Rafa Jódar ha ganado 32 de sus 44 partidos individuales en cuadro principal ATP esta temporada, la primera como profesional después de haber decidido dejar su periplo universtiario por Estados Unidos. Calibró su potencial en el deporte, el campeón del US Open júnior de 2024 y su máximo valedor y guía, su padre, Rafa Jódar, se vieron preparados.
No se han equivocado. El éxito ha sorprendido incluso a ambos. Tantas rondas va pasando cada semana el campeón de Marrakech y finalista de Washington suma ya un total de 58 encuentros incluyendo fases previas y una presencia en torneo Challenger. El balance general, impactante: 45 ganados, 13 perdidos.
Acumulando experiencias que se van simultanenado con objetivos importantes. El ranking mundial está reflejando su imponente ascensión. Era el 896 en 2024, acabó 2025 en el puesto 168. Ya es 15º, y subiendo.
Jódar afronta hoy, madrugada española del sábado a domingo (no antes de la medianoche, de las 00:00 horas), un encuentro explosivo en los octavos de final del Masters 1000 ATP de Canadá en Montreal. Por el valor que conlleva y la entidad de un rival tan agresivo como el tenista de Leganés. Enfrente suyo, en un duelo nuevo en ATP, el checo Jiri Lehecka.
Y el ranking tiene también un espacio importante. Si el madrileño gana, será top-10 provisonal de este año, de la Race. Será el décimo jugador con más puntos sumados (2.199) en lo que va de campaña. Los ocho mejores disputarán las ATP Finals de Turín, el evento de los maestros. De momento marcha undécimo.
En la clasificación ATP, que coincidirá con la Race cuando concluya el ejercicio 2026, Jódar podría situarse decimotercero, justo por detrás de Jiri Lehecka, que con el duodécimo puesto vive a sus 24 años su mejor rango mundial.
No hay antecedentes entre Jódar y Lehecka, pero el peligro que contiene el checo es evidente. A su calidad técnica de la escuela checa une una fortaleza física tan musculada que en ocasiones lo ha pagado con lesiones, especialmente de espalda. Pegador, del saque a la volea. Muchos registros con los que deberá lidiar el español.
Jódar dispuso de un descanso reparador este viernes, después de tres encuentros en cuatro días sin apenas parar, encadenando la final del lunes en Waghinton, que cedió ante Taylor Fritz, con el estreno en Montréal, de también superficie dura pero con características más lentas.
Un duelo muy valioso, entre aspirantes próximos al top-10, como también lo es el francés Arthur Fils, que podría ser el rival en cuartos de superar al siempre hueso duro que representa el veterano británico zurdo Cameron Norrie, que ya levantó una bola de 'match' al australiano Alex de Miñaur en la tercera eliminatoria.
Por Glamorama .8 AGOSTO 2026
“José Antonio Neme sufrió un accidente en la comuna de Vitacura, en la calle Alonso de Córdova (con Los Militares), con un motociclista. Con una persona en moto de estos que reparten comida”, anunció esta noche Fran García-Huidobro en un extra noticioso en medio de la transmisión de Primer Plano.
(“¿Iré a actuar alguna vez más?”: el miedo de Katyna Huberman en su odisea. Revisa el capítulo del late La Cuarta Noche):
La amiga del periodista de 45 años se comunicó con él y contó en pantalla:
“Acabo de hablar con José Antonio, él está bien, está con su mamá y con Juan Pablo González, productor ejecutivo del matinal (de Mega, Mucho Gusto). Está muy afectado.
“José Antonio nunca tiene un problema en salir al aire, pero, bajo estas circunstancias... Me cuenta que se había ido a hacer un masaje descontracturante. Y él dobla en la calle Alosno de Córdova, y esta persona lo embiste por el costado.
“O sea, no es un choque en que él embiste al motociclista, sino que al revés. El iba muy lento, tanto así que no se abrieron los airbags del auto. El se bajó a ver. La persona no está en estado grave, ni en peligro de muerte, ni mucho menos, pero no está en buenas condiciones.
“Es evidente que un choque en auto versus una moto, es el motociclista el que se lleva la peor parte.
“La alcoholemia se hizo en el mismísimo lugar de los hechos y salió 0,0. Exceso de velocidad imposible, porque en ese barrio y en esa cuadra es imposible andar a más de 40, 35 km por hora. Está bastante afectado”.}
EL INFORME IN SITU DE LA PERIODISTA CONTY GANEM
Rápidamente la periodista y notera Conty Ganem, se trasladó a lugar de los hechos y entregó otros antecedentes::
“Lo que se está informando, que es información que tenemos que chequear, es todo preliminar, es que José Antonio se habría pasado la luz roja. El motociclista habría salido eyectado y casi choca a otro auto. La gente que vio esto habría ayudado al motociclista, que tendría fractura”.
Luego, la profesional obtuvo el primer parte de Carabineros:
“A las 23.25 se informó a Carabineros por un procedimiento de accidente de tránsito en Alonso de Córdova con Los Militares. El vehículo particular marca Mazda (de Neme), mientras circulaba por Alonso de Córdova en dirección al sur, habría colisionado con el conductor de una motocicleta que transitaba por la calle Los Militares, de oriente a poniente.
“A raíz del accidente el conductor de la motocicleta fue trasladado por personal SAMU hasta la clínica Las Condes, a fin de evaluar sus lesiones. Se está a la espera de las lesiones del motorista y de las instrucciones de la Fiscalía”.
