El Museo Sorolla, en Madrid, abre su puerta trasera. Después de dos años cerrado, desde octubre de 2024, este jueves la institución abre al público su ampliación de más de 2.000 metros cuadrados y una inversión total de 13,1 millones de euros. El museo se estrena además con la exposición Tras la casa del artista, una invitación a los visitantes para que se asomen al proceso de rehabilitación que se está llevando a cabo en la residencia del pintor, con un recorrido que muestra cómo la vivienda concebida por el artista ha ido transformándose durante más de un siglo para convertirse en el museo que hoy conocemos. Según ha contado este miércoles en la presentación Enrique Varela, director del centro, aún le quedan “años” para abrir.
“No puedo comprometer una fecha”, ha añadido el responsable, que ha recordado que el centro llevaba mucho tiempo pidiendo una ampliación, “ya que fue un edificio de ámbito doméstico reconvertido en un edificio público”. Varela ha rememorado un titular de prensa de 1980, cuando Francisco Pons Sorolla, nieto del artista y entonces director, “ya la reclamó”.
A la ampliación se accede por el número 68 de la madrileña calle de Zurbano. Una entrada que nunca usó el pintor ni su familia ni ninguno de los visitantes que ha tenido desde que abrió al público como museo en 1932, simplemente, no formaba parte de su casa ni de su taller. Ardua tarea la del estudio de arquitectura Nieto Sobejano, encargado de conectar lo que fue un taller-concesionario de Volvo que compró el Ministerio de Cultura en 2009 con la casa-museo de uno de los artistas españoles más reconocidos e internacionales. El arquitecto Enrique Nieto ha recalcado en la presentación que uno de sus objetivos era “que el espacio industrial [el taller] sobre el que trabajaban no perdiera la relación con la vivienda”. Por ello, la conexión no podía ser solo física, han impregnado las nuevas salas del espíritu del artista, exactamente como él hizo con su casa original, en cuya construcción participó activamente como se muestra en la exposición.
Tras la casa del artista. Arquitecturas del Museo Sorolla (1905-2026) es un viaje de ida y vuelta. Es la ventana por la que asomarse para ver cómo han transcurrido estos 121 años en ese palacete de Chamberí. Y, precisamente, con una ventana comienza la exposición, un óleo que muestra lo que veía el pintor desde su atelier. Esa gran ventana que el maestro de la luz abrió cuando ya vivía y trabajaba allí. El sol entraba por los lucernarios, pero quería más y pidió permiso a su vecina, la actriz y empresaria teatral María Guerrero, para abrir ese vano en la pared que daba al jardín de su casa. Se lo dio, y el estudio del pintor tomó una forma que no es la que mantiene hoy. Años más tarde ―ya con otros vecinos― ese hueco se cerró. Ahora, solo se conserva la moldura de aquel gran ventanal y el lienzo con el que comienza la muestra y con el su comisaria, Covadonga Blasco Veganzones, quiere demostrar que los edificios no son estáticos, cambian según las necesidades de quienes los habitan, viven diferentes etapas y el Museo Sorolla, justo ahora, da los primeros pasos de esta nueva vida. Pero asomándose constantemente a su historia. Es fundamental mantener el legado, la memoria, del pintor valenciano.
