La primera vez que Kevin Guamán escuchó que podía morir tenía 14 años. Hasta entonces, los desmayos que sufría desde los 12 o 13 años se habían vuelto parte de su día a día.
Podía estar en casa, camino a clases o entrenando para un equipo y, de repente, perder el conocimiento. Sus amigos se preocupaban, pero él volvía a levantarse y seguía con su día en el colegio.
En su familia había llegado a normalizar esos episodios. La explicación apareció después de una serie de exámenes. El hígado y el bazo habían aumentado de tamaño y empezaron a aparecer molestias digestivas.
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Esto, con periodos de diarrea y estreñimiento. Un estudio de ecografía y los análisis de laboratorio permitieron acercarse al diagnóstico que cambiaría su vida.
Guamán, nacido en Guayaquil, tenía 14 años cuando le diagnosticaron leucemia mieloide crónica, Filadelfia positivo. La noticia llegó en una consulta médica y, según recuerda, fue comunicada a sus padres con una expectativa de vida que podía reducirse a tres meses.
La familia acababa de reunirse para una celebración familiar y el regreso a casa estuvo acompañado por una noticia de que tenía cáncer. “Nunca he sentido tanto silencio en una sala”, recuerda al hablar de ese momento.
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Él, sin embargo, no tenía otra preocupación. No entendía qué significaba morir ni qué debía sentir para saber que ese momento se acercaba. Se sentía bien y, desde esa edad, decidió aferrarse a la idea de vivir.
“Yo me siento bien, no sé qué tengo que sentir para empezar a morir”, se preguntaba en ese entonces.
La manera de asumir su enfermedad se mantuvo durante los años siguientes. Su tratamiento inicial permitió ganar tiempo, pero la opción del trasplante apareció como una alternativa para buscar una segunda opinión en Perú.
En ese proceso recibieron una recomendación que los llevó de vuelta a Solca Guayaquil y a la doctora Bella Maldonado Guerrero, jefa de la Unidad de Trasplante de Médula Ósea.
La unidad había comenzado sus funciones en 2006 y todavía tenía pocos casos cuando Kevin llegó para su procedimiento. En 2009, con 16 años, recibió un trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos de un hermano con compatibilidad HLA completa.
Adicionalmente, el caso tenía una dificultad, ya que el donante y Kevin tenían grupos sanguíneos incompatibles. Fue el primer trasplante alogénico de la unidad con esa condición.
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El procedimiento significó permanecer cerca de tres meses dentro del hospital. Kevin recuerda haber visto médicos de distintas especialidades, equipos de anestesiología y personal preparado para intervenir ante cualquier complicación.
Tenía 16 años y quería salir de aquella habitación, volver con sus amigos, estudiar y continuar con su vida.
Su madre permaneció junto a Kevin mientras él se concentraba en seguir su vida a su gusto, leyendo libros que le llevaban médicos de la institución y observando a las personas que formaban parte de su cuidado diario. Así pasó las semanas posteriores al trasplante, hasta que las nuevas células comenzaron a formar una médula capaz de producir sangre nuevamente.
El proceso tuvo una complicación, ya que Kevin tuvo una reacción en la que las células del donante atacan al tejido del paciente. El tratamiento requirió inmunosupresión durante un periodo prolongado.
La doctora Maldonado explicó que, pese a contar con un donante HLA idéntico, la incompatibilidad sanguínea aumentaba la complejidad del procedimiento. Con el paso de los años, Kevin permaneció en controles y, después de más de una década desde el trasplante, es considerado curado.
Hoy tiene 34 años y trabaja en el mismo lugar donde recibió tratamiento. Primero como camillero y, mientras estudiaba en secreto medicina, llevaba hojas impresas con sus apuntes dentro del mandil que utilizaba para trasladar pacientes.
Ahora es médico internista y trabaja en el servicio de Hematología de Solca Guayaquil. Se formó en la Universidad Espíritu Santo y su experiencia como paciente cambió la forma en que entiende a quienes llegan a recibir tratamiento.
Cuando atiende a pacientes jóvenes, reconoce parte de su propia historia y procura quedarse un poco más para explicarles que dentro del hospital no están solos.
La Unidad de Trasplante de Médula Ósea de Solca Guayaquil ha realizado 562 trasplantes desde su creación. Menos de la mitad corresponden a procedimientos alogénicos, realizados con células de un donante, y más de 250 fueron autólogos, en los que se utilizan células propias del paciente.
La unidad mantiene desde agosto de 2025 un proceso de asesoramiento con Mayo Clinic Global Consulting, que revisó sus procesos de atención y formuló recomendaciones para fortalecer el trabajo médico.
La colaboración acaba de renovarse por un segundo año y uno de los objetivos es preparar la incorporación de trasplantes haploidénticos, que permiten trabajar con donantes que no tienen compatibilidad HLA completa.
La intención es que pacientes que no cuentan con un hermano 100 % compatible puedan acceder al procedimiento en Ecuador.
Para Kevin, el cáncer terminó llevándolo a una profesión que hoy ejerce desde el lugar donde fue atendido. “A mí el cáncer no me quitó nada, a mí el cáncer me dio”, sostiene al recordar que la enfermedad le permitió conocer a profesionales que terminaron convirtiéndose en referentes para su vida. (I)