“
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¿Afirmaríamos que en plena época de globalización existe, o se genera, una novela mediterránea? Repuesta afirmativa, más todavía si la relacionamos con la obra del griego Theodor Kallifatides, el turco Zülfü Livaneli, el francés Patrick Modiano y el florentino Sandro Veronesi (1959). Veteranos los cuatro, nos ofrecen poéticas novelas de iniciación, que harán las delicias de los que aman la literatura lejos de violaciones y componentes sociológicos de incierta valía. Veronesi es un forzudo de esta tendencia. Arquitecto de profesión, se trasladó a Roma en su juventud, desde donde ha construido una sólida obra novelística, alcanzando premios importantes como el Viareggio, el Campiello y dos veces el prestigioso Strega. Anagrama, que mantiene con él política de autor, ha publicado ya cinco de sus libros, Caos calmo, Profecía, El colibrí y Comandante antes de esta evocadora Septiembre negro, ante la cual el que suscribe se ha quedado absorto por la calidad y nitidez del detalle y las atmósferas que logra gestar en torno a su joven protagonista, un niño de doce años que entra en la adolescencia con los ojos bien abiertos. (En catalán, ha sido editada por Periscopi, como también lo fueron El colibrí y Comandant ).
Veronesi forma parte de una estirpe de grandes narradores italianos. Su obra me recuerda a los relatos de Cesare Pavese y también a las novelas de Giorgio Bassani y de Elio Vittorini, es decir, una tendencia profundamente realista, pero perfumada de sensaciones. Pertenece a una literatura que, carente de novela ambiciosa –como le pasa a la catalana–, construyó en la posguerra, como bien dijo el crítico tinerfeño Domingo Pérez Minik, “un edificio de considerable arboladura”. Digo todo esto porque resulta dificultoso encontrar escritores que no se rindan a las modas y se refugien en una tradición que, para la mayoría de los jóvenes carece de sentido.
Ambientada en un lejano 1972 en los escenarios de playa de la Toscana y con los recuerdos de un protagonista narrador de sesenta años, Septiembre negro se articula en capítulos breves, resueltos prácticamente como tandas de verónicas, asumiendo el símil taurino. El poder evocador de las imágenes se adapta a su estructura y sus ritmos. Como afirmó el crítico de la Stampa es sobre todo en las escenas sin acción, las contemplativas e incluso las monótonas, donde se puede afirmar que Veronesi es un maestro. Y no va desencaminado porque el narrador se muestra ágil y brillante en todo momento, en las escenas de gran belleza o en los episodios más tortuosos de los personajes. A más de cincuenta años vista, el conmovedor relato nos abre la sensibilidad como si estuviéramos ante esas grandes películas de Fellini sobre su juventud. Hablo de 8 e mezzo y Amarcord, y de la última e injustamente olvidada, La voce della luna. Resultará imposible que el genio romañolo la pueda adaptar, pero nos lo podemos imaginar con esos climas humildes y neorrealistas de los narradores literarios y cinematográficos italianos, con ambos pies en terrenos de la poesía.
Leer Septiembre negro me ha hecho recuperar la novelita de Julián Ayesta Helena o el mar del verano, que Acantilado reedita. Se trata de una obra poco conocida de 1958, que se ha recuperado con un capítulo modificado en las ediciones. La frescura y el lirismo empapa de realidad la vivencia de un joven en las playas del Gijón de 1952. Veronesi consigue imprimir a su prosa toda esa poesía e ingenuidad del libro de Ayesta. El protagonista descubre en la niña etíope unas sensaciones que se asemejan al salitre, al descubrimiento de la literatura, de la música y a los paseos en barca. Las chicas enigmáticas de ambas novelas ofrecen el desconocimiento de la vida, así como el punto de conflicto, suave. Si empiezan vacaciones o deben sufrir los rigores de la ciudad estival, lean dos libros para recuperar el amor por la literatura, por la vida.
El comprometido padre del protagonista, un abogado dichoso por poder llevar a su hijo en el velero veraniego, o el trasiego de su madre pelirroja irlandesa, y sus paralelismos con Gilda, ante el sol se entremezclan con las auténticas noticias de aquel verano: la dictadura ciclista de Eddy Merckx, las partidas de ajedrez de Fisher contra los soviéticos, la eclosión del divino David Bowie y los asesinatos de atletas israelitas por parte del grupo terrorista Setiembre negro en los Juegos Olímpicos. También las apariciones literarias, como la de Thomas Hardy, adquieren relieve en el lento devenir del verano. Como dice el joven protagonista sobre un juego caído al suelo: “Vale, chaval, pues no tienes más que recomponerlas como buenamente puedas, y si no sabes hacer con algunas, no pasa nada, tú haz lo que puedas y que salga lo que salga: a lo mejor queda mejor que antes, mira por dónde.”
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Sandro Veronesi Septiembre negro/Setembre negre Anagrama/Periscopi. Traducción: J. M. Salmerón/Pau Vidal. 268/296 páginas. 20,90 euros
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Siempre fantaseo con entrar a trabajar de incógnito en un área de descanso como ésta en la que me encuentro hoy. Trabajar unos meses mientras me empapo de la melancolía de estos lugares y me invento cualquier trama con camareros y camareras, cocineros y cocineras, gente de mantenimiento y encargados. Personas que llegan hasta aquí en sus vehículos cada mañana y se marchan al acabar el turno. Mi protagonista dormirá aquí o como mucho, en algún sitio cerca. No quiero que regrese a la ciudad, que rompa la membrana de este no lugar. Pienso todo esto mientras me tomo un café con leche horrendo y frío y la luz del final de la tarde atraviesa los ventanales del local. Me pregunto cómo puedo hacerlo, a quién podría llamar para trabajar aquí cuando, de repente, suena una musiquilla. Sale de un caballito, de un autómata que funciona a euro. Lo que suena es la melodía de Bonanza . Bonanza era una serie de televisión de vaqueros que dejó de emitirse el 16 de enero de 1973. Pero en China, cuando construyen un caballo para los niños, consideran que la musiquilla de Bonanza funciona como reclamo. Es aterrador. Nunca he visto subirse a nadie a un bicho de esos en un área de descanso, pero siguen estando. Como tantas otras cosas, ocupan un espacio aquí, aunque no tengan sentido o porqué. Comprarse un libro. Solo los asesinos a sueldo de las películas se compran un libro en un área de descanso.
