Nacional
Por Roberto Martínez13 SEPTIEMBRE 2026

Un violento ataque con armas de fuego registrado durante la noche de este sábado en la comuna de Quilicura dejó a una persona fallecida y otras dos con diversas heridas.
El episodio ocurrió luego de que desconocidos efectuaran múltiples disparos desde un vehículo contra un grupo de tres personas que se encontraba en la intersección de las calles Pascual Gambino con Lo Marcoleta.
Hasta el lugar se trasladó el Equipo contra el Crimen Organizado y Homicidios (ECOH) de la Fiscalía, junto con equipos de la Brigada de Homicidios Centro-Norte y del Laboratorio de Criminalística (Lacrim) de la Policía de Investigaciones (PDI), para efectuar las primeras diligencias destinadas a establecer las circunstancias del hecho.
Según explicó el fiscal ECOH Eduardo Pontigo, las víctimas se encontraban juntas cuando un vehículo pasó frente a ellas y desde su interior comenzaron a efectuar disparos.
A raíz de la balacera, una de las personas recibió al menos seis impactos de bala, lo que implicó su deceso en el lugar.
“Una de las víctimas falleció por estos impactos balísticos, el cual le propinaron alrededor de seis impactos balísticos”, detalló Pontigo.
Los otros dos afectados resultaron con lesiones en sus extremidades y fueron trasladados para recibir atención médica. Según informó el fiscal, ambos se encuentran fuera de riesgo vital.
El Ministerio Público calificó el caso como un homicidio consumado y otros dos homicidios frustrados, mientras se desarrollan las labores de rigor para establecer la identidad de los responsables y las circunstancias en que se produjo el ataque.
“Se están efectuando todas las diligencias tendientes a esclarecer estos hechos para ver cuáles habría sido los móviles, o el móvil en definitiva, que produce este homicidio en contra de esta persona y el homicidio frustrado en contra de las otras dos personas que la acompañaban”, indicó el fiscal.
Hasta el momento, no se ha informado sobre personas detenidas por este hecho delictual.
Más sobre:HomicidioQuilicuraHomicidio frustradoFiscalía ECOHPDIPolicialNacionalRío de Janeiro, 12 sep (EFE).- Maroon 5 y Demi Lovato, con varios de los principales éxitos de sus carreras, pusieron a bailar a ritmo de pop este sábado a los cerca de 100.000 asistentes a la sexta y penúltima jornada del Rock in Río, el mayor festival musical de América Latina.
En uno de los días con ritmos más bailables este año en el festival de Río de Janeiro y con un público un poco mayor al que asistió la víspera a la jornada del K-pop, las atracciones estadounidenses no decepcionaron a un público integrado en su mayoría por sus admiradores incondicionales.
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El sexteto nacido en Los Ángeles en 1994 dejó nuevamente clara su transición desde el rock hasta el pop en su cuarta presentación en el Rock in Río, si se suman los dos conciertos que ofreció en la edición de 2017, cuando fue llamado a última hora a sustituir a Lady Gaga.
Como era de esperar, la banda liderada por el cantante Adam Levine incluyó en su repertorio este sábado los mayores clásicos de su carrera, como 'Moves like Jagger', 'Animals' y 'This love'.
Pese a que comenzó con los lentos 'Harder to Breathe' y 'Lucky Strike', Lavine puso a saltar al público cuando aceleró el ritmo en 'This Love' y 'Stereo Hearts', momento en que incluso se colgó la guitarra para demostrar su virtuosismo, y entusiasmó aún más cuando interpretó 'Animals'.
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Desde el comienzo conquistó al público, al que se metió al bolsillo cuando dijo estar en el "mejor festival del mundo", en el "mejor país del mundo".
Demi Lovato, que antecedió a Maroon 5, aprovechó su nueva presentación en Rock in Río para promover las canciones de su último disco, 'It's not that deep', lanzado el año pasado y totalmente dedicado al pop bailable, a diferencia del rockero 'Holy fvck' (2022).
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La también actriz y compositora de Albuquerque inició su presentación con 'Fast', el público comenzó a emocionarse con 'Kiss', que interpretó antes de una secuencia de éxitos como 'Frequency', 'Heart Attack', 'Tell Me You Love Me', 'Confident' y 'Low Rise Jeans'.
La cantante de 34 años, en una presentación bastante sensual, en especial cuando interactuaba con sus bailarines, concluyó su concierto cantando al lado de la cantante y drag queen local Pabllo Vittar, con quien interpretó 'Cool for the Summer'.
La noche bailable de este sábado aún tuvo en el escenario principal del Rock in Río al reguetón del colombiano J Balvin y el funk del brasileño Pedro Sampaio.
Balvin, uno de los mayores nombres mundiales del reggaeton, cautivó al público brasileño con varios de sus principales éxitos y con sus asociaciones y versiones muy personales de canciones de artistas como Anitta, Rosalía y Cardi B.
"Brasil quiero a todo el mundo cantando", afirmó el cantante al iniciar el concierto con 'Mi gente' y se ganó a los brasileños al interpretar 'Bola rebola' y 'Downtown', dos de sus colaboraciones con la carioca Anitta.
También invitó al escenario al brasileño Pedro Sampaio, que se presentó en el mismo local un poco antes, para que lo acompañara a interpretar 'Perversa', tal como lo hicieron el año pasado cuando se presentaron en el festival The Town de São Paulo.
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Cautivar al público en Brasil al parecer no fue difícil para José Álvaro Osorio Balvin, nacido en Medellín hace 41 años y que cuenta con 35 millones de discos vendidos, once premios Billboard Latin Music Awards, seis Grammys Latino, y cinco postulaciones al Grammy estadounidense.
Los artistas que se presentaron en el escenario secundario Sunset también pusieron al público a bailar, primero al ritmo de axé, con los Gilsons cantando junto a la famosa cantante Daniela Mercury y a la banda Olodum, y luego con un "cortejo" de música del carnaval de Pernambuco liderado por João Gomes.
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El público también bailó en el palco Sunset al ritmo del folk de la banda británica Mumford & Sons, que incluyó en su repertorio éxitos como 'I Will Wait', 'Little Lion man' y 'The Cave'.
En una noche de pop, reggaeton y otros ritmos bailables una de las sorpresas fue el cantante, rapero y folclorista argentino Milo J, que atrajo una verdadera y entusiasta multitud con su música protesta al menor de los seis escenarios del Rock in Río.
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Con todo en su contra, el argentino de 19 años y nacido en Morón, en los suburbios de la Gran Buenos Aires, sorprendió al reunir a un público que desbordó el Supernova, el escenario destinado a artistas poco conocidos, que gritó su nombre en varias oportunidades y que coreó varias de sus canciones. EFE
(foto)
Villahermosa (México), 12 sep (EFE).- Los Olmecas de Tabasco derrotaron este sábado por 1-9 a los Toros de Tijuana e igualaron 2-2 la serie final de la Liga Mexicana de Béisbol que se desarrolla en Villahermosa (Tabasco).
Daniel Camarena fue el lanzador ganador y Noah Skirrow, el perdedor.
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La apertura del juego fue caótica para los Toros. El abridor canadiense Noah Skirrow dejó un desastre en el cierre de la primera entrada, además de permitir que Tabasco se adelantara con sencillo de Hernán Pérez, que empujó a Marco Hernández para el 0-1 de Tabasco, heredó una casa llena al relevo de Jorge Pérez.
Pérez abrió la puerta al 0-2 con base por bolas a José Godoy que permitió que Marco Hernández cruzará el home caminando.
El rally continuó con un imparable productor por el jardín izquierdo de Domingo Leyva que permitió la entrada de dos carreras más para separarse 0-4.
Una entrada después los Olmecas volvieron al ataque con una línea de Seth Beer por el jardín izquierdo que se llevó por delante a Carlos Arellano, que significó el 0-5.
Los Toros despertaron en la parte alta de la tercera entrada 1-5 vía un rodado de out de Gilberto Celestino que encaminó a Jonathan Guzmán a home.
Una entrada después Juan Hillman relevó a Jorge Pérez, quien fue recibido con un cuadrangular solitario de Calvin Estrada que amplió la distancia 1-6.
En el séptimo capítulo la crisis de los relevistas de Toros siguió con Brady Feigl, quien, con casa llena, permitió una carrera de caballito de Luis González para alejarse 1-7.
Ni el cambio de lanzador, entró Mario Mendoza, impidió que Olmecas ampliará la ventaja para el 1-9 final.
Este domingo el estadio Centenario de Villahermosa, Tabasco, albergará el quinto juego de la serie final de la Liga Mexicana de Béisbol que ganará el primer que triunfo en cuatro de siete partidos.
Anotaciones por entrada:
1 2 3 4 5 6 7 8 9 C H E
Toros 0 0 1 0 0 0 0 0 0 1 3 0
Olmecas 4 1 1 0 0 0 3 0 0 9 11 0
Ganador: Daniel Camarena
Perdedor: Noah Skirrow. EFE
La madre de Lázaro Noel Urgellés Fajardo, manifestante de las protestas del 11 de julio de 2021 (11J) en Cuba, exigió su liberación y denunció que las autoridades prolongaron su encarcelamiento hasta el 20 de enero de 2028 sin entregarle una resolución judicial que fundamente esa medida. La organización Cubalex pidió la libertad inmediata e incondicional del joven, al que identifica como preso político.
Mailyn Fajardo, madre de Urgellés, acudió al Tribunal Municipal de 10 de Octubre, en La Habana, para solicitar la documentación sobre la revocación del beneficio que permitía a su hijo cumplir una pena de trabajo correccional fuera de prisión.
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Según Cubalex, la condena debía extinguirse el 6 de septiembre. La madre sostuvo, además, que la fecha inicial de finalización correspondía a julio de 2026 y que luego fue extendida hasta septiembre. Cuando acudió a buscarlo, las autoridades le comunicaron verbalmente que el cómputo de la sanción se había interrumpido porque supuestamente fue declarado “en rebeldía”.
“Mi hijo iba a todas las citaciones y nunca dejó de firmar”, afirmó Mailyn en un video difundido por Cubalex. Añadió que existen registros de sus comparecencias y cuestionó que esa supuesta condición no hubiera sido notificada antes.

