Por Cartas al director17 OCTUBRE 2026

SEÑOR DIRECTOR:
El 18 de octubre de 2019 comenzó un episodio que remeció a Chile y cuyas lecciones, siete años después, seguimos sin extraer del todo.
Hay una condición previa a cualquier balance: la violencia no admite matices. Las incendios dolosos, los saqueos y los ataques a personas e instituciones no fueron un exceso de la protesta, sino su peor rostro. Buena parte de la política chilena no supo, o no quiso, reprocharla de manera incondicional. La mirada complaciente frente a la anomia, el menoscabo del principio de autoridad y la ambigüedad de quienes entendieron la fuerza como una forma legítima de presión pusieron en riesgo nuestra institucionalidad democrática. Una democracia que no defiende sus reglas frente a quienes las atropellan se debilita, aunque lo haga con las mejores intenciones.
Es justo reconocer que los acuerdos para intentar una salida constitucional ayudaron a disminuir la violencia. Pero, apurada por la necesidad, se llenó de normas procesales y electorales que luego contribuyeron a que la disparatada primera propuesta fuera rechazada con claridad por la ciudadanía. El segundo intento repitió el error con otro signo: una mayoría distinta volvió a mirar la Constitución como un programa de gobierno. Ambos procesos olvidaron que una Carta Fundamental solo perdura cuando se siente de todos y deja de ser partisana.
Hecho el repudio, queda la tarea más difícil: detenernos en las causas mediatas. La desconfianza hacia las instituciones y las élites, la sensación de trato desigual e injusto, las expectativas de movilidad frustradas, el endeudamiento de las familias, la percepción de pensiones y salud insuficientes y el desgaste de la cohesión social conviven con un país que, pese a todo, ha avanzado indiscutiblemente. Explicar no es justificar; es comprender para no repetir.
Siete años después, ese ejercicio sigue pendiente, más allá de esfuerzos puntuales. Y un país que no se explica lo que le pasó queda expuesto a que vuelva a ocurrirle. Nos debemos ese diálogo sereno.
Jorge Burgos Varela
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