
Luego que el 23 de abril de 1824, las autoridades monárquicas francesas le impidieron desembarcar al general José de San Martín en El Havre por los diarios de contenido liberal y republicano que llevaba en su equipaje, debió seguir hacia Gran Bretaña. Allí, visitó a su viejo amigo el capitán Peter Heywood, y fue su esposa Frances Jolliffe la encargada de encontrarle lugar en un internado para señoritas en las afueras de Londres a su hija Merceditas.
Mientras esto sucedía, sus antiguos granaderos daban cátedra de coraje y arrojo del otro lado del océano Atlántico, en la pampa de Junín.

Simón Bolívar había quedado como el general en jefe del ejército libertador. Luego de los sendos triunfos de Boyacá y Carabobo, y después de la salida de escena de José de San Martín luego de la famosa entrevista de Guayaquil, comandaba un ejército de 8000 hombres, entre los que se encontraban unos 250 granaderos, que ahora se denominaban Granaderos de los Andes y el Regimiento Río de la Plata. Estaban incluidos en una fuerza de unos 900 hombres comandados por Mariano Necochea. Esos serían los únicos que entrarían en combate en la histórica jornada del 6 de agosto de 1824.
PUBLICIDAD
A Necochea le faltaba un mes para cumplir los 32 años. A los 20 había ingresado como alférez en Granaderos. Había peleado en el combate de San Lorenzo, estuvo en el Alto Perú y luego se incorporó al Ejército de los Andes.

El general enemigo era José de Canterac, un experimentado general que había peleado contra las tropas napoleónicas.
Ambos ejércitos se encontraron en Junín o Pampa de Reyes, en el centro del Perú, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar.
PUBLICIDAD
Cuando el enemigo estuvo a la vista, Bolívar le pidió a Necochea, a punto de iniciar la marcha, “que los venciese”. El oficial argentino le respondió: “Pronto me verá V.E. muerto o victorioso”, consciente de la peligrosa misión que tenía por delante.
La caballería al mando de Necochea avanzaba por la quebrada de Chacamarca, un angosto terreno, encerrados entre la montaña y pantanos, lo que hizo que la marcha fuese lenta y dificultosa, y que caballos y jinetes terminasen amontonados, todos presurosos por salir de ese atolladero.
PUBLICIDAD

Cuando estaba en la tarea de desplegar en batalla a todos sus escuadrones, el enemigo, viendo las dificultades de los patriotas, se lanzó al ataque con tres divisiones.
La arremetida fue efectiva, que se llevó por delante a la caballería patriota a pesar de los esfuerzos por resistir. Los que se llevaron la peor parte fueron los dos escuadrones colombianos que iban al frente, que quedaron rodeados por los españoles.
PUBLICIDAD
Fue cuando Necochea, al grito de “¡Adelante granaderos!”, se lanzó a un contrataque desesperado contra los jinetes de los Dragones del Perú. El oficial era una fiera que sableaba a diestra y siniestra, y esa actitud contagió a sus hombres.
Adelantado, peligrosamente solo, quedó rodeado: una lanza le atravesó un pulmón, otra directamente lo atravesó de lado a lado. Mientras tanto seguía montado y peleando; dos sablazos casi le arrancaron su brazo izquierdo. Cayó del caballo, envuelto en sangre, gritando “¡adelante granaderos!”. Quedó prisionero con once o nueve heridas, según las versiones.
PUBLICIDAD

Bolívar, viendo que todo estaba perdido, decidió retirarse con la infantería -algunos testimonios aseguran que “voló a la reserva”- mientras observaba cómo la caballería del Rey se hacía dueño del campo de batalla. Ignoraba que ese no era el fin de la lucha.
En esa persecución realista sobre la caballería patriota, nadie se percató del teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, quien estaba a la espera de órdenes de Bolívar que nunca recibiría porque se había retirado.
PUBLICIDAD
De 22 años, Suárez era muy joven cuando ingresó en Granaderos, donde participó de la campaña libertadora.
Cuando el enemigo pasó al galope muy cerca de su posición, lo sorprendió con sus Húsares del Perú por su flanco y su retaguardia. Los protagonistas fueron aquellos veteranos granaderos y jinetes peruanos los que arrollaron a la caballería enemiga que, desorganizados y confiados, ya festejaba el triunfo.
PUBLICIDAD

Tras el ataque de Suárez, se sumó Guillermo Miller al frente de los escuadrones patriotas y provocó una retirada del enemigo. La victoria había quedado asegurada.
Canterac, aún sin poder creer cómo el triunfo se le había escapado de las manos, escribió: “Sin poder imaginarme cuál es la causa, volvió grupas nuestra caballería y se dio a una fuga vergonzosa. Parecía imposible desde lo humano que una caballería como la nuestra, tan bien armada, montada e intruida, con tanta vergüenza huyese de un enemigo sumamente inferior bajos todos respectos, que ya estaba vencido, echando un borrón a su reputación antigua y puesto en peligro al Perú todo”.
PUBLICIDAD
El desbande español fue total y Bolívar, rápido de reflejos, regresó al campo de batalla, rodeado de generales y oficiales, para arengar a las tropas. “Ved aquí, señores, que cuando la historia describa la batalla de Junín, si es verídica y severa, la atribuirá a la audacia y valor de este joven coronel”, señalando a Suárez. Y volviéndose a los soldados, les dijo: “Ya no seréis Húsares de la Guardia, os denominaréis desde hoy Lanceros de Junín”.
Mientras tanto, Necochea, junto al teniente coronel José Olavarría, habían sido rescatados. La batalla duró 45 minutos y sólo se combatió con lanzas y sables, sin hacer ni un solo disparo. Quedaron en el campo 250 muertos realistas, mientras que los patriotas sufrieron 150, entre muertos y heridos.
En el parte de batalla redactado por Andrés Santa Cruz el 7, si bien mencionó a Suárez, incluyó en el relato una larga lista de oficiales, opacando su crucial intervención para lograr la victoria.
Cuando en una oportunidad, Necochea recibió en su casa la visita de Suárez, aquel lo presentó a su esposa, diciendo “María, te presento al Coronel Suárez, el verdadero vencedor de Junín”.
Suárez, cohibido, respondió que “yo no hice más que cumplir con una orden”.
“Si”, admitió Necochea, “pero con tal exactitud que a retardarse un minuto, se pierde la batalla”.
En el campo de batalla de Ayacucho, que significó el fin del poder español en América del sur, Suárez fue ascendido a coronel. Una vez terminada la guerra, Bolívar denunció un plan para derrocarlo y matarlo e involucró a varios argentinos. Suárez, Necochea, Alvarado, Castillo, Videla, Estomba, entre otros, fueron expulsados del Perú. Necochea devolvió sus ascensos y distinciones, y aseguró que del Perú solo quería llevarse de recuerdo sus heridas.
Suárez peleó en la guerra contra el Brasil y luego, enrolado en el bando unitario, debió exiliarse en Mercedes, Uruguay. Dejó las armas y se dedicó a trabajar en una estancia, y se casó. Falleció en Montevideo el 13 de febrero de 1846.
Necochea nunca se recuperó del todo de sus heridas de Junín. Cuando el gobierno le impidió participar en la guerra contra el Brasil, regresó a Lima y dirigió la Casa de Moneda. Se le reconocieron sus servicios y fue ascendido a mariscal. Murió de tuberculosis el 5 de abril de 1849. El Perú se negó a que sus restos, que descansan en el Panteón de los Próceres, regresen a la Argentina. Allí es un héroe nacional, portador de una página de gloria escrita en los llanos de Junín.