Hay abrazos que parecen detener el tiempo, historias que se cuentan una y otra vez y consejos que permanecen en la memoria para toda la vida. Los abuelos ocupan un lugar especial en las familias. Son guardianes de recuerdos, tradiciones y experiencias que pasan por generaciones.
Este 30 de agosto es el Día Nacional de los Abuelos y Abuelas, que se conmemora cada último domingo de este mes en Ecuador. Sin embargo, a nivel mundial se celebra cada 26 de julio. Estas fechas invitan a reconocer su importancia, valorar sus enseñanzas y agradecer por sus cuidados.
Y aún hay abuelos que permanecen activos laboralmente. En la docencia, por ejemplo, están Verenice Engracia, Anita Gálvez y Gissela Martillo. Como ellas, hay más adultos mayores que ejercen profesiones en otras ramas, como medicina, ingeniería y más.
Publicidad
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), hasta el año pasado eran 711.788 personas mayores a los 65 años que aún trabajaban: 432.275 hombres y 279.513 mujeres.
Comer en familia: Esta es la importancia de compartir al menos una comida al día juntos
Mientras que en la etapa previa de la jubilación, de 55 a 64 años, la participación laboral es del 72 %, es decir, más de siete de cada diez personas en este rango de edad estaban trabajando o en búsqueda de empleo, según el estudio La seguridad económica de los adultos mayores en Ecuador: situación actual y desafíos para la política pública, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Y hay quienes ya disfrutan de la jubilación, de una nueva etapa junto con sus familias. El año pasado hubo 785.473 jubilados y pensionistas, de acuerdo con datos del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Más allá de los años, los abuelos siguen siendo protagonistas de sus historias.
Publicidad
Publicidad
A sus 63 años, la vitalidad de Verenice Engracia derriba cualquier noción sobre el paso del tiempo. Ella ha dedicado más de tres décadas a la educación, ahora como directora del jardín y escuela en Copol.
Su día a día sigue marcado por la misma escena: los gritos de alegría y las carreras de los niños al salir de clases. Disfruta de su trabajo porque para ella todavía no hay nada en la vida que logre aburrirla.
Para ‘Miss Verenice’, como la llaman, la edad jamás ha sido un límite para ejercer este rol que lo combina con su profesión de psicóloga clínica. Siente que su vida ha sido transformada y complementada aún más con su nieta Raffaela, de 4 años, quien también es estudiante copolina.
La llegada de la pequeña no solo vino a “refrescar” su comprensión sobre cómo los adultos deben acompañar a los niños en su desarrollo, sino que generó un gran sentimiento. “Raffaela significa para mí algo muy hermoso. Es un despertar de un sentimiento que no lo había conocido antes. Yo le digo que es mi amor infinito”, asegura Verenice.
Ser abuelita es, para Verenice, experimentar una maternidad más madura y sin prisa: “En esta etapa uno tiene una sensibilidad mayor para abordar cada situación de la niña, sus gestos, sus palabras, sus deseos de hacer las cosas ”.
Confiesa que haber estudiado a profundidad el comportamiento infantil ha hecho que se conecte más con su nieta.
Publicidad
“Es algo realmente sublime. Me ha despertado un mayor amor y compromiso por la niñez”, cuenta. Pero, además, esa experiencia le ha dado una paciencia profunda luego de haber criado a dos hijos, porque antes estaba la urgencia de que ellos aprendieran, crecieran o alcanzaran ciertas cosas rápidamente. Ahora, como abuela, entiende que cada niño tiene su propio ritmo.
La vida laboral de Anita Gálvez empezó antes de la mayoría de edad: a sus 17 años, y desde entonces ha consagrado más de cuatro décadas a transformar el futuro de cientos de niños.
Ahora, a sus 59 años y como coordinadora de Educación Inicial y Preparatoria de Copol, siente que su entrega ha sido absoluta: “Aquí empecé como educadora, eduqué a mis hijas, estoy educando a mis nietos y estoy llegando a la jubilación”, apunta.
Sin embargo, detrás de la respetada profesional hay un corazón apasionado por su familia. Disfrutó mucho su etapa de madre con sus tres hijas, pero no imaginó ser abuela a sus 42 años. Su hija mayor tenía apenas 16 años cuando nació Mateo, su primer nieto.
En medio del desafío, Anita decidió afrontar la situación con amor y fortaleza ayudando a su hija a finalizar el colegio.
“Cuando creemos que las cosas van terminando se abre un sol de oportunidades de ser feliz nuevamente”, dice en alusión a cuando cargó a su nieto: “Me gradué de abuela, es mi carrera favorita”.
Ella asumió la tarea de coeducar a su nieto manteniendo rutinas, límites y pautas de crianza, aunque confiesa que le hubiese gustado ser la típica abuela que da helados a escondidas. Sin embargo, reconoce que la madurez le ha permitido perfeccionar su rol.
“Los nietos son un regalo de Dios, una nueva oportunidad para hacer las cosas bien”, indica y a esta experiencia además de Mateo, de 17 años, se sumaron María Paz, de 13 años, y Aleana, de 4 meses.
Anita es muy espiritual y entre sus conversaciones con Dios siempre repite: “Señor, si me dejas verlos graduados a todos ellos, será bastante, pero no sé cuáles son los planes de Dios porque mi abuelita falleció a los 100 años”, expresa.
En los pasillos de Copol, la presencia de Gissela Martillo impone el respeto al ser la inspectora general. A sus 51 años, su labor se centra en velar por la seguridad, la integridad y el cumplimiento estricto de las normas. Sin embargo, detrás de esa mirada firme y profesional está una mujer que se desvive por su hogar.
Ella es madre de tres hijos y orgullosa abuela de tres nietos, asegura que es el ejemplo de la nueva generación de abuelas: activas, preparadas y capaces de equilibrar la autoridad con ternura. ”Si hubiera sabido que ser abuela era tan bonito, habría sido abuela primero antes que mamá“, confiesa con humor, revelando la alegría que esta etapa ha traído a su vida.
“Cuando llegamos a esta etapa en la que ya hemos vivido el ser mamá, nos tomamos con más calma las cosas”, explica y agrega que valora demasiado los detalles cotidianos, como el brote del primer diente o los primeros pasos de Nicolás y Raphaela, de 6 años, y de Raúl, de 4 años.
A diferencia de sus años como madre trabajadora, cuando los cuentos de antes de dormir debían contarse de manera rápida para continuar con los quehaceres, ahora el cierre del día es de conexión profunda.
Gissela se toma el tiempo de enseñarles a orar, conversar y contar historias. De hecho, ha diseñado una dinámica nocturna de preguntas sobre qué los hizo reír, qué los puso tristes o con qué les gustaría soñar esa noche. “Entonces, la noche es un momento y es una oportunidad para poder compartir y poder escucharlos”, relata Gissela. (I)