Aires agresivos - La Tercera

calendar_today 22.08.2026 - person  - timer ~4 Minutos

Hay aires del pasado. Que recuerdan épocas, complejas épocas, de hace mucho y de hace poco.

El proyecto de reforma constitucional que ha propuesto el gobierno, con el nuevo estado de excepción, le daría un nivel de poder al Presidente de la República que no ha tenido desde el retorno a la democracia. Recuerda el artículo 24 transitorio de la Constitución del 80, aplicado durante la dictadura, como han dicho varios abogados. Ciento veinte días prorrogables a 240, sin autorización del Congreso, y suspendiendo libertades fundamentales, como de reunión, asociación, locomoción, comunicaciones, entre otros. Con esta propuesta del Partido Republicano, de un plumazo volvimos a hablar en los términos de los 80. “Se habilitará al presidente a conducirse como una suerte de “dictador constitucional” por buena parte de un año”, aseveró el profesor de derecho Javier Couso.

Y quienes decían que era una caricatura hablar de ultraderecha o derecha radical, se complicaron. Porque la propuesta de republicanos no solo la criticó la oposición, sino que Chile Vamos, y destacados personeros y juristas de ese sector hicieron ver -dentro y fuera de Palacio- lo que significa hacer un cambio así. “Me parece demencial, por tanto, espero que no aparezca y que no se apruebe”, dijo el alcalde Jaime Bellolio en radio Pauta.

Otros intentaron racionalizarlo, o justificarlo, aludiendo a una estrategia de “tejo pasado” o que faltó olfato político para ver que no había agua en la piscina, sin reconocer el problema de fondo. Si no hubiera tenido esta propuesta tanto una mala recepción en la opinión pública -que, según Cadem, no está dispuesta a dar un cheque en blanco para combatir al Tren de Aragua- como en constitucionalistas de amplio espectro, el ministro Arrau y los republicanos hubieran probablemente seguido adelante. Son ideas que defienden, en las que creen. ¿De dónde si no salió la peregrina idea de hacer un plebiscito para revertir su falta de apoyo parlamentario? Uno que no está contemplado para tales casos, por lo demás.

Y es que todo este episodio recuerda a otro momento, esta vez uno reciente: el segundo proceso constitucional. El comité experto logró acordar un borrador razonable, consensuado desde el PC a los republicanos. Hicieron un trabajo que era aceptable por todos, y del que nadie estaba particularmente enamorado. Justo lo que una Constitución debería provocar. Los republicanos, que tenían la hegemonía en el consejo que entró en funciones después del comité, dijeron en principio que iban a respetar el trabajo de los expertos. Que no iban a pasar máquina. Que no iban a ser “Stingos” de derecha (ustedes perdieron, nosotros ganamos). Sin embargo, como la fábula del escorpión y la rana, en la práctica lo fueron. El entonces “profe Silva” (hoy subsecretario de Justicia) lo dijo en los mismo términos, pero con corbata y gomina. Y tiraron a la basura lo que hicieron los expertos. Los borraron de un plumazo del texto constitucional.

Y, pese a que se les dijo una y otra vez que les faltaba el plebiscito, primó la hubris. Pensando que tenían los vientos a su favor, apostaron a que su victoria en el consejo era también la de todas sus ideas y optaron por tratar de constitucionalizarlas.

Y así les fue, a ellos y a Chile, que falló por segunda vez.

Lo que ha pasado esta semana es un espejo de lo que allí pasó, y habla de una pulsión profunda e identitaria por mover los cercos sin dialogar con nadie -ni siquiera con sus socios de la derecha “cobarde” y de la libertaria-, apostando a que la ciudadanía los apoyaría y los parlamentarios estarían entre la espada y la pared. Pero sus aliados, en su mayoría, no respaldan una restricción de libertades personales de esa naturaleza. Tampoco los electores. El votante del Presidente Kast, de segunda vuelta, no es un votante duro, que se identifique con todo su ideario. Así lo demuestran varias encuestas. No parece haber un Chile dividido en dos, de derecha y de izquierda radical, o un Chile polarizado, como presuponen, sino que hay una amplia gama de votantes que, voto obligatorio mediante, pivotan hacia allá o hacia acá, sin estabilidad. Un hallazgo del estudio de UltraLab de la UC es que, además del votante de derecha y de izquierda, existen votantes de centro (18,8% del electorado) y no identificados (18%). Este último grupo se identifica más con el PDG de Franco Parisi, que atrajo a ambos grupos con su lema de “ni facho ni comunacho”. Y que tampoco apoya reformar la Constitución en materias de seguridad.

No hay agua, como no hubo en el plebiscito hegemonizado por republicanos, para salirse de ciertos marcos y pasar una agenda identitaria de derecha radical.

Una cosa es temerle al Tren de Aragua, otra distinta es que eso implique apoyar algún tipo de regresión autoritaria.

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