fotografió, pero sitúa el verdadero cambio cinco años más tarde, durante una producción en Lanzarote por el aniversario de César Manrique. Para entonces, Galocha había empezado a desarrollar su trabajo artístico, y algo se desplazó también entre ellos: dejaron de ser únicamente fotógrafo y modelo. Curto habla de una colaboración “horizontal” y de una confianza donde el ego pesa poco. Y después dice algo que resulta difícil no relacionar con esta etapa: “Hay algo muy sincero, muy de tripas, de corazón, en su proceso. Algo precioso y valiente en su búsqueda, como de ir quitando capas, de ir escarbando, deshaciendo identidades anteriores, hacia el verdadero centro. Creo que no es nada fácil soltar, especialmente para alguien que ha tenido una identidad tan pública”.
Últimamente, muchas de las cosas que mejor le sientan pasan por la tierra. En Galicia tiene una finca donde nació su abuela y que puede pasarse una semana desbrozando. En Vallecas ha empezado a ir los martes a un huerto. “Me paso el día dándole vueltas a la cabeza en casa, y tres horas en ese huerto me dan vitamina para el resto de la semana”.
Quizás ahí esté también la respuesta a muchas de las cosas que lleva tiempo ordenando. Salir de casa, hacer algo con las manos, dejar que el cuerpo interrumpa durante unas horas todo lo que ocurre en la cabeza. Ya no parece tan pendiente de encajar en una idea previa de sí misma como de acercarse, poco a poco, a aquello que reconoce como propio. Por eso, cuando imagina el futuro, no habla de una película ni de una campaña: se ve en una pick-up, con guantes, un forro polar y en medio del monte
Fotógrafo: Jesús Isnard. Ayudante: Alejandro Vaquero. Estilismo: Blanca Unzueta. Pelo y maquillaje: Carmen de Juan para Paixao. Producción: Agnes&Co Agradecimientos: The Balloon Company