Alguien debe de estar ganando algo con todas las cosas que se exponen para su venta en un área de descanso y que nunca se venden. Jamás he visto a nadie comprar esas navajas, los peluches, llaveros o subirse a caballitos que simularan ir al trote mientras suena Bonanza . Son como restos de cosas que un buen comercial –el mejor comercial del país, sin duda, con productos llegados desde China y desde todos los lugares del mundo– dejó en depósito y nunca vino ni a cobrar ni a por ellos. Es posible que la panza de ese caballito esté llena no solo de euros sino incluso de pesetas o doblones. El último capítulo de Bonanza lo pudo ver Franco y aún le quedaban por firmar sentencias de muerte.
No sé muy bien de qué iría mi novela, pero sus protagonistas serían trabajadores del área. Una suerte de aquella película, Frankie & Johnny , y, como ellos, se enamorarían. Al principio iría todo fatal, pero acabaría bien. O sería una novela de asesinatos. Cómo desembarazarse de un cadáver en un área de descanso. Salir de noche con el cuerpo en el maletero e internarse en el campo solitario de la España vacía. Cavar una tumba es un trabajo muy duro. Hay que saber dónde cavar. Mejor dejarlo en un lugar en el que no pudieran encontrarlo con facilidad. Una pareja mata a un tercero. Al encargado. El cartero siempre llama dos veces en el área de descanso. Cuando lo asesinan se hace el silencio y, de repente, suena Bonanza . Ya casi lo tengo.
Todos guardamos en nuestro imaginario cinéfilo a la camarera de las películas yanquis que viene a rellenar la taza de café, que no permite que tonteen con ella, que se apunta todo en una libreta con un bolígrafo azul. Tiene sus años la camarera y las ha visto de todos los colores. Se casó joven y se divorció dejando atrás el pequeño pueblo de Wichita donde nació. No tiene hijos o quizás una hija en el otro lado del país con la que apenas se habla. A la camarera le rompió el corazón una o dos veces un tipo como tú. Parecido a ti o sea que las manos quietas, no me toques las narices, y decide: ¿quieres o no quieres tortitas? Esas camareras siguen allí. La mutación nacional de esas camareras son mujeres duras que trabajan mucho y cobran poco, que tienen horarios extremos, es posible que con familia e hijos, pero uno tiene la sensación de que también tienen el corazón roto y que el que se lo rompió llegó un día por aquí, de hecho pasaba mucho por aquí, a tomarse un café o comer y luego se largó y dejó de pasar.
Te gustaría enamorarlas. Como te hubiera gustado hacerlo con Emily Dickinson, salvar a Sylvia Plath o que se fijara en ti Lucia Berlin. No hay libros de ellas en ningún área de descanso del país. Lucia Berlin reconocería la melodía de Bonanza . Vivir en cualquier lugar de Sudamérica, sentarse en el sofá una noche calurosa al lado de Lucia Berlin y hablar de jazz, tomando limonada fresca mientras esperamos a que empiece el último capítulo en La Ponderosa. Qué cerca del Paraíso. Pillo a uno de los camareros, detrás de la barra, mirando por uno de los ventanales. Igual está pensando en la novela que escribirá o quizás, simplemente, esté que soñando con escapar hacia el horizonte. Una nueva vida. Suena Bonanza .
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El ensayo In vitro. Una historia de la destrucción de las mujeres, de Álvaro Colomer, ha sido calificado por su amigo y escritor Jesús Carrasco como un documento nacido de la divagación; una observación pertinente, pues el breve e intenso texto de Colomer se sostiene sobre un pensamiento errante que vaga, se pierde y se reencuentra en bifurcaciones asombrosas, alumbrando un testimonio tan conmovedor como demoledor.
Conmovedor porque explica, con gran profusión de detalles, cómo su mujer se somete a un proceso de fecundación in vitro y cómo él la acompaña durante ese camino tan ilusionante como doloroso, no solo desde el punto de vista médico, sino también emocional. El testimonio avanza hasta el momento en que el embarazo se detiene y el aborto trunca el nacimiento de la hija o el hijo deseado. Colomer lo expresa con estas palabras: “Nos comunicó la interrupción natural del desarrollo embrionario. Usó la palabra embrión para restar importancia a la pérdida, para reducir el feto a la categoría de célula, para incitarnos a pensar en un huevo roto en vez de un pájaro abatido”.
Demoledor porque Álvaro Colomer revela, sin pausa, a través del proceso vivido desde el inicio de la fecundación in vitro, relatos bíblicos, leyendas populares y trayectorias vitales de artistas que se abren a la fabulación, una historia cultural de la destrucción de las mujeres. Una historia que comienza en el mismo instante en que su mujer inicia el tratamiento de fecundación asistida. Ese momento actúa como percutor y detonante, y empuja al escritor a mostrar el control que la sociedad ha ejercido sobre el cuerpo femenino.
Cada capítulo –la transferencia embrionaria, la clínica de fertilidad, la donación espermática, la punción folicular, la inseminación, la betaespera, el embarazo, el aborto o el legrado– se bifurca entre el testimonio de cómo ambos viven el arduo camino para concebir un hijo y las reflexiones con las que Colomer muestra cómo la construcción religiosa y cultural del relato de Adán y Eva ha contribuido a crear la figura de la Eva repulsiva, una Eva que representa el polo negativo del arquetipo femenino: la mujer concebida como fuente de tentación, desorden y caída. Es la historia de una destrucción que muestra cómo el hombre, desde la Antigüedad, ha buscado dominar el papel, el cuerpo y las funciones reproductivas de la mujer; una estrategia de sometimiento, anulación, apropiación y violencia ejercida sobre las mujeres para situar al hombre en el centro del mundo.
El resultado es un testimonio profundamente conmovedor porque nos hace partícipes del dolor por la pérdida de un hijo o una hija y, al mismo tiempo, porque muestra hasta qué punto los hombres han intentado –e incluso siguen haciéndolo– crear vida humana con la mínima intervención femenina posible. Es también un libro inspirador, porque todo el texto rezuma compromiso hacia ella y hacia lo que ambos han aprendido de la imposibilidad de tener el hijo que anhelaban. Y es, sobre todo, una historia de amor. Una historia que culmina con estas palabras: “Yo siempre podré mirarte a los ojos y saber que ahí dentro, perdido en tu organismo, flota una célula que resume nuestra historia de amor”.