Cubalex informó que la presidenta del tribunal aceptó inicialmente recibir a Fajardo. La madre esperó durante horas, pero la funcionaria se retiró del edificio sin concretar la audiencia.
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La madre busca acceder a la resolución que habría revocado el beneficio penal de su hijo y a los fundamentos jurídicos de la extensión de la pena. Hasta el momento, afirmó que no recibió documentos que permitan confirmar la versión oficial ni presentar los recursos correspondientes.
La mujer indicó que acudió también a la unidad policial de Aguilera, donde su hijo estuvo detenido antes de que se revocara la medida, al Tribunal Supremo y al Tribunal Provincial de La Habana. “Yo no soy una mamá que se va a quedar sentada”, expresó.
Lázaro Noel Urgellés Fajardo fue arrestado tras las protestas del 11J, cuando aún era menor de edad. En una primera instancia recibió una condena de 14 años de prisión, que luego fue reducida a cinco años de trabajo correccional tras un recurso de casación, en junio de 2022.
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De acuerdo con Cubalex, el joven cumplía con las firmas periódicas exigidas por las autoridades. En enero de 2025, sin embargo, se revocó el beneficio bajo acusaciones de incumplimientos y fue enviado nuevamente a prisión.

Tras su paso por el centro de detención Valle Grande, fue trasladado a la prisión 1580. La organización afirmó que permanece encarcelado pese a que el plazo de su pena que venció este mes.
Mailyn vinculó la situación de su hijo con la negativa de ambos a colaborar con la Seguridad del Estado. También aseguró que las autoridades conocían la ubicación de su hijo y sus comparecencias ante la Policía.
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Cubalex alertó sobre lo que considera el uso de la cárcel como una forma de represalia política contra Urgellés y su familia. La entidad reclamó al régimen entregar la documentación requerida y la liberación de Lázaro.

El dato sobresale incluso dentro del panorama preocupante que mostraron los resultados de PISA 2025 para la Argentina. El 58% de los estudiantes de 15 años dijo que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas sus clases de Ciencias. El promedio de los países de la OCDE es del 31%: Argentina registró el porcentaje más alto entre los 91 sistemas educativos participantes.
No es el único indicador que describe dificultades para sostener un ambiente de trabajo en las aulas. El 47% de los estudiantes argentinos afirmó que sus compañeros no escuchan lo que dice el docente, contra 29% en la OCDE. Y el 29% dijo que los alumnos no pueden trabajar bien en la mayoría o todas las clases, frente a un promedio de 19% entre los países desarrollados.
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Los datos surgen del cuestionario que responden los propios estudiantes, y se refieren a las clases de Ciencias porque fue el área principal de la evaluación de 2025 –también se evaluaron, como siempre, Lectura y Matemática–. La magnitud del resultado coloca al clima de aula entre los problemas que aparecen con mayor nitidez para Argentina en la comparación internacional.
La OCDE define ese clima a partir de cuestiones concretas: si los estudiantes escuchan al profesor, si hay ruido y desorden, si pueden trabajar bien, cuánto tarda el curso en disponerse a trabajar y si la clase comienza a tiempo. En casi todos los países, quienes reportan un mejor clima disciplinario también obtienen mejores resultados en Ciencias y muestran actitudes más positivas hacia el aprendizaje.
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Si bien Argentina lidera en este indicador, el problema del desorden en el aula parece estar extendido en la región, según surge de PISA. Jaime Saavedra, director de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe del Banco Mundial, planteó durante un seminario organizado esta semana por Fundación Varkey y Argentinos por la Educación que “América Latina tiene un problema grave de clima del aula”, con indicadores mucho más críticos que el promedio de la OCDE.
Detrás de Argentina, el país con mayor desorden en las aulas –según lo que informan los propios estudiantes– es Uruguay (50%), y el tercero a nivel mundial es Paraguay (48%). En el top 10 global de ruido y desorden escolar también aparecen Brasil (44%) y Chile (43%).
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¿Por qué Argentina aparece en una situación tan extrema, incluso por encima de sus vecinos? ¿Responde a una característica cultural vinculada con el “caos creativo” que algunos estereotipos asocian con la idiosincrasia nacional? ¿O faltan herramientas sólidas para poner límites? Las respuestas de los especialistas consultados por Infobae coinciden en que el problema no puede atribuirse sencillamente a alumnos “más indisciplinados”, sino que obliga a mirar las condiciones institucionales en las que se ejerce la autoridad docente.
Mariano Narodowski, director del Área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella, rechaza de plano la explicación cultural y ubica el origen del problema en la crisis de la autoridad escolar: “No creo que el desorden en las aulas sea una peculiaridad cultural argentina ni que nuestros alumnos tengan una inclinación especial hacia la indisciplina. Es el resultado de un largo debilitamiento de la autoridad escolar porque durante décadas el discurso progresista de todos los gobiernos confundió autoridad con autoritarismo, desarmando la autoridad docente sin construir nada que la reemplazara”.
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“La vieja escuela podía imponer orden mediante prácticas que hoy serían inaceptables; la escuela actual, afortunadamente, ya no dispone de esos recursos, pero tampoco recibió de parte de los funcionarios otros recursos adecuados para organizar la convivencia y sostener la enseñanza”, plantea Narodowski.
“A esto se suma la deslegitimación pública de los educadores. Familias y funcionarios cuestionan su autoridad y después les exigen que controlen el aula. Una autoridad que no es respaldada por las normas ni por los gobiernos no se sostiene frente a treinta adolescentes”, continúa el especialista.
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Y propone: “La respuesta es fortalecer a los equipos directivos y devolverles capacidad de decisión a las escuelas para establecer pocas reglas, claras y previsibles, aplicarlas con consecuencias graduales y hacerse responsables por los resultados. No se trata de volver a la escuela autoritaria ni de imponer un nuevo manual ministerial de autorregulación de los estudiantes, sino de construir una autoridad legítima que permita volver a enseñar”.