Antes de entrar en la primera sala y junto a la pintura Desde el ventanal del estudio (1914-1919), una gran cristalera deja ver la casa de la familia Sorolla, uno de los espacios originales, uno de los estudios, la primera sala del museo, la entrada tradicional. Ahí está, detenido en el tiempo, con el mismo rojo oscuro de las paredes y la misma madera de pino de melis en el suelo que en vida de Joaquín Sorolla, esperando que se intervenga en ella. Un trabajo de restauración minucioso cuyo objetivo es que sea imperceptible, que todo quede igual. Esta fase no ha empezado, de ahí, que solo se inaugure la ampliación y no el museo original, para lo que aún ni se vislumbra el momento. Queda más de un año. Las fechas de apertura que se estimaron cuando el museo cerró para llevar a cabo esta ampliación y rehabilitación, principios de 2026, eran demasiado optimistas. Las obras siempre se complican y cuando se habla de intervenciones de estas dimensiones en bienes de interés cultural, es decir, con la máxima protección, los problemas se multiplican. Mientras, lo que era obra nueva y sin protección patrimonial: transformar un taller automovilístico en la planta baja de un edificio de viviendas en un museo ―que se dice fácil, pero no parece que haya muchos casos en el mundo―, iba avanzando. El año pasado se terminó la obra civil, solo quedaba, y no es poco, dotarlo de los equipamientos necesarios. Aún hay algunas instalaciones pendientes, en el taller de restauración, por ejemplo. Un magnífico espacio de la ampliación que mejora muchísimo el de antes, en la planta baja de la casa.
Había y hay muchas ganas de Sorolla. Lo sabe el personal del museo. Lo cuentan los números: en 2023 recibió más de 350.000 visitantes. En 2024, si hubiera permanecido abierto todo el año, los hubiera superado. Cada vez que hay una exposición de Sorolla en cualquier institución es un éxito asegurado de público. Joaquín Sorolla (1863-1923), que se celebró en verano de 2009 en el Prado, es, con 424.618 visitantes, la cuarta exposición más visitada de este museo desde que hay registros (2003), detrás de El Bosco. La exposición del V centenario, El Hermitage en el Prado y Tesoros de la Hispanic Society of America, según fuentes de la pinacoteca. Este interés lo vive a diario Blanca de la Válgoma, responsable del área de Difusión y Comunicación del Sorolla, con los mensajes que le llegan por redes sociales constantemente preguntando cuándo se inaugura. Lo remarca el director, Enrique Varela, preocupado por que quede claro que lo que se abre es la ampliación para que nadie se decepcione pensando que ya va a volver a pisar la casa y el jardín que en su día habitó el pintor. “Esto es otra cosa, nos da muchas opciones, nos permite organizar actividades y exposiciones que antes ni imaginábamos [en el legado de Clotilde García del Castillo, esposa del artista que donó todo al Estado, había una cláusula que limitaba lo que se podía exponer en la vivienda original a obra del pintor o piezas que siempre hubieran permanecido en la casa o que tuvieran una estrecha relación con él]. Ampliamos horizontes hasta lo contemporáneo, siempre vinculados con el pintor, claro. Y, sobre todo, por fin, el público puede volver a estar en contacto con la obra de Sorolla”, contaba Varela unos días antes de la inauguración. Por eso, era fundamental, que en la muestra de apertura las pinturas colgasen de las nuevas paredes. Y, aunque es una exposición fundamentalmente arquitectónica, cuyo objetivo es contar las idas y venidas, las rectas y las curvas, que ha recorrido el inmueble a lo largo de la historia, no puede faltar la mano del pintor: su pincelada, sus trazos en los dibujos, su letra en las cartas, su imagen en las fotos.
Todo lo pintaba, todo lo dibujaba, todo se lo contaba a amigos, colegas y familiares, material no falta en las cuatro nuevas salas de exposiciones temporales que ha ganado el museo, unos 350 metros cuadrados. Tampoco falta la impronta del artista y no solo por lo que cuelga de las paredes. La estructura, los volúmenes reproducen los de los talleres originales del pintor con sus cubiertas a dos aguas con lucernarios, uno de los guiños que Nieto y Sobejano han hecho al protagonista y con el que está, si cabe, más presente. Otro es el patio con el naranjo y el boj que articula la ampliación, y que pretende ser un reflejo del patio andaluz de la casa.