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Álvaro Colomer. In vitro. Una historia de la destrucción de las mujeres. Debate. 87 páginas. 12,90 euros
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Nuevamente, la educación ha vuelto a ocupar portadas con motivo del embrollo que excluyó a Catalunya del informe PISA, pocas semanas después de la contundente huelga que paralizó el sector y que amenaza con tener continuidad este próximo septiembre. Ante ello, no se puede recurrir a la crítica fácil pues, más allá de la responsabilidad de unos u otros, algo profundo tiene que estar sucediendo en nuestras escuelas para alcanzar resultados tan deficientes y tener al profesorado así de alterado. Creo que la razón de fondo estriba en que en los escasos metros cuadrados de un aula emergen con máxima intensidad todas las contradicciones y conflictos que hemos ido acumulando en las últimas décadas. Una realidad muy difícil de conducir y que, todo señala, tenderá a empeorar.

Así, en la mayoría de centros públicos, y de un creciente número de concertados, en un aula se encuentran estudiantes que padecen directamente las consecuencias de una desigualdad que sacude especialmente a los menores, que malviven en sórdidas habitaciones y acarrean carencias alimenticias; de pertenecer a familias desestructuradas, cuando no violentas, que lastran de por vida a los pequeños; de provenir de una inmigración masiva, con sus diferencias culturales y dificultades de aprendizaje añadidas; de padecer la eclosión de patologías psíquicas que emergen en edades cada vez más tempranas y arraigan entre los adolescentes; o de padecer las consecuencias demoledoras de la adicción a unas redes sociales que les individualiza y deteriora su sentido de la realidad. Además, nuestro modelo de escuela inclusiva conlleva una enorme exigencia al profesorado para integrar a alumnos con necesidades especiales; una propuesta admirable pero que, sin dotarla de los recursos necesarios, se convierte en prácticamente imposible.
Por todo ello, antes de recurrir a las lecturas simplistas que tanto abundan, se debería ser consciente de lo que representa enfrentarse diariamente, desde una tarima, a una realidad tan extraordinariamente compleja y, además, sin los recursos necesarios. Tal como me comentaba una perspicaz psicóloga del mundo educativo, “encima de que no hay día sin que se arme una de gorda, sólo falta que se nos valore por la nota de corte”. En este contexto, también surgen las voces de quienes señalan que todo lo público es un genuino desastre y no tiene remedio; que, frente a tal desgracia, se encuentra el ejemplo de centros privados que alcanzan resultados excelentes o, por lo menos, consiguen que todos sus alumnos acaban yendo a algún que otro centro universitario. Estas realidades tan distintas entre lo privado y lo público son muestras evidentes de la fractura que ya se da en nuestra sociedad. Si no nos lo tomamos en serio, esta fractura acabará por resultar irreversible.
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Era 2014 y Mamadou Mballo, un joven nacido en Senegal en 1990, que había llegado solo a España con 16 años, trataba de adaptarse a otra nueva ciudad mientras empezaba a trabajar en el Tickets de Albert Adrià. Allí aprendió el oficio de camarero, y antes de que el negocio cerrara en 2020, ya se movía con destreza en una de las salas más atípicas del país y desarrollaba con naturalidad y elegancia una de sus tareas: preparar frente a los comensales un postre que incluía un truco de magia que culminaba con la aparición de una golosa tarta de queso que dejaba boquiabiertos a los ocupantes de la mesa. Dos años después del cierre de Tickets, y ya convertido el local que lo albergó en Teatro Kitchen Bar, lo encontramos de nuevo allí. Y ahora, cerrado aquel a finales del 2025, nos recibe con una sonrisa en la tercera vida del mismo espacio, transformado en la flamante Osteria Condal (Paral.lel, 161), restaurante que acaba de abrir Grupo Orobianco, y cuya dirección gastronómica corre a cargo de Paolo Casagrande, con la complicidad de Andrea Fiori, al frente de los fogones.
La reforma ha sido total, y aunque la cocina principal se encuentra en el mismo lugar y delante han habilitado una barra en la que en breve se podrá comer, nada en las paredes, en las mesas, en los suelos, en la coctelería situada a la entrada, o en aquella otra zona que primero albergó el 41º y después la zona de postres, hoy convertido en un comedor tranquilo, recuerda los tiempos coloridos y joviales del Tickets. Sin embargo encontramos rostros conocidos en un equipo de sala que capitanea Agostina Fernández y en el que todos pasaron por Teatro Kitchen Bar, por Tickets o por ambos.



Mamadou Mballo, que hoy vive en el barrio con su pareja, con la que tienen un hermoso hijo, presenta los primeros entrantes de este restaurante que recupera, con toques de alta cocina, el estilo de las osterias italianas. ¿Quién no siente nostalgia de aquellos años del Tickets al entrar, ahora por la calle Tamarit?. El mismo Casagrande confiesa que el reto de ocupar ese lugar donde él mismo tanto disfrutó, infunde respeto. Pero ahí está el chef del triestrellado Lasarte, discreto y animado, con su nuevo equipo de 17 miembros en la cocina y 12 en la sala, dispuesto a transmitir lo que tanto para él como para su mano derecha, Andrea Fiori, es la esencia de las osterias de su país: “La emoción de comer bien y sentirte como en casa”, dice Fiori, quien nació en Roma y creció frente al lago di Garda. “En las osterias puedes encontrar desde un plato de pasta rellena a una carne a la fiorentina”. Ambas preparaciones están en su carta.
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Hay un interesante repertorio de cócteles y una selección de vinos de la que se ocupa Marc Dot, quien cuenta con el apoyo de Joan Carles Ibáñez; tienen carta y un menú degustación por 70 euros. Para Casagrande la osteria está asociada en su memoria del gusto a buena comida, gran producto y dominio técnico. “Y eso es lo que queremos ofrecer con el equipazo que tenemos”. Para empezar, una tradicional ensalada de la Toscana, la panzarella, a la que sigue el tartar de calamar a la carbonara, con yema de huevo curada. Cuajada de maíz a la brasa con galera y salicornia. Deliciosa pasta, linguina con pil-pil de tomate, caldo de bacalao, almejas y un toque de botarga; los spaguettoni con bisque de bogavante, excelentes. Salmonetes a la plancha con espuma de burrata, azafrán y acelgas, deliciosos. Imposible no reconocer la sensibilidad y el estilo depurado de Paolo Casagrande en este plato o en el pichón imperial al carbón con pimientos y albaricoque. Ligero y fresquísimo el sorbete de sisho verde, matcha y sake. Y, como despedida, un guiño al Tickets en el tiramisú servido en el interior de un ligero airbag.
Tipo de comida
Dirección
Avinguda del Paral·lel, 164
936836998
www.osteriacondal.es


Periodista barcelonesa, trabaja en La Vanguardia desde 1989, donde escribe sobre gastronomía y dirige el canal Comer en la web de este diario. Ha impulsado, junto a Fundación Raíces, el proyecto social Cocina Cociencia, dedicado a la inmersión social y laboral de jóvenes en riesgo de exclusión a través de la restauración.
El terrorismo corso, que estaba en letargo en los últimos años, ha hecho una reaparición espectacular, con una puesta en escena muy mediática. En una rueda de prensa clandestina, a la que solo acudió el diario local Corse-Matin, un grupo de hombres encapuchados y fuertemente armados, bajo una pancarta con las siglas del Frente de Liberación Nacional de Córcega (FLNC), amenazaron a los franceses del continente que se instalen en la isla y calificaron de “mascarada” el nuevo proyecto de autonomía que se discute en el Parlamento de París.
Horas después de la publicación de la noticia en exclusiva por el periódico corso, el jueves, la Fiscalía Nacional Antiterrorista abrió una investigación por “asociación de malhechores en vista a la preparación de actos de terrorismo” y por “adquisición, detención y transporte de armas y municiones de categorías A y B en relación a un plan terrorista”. Contactado por La Vanguardia, el periodista que asistió a la singular rueda de prensa y redactó la información, Antoine Giannini, indicó que la policía lo convocó a declarar, pero no desveló ni el lugar ni la fecha, haciendo valer el secreto profesional.
Los conocedores de la cuestión corsa tienen dudas sobre lo que puede ocurrir a partir de ahora, si la impactante foto con fusiles de asalto, pistolas y hasta un arma para francotiradores supone el preludio de una nueva campaña de atentados contra segundas residencias e intereses de franceses del continente o significa el canto del cisne del independentismo violento.
La conferencia de prensa precedente, el 26 de enero del 2024, fue para reivindicar la “noche azul”, entre el 8 y el9 de octubre del 2023, en la que hubo 45 atentados con explosivos. Desde entonces las acciones han sido muy esporádicas: siete bombas en el 2025 y tres desde enero de este año, aunque sin reivindicación del FLNC.
Desde su fundación hace más de medio siglo, el FLNC -al igual que el movimiento político independentista- ha sufrido muchas escisiones, con una porosidad entre la violencia política y la puramente mafiosa y criminal. En la última comparecencia, el comunicado de cinco páginas fue firmado por el FLNC-Unión de Combatientes. Se entiende que es el núcleo duro de la organización. Lo leyó un portavoz con la voz fue distorsionada por un dispositivo electrónico.
Córcega, con unos 365.000 habitantes, tierra natal de Napoleón Bonaparte y que dependió durante cuatro siglos y medio de la República de Génova, es francesa desde 1769. Para los independentistas, se trata aún de una ocupación colonial. El FLNC lanzó en su manifiesto un nuevo aviso a “aquellos que desembarcan aquí en tierra conquistada”. Y añadió: “A la espera de que nuestros derechos nacionales sean respetados, tenemos un mensaje a transmitiros. Quedaos en vuestra casa. Y, en caso contrario, no os consideréis seguros en nuestro territorio nacional”.
para el FLNC, es inaceptable la continua llegada de población no insular, que sitúa en ”5.000 extranjeros, en su inmensa mayoría franceses de todos los orígenes”. También arremete contra el flujo de inmigrantes “que contribuyen a inflar estadísticamente la ayuda social atribuida a los corsos”. Entre sus enemigos, el FLNC señala a los insulares que define como “manipuladores altamente situados que defienden ante todo sus intereses y el de una casta de grupos financieros corsos. “Nos encontrarán siempre en su camino”, afirma.
La reforma constitucional que se prepara en París, aunque no está claro que haya mayoría para aprobarla en otoño, subrayaría al máximo nivel la singularidad histórica y lingüística corsa, pero para los independentistas se queda muy corta porque no acepta la existencia de un pueblo corso como tal, ni el estatuto de residente (vieja reivindicación, para vetar la compra de segundas residencias), ni la cooficialidad del corso, ni una amplia capacidad legislativa.
El fracaso anunciado del proyecto de autonomía podría reavivar la crispación identitaria, como ya ocurrió hace cuatro años, con graves disturbios, cuando fue asesinado en la cárcel Yvan Colonna, que cumplía cadena perpetua por el asesinato del prefecto Claude Érignac en 1998.
La inesperada irrupción del FLNC fue también un mensaje interno hacia todos los soberanistas, para demostrar que están vivos. Se produjo en vísperas de las Jornadas Internacionales de Corte, este fin de semana, organizadas por el movimiento independentista Nazione. Entre los invitados extranjeros figura Laura Borràs, expresidenta del Parlament de Catalunya.

Corresponsal de 'La Vanguardia' en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)
Pocos poetas han sido tan nómadas como Rainer Maria Rilke (1875-1926), que en realidad no tuvo nunca domicilio fijo y vivió siempre de prestado, alojándose en palacios y castillos propiedad de sus amigas aristócratas, mecenas de su intensa y ansiosa búsqueda espiritual.
Aunque resulta muy difícil resumir todos los lugares que visitó, los diez años en que concibió y compuso las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, uno de los grandes ciclos poéticos del siglo pasado y de todos los tiempos, conforman una especie de pequeña odisea en la que Rilke terminó experimentando la revelación que siempre había buscado.
Entre 1912 y 1922, mientras el viejo orden europeo se desmoronaba, el poeta consiguió sobreponerse a la consternación que le producían guerras y revoluciones y terminó legándonos una de las afirmaciones más contundentes y luminosas de la modernidad. El precio que tuvo que pagar a cambio, como siempre ocurre en estos casos de vaciamiento radical, fue el de su propia vida. Rilke murió el 29 de diciembre de 1926, enfermo de leucemia y después de habérsele infectado una herida en una mano por el pinchazo de una espina de rosa.
A finales de 1910, Rilke emprendió un viaje por el norte de África que empezó siendo algo frustrante pero que acabaría resultando muy fértil para la obra que ya estaba gestándose en su interior. Le acompañó Frau Jenny Oltersdorf, la mujer de un hombre de negocios, a la que había conocido en Múnich y que había sido quien lo había persuadido de hacer aquel viaje. (No sabemos qué tipo de relación tuvieron, puesto que no nos han quedado cartas entre ellos, pero todo parece indicar que Rilke no se dejó seducir por ella).
En la primera parte del trayecto, visitaron Argel, Túnez y la ciudad santa de Kairuán, que le parece “custodiada por sus muertos”. La muerte es el gran asunto rilkeano, que a lo largo de su obra –y con especial énfasis en esa última etapa– reformulará para tratar de revertir el nihilismo constitutivo de la era moderna. Al salir de Kairuán, un perro muerde al poeta, incidente sobre el que comentará con humildad: “Le di la razón; se limitaba a expresar, a su manera, lo totalmente injusto que yo estoy siendo con todo”.

Rilke escribe poco y no se desprende de cierto sentimiento de frustración, pero su atención y su receptividad son, ahora acaso más que nunca, extremas. En Nochebuena los dos quisieron oír misa y encontraron una iglesia que antes había sido mezquita, “una casa”, como dirá él en una carta, “de religiones distintas pero de un mismo Dios”. Rilke también busca el punto de encuentro de todas las religiones, lo que T. S. Eliot llamará en los Cuatro cuartetos “el punto muerto del mundo en su vuelta”. Terminada la primera parte del periplo, el poeta y su amiga desembarcaron en Palermo, donde Rilke se fascinó ante El triunfo de la muerte, entonces en el palazzo Sclafani, un enorme fresco del siglo XV que representa a la parca como un jinete cadavérico a lomos de un caballo escuálido, pertrechado con un carcaj lleno de flechas, atravesando todos los estamentos sociales.
En Nápoles, los amigos decidieron seguir el viaje hacia Egipto, ya en los primeros días de 1911. Después de arribar a Alejandría se fueron a El Cairo, donde embarcaron en el Ramsés el Grande para remontar el Nilo. Las experiencias del poeta aquí serán muy enriquecedoras y acabarán vertidas en algunos de los pasajes más intensos de las Elegías de Duino. Luxor y Karnak le sobrepasaron, hasta el punto de comentar en una carta que “solo Dios pudo crear un panorama semejante”. Bajo la luna menguante, descubre maravillado “una columna solitaria”, una “superviviente”, con “forma de cáliz”. “No se la puede abarcar, está allí de pie, frente a uno, más allá de la vida, tan sólo abrazada a la noche, se hace una misma cosa con las estrellas, para desde allí hacerse por un momento humana, viviente realidad”.

Pero el recuerdo más poderoso que se trajo de aquel viaje fue la contemplación de la Gran Esfinge de Guiza, bajo la que pasó tumbado una noche entera, como le contó años más tarde en una carta a su amiga Magda von Hattinberg, a la que el poeta llamaba Benvenuta: “No sé si alguna vez cobré conciencia de mi existencia de manera tan plena como en aquellas horas nocturnas en que esa existencia perdió todo su valor: ¿qué era ella en comparación con ese todo?”. También le cuenta a su corresponsal que esa misma noche vio cómo una lechuza emprendía el vuelo rozando la mejilla de la esfinge. La imagen irá a parar a la décima de las Elegías de Duino, una vez que Rilke ya haya consumado la “comprensión atroz” de asumir la muerte en vida y ver lo invisible, latente, en lo visible. La Esfinge será para el poeta un símbolo que reúne al hombre, al animal y al dios, todos mirando impasibles la eternidad, pero sin abandonar la vida moviente.
Después de aquel viaje, Rilke pasó el mes de julio en el castillo de Lautschin, en su Bohemia natal, acompañando a sus amigos los príncipes von Thurn und Taxis. Con la princesa Maria visitaría luego la ciudad de Weimar, siguiendo al fantasma de Goethe. De camino a la casa del gran Dichter, les sorprendió una tormenta de viento y niebla que los extravió hasta que llegaron en su ayuda unos japoneses. Su presencia convenció a “Seráfico”, como llamaba al poeta la princesa, de que alguien les había hechizado. La aristócrata, en cambio, estaba convencida de que se habían adentrado en una escena onírica. Fue en Weimar, en un anticuario, donde Rilke compró un pequeño libro encuadernado en tela azul en el que pronto copiaría las dos primeras Elegías de Duino.
Tras pasar por Múnich, donde formalizó su separación de Clara Westhoff –la pintora alemana, madre de su única hija, Ruth–, Rilke volvió con los príncipes von Thurn und Taxis, pero esta vez al castillo de Duino, su residencia de invierno, en el Adriático. El castillo sigue siendo una imponente fortaleza medieval construido sobre una gran roca y asomado a un acantilado. Cuando sus dueños se marcharon, al llegar la Navidad, Rilke se quedó solo en el palacio, a la espera de una inspiración que no llegaba. Con la princesa había estado traduciendo la Vita Nuova de Dante.
A su regreso de Egipto, en una librería de viejo de París, había dado con la primera edición de L’Amour de Madelaine, un sermón anónimo del XVII –atribuido por algunos a Bossuet– que le impresionó mucho y que decidió traducir. (Hay una versión en español, espléndida, de Nicole d’Amonville Alegría). El amor excesivo y repudiado de “las grandes amantes abandonadas” era otro motivo recurrente en su obra. En los primeros días de enero de 1912, Rilke escribió los doce poemas que componen La vida de María, su fresco sobre las distintas etapas vitales de la virgen, a su juicio un personaje mucho más importante que Cristo. “¿Quién hubiera pensado que hasta su llegada / el cielo abarrotado estaba incompleto?”, leemos en esos poemas acerca de la Asunción.
A finales de enero, llegó la inspiración que tanto había aguardado, procurando ser, como dirá más tarde en los Sonetos a Orfeo, abierto y receptor. Tras recibir una fastidiosa carta de negocios, Rilke decidió salir al jardín y tomar el sendero que bajaba hasta la playa Sistiana. A media altura del acantilado, el poeta oyó una voz que le dictó lo que sería el primer verso de la primera de las Elegías de Duino: “¿Quién si yo gritara llegaría a oírme desde los coros de los ángeles?”. Conmovido, el poeta volvió a su habitación y terminó el primer poema de la secuencia. Ya a principios de febrero, Rilke escribiría la segunda elegía y partes de la tercera, la sexta, la novena y la décima. De pronto, tenía todo el ciclo esbozado, como si fuera un cuarteto de cuerda, con los principales motivos dispuestos en espiral, aunque aún tardaría diez años en acabar la obra. El ángel de la religión ortodoxa iba camino de transformarse en un nuevo agente existencial, el mensajero de un evangelio que no prometía otra vida después de la muerte, sino que anunciaba una forma de estar aquí sin negación.

Tras abandonar Duino en mayo, Rilke pasó el verano en Venecia, alojado con la princesa Maria en el mezzanino del palacio Valmarana. En la ciudad de agua, el poeta conoció por fin a la actriz Eleonora Duse, uno de sus ídolos, a la que había admirado en su juventud en los grandes papeles de Ibsen. Los dos hablaron, según contó él, “como por encargo de una leyenda”. Entusiasmado, Rilke quiso ayudar a relanzar la carrera de la actriz, algo venida a menos a sus 53 años. Primero pensó en rehacer su obra de teatro La princesa blanca –escrita en su día pensando en la Duse– o incluso en confiarle una dramatización de La vida de María. Pero al final la actriz se peleó con una escritora italiana con la que vivía –Cordula Poletti– y las dos se marcharon precipitadamente. Desilusionado, Rilke decidió entonces retomar su proyecto de viajar a Toledo, inspirado por su amor a la pintura de El Greco. Antes de partir, pasó por Múnich para ver, otra vez, el Lacoonte y prepararse para el encuentro.
La relación de Rilke con Toledo había empezado en 1903, cuando el poeta vio, en el estudio de Zuloaga en París, tres cuadros del cretense que le causaron una impresión muy honda. Años después, descubrió maravillado la vista de la ciudad en el célebre óleo del pintor, la perfecta representación de un lugar que el propio Rilke describiría como un espacio “del cielo y de la tierra”, hecho tanto “para los ojos de los difuntos como de los vivientes y de los ángeles”. Toledo era algo así, por tanto, como el trasunto de esa nueva forma de existencia que estaba explorando en las Elegías y que buscaba acabar con la consideración negativa de la muerte, a su juicio la herramienta con la que el hombre moderno había enajenado la naturaleza. Los niños y los animales, como dirá en la octava elegía, están “libres de la muerte que nosotros solo vemos”. No solo somos los únicos que percibimos la muerte, sino que, al mirar, la proyectamos en todo lo que observamos, anonadándolo.
En Toledo, Rilke se dedicó a pasear, cebarse los ojos de pintura, como diría Góngora, y a traducir, esta vez a la poeta renacentista Louise Labé. Sabemos por sus cartas que iba muy escaso de dinero y que conoció la penuria, pero la ciudad le ayudó a proseguir con las Elegías, sobre todo con la tercera. El recuerdo de Toledo, así como “la física de cielo” de la Asunción Ovalle de El Greco, le acompañarán a lo largo de los diez años en que duró la composición de su obra más ambiciosa. Rilke prosiguió luego su ruta sureña y visitó Córdoba, donde se escandalizó por la cristianización de la mezquita. Quizá por ello, empezó a leer el Corán, espoleado por “una rabieta anticristiana”.

Pero la experiencia más intensa que tuvo en aquella ciudad fue con una perra preñada que se le acercó y a la que le dio un terrón de azúcar. Al poeta le conmovió la mirada del animal. “Celebramos, por decirlo así, una misa”. En los Sonetos a Orfeo (I, XVI), Rilke convertirá al perro en el depositario de una miseria humana que no le corresponde, pero cuya herencia acepta para aliviarnos.
Su descenso continuó en Ronda, la ciudad que más le fascinó. Hospedado en el hotel Reina Victoria, en una habitación que aún custodia su recuerdo, Rilke admiró la quebrada del Tajo desde el Puente Viejo, la elevación del paisaje y la alegría de la pobreza. Observando el cuidado de un pastor con su rebaño, escribió: “Si un dios tomara secretamente su figura, no se reduciría”.

Rilke supo escribir, como ningún otro poeta moderno, desde la cercanía nuclear de la existencia, situándose en el “puro centro anónimo” del que a su juicio surge el arte. Como escribió en una carta: “A menudo me pregunto si no fue eso lo que más influyó en mi formación y en mi obra: el trato con un perro, la hora que pasé mirando en Roma un cordelero que repetía en su oficio uno de los gestos más antiguos del mundo. Al igual que aquel alfarero, en un pequeño pueblo del Nilo, cuando estar al lado de su torno me resultó fecundo en el sentido más secreto”.
Como plasmó en el último verso de la Trilogía española que compuso en Ronda, Rilke se hallaba “en la alta mar del espíritu”. Corrían ya los últimos días de febrero de 1913. El espectro de aquella estancia le acompañará también durante la elaboración de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, en uno de los cuales evocará el coro de niños que oyó allí en un pequeño convento de monjas, durante una misa matinal. Rilke siempre prestó atención a los cantos litúrgicos ancestrales, en Rusia lo mismo que en España, manifestación para él de un espíritu que aún no había cedido. Poco a poco se estaba avezando a captar lo invisible y a desplazarse desde lo visual a lo acústico, el reino de lo sagrado.
Cuando dejó España, Rilke había culminado de algún modo el viaje de su vida. Siguió errando luego por toda Europa, ya fuera en París, Múnich, Venecia, Viena, Berlín, Zúrich o Duino, otra vez. Pero su experiencia fundamental estaba cumplida. Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el poeta, a través del editor austriaco Ludwig von Ficker, recibió una donación anónima de 20.000 coronas. Rilke no lo sabría nunca, pero el donante había sido Ludwig Wittgenstein, que había decidido repartir su cuantiosa herencia familiar entre los artistas que admiraba. El filósofo estaba entonces en una pequeña cabaña, al sur de Noruega, escribiendo su Tractatus logico-philosophicus.
El regalo debió aliviar un tanto el horror que le produjo a Rilke la guerra, que le deprimió y volvió a sumirle en una parálisis creativa, de la que solo consiguió salir leyendo a Hölderlin, bajo cuya influencia escribió los Cinco cantos, transidos de una retórica que no terminaba de sonar auténtica. Su verdadero tono seguía estando en las Elegías de Duino, que terminaría en febrero de 1922, encerrado en el torreón de Muzot, en el cantón suizo del Vallais. Allí, en un rapto en el que recuperó y conjuró todo lo vivido a lo largo de aquella década, acabó la secuencia y alumbró también los Sonetos a Orfeo, demostración de que el canto podía ser aún, más allá de la ironía, existencia, como lo había sido para el primer cantor de nuestra cultura.
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Andreu Jaume (Palma 1977) es editor, traductor, crítico y poeta. Junto a Adan Kovacsics ha publicado en Lumen una nueva traducción de los Sonetos a Orfeo. Ambos han traducido también las Elegías de Duino.
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Durante años, la vida de la joven Tan transcurría, en buena parte, en un tren de Tokio. Dos horas diarias de trayecto a la oficina, cinco días a la semana. Había estudiado economía y trabajaba en una multinacional, pero tenía cada vez más claro que no era la vida que quería. “No era feliz, pero no sabía cómo salir del bucle. De hecho, ni siquiera me lo planteaba”.
Había nacido en Shenyang, en el norte de China, muy cerca de la frontera con Corea, en una familia de origen coreano marcada por las migraciones. Sus abuelos procedían de Corea del Norte y ella apenas tenía nueve años cuando sus padres decidieron instalarse en Japón. Creció saltando entre ambos países hasta establecerse en Tokio, donde estudió, empezó a trabajar y abrazó una rutina que durante años creyó inevitable.
Hasta que llegó a Barcelona. La revelación no apareció tras una catarsis, sino en un momento cotidiano: en un Bruch Electronik, el festival de música electrónica de Montjuïc. “Estaba de vacaciones y no me planteaba cambiar de vida. Pero de repente, charlando con una chica barcelonesa, lo vi claro. ¿Por qué seguir haciendo algo que no me gustaba? ¿Por qué no podía vivir aquí?”. Barcelona compartía con muchas ciudades asiáticas el gusto por la vida nocturna, con calles llenas y locales abiertos hasta tarde, pero sin la presión de Tokio: “Enseguida me di cuenta de que aquí la gente es más feliz”.
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Tenía 27 años cuando decidió dejar su trabajo en Tokio y pasar una temporada en Barcelona para estudiar un máster en Turismo. Quería cambiar de vida, pero no sabía cómo hacerlo. Pronto encontró trabajo en una empresa japonesa de alimentación, y aunque consiguió quedarse en la ciudad seguía sin sentirse satisfecha. Un día volvió a hacerse la misma pregunta que años atrás. “Pensé: he venido a Barcelona para seguir haciendo lo mismo. ¿Qué estoy haciendo?”.
Encontró la respuesta en la cocina de su casa. Siempre le había gustado cocinar, aunque nunca imaginó que acabaría dedicándose a ello. Durante la pandemia comenzó a organizar cenas para amigos, a las que pronto se apuntaron amigos de amigos. Después preparaba cajas de comida para llevar en sus días libres. Primero fueron unos pocos encargos, después una web y, poco a poco, una demanda creciente la llevó a abandonar la oficina en 2021. Desde una cocina compartida en el Poble-sec empezó a construir, casi sin darse cuenta, el embrión de Mikan, que significa “mandarina” en japonés, el nombre de una de sus dos gatas.
Su cocina resulta tan difícil de etiquetar como su biografía. Nació en China, creció en una familia coreana y pasó años viviendo en Japón. En sus platos conviven el kimchi, las algas o el tofu con productos de proximidad como el cerdo de dpagès, la ternera de Cal Tomàs o el pescado local. Hay recetas que nunca desaparecen de la carta por aclamación popular, como las setas eringi con mantequilla de ajo y ponzu, que resumen a la perfección una cocina delicada, libre y sin fronteras.
Abrió Mikan en 2023 junto a dos socios de confianza: su pareja, Woody Wong, y su amigo Arthur Holland, que elaborar una carta de vinos naturales estupenda. Hoy compagina la cocina con la maternidad (su hija tiene seis meses) y reconoce que hay días en los que el cansancio le hace preguntarse en qué lío se ha metido. Pero nunca se arrepiente. “Me gusta vivir aquí. En Asia, cuando hay un conflicto, muchas veces la emoción se queda dentro. Aquí la gente habla más, discute, pero luego sigue adelante”, dice, y sonríe cuando admite que ya piensa en abrir un segundo restaurante.
Tipo de comida
Dirección
Carrer d'Aribau, 158
931 38 84 71
www.mikanbarcelona.com