Axel Rivas, profesor e investigador de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, enfatiza el carácter multicausal del fenómeno y resalta que no es la primera vez que Argentina queda entre los países con peores indicadores de clima de aula en PISA.
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“Es tan complejo el fenómeno, que requiere también acciones diversas. Por un lado, requiere un trabajo más fuerte con la cultura institucional de las escuelas, con lo que mucha investigación muestra que tiene mucho impacto también en el clima del aula: la cultura institucional”, señaló.
Rivas coincide con Narodowski en que una pieza central de la respuesta es la conducción de las escuelas: “Me parece muy importante trabajar en los equipos directivos, profesionalizar más ese rol, crear una carrera directiva específica, con una formación y con un salario acorde, para que sea un cargo desafiante, buscado, profesional y con liderazgo pedagógico para conducir instituciones que hoy son muy complejas”. Y agrega: “Algunas provincias han avanzado en esa dirección. Córdoba es un caso interesante para mirar porque logró mejorar sus resultados en PISA, a contramano del resto del país”.
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Viviana Postay, formadora de docentes y especialista en gestión educativa, también habla de un debilitamiento de la autoridad: “El problema del clima escolar en Argentina no es una fatalidad folclórica ni una simple ‘marca cultural’, sino el síntoma visible de una profunda erosión de la autoridad pedagógica y del pacto entre adultos”.
“Durante años se confundió democratización con desgobierno y encuadre con autoritarismo. Esa falsa dicotomía dejó a la docencia en una soledad absoluta: se le exige sostener la atención de aulas atravesadas por la dispersión digital y la apatía, pero cuando intenta fijar límites formativos, muchas veces se encuentra con la judicialización o el litigio de las propias familias, y con regímenes académicos que terminan premiando la ficción de trayectorias antes que el compromiso y la presencia real. El ruido en el aula no es solo indisciplina: es la ausencia de un marco institucional que habilite la concentración y el trabajo”, afirma Postay.
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Pablo Mainer, fundador de la ONG Hablemos de Bullying y referente de Argentinos por la Educación, también descarta que el desorden pueda explicarse como una falla individual de los docentes y habla de una “crisis sistémica de autoridad adulta y de encuadre institucional”. “No se trata solo de las herramientas que tiene el docente, sino también de las familias, del cuerpo no docente y del equipo directivo. Esa autoridad hoy se tiene que construir desde el vínculo y no puede ser construida en soledad. Los chicos van a reconocerla cuando vean una coherencia en los adultos, entre familia, docentes y directivos”, afirma.

Hay un dato de PISA que complejiza cualquier explicación que responsabilice solo a los profesores. Los estudiantes argentinos reportan más apoyo de sus docentes que el promedio de la OCDE: el 78% dice que en la mayoría de las clases de Ciencias el profesor demuestra interés por el aprendizaje de cada alumno; el 73% afirma que continúa enseñando hasta que los estudiantes comprenden, y el 79% que brinda ayuda adicional cuando alguien la necesita. En todos los casos, los promedios de la OCDE son más bajos (69%, 66% y 73%, respectivamente).
Andreas Schleicher, creador de las pruebas PISA y director de Educación y Competencias de la OCDE, destacó justamente ese contraste en el seminario organizado por Argentinos por la Educación y Fundación Varkey. Los estudiantes latinoamericanos, explicó, reportan un acompañamiento docente superior al promedio de la organización. Para Schleicher, cuando un alumno siente que su profesor sabe quién es, se interesa por lo que aprende y lo acompaña, eso suele asociarse con mejores resultados de aprendizaje.
El panorama cambia cuando PISA pregunta por las familias. En su presentación, Schleicher advirtió que el apoyo familiar que perciben los estudiantes cayó entre 2022 y 2025 en casi todos los países participantes, incluida Argentina. En 2022, el 67% de los estudiantes argentinos decía que sus padres o tutores les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en la escuela; en 2025 fueron 62%. La proporción de estudiantes que conversan semanalmente con sus padres sobre los problemas que pudieran tener en la escuela bajó de 52% a 44%.
Schleicher subrayó que “apoyar” no significa sentarse durante horas a resolver la tarea con un hijo. Lo decisivo, sostuvo, es que el estudiante perciba que lo que hace en la escuela importa en su casa. El informe nacional sobre PISA 2025 elaborado por la Secretaría de Educación de la Nación explica que el índice de apoyo familiar incluye cuestiones tan sencillas como interesarse por lo que el adolescente está aprendiendo, hablar de cómo le va en el colegio, conversar sobre su futuro educativo o preguntarle qué hizo ese día en la escuela. Los estudiantes con mayor apoyo familiar tienden a lograr mejores resultados en las tres áreas de PISA, según muestran los datos difundidos esta semana por la OCDE.
Algunos docentes y especialistas consultados por Infobae relacionan las dificultades para poner límites en el aula con la caída del respaldo familiar al proceso educativo y a las escuelas. Enzo Meneguini Bernal, profesor en tres secundarias públicas de la Ciudad de Buenos Aires, lo plantea desde su experiencia cotidiana: “No creo que sea una falta de herramientas: los docentes conocemos las herramientas. Sabemos mejor que nadie la realidad de los chicos, porque los tenemos todos los días; muchas veces pasamos más horas con ellos que sus padres. Sí creo que hay una falta de respaldo de la comunidad educativa, de la sociedad, de los padres y también del ministerio para que la escuela pueda resolver los conflictos”, sostiene.

Al problema del orden se le superpone otro en el que Argentina también aparece en la cima global: la distracción digital. El 55% de los estudiantes argentinos afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales en la mayoría o todas las clases de Ciencias, frente al 28% de la OCDE. Solo Uruguay, con 57%, presenta un porcentaje mayor. Son los únicos dos países del mundo en los que las respuestas superan el 50%. El tercer puesto en este indicador es para otro país latinoamericano: Chile, con 48%.
Los alumnos argentinos dicen dedicar en la escuela un promedio de 1,6 horas diarias al uso de dispositivos para actividades de ocio –contra 1,1 horas en la OCDE–. Es casi la misma cantidad de tiempo que informan usar el celular para actividades de aprendizaje escolar (1,7 horas).
Schleicher mencionó a Uruguay y Argentina como los casos más extremos de distracción digital y remarcó que las escuelas no tienen por qué permanecer pasivas frente al fenómeno: “Se necesitan marcos claros que definan cuándo, dónde y cómo se usan los dispositivos digitales”, planteó.
En Argentina, 11 provincias ya avanzaron con distintos tipos de regulación del celular en las escuelas. Las modalidades varían: van desde restricciones fuertes hasta reglas diferenciadas según el nivel o el uso pedagógico.

Algunos especialistas rechazan la regulación para preservar la autonomía profesional y el criterio de cada docente. Pero esa diversidad puede ser problemática, según explica Meneguini Bernal: “Hay un gran movimiento que plantea que el uso del celular en el aula trae complicaciones porque desconcentra a los estudiantes. Pero necesitamos también cierta claridad en las normativas. A veces se anuncia la ‘prohibición’ pero, en la letra chica, queda librado a la responsabilidad de cada docente. Entonces se genera un conflicto entre los estudiantes y los profesores: ‘¿Por qué en otra escuela los dejan usar el celular y acá no?’ o ‘¿Por qué en otra materia me dejan usarlo y vos no?’. Eso genera un clima de conflicto que no promueve un espacio tranquilo para que se potencie el aprendizaje”.
Pablo Mainer agrega otra dimensión: el teléfono introduce en el aula una lógica ajena al proceso de enseñanza y aprendizaje. “Hay un choque de ritmos, de velocidades. La escuela hoy es contracultural: frente a la cultura de la inmediatez, de los estímulos constantes, de la imagen sobre el texto, propone un proceso más reflexivo y más pausado. Y está bien que así sea, porque el aprendizaje necesita otros tiempos”, afirma Mainer. Y agrega que el celular “puede convertirse en un escape inmediato frente a la frustración que supone no entender o no poder resolver algo”: una experiencia que el aprendizaje exige atravesar.
En la mayoría de los países, la distracción digital se asocia con peores resultados en Ciencias, advierte el informe PISA. De todos modos, Argentina está entre la minoría de sistemas donde esa diferencia no resulta estadísticamente significativa.