La primera sala, después de asomarse a la ventana de Sorolla, es un regreso al presente, una maqueta en el centro facilita que el visitante se sitúe y entienda cómo se unen el edificio original al que se entra desde la calle del General Martínez Campos, 37, y el de la ampliación, en el que está. La siguiente, una vuelta al pasado, un repaso por lo que eran esos arrabales madrileños ―hoy, Chamberí― a finales del siglo XIX y principio del XX. Mucho espacio sin urbanizar en el que se fueron edificando estos palacetes. Una foto muestras un rebaño de cabras en los terrenos que poco después sería la residencia del valenciano. Sorolla compró un primer solar en 1905. El éxito de sus exposiciones le permitió adquirir en 1909 la parcela contigua y encargarle la construcción de su casa y estudio a Enrique María de Repullés y Vargas, arquitecto de la Bolsa de Madrid que había trabajado para su amigo el escultor Mariano Benlliure, quien los presentó y que también era vecino de la zona, que estaba reuniendo a cierta burguesía letrada: Guerrero, Benlliure, Sorolla, el también escultor Miguel Blay, la Residencia de Señoritas (hoy Fundación Ortega-Marañón), el Instituto Internacional...
El siguiente espacio expositivo es una explosión de sorollas, además de los dibujos que intercambiaba con el arquitecto, de las fotografías de las obras que le enviaban sus amigos para contarle cómo avanzaba su casa mientras él estaba en el extranjero, por ejemplo, en 1909 pasó tiempo en Nueva York, donde se celebró una de sus aplaudidas muestras. Las joyas de la corona son sus pinturas, dispuestas de manera que recuerdan ese otro tesoro que es la sala tres del museo, su estudio principal. Las que se muestran están relacionadas con la arquitectura, sobre todo con los jardines de su casa, diseñados por él e inspirados en La Alhambra y el alcázar sevillano, y también algunos bocetos que preparó para la decoración de su hogar, como un programa de pinturas para decorar la escalera que nunca realizó. En este aspecto, uno de los títulos la las áreas de la exposición La casa-archivo es un acierto, ya que el propio inmueble funciona como repositorio, registro y memoria de todo lo que allí sucedió.
Frente al pasado, rumbo al futuro. Ese que espera a la intervención en la residencia original. Mientras, dos grandísimas imágenes de José Manuel Ballester y una instalación fotográfica de Fernando Maquieira muestran la quietud de la casa desnuda, sin obra ni mobiliario. La obra reposa en los nuevos almacenes, más amplios que los anteriores, aguarda a que le llegue el turno. La próxima exposición, la actual terminará en enero, sacará las grandes galas, las obras maestras, Sorolla esencial. Los muebles, sin embargo, han salido por primera vez de la vivienda en más de un siglo. Se custodian en un almacén del Ministerio de Cultura, ya que el del museo no está pensado para que haya espacio para ellos, ya que siempre ocupan su lugar en las distintas estancias. Estas, ahora, van a empezar la rehabilitación, y la ampliación, que es donde iban a permanecer mientras se restauraba la vivienda, ya ha abierto al público. En los optimistas planes iniciales todo iba a inaugurarse a la vez.
Quien además de asomarse a la exposición, quiera llevársela a casa, el museo ha editado un catálogo completísimo. Y si lo que quiere es asomarse y sumergirse, el día 28 comienza un ciclo de conferencias en torno a la muestra que inaugurará el salón de actos que lleva el nombre de Clotilde García del Castillo. Otro espacio del que hasta ahora no disponía el museo. Que no solo gana metros cuadrados de uso público y para el patrimonio, también lo ganan los trabajadores, ya que mejoran las instalaciones dedicadas al personal de sala y de atención a los visitantes. No se puede olvidar que antes todo estaba metido en una vivienda familiar.
El último viaje en el que se embarca el visitante de Tras la casa del artista es una de las fotos de la última sala, en ella se ve un agujero en un muro de ladrillo por el que se cuela la luz, como en los óleos del pintor. El primer hueco que unió el pasado, el presente y lo que vendrá; la parte original y la ampliación, esa a la que asomarse para vislumbrar lo que deparará el futuro.