La historia de la agricultura como oficio podemos remontarla a los más de 10 mil años de antigüedad cuando la civilización humana paso de cazadora-recolectora a agricultora, iniciando el camino de la domesticación de las plantas y la producción de alimentos, cambio que dio lugar a la Revolución Neolítica.
A lo largo de la historia han pasado diversos pensadores y filósofos que han relacionado y defendido el rol de los agricultores, pero no fue hasta Teofrasto (Siglo IV a.C.), entonces discípulo de Aristóteles, que se le dio lugar a un nuevo pensamiento de análisis y clasificación de las plantas.
Luego, vinieron Confucio y Cicerón, quienes llevaron la agricultura al plano de la filosofía, la cultura y la moral humana como un inicio de lo que sería la protección y el cuidado del suelo, la naturaleza y la diversidad. “La agricultura es la profesión propia del sabio, las más adecuada al sencillo y la ocupación más digna de todo hombre libre”, decía Cicerón.
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La civilización humana evolucionó al ritmo de la agricultura. Pero fue recién en el año 1761 cuando, por orden del Rey Luis XV de Francia, se fundó la Real Sociedad de Agricultura Francesa, cuyo fin era el de reunir, sistematizar y debatir el conocimiento y la información agronómica, difundiéndola por todo el reino.
La Real Sociedad crearía, en 1826, la Escuela Nacional de Agricultura de Grignon, donde en 1830 egresaron los primeros Ingenieros Agrícolas conocidos en la historia.
Pasar de la agricultura a la ingeniería agrícola implicó un salto similar al que se dio en la revolución neolítica. Por primera vez, la cosecha de la tierra comenzaba a verse como un proceso industrial que debía contemplar el análisis de procesos, así como también la sistematización de la información.
Desde 1930 hasta la actualidad, la superficie sembrada aumentó apenas un 40% y hoy alcanza los 35 millones de hectáreas. El stock ganadero se ubica en alrededor de 50 millones de cabezas bovinas y 13 millones de ovinos"
Esa misma Francia que había iluminado al mundo con su revolución, lo hizo de la misma forma con el continente sudamericano. Una nueva profesión que motivó a que un joven hijo de grandes hacendados cruzara el océano en búsqueda de ese título de grado. ¿Su nombre? Eduardo Olivera, recibido en 1862 de Ingeniero Agrícola.
Cuatro años después, ya en suelo argentino con su flamante título y junto con otros grupos de productores, insistió en la importancia de crear la primera institución agrícola del país. Y lo logró: la Sociedad Rural Argentina lo tuvo como segundo presidente y, en 1868, convenció al Gobernador, Dardo Rocha, sobre la importancia que tenía generar una escuela de educación agraria en nuestro país. Fue entonces cuando el gobierno de la provincia le encomienda a la naciente SRA la búsqueda de un predio donde comenzara la enseñanza agropecuaria.
Ya en 1888, en la Finca Santa Catalina, se recibieron los 10 primeros Ingenieros Agrónomos y Médicos Veterinarios del país"
El lugar elegido fue la Finca de Santa Catalina, en Lavallol (actual Lomas de Zamora) y bajo la promulgación de la Ley 1424 se crearía el Instituto Agrícola Santa Catalina, constituyéndose el primer Instituto Agronómico, Veterinario y de Aras del país. Un 6 de agosto de 1883 se iniciarían las clases y marcaría el inicio de la educación agropecuaria en la Argentina, un hito que hasta hoy se recuerda como el “Día del Ingeniero Agrónomo y el Médico Veterinario”.
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Ya en 1888, de aquel mismo instituto, se recibieron los 10 primeros Ingenieros Agrónomos y Médicos Veterinarios del país. Ese mismo año, la Argentina destinó alrededor de 7 millones de hectáreas a la producción agrícola, principalmente trigo (3,2 millones de has), maíz (2,1 millones de has) y lino (1 millón de has), con un stock ganadero que rondaba los 22 millones de cabezas bovinas, y alrededor de 70 millones de cabezas ovinas.
El 20 % de las búsquedas laborales activas son de personal para empresas agropecuarias o agroindustriales, pero, increíblemente, muy pocos están aprovechando este gran mercado y esta gran oportunidad"
Sin duda que el crecimiento exportador nacional no estaba atado en ese momento a los profesionales calificados, sino más bien al aprovechamiento de una ventaja comparativa que nos daba la gran superficie prístina y su interminable pastizal natural, la rápida adaptabilidad de las razas europeas y la estabilidad política que reinaba y aprovechaba cuanta crisis o conflicto global había en colocar nuestros productos en el mercado global.
La consecuencia fue natural: la superficie producida se incrementó hasta las 24-27 millones de hectáreas en 1930. Es decir, en apenas 40 años, prácticamente se había cuadriplicado.
Desde 1930 hasta la actualidad (es decir, en casi un siglo), la superficie sembrada aumentó apenas un 40% y hoy alcanza los 35 millones de hectáreas. Por otro lado, el stock ganadero se ubica en alrededor de 50 millones de cabezas bovinas y 13 millones de ovinos.
Con casi 150 millones de has potenciales para producción, hay una oportunidad que no estamos aprovechando. Actualmente, la comunidad agroindustrial nacional ronda en aproximadamente 50 mil profesionales entre Ingenieros Agrónomos, Ingenieros en Alimentos, Ingenieros Forestales, Ingenieros Zootecnistas, Médicos Veterinarios (dedicados a grandes animales), Licenciados en Producción y Gestión Agropecuaria, Licenciados en Administración Agraria, Técnicos en Producción y Gestión Animal y Técnicos en Producción Agropecuaria.
El contexto es claro, existe un amplio abanico de titulaciones existentes y el motor de desarrollo nacional es la agroindustria. Para dimensionar: el 20 % de las búsquedas laborales activas son de personal para empresas agropecuarias o agroindustriales.
Pero, increíblemente, muy pocos están aprovechando este gran mercado y esta gran oportunidad.
Todavía persiste esa falsa concepción de que es necesario “tener campo” para estudiar “agro”. Esto que es fácil de desestimar: el campo trasciende ampliamente lo que solemos imaginar. Es, más bien, una cadena industrial que se origina en un proceso productivo primario y que deriva luego en cadenas industriales que justifican el resto de las profesiones.
Podemos dejar de usar el celular, pero no podemos dejar de comer, por eso la agricultura -podríamos decir- es la madre de todas las profesiones y oficios.
Es importante también destacar el rol de los agrónomos de ciudad; poner en valor el ejercicio de la profesión de los que trabajan en el diseño de paisajes y jardines; los que realizan el mantenimiento de las canchas de futbol para que el césped este perfecto en el partido (y no haya quejas de los jugadores y técnicos); los que realizan el control de plagas urbanas y mantienen controlada la población del dengue, cucarachas y ratas; en la conservación de la biodiversidad local; los que trabajan en las casas matrices de las multinacionales en la ciudad; los que tipifican la calidad de la carne que consumimos; los que manejan y administran los residuos urbanos; los que firman las evaluaciones de impacto ambiental; y podría seguir y seguir.
Así como al inicio mencionamos que el pase de “cazador-recolector” a “agricultor” generó la revolución neolítica, las profesiones agropecuarias actualmente se encuentran en una revolución atravesada por la inteligencia artificial (profesión de las menos impactadas en el remplazo humano), la divulgación del oficio y la búsqueda de que cada vez más jóvenes elijan el agro como la profesión para poder seguir el camino de la competitividad, la mayor producción por unidad de superficie y la mejor distribución de nuestros derivados agroindustriales como alimentos, medicamentos y energía.