Entre los entrevistados aparece una coincidencia: la respuesta no debería consistir en dejar a cada profesor librado a su capacidad individual para controlar un curso. Así como las políticas educativas contribuyeron a erosionar el clima de aprendizaje en el aula, también pueden aportar a su reconstrucción.
Axel Rivas propone fortalecer los equipos directivos, construir carreras profesionales para quienes conducen las escuelas y generar condiciones para que los profesores de secundaria puedan concentrar sus horas en una misma escuela para tener mayor pertenencia institucional.
“A nivel institucional, el desafío clave es la gestión directiva: pasar del docente aislado al liderazgo distribuido, donde el límite, la pauta de trabajo y el cuidado del tiempo pedagógico sean una política de toda la institución escolar”, afirma Postay. Y agrega: “A nivel de política pública, urge diseñar marcos normativos claros y realistas que respalden a los equipos directivos frente a la desregulación de las pantallas en horario de clase, revisar los acuerdos de convivencia para que el esfuerzo y el error recuperen su valor pedagógico, y garantizar presupuestos que permitan condiciones edilicias y salariales dignas”.
Pablo Mainer pone el foco en el abordaje de la convivencia: “Hay que salir de la respuesta reactiva. Argentina tiene en muchos casos una lógica de apagar incendios o de hacer talleres aislados sobre convivencia. Pero ese desafío tiene que gestionarse de una manera cotidiana, transversal y planificada, con una lógica compartida por todo el equipo de la escuela”. Para eso, plantea, también se necesita tiempo institucional para que los docentes puedan reunirse, analizar problemas y construir criterios comunes, algo casi imposible con “profesores taxi” que distribuyen sus horas entre varias escuelas.
Los especialistas subrayan que no se trata de reclamar una vuelta a la escuela rígida del pasado. Pero insisten en la necesidad de restablecer una autoridad sólida, que permita fijar límites y sostenerlos, para proteger el tiempo destinado al aprendizaje. Postay concluye: “No se aprende a leer de manera profunda ni a razonar matemáticamente en medio del caos. El silencio de trabajo, el orden y el encuadre no son rémoras del pasado, sino la condición material básica para que el derecho a aprender exista”.

Buenos Aires será durante tres días el escenario de una discusión que atraviesa a los gobiernos de toda Iberoamérica: cómo controlar mejor al Estado antes de que los problemas ocurran. La Sindicatura General de la Nación (SIGEN) reunirá a organismos de control de más de una decena de países en el 2° Congreso Internacional de Control Gubernamental.
Durante décadas, buena parte de la discusión sobre el control público estuvo asociada a una pregunta sencilla: ¿qué pasó y quién fue responsable?
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Ahora la pregunta empieza a ser otra: ¿qué puede hacerse para evitar que pase?
Ese cambio de mirada atraviesa a los sistemas de control interno de distintos países de Iberoamérica y será uno de los ejes del 2° Congreso Internacional de Control Gubernamental, que organizará SIGEN entre el 21 y el 23 de septiembre en el Palacio Libertad.
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El encuentro será encabezado por Alejandro Díaz, síndico general de la Nación, y contará con la participación de autoridades y especialistas de organismos de control de América Latina, España y Portugal, además de ministros y funcionarios del Gobierno nacional y representantes de organismos internacionales.

La discusión no es menor. Los indicadores internacionales muestran que la región todavía tiene un largo camino por recorrer en materia de integridad pública.
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El Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International ubicó el promedio mundial en 42 puntos sobre 100. Pero detrás de ese número hay realidades muy diferentes. Uruguay obtuvo 73 puntos; Chile, 63; Costa Rica, 56. Argentina alcanzó 36; Brasil, 35; Colombia, 37; Perú, 29; Bolivia, 28; México, 26 y Paraguay, 23.
El índice no mide la eficacia de los sistemas de control interno. Pero sí ofrece una fotografía del contexto institucional en el que esos sistemas deben funcionar. Y la conclusión es difícil de esquivar: la transparencia, la integridad y la capacidad de prevenir y detectar irregularidades siguen siendo desafíos centrales para los Estados de la región.
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Por eso el control interno está cambiando.
Ya no se trata solamente de revisar expedientes, comprobar procedimientos o detectar un incumplimiento cuando la decisión ya fue tomada. El nuevo paradigma busca identificar riesgos, anticipar desvíos, analizar información y generar alertas antes de que un problema termine convirtiéndose en un daño para el Estado.
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La tecnología está acelerando ese proceso. El análisis masivo de datos, las herramientas digitales y, más recientemente, la inteligencia artificial permiten imaginar auditorías capaces de procesar volúmenes de información que hasta hace pocos años resultaban imposibles de abordar manualmente.
El desafío, sin embargo, no es solamente tecnológico. También es institucional.
Argentina tiene desde 1992 un sistema de control interno estructurado a partir de la Ley 24156. La norma convirtió a la Sindicatura General de la Nación en el órgano rector del sistema de control interno del Poder Ejecutivo Nacional y estableció una red de Unidades de Auditoría Interna en los distintos organismos.
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La particularidad del modelo es que el control no aparece como una responsabilidad exclusiva del auditor. La máxima autoridad de cada organismo tiene responsabilidad sobre su propio sistema de control interno, mientras SIGEN ejerce la rectoría, supervisión y coordinación del sistema.
La Argentina no está sola en este proceso. Brasil cuenta con un sistema federal que articula gestión de riesgos, controles internos y auditoría interna. Chile desarrolla un modelo con énfasis en riesgos y prevención. Colombia, Perú, México y Paraguay también cuentan con marcos específicos destinados a fortalecer los sistemas de control interno de sus administraciones.
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Son modelos diferentes. Pero detrás de sus diferencias aparece una coincidencia: el control del siglo XXI tiene que llegar antes.
Ese será precisamente uno de los temas centrales del Congreso que organizará SIGEN en Buenos Aires.

Durante tres jornadas se discutirán gobernanza e integridad, gestión de riesgos, auditoría interna, evaluación de políticas públicas, participación ciudadana, transformación digital e inteligencia artificial aplicada al control.
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La presencia de autoridades del Gobierno nacional también permitirá vincular el debate técnico sobre control interno con los desafíos concretos de la gestión pública. Participarán ministros y funcionarios del Gobierno nacional, entre ellos el jefe de Gabinete de Ministros, Diego Santilli.
Pero la dimensión del encuentro excederá ampliamente el ámbito argentino. Representantes de Uruguay, Paraguay, Bolivia, Panamá, Puerto Rico, Honduras y Brasil, junto con autoridades y especialistas de España y Portugal, participarán de las distintas actividades. También estarán presentes referentes de la Unión Europea, la OCDE, el FMI y el Institute of Internal Auditors (IIA), además de reconocidos periodistas y representantes de organismos y entidades internacionales especializados en transparencia, integridad y fortalecimiento institucional.
Uno de los momentos centrales será la conformación de la Red Iberoamericana de Organismos de Control Interno Gubernamental (Riocig), un espacio destinado a fortalecer la cooperación, el intercambio de experiencias y la construcción de buenas prácticas entre las instituciones de control de Iberoamérica.
La iniciativa busca que el encuentro tenga continuidad más allá de las tres jornadas del Congreso: compartir metodologías, comparar experiencias, identificar riesgos comunes y desarrollar respuestas frente a problemas que muchas veces atraviesan a los Estados más allá de sus fronteras.

La convocatoria también despertó un fuerte interés académico y profesional: se recibieron más de 60 ponencias de especialistas, investigadores, auditores y funcionarios vinculados al control gubernamental.
La apuesta es que el control interno deje de ser visto exclusivamente como una instancia posterior de fiscalización y se consolide como una herramienta de prevención, integridad, gestión de riesgos y mejora de las políticas públicas.
Porque en tiempos de inteligencia artificial, grandes volúmenes de información y administraciones públicas cada vez más complejas, el viejo modelo de esperar a que el problema ocurra para después explicarlo empieza a quedar atrás.
El desafío es otro: que el control llegue antes.

El secretario general de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP), Alejandro “Peluca” Gramajo, participó este sábado de una audiencia con el papa León XIV en el Vaticano, en el marco del cierre del IV Encuentro Sinodal Fratelli Tutti: Diálogo Socio-Ambiental Norte-Sur, celebrado en Roma entre el 10 y el 12 de septiembre. Durante el encuentro, el dirigente gremial le entregó al Sumo Pontífice un informe de diagnóstico de más de 60 páginas sobre el deterioro social y económico de la Argentina, mientras que el pontífice, en su discurso ante los participantes del mundo, sostuvo que los grandes desafíos sociales y tecnológicos de la época “requieren responsabilidad compartida” y llamó a que el desarrollo actual “no deje nuevas ruinas a su paso”.
El encuentro, organizado de forma conjunta por el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), la Pontificia Comisión para América Latina y la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), convocó a dirigentes sindicales, empresarios, académicos, bancos de desarrollo y movimientos populares de todo el continente. La iniciativa nació hace cinco años por impulso del papa Francisco, con antecedentes previos en Washington y Bogotá, con el objetivo de promover el diálogo social y profundizar el vínculo de la Iglesia con las organizaciones comunitarias.
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La delegación argentina que asistió a la cumbre estuvo integrada por los dirigentes sindicales Gerardo Martínez, de la Confederación General del Trabajo (CGT) y miembro titular del Consejo de Administración de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y Cristian Jerónimo, uno de los tres cotitulares de la central obrera; Gramajo, en representación de la UTEP; Marta Pujadas, presidenta del Consejo Sindical de Asesoramiento Técnico de la Organización de los Estados Americanos (OEA); Daniel Funes de Rioja, presidente de la Organización Internacional de Empleadores (OIE), y el sacerdote Carlos “Charly” Olivero, coordinador de Comunidades Organizadas.

La audiencia se realizó el sábado en el Palacio Apostólico Vaticano, al cierre de tres jornadas de diálogo desarrolladas en la Casa Generalicia de La Salle, en Roma.
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En su discurso, pronunciado en español e inglés, León XIV saludó también a representantes de la Conferencia Eclesial Amazónica, de organismos internacionales, bancos regionales de cooperación, empresas, fundaciones, centrales sindicales, cámaras de empleadores y universidades, según recogió Vatican News. El pontífice remarcó que la amplitud de esa representación confiere un interés particular al encuentro, ya que reúne a actores con responsabilidades decisivas en la vida social, económica y cultural, y sostuvo que su presencia expresa la voluntad de traducir el diálogo en modelos de desarrollo “más humanos, sostenibles y solidarios”.
El Papa vinculó el encuentro con el llamado que había formulado ante el Colegio Cardenalicio el 10 de mayo de 2025 a sostener un “diálogo valiente y confiado con el mundo contemporáneo”. Explicó que ese diálogo no constituye para la Iglesia una actividad secundaria, sino parte de su misión evangelizadora, que exige mirar de frente la realidad de quienes padecen con mayor gravedad las consecuencias de los cambios sociales, económicos y tecnológicos.
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Frente al avance de la tecnología y la inteligencia artificial, el pontífice planteó que la pregunta decisiva no es si aceptar o rechazar determinadas herramientas, sino “qué humanidad queremos construir y qué lugar tendrá en ella cada persona”. En ese marco, llamó a recuperar la lógica de la subsidiariedad y valoró la iniciativa de la Iglesia en las Américas para promover una Agenda de Responsabilidad Compartida Norte-Sur de Cooperación Multisectorial. “Los grandes desafíos sociales requieren responsabilidad compartida, participación y colaboración entre los distintos cuerpos de la sociedad”, sostuvo, de acuerdo con la transcripción difundida por el medio vaticano.

León XIV retomó conceptos de su primera encíclica, Magnifica Humanitas, sobre la necesidad de un principio de unidad que oriente el pluralismo hacia fundamentos comunes. “Escuchar verdaderamente las diferencias no significa diluirlas, sino aprender a discernirlas y a buscar, desde ellas, aquello que puede servir al bien de todos”, afirmó, y advirtió sobre el riesgo de las narrativas polarizadas en una época en la que “el enfrentamiento puede convertirse fácilmente en instrumento de poder”.
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En la parte de su alocución pronunciada en inglés, el Papa se refirió a las “res novae”, las nuevas realidades de la época, y señaló la responsabilidad de las empresas, llamadas a reconocer el trabajo y la dignidad como medidas de éxito, y de los ciudadanos, convocados a cultivar la responsabilidad y el sentido de la verdad. Citó su propia encíclica para sostener que las tensiones y diferencias “pueden convertirse en fuerzas creativas cuando están guiadas por la responsabilidad compartida”.
Sobre la Doctrina Social de la Iglesia, aclaró que no se trata de un manual de principios y normas que deba aplicarse mecánicamente, sino de un proceso de discernimiento compartido, cuyo valor no puede medirse solo por el número de personas que respaldan un consenso, sino por el impacto que ese consenso tiene “en la vida de quienes poseen menos poder para defenderse”.
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Al cierre de su intervención, el pontífice recurrió a la figura bíblica de Nehemías, reconstructor de Jerusalén, como imagen de una tarea colectiva. “Al igual que Nehemías, deben entrar en las obras de la historia —laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones y comunidades locales— para reconstruir lo que se ha derrumbado y proteger lo que está amenazado”, señaló, en una cita textual de Magnifica Humanitas.
El Papa concluyó con un llamado a cultivar una “cultura de la negociación” que contribuya a la paz, y expresó su deseo de que “el progreso de nuestra época no deje nuevas ruinas a su paso” y que todo lo que se construya sea “un hogar y un refugio para todos, empezando por los más necesitados”. La audiencia finalizó con el rezo conjunto del Padre Nuestro y la bendición apostólica.
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El Papa retomó nuevamente la figura de Nehemías para remarcar que este no reconstruyó Jerusalén solo, sino que convocó a su pueblo y cada persona asumió la parte que le correspondía. Bajo esa lógica, cerró su discurso con una convocatoria directa a los presentes: “Ahora les toca a ustedes reconocer qué parte de esta labor compartida se les ha confiado. Que el progreso de nuestra época no deje nuevas ruinas a su paso, y que todo lo que construyamos sea verdaderamente un hogar y un refugio para todos, empezando por los más necesitados”.
En paralelo al discurso papal, el informe entregado por Gramajo cuestiona la metodología con la que el Estado argentino mide la pobreza. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en el segundo semestre de 2025 —última medición oficial disponible— el 21% de los hogares se encontraba por debajo de la línea de pobreza, lo que incluía al 28,2% de las personas. Dentro de ese universo, el 4,8% de los hogares estaba bajo la línea de indigencia, es decir, el 6,3% de las personas. En términos absolutos, esto representa 2.145.000 hogares pobres, que incluyen a 8.474.000 personas, y 494.000 hogares indigentes, con 1.884.000 personas en esa condición.
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El documento sostiene que esa medición subestima sistemáticamente la privación real. Según un estudio del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG Data) citado en el informe, si se actualiza la línea de pobreza con los patrones de consumo reales y se incorpora el costo del alquiler, la pobreza real trepa al 39% de los hogares, casi el doble de la cifra oficial, lo que equivale a 4 millones de hogares pobres frente a los 2,1 millones que reporta el INDEC. En términos de población, ese “sinceramiento metodológico” eleva la pobreza al 48% y deja fuera de las estadísticas oficiales a más de 6 millones de personas.

El informe dedica un extenso apartado a la desestructuración del mercado laboral. De acuerdo con datos del INDEC citados en el documento, la tasa de informalidad alcanzó el 43% en el último cuatrimestre de 2025, con picos del 57,3% entre los varones de hasta 29 años y del 59,7% entre las mujeres de ese mismo rango etario. Esto implica que más de nueve millones de trabajadores realizan sus tareas sin aportes jubilatorios ni cobertura de seguridad social.
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En materia de cierre de empresas, el documento cita un relevamiento del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) según el cual, entre 2023 y marzo de 2026, la cantidad de empleadores registrados cayó de 512.357 a 485.909, una contracción de 26.448 empresas, equivalente a 31 cierres por día. El fenómeno explica, en parte, la pérdida de 341.396 puestos de trabajo en ese período.
El informe también compara los ingresos con el costo de vida: el salario de un empleo formal ronda en promedio 1.200.000 pesos (unos 800 dólares), mientras que el Salario Mínimo Vital y Móvil (SMVyM) establecido por el Gobierno para julio de 2026 es de 372.400 pesos y el costo de la canasta básica total para una familia de cuatro integrantes se ubica en 1.500.000 pesos.
Uno de los ejes centrales del informe es la eliminación del Programa Volver al Trabajo, que otorgaba una asignación fija de 78.000 pesos mensuales a más de 900.000 personas de entre 18 y 49 años. El programa era la continuidad del Salario Social Complementario (SSC), equivalente al 50% del Salario Mínimo Vital y Móvil, congelado a valores de noviembre de 2023, lo que —según el documento— derivó en una pérdida de poder adquisitivo estimada en el 74% por efecto de la inflación.
Tras un amparo judicial que la UTEP obtuvo con base en el principio de no regresión de derechos sociales, los pagos se sostuvieron hasta que, en julio de 2026, la Sala I de la Cámara Federal de San Martín revocó la medida cautelar. Así, agosto de 2026 fue el primer mes sin el pago de los 78.000 pesos para el universo de beneficiarios. El 7 de agosto, día de San Cayetano, la organización presentó un recurso extraordinario ante la Corte Suprema de Justicia, que fue denegado, aunque el litigio de fondo continúa abierto.

El informe también detalla el impacto de la disolución del Fondo de Integración Socio Urbana (FISU), decretada en mayo de 2025. Según el documento, la medida implicó una reducción del 94% en los desembolsos previstos, con perjuicio para más de 200.000 familias. Los fondos que estaban destinados a las obras fueron reasignados: 204.000 millones de pesos en letras del Tesoro y bonos, 64.000 millones en un fondo común de inversión y 95.600 millones en cuentas del Banco Nación.
De acuerdo con relevamientos del Centro para la Integración Socio Urbana (CISUR) y la fundación Fundar citados en el informe, el FISU había ejecutado o tenía en marcha 1.394 obras —1.277 de integración socio urbana y 117 de desarrollo de lotes con servicios—, de las cuales 474 estaban finalizadas (34%) y 330 con un avance superior al 50% (24%). El fondo había generado, además, 23.900 lotes con servicios, más de 250.000 mejoras de vivienda a través del programa Mi Pieza y 850.000 Certificados de Vivienda Familiar, con más de 1.300 barrios beneficiados por al menos una obra.
El propio documento describe la magnitud del déficit estructural en los barrios populares registrados en el ReNaBaP, que agrupan a más de 5.600 asentamientos con cerca de 5 millones de habitantes: el 92% carece de conexión formal de agua, el 98% no tiene acceso formal a gas natural, el 97% no cuenta con red cloacal formal y el 66% depende de conexiones eléctricas irregulares. Un relevamiento de CISUR de mayo de 2026 agrega que el 96,93% de los hogares presenta al menos una situación de déficit habitacional, el 48% acumula más de un problema simultáneo y el 10% habita viviendas calificadas como irrecuperables. El informe cita, además, un dato de mortalidad diferencial: la edad promedio de fallecimiento en los barrios populares es de 60,6 años, frente a los 71,6 años del promedio nacional.

En el capítulo dedicado a la emergencia alimentaria, el informe sostiene que la inseguridad alimentaria dejó de ser un problema coyuntural para transformarse en un rasgo estructural, con un salto que —según los datos citados— viene escalando desde el 15,7% registrado en 2014. El documento remarca el rol que cumplen las organizaciones de la economía popular ante el retiro estatal: solo el Banco de Alimentos Buenos Aires distribuyó durante 2025 7,28 millones de kilos de alimentos, equivalentes a más de 21,8 millones de platos, a través de 1.335 organizaciones y con alcance a 354.027 personas.
El informe señala también que entre el 70% y el 80% de quienes coordinan, cocinan y sostienen los comedores comunitarios son mujeres que realizan esa tarea de forma no remunerada, un trabajo de cuidado que —según una estimación citada en el documento— representa el 15,9% del Producto Bruto Interno (PBI) del país si se contabilizara el total de las tareas domésticas y de cuidados no remuneradas.

El documento dedica un capítulo específico al impacto de la crisis sobre la niñez. Según los datos allí consignados, correspondientes al primer semestre de 2025, el 45,4% de los niños y niñas de entre 0 y 14 años vivía en hogares bajo la línea de pobreza y el 10% en la indigencia. Además, el 36,8% de los chicos de entre 6 y 17 años “aprende poco o podría aprender más” y el 18,1% presenta síntomas de tristeza o ansiedad, según la percepción de sus adultos de referencia.
En materia de salud mental, el informe cita indicadores según los cuales una de cada cuatro personas en la Argentina (entre el 26,7% y el 28,1%) presenta algún problema de esa índole. El 49% de los argentinos refirió sufrir estrés y ansiedad frecuentes durante 2025, el 8,7% declaró padecer depresión mayor y los trastornos vinculados al consumo de sustancias afectarían a cerca del 10% de la población. Sobre este último punto, el documento advierte que la experiencia territorial de los dispositivos comunitarios registra “situaciones de inicio en niñas y niños de apenas 8 y 9 años en contextos de alta vulnerabilidad social”, a lo que se suma el crecimiento de las apuestas en línea entre los más jóvenes.
Frente a ese diagnóstico, la delegación de la UTEP expuso ante el Papa lo que definió como la “reserva moral, productiva y comunitaria” de la economía popular. En ese marco, presentó el trabajo de las promotoras territoriales, una propuesta de Estatuto Laboral y la plataforma cooperativa Cuidarnos, un proyecto que conecta a familias que requieren cuidados con trabajadoras capacitadas en la atención de adultos mayores.

Gramajo vinculó esta iniciativa con los debates en torno a la encíclica Magnifica Humanitas: “Si la tecnología queda en manos de unos pocos, sólo agrava la exclusión y profundiza el pluriempleo”, había señalado el dirigente antes de la audiencia, y sostuvo que Cuidarnos “demuestra que la tecnología puede estar al servicio de la dignidad humana”.
Al cierre de la jornada, desde la UTEP remarcaron la expectativa que genera la visita papal en los barrios populares. “Con inmensa gratitud en el corazón y una profunda esperanza comunitaria, le transmitimos que nuestro pueblo lo espera con los brazos abiertos para su histórica visita pastoral en noviembre. Su llegada a la Argentina será un abrazo indispensable para aliviar el alma de los que sufren y una llama viva para reafirmar que la paz social solo se construye garantizando la sagrada agenda de Tierra, Techo y Trabajo”.
En diálogo con Infobae, Alejandro Gramajo destacó las palabras del León XIV quien afirmó que: “El diálogo con el mundo no constituye para la Iglesia una actividad secundaria, sino que pertenece a su propia misión evangelizadora. La Iglesia anuncia el Evangelio en medio de las circunstancias concretas en las que viven los pueblos y, por ello, está llamada a mirar de frente la realidad de hombres y mujeres”.
Su Santidad también destacó: “El imperativo del Evangelio de cuidar a los pobres exige, además, que esa mirada se dirija de modo particular hacia quienes padecen con mayor gravedad las consecuencias de los cambios sociales, económicos y tecnológicos.”
Son cinco segundos en los que ocurre todo lo que tiene que ocurrir. No hay mucho más. Pero es la eternidad en un momento. Un tiempo envolvente y superador de las expectativas creadas. Es más lo que insume el movimiento: el día de algarabía, la búsqueda de un lugar adecuado, entre la gente y donde la calle lo permite. Se pide permiso y se chequea que el teléfono esté cargado porque en estos tiempos queremos llevarnos una foto, aunque quede en el carrete digital y no la miremos nunca más. O para compartirlo ahí mismo con los que no pueden estar. La policía ordena la marea. Si el clima acompaña, mejor. En ese instante, cuya anatomía tiene la consistencia de un cuerpo, algo se detiene. Una bisagra en la vida. Por un rato, escapamos de lo conocido, como esperando que pase algo. Y algo secreto, que solo puede ser mensurado por el universo individual de cada uno, finalmente sucede.
Pero mientras tanto, flota un espíritu colectivo en el aire. Todos esperando lo mismo: llevarse de ese momento una luz o una gracia. Entonces, se corre la voz. La gente comienza a comentar que está por llegar, que los mecanismos de seguridad y seguimiento parecen haberse acelerado. Nos agrupamos, civilizadamente, unos junto a otros, siendo gentiles con el prójimo y dando espacio a los más pequeños o a los ancianos. No hay confrontaciones, ni fisuras, ni broncas, ni odios. Se extiende un clima de plenitud que pasa muy de vez en cuando no solo en la Argentina, sino en el mundo entero.
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Se escuchan sirenas, se ven banderas, pancartas y saludos. Verdaderamente, pocas veces sucede algo tan feliz sobre las calles mismas de la vida. Emergen primero móviles policiales. Está todo ordenado y prolijo. La gente en las veredas o sobre avenidas, en los lugares indicados por el operativo de seguridad. Se ven venir las motos y más atrás una camioneta blanca blindada, diseñada exclusivamente para la ocasión. Hay una garita de acrílico en su caja trasera. Adentro viene el Papa.
Se lo ve venir, al principio diminuto, pero su figura recortada y evidente es inconfundible, insertada en su vestimenta de líder religioso. Después más cerca y un poco más y ese hombre que se aproxima, uno de los más importantes de la humanidad, se configura de pies a cabeza. Un hombre real, que se nos viene encima. Se acerca más y el nivel de cercanía es inesperado. No hay margen para palabras ni saludos de manos. La mayoría tendremos (tuve) un privilegio simple, gratuito y contundente: verlo. Aunque en realidad no es solo verlo. Verlo uno al Papa y que el Papa lo mire a uno.
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Porque en base a la experiencia de haberlo visto hace dos meses en las calles de Madrid, se puede asegurar que el asunto es contundente. León XIV hace un rotundo contacto visual con la gente. Mira a los ojos tanto como el tiempo se lo permite de cada uno de los que se agolpan al costado del camino para saludarlo. Es avasallante, de verdad. El Papa a dos metros de la gente mira con sus ojos cargados de sentido, no es una mirada destemplada, sino una mirada franca y profunda que provoca emociones. Los ojos limpios, la tez angelical. En ese contacto uno a uno, la marea humana se extingue. Somos cada uno de nosotros y ese hombre. El Papa mira directo, doy fe, y quizás sea bueno saber esto para entender que vale la pena el esfuerzo de una caminata en noviembre hasta la esquina que toque, hasta el borde de la banquina o donde sea, para experimentar esos cinco segundos diferentes a todo lo que podemos vivir.
El presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó este sábado que hay “buena relación” con México mientras acusó a Canadá de “estafar” a Estados Unidos al responder a cuestionamientos de la prensa sobre el futuro del tratado comercial entre los tres países de Norteamérica, el T-MEC.
“Es una pregunta extraña para que me la hagan aquí (en Irlanda). Vamos a tener una gran relación con México. Realmente tenemos una buena relación con Canadá, pero Canadá ha estafado a Estados Unidos por 50 años”, declaró el mandatario en una rueda de prensa en Dublín.
Trump hizo estas declaraciones cuando un periodista le preguntó si estaba considerando retirarse del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), acuerdo comercial que él mismo negoció en su primer mandato y que está en vigor en 2020.
Mientras de México se limitó a destacar su “buena relación”, sobre Canadá aseveró que Estados Unidos “no necesita sus productos”, que los canadienses “se han aprovechado” de los agricultores estadounidenses y Ottawa “desea hacer un acuerdo desesperadamente” con Washington.
“Al igual que Irán, (Canadá) desea encarecidamente llegar a un acuerdo. Simplemente, no creo que estén listos. Pero Canadá quiere hacer un trato. Espero que Canadá aprecie estar en la misma oración que Irán. Es una combinación muy interesante, Canadá e Irán. Pero Canadá quiere llegar a un acuerdo e Irán quiere un acuerdo”, dijo.
Sus declaraciones ocurren tras asegurar hace una semana que México no tiene nada que ofrecer a Estados Unidos, más que “tamales picantes y tomates”, aunque explicó entonces que no piensa interrumpir la relación comercial porque se lleva “muy bien” con la presidenta de ese país, Claudia Sheinbaum.
Incluso, Sheinbaum y el secretario de Comercio de Estados Unidos, Howard Lutnick, dialogaron el miércoles pasado en un encuentro virtual que el Gobierno mexicano calificó de “cordial intercambio” y “muy útil para negociaciones comerciales entre ambos países”.
En contraste, hay una escalada comercial entre Estados Unidos y Canadá, donde el martes entraron en vigor nuevos aranceles de represalia contra productos estadounidenses por los aranceles que ordenó Washington, que respondió con restricciones adicionales a bienes canadienses.
“Canadá debe tratar mejor a nuestros agricultores y no puede cobrarles aranceles. Le estaban cobrando a nuestros granjeros aranceles del 400 % y muchas otras cosas. Así que, cuando esas cosas desaparezcan, estarán dispuestos a deshacerse de todas ellas, probablemente verán un acuerdo con Canadá muy pronto”, dijo Trump.
Hace muchos años que, en cada aniversario de la Noche de los Lápices, releo mis propias palabras, ideas y consignas de años anteriores. Reviso textos que me devuelven imágenes de encuentros, plazas repletas de jóvenes, banderas, abrazos, emociones, cantos, lágrimas, tristezas, voces entrecortadas de emoción, risas y esperanzas compartidas.
Y ante distintos micrófonos, cuento mi historia: En la madrugada del 17 de septiembre de 1976, hombres armados y encapuchados que se identificaron como del Ejército Argentino me secuestraron de la casa de mis padres; fue la llamada “Noche de los Lápices”. Yo tenía diecisiete años, era estudiante de quinto año del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata y militante de la Unión de Estudiantes Secundario (UES).
Esa noche y otras más de ese mes, diez estudiantes de colegios secundarios fuimos arrancados de nuestros hogares por las Fuerzas Armadas. Seis de ellos continúan desaparecidos: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro.
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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Otros fuimos liberados luego de años de detención en centros clandestinos y cárceles: Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y yo, Emilce Moler.
Casi todos teníamos militancia política, la mayoría en la UES, y un año antes, en la primavera de 1975, habíamos participado en una marcha para pedir por el Boleto Estudiantil Secundario, entre muchísimas otras actividades políticas. Más tarde, en 1976, ya bajo la dictadura, seguimos militando y organizamos algunos actos de oposición.
Estuve detenida-desaparecida en tres centros clandestinos de detención: el Pozo de Arana, el Pozo de Quilmes y la Comisaría de Valentín Alsina, en Lanús, en los que sufrí distintos vejámenes; hasta que en enero de 1977 entré como presa legal a la cárcel de Villa Devoto, de la que salí a los diecinueve años con régimen de libertad vigilada. No me dejaron volver a mi ciudad natal porque me consideraban demasiado peligrosa e irrecuperable para la sociedad, así que quedé bajo el cuidado de mis padres en Mar del Plata, adonde ellos se habían trasladado para empezar una nueva vida.
Rendí libre quinto año del secundario y me recibí en diciembre de 1978, pero no tenía permitido ir a la universidad. Por suerte, pude convencer a mi custodia de que me dejaran estudiar, y en febrero de 1979 di el examen de ingreso a la carrera de Matemática en la Universidad Nacional de Mar del Plata: entré con la mejor nota. Poco después, el 25 de mayo de 1979, recobré mi libertad plena. Tenía veinte años. A partir del desastre de la guerra de Malvinas, cuando la dictadura empezó a resquebrajarse y se abrió una posibilidad impensada de reconstrucción de la democracia, comencé a participar de peñas y reuniones en vistas a rearmar los centros de estudiantes. A pesar de que era muy peligroso también me veía con Fernando, mi novio de siempre: a él le habían asesinado a su hermano y su situación era muy complicada. Nos casamos en febrero de 1982.
En febrero de 1983 me recibí de profesora universitaria de Matemática, y en septiembre de ese año nació nuestra primera hija, Mariana, en 1986 llegó Pilar y cuatro años más tarde, en 1990, Joaquín.
Me dediqué a enseñar matemática y computación en distintos niveles. En forma paralela ayudé a crear el centro de graduados de Ciencias Exactas y el gremio docente universitario. También participé desde Mar del Plata en la conformación de distintos organismos de derechos humanos. Atenta a la evolución de la democracia, les contaba sólo a los más allegados que yo había sido una desaparecida y presa más de la dictadura. Cuando llegaron los juicios a los militares, conforme todo el país se iba enterando de los crímenes aberrantes cometidos durante la dictadura, también empezó a ganar notoriedad el secuestro de adolescentes en la ciudad de La Plata.
La primera vez que se escuchó hablar de mi secuestro y el de mis compañeros fue en 1985 durante el Juicio a las Juntas Militares, en el que fueron condenados a prisión perpetua Jorge Rafael Videla y Emilio Massera, mientras que otros acusados recibieron penas menores e incluso la absolución. Mi padre y yo testimoniamos un año más tarde, en 1986, cuando la Cámara Federal condenó a los principales genocidas de la Policía Bonaerense, como el general Ramón Camps –quizás el máximo responsable de la Noche de los Lápices–, el comisario Miguel Etchecolatz y el médico policial Jorge Bergés, entre otros. Fueron unas pocas preguntas y respuestas, pero contundentes.
Desavenencias y desencuentros con los autores del libro que consolidó e hizo conocida la historia de la “Noche de los Lápices” hicieron que mi nombre no fuera mencionado en la película basada en el mismo. Si bien la versión del libro y la película no me representaba enteramente, sobre todo por la descripción que se hace de nosotros, la memoria de mis compañeros desaparecidos y la necesidad de que la sociedad conociera lo que había pasado pudieron más; así que poco a poco me fui apropiando de esa historia, que también es la mía, y encontré mis propias formas de narrarla.
Como escribió la historiadora Sandra Raggio:
“La Noche de los Lápices no fue algo que sucedió, sino una trama narrativa conformada por una serie de episodios seleccionados y enlazados entre sí para construir una interpretación sobre el pasado del que se pretendía dar cuenta (una serie de secuestros en un lapso preciso, un grupo de víctimas con características comunes –edad, situación educativa, lugar de residencia, historia previa– y un mismo móvil represivo). Es decir, un modo de narrar determinados hechos, reunidos bajo un nombre que los singulariza en acontecimiento. Ya en el nombre está inscripta la trama. “La noche”, además de ser una metáfora muy usada para hablar del período de la dictadura, refiere a una en particular: la del 16 de septiembre.
Los “lápices”aluden a los protagonistas, las víctimas: todos ellos, estudiantes secundarios”.
Lamentablemente, las leyes de Punto Final, en 1986, y de Obediencia Debida, en 1987, permitieron que varios de los represores condenados salieran en libertad, y en 1990 fueron indultados los principales responsables, que aún permanecían en prisión; Camps entre ellos. Fue un período devastador.
Convencida de que nada bueno se podía construir en nuestro país en base a la impunidad, siempre seguí de cerca los avances y retrocesos en los procesos legales a los responsables del terrorismo de Estado.
Sin embargo, gracias al tesón de los organismos de Derecho Humanos en bregar por memoria, verdad y justicia, se conformaron los Juicios por la Verdad.
No iban a tener consecuencias penales pero iban a permitir que se conociera lo ocurrido, algo que en esos años no era nada menor. En febrero de 1999, en la ciudad de La Plata y en pleno duelo por el fallecimiento de mi padre, brindé mi testimonio. Fue la primera vez que describí con todos los detalles los momentos más oscuros de esa parte de mi vida. Un testimonio no es lo mismo que una entrevista periodística: había que decir todo y así lo hice. Lloré y me abracé con los familiares, esperanzados de que en esos juicios pudieran aparecer algunas piezas más de los rompecabezas que aún intentan armar.
Recién en 2003 las leyes de impunidad fueron derogadas y en 2005 la Justicia las declaró inconstitucionales, lo cual habilitó a poder juzgar nuevamente a los genocidas. Así fue como en 2006 pude declarar en el emblemático juicio contra Etchecolatz. Y en septiembre de ese año, cuando una sentencia ejemplar estaba a punto de condenarlo a cadena perpetua, una nueva herida se abrió: desapareció Julio López, uno de los querellantes de la causa. A partir de ese momento comenzaron a llegarme amenazas a través de cartas intimidantes; así que me pusieron custodios y luego control telefónico y botón de pánico, que aún mantengo.
En el 2013 volví a dar mi testimonio en el proceso correspondiente al “Circuito Camps”, que terminó con la condena a veintitrés genocidas, mientras que otros no llegaron a ir a la cárcel porque fallecieron antes de conocerse las sentencias. Había pasado demasiado tiempo para todos; incluso para los asesinos, que en su mayoría hoy pueden gozar de la prisión domiciliaria a causa de su edad avanzada y sus problemas de salud.
Sin embargo, cada nieto recuperado es el más claro ejemplo de que este pasado no quedó atrás.
Los juicios que se han desarrollado, y por cuya continuidad aún bregamos, son el hoy. Los cuerpos ausentes de los chicos de la Noche de los Lápices, el silencio cómplice de los genocidas y evitar sus prisiones domiciliarias, es el ahora. Porque el pasado no vive en fechas estancas que nos trae el calendario, sino que vuelve todos los días cuando tomamos decisiones, elegimos, legislamos.
Hoy, mientras espero el momento de tener en mis manos este libro, todavía siguen en pie las causas penales por los centros clandestinos “Pozo de Banfield”, adonde llevaron a los chicos de la Noche de los Lápices que continúan desaparecidos, y “Pozo de Quilmes”, donde yo estuve. Fueron unificadas para volver a juzgar a sus responsables, muchos de los cuales ya fueron condenados en 2013. Pero otra vez el tiempo nos juega en contra. El juicio ya estaba a punto de empezar en el Tribunal Oral Federal N° 2 de San Martín, subrogante en esta causa. Otra vez estaba lista para ir a dar mi testimonio, pero todo quedó suspendido por la pandemia del Covid-19 y la cuarentena, así que otra vez a esperar...
Soy parte de esas memorias, de esos silencios, de esos olvidos, de esas presencias y voces que permiten reconstruir año a año ese pasado en los distintos presentes. Muchas veces relaté minuciosamente los hechos vividos en distintos juicios ante abogados, fiscales o jueces. Muchas otras veces lo narré en entrevistas, charlas, presentaciones; en escuelas, radios, encuentros Tengo la sensación de que hablé mucho a lo largo de mi vida. Contesté preguntas absurdas, banales, inquisidoras, dolorosas, y también algunas tan profundas que me llevaron a lugares que no hubiera querido transitar. A veces me escucho a mí misma en declaraciones de distintas épocas y siento que ya se sabe demasiado sobre esa historia y que, por lo tanto, no es necesario que se hable más.
Cada año, en cada conmemoración de la Noche de los Lápices, sigo tomando conciencia de todo lo que todavía falta contar, que también es demasiado.
Entre estos demasiados sentí la necesidad de dejar en palabras escritas cosas que nunca había podido decir: esas que quizás no sirven para una entrevista breve ni para 140 o 280 caracteres; esas que tenía guardadas y que fueron mi andamiaje, mi sostén, mis sombras, mis grises, mis miedos y mis pequeños actos heroicos.
Reflexiones profundas, viscerales, que no siempre se pueden decir de un tirón ante un micrófono o ante un auditorio y que permiten entender quién soy.
Así surgió este libro. Seguro que no voy a llegar a decirlo todo, pero ya es algo. ( )
Para Horacio, de Melody
Estaban siempre juntos: bailaban, leían, patinaban tomados de la mano. Con sus doce años Melody y Daniel estaban profundamente enamorados. La oposición de sus padres los impulsó a escapar. Sonaba la mítica canción To Love Somebody, de Bee Gees, mientras se los veía huyendo por las vías del tren en una zorra; ellos reían, eran trasgresores y felices de su amor. No me importaba que se me hubieran terminado los Sugus confitados; seguí leyendo hasta el último nombre en la pantalla hasta que se encendieron todas las luces. Soñaba con parecerme a Melody, protagonista de la primera película de amor de adolescentes que había visto.
Nunca pensé que mis habilidades de tejedora me iban a ayudar a lograr ese objetivo. Ese verano aprendí a tejer unos bolsos al crochet con pelotitas de madera pintadas. Hice varios de distintos hilados y colores, y una boutique de una galería platense los tomó en consignación. Al poco tiempo los había vendido todos y con esa plata me compré los patines añorados. Patinaba en el patio de mi casa, a los golpes, luchando con las cintas gross de color naranja que se me desataban; mis rodillas se llenaban de raspones, mis codos de moretones, pero valía la pena: cuando podía deslizarme unos metros era Melody. Solo me faltaba quien me tomara de la mano.
Los veraneos en Mar del Plata me daban la posibilidad de alquilar patines por hora en el Piso de Deportes; algo que en La Plata no existía, y me parecía maravilloso. A una de las canchas de básquet la usaban como pista de patinaje los días de lluvia.
Me ponía pequeñas metas cuando iba a practicar: dar dos vueltas sin agarrarme de la baranda, frenar de golpe con un solo patín, hacer una vuelta de cuclillas; no dudaba en agarrarme del primero que pasaba con tal de cumplir mi objetivo. Pero la mala acústica del lugar, pelotas rebotando por todos lados y chicos que gritaban los goles de las canchas de al lado no me permitían concentrarme en mis piruetas.
En una prueba perdí el equilibrio y la caída era inminente; moví los brazos como molinos de viento, pero fue inútil. Sentí una mano que apretó la mía, me aferré fuerte y de un tirón me levantó. Recuperé el equilibrio y sin decir nada, seguimos avanzando por la pista dando varias vueltas tomados de la mano: era Horacio, con sus pecas y nariz grande. ¿Yo? Melody.
Supe su nombre cuando, apoyados en la baranda y a los gritos, comenzamos a hablar. Nos sorprendió que los dos fuéramos de La Plata y fue inevitable empezar a tantear los gustos: los dos socios del Club Universitario, no nos gustaba ir a bailar a confiterías, ni las coreografías de programas como Música en Libertad o Alta Tensión: todo un reconocimiento de afinidad en esa época. En el fútbol no nos poníamos de acuerdo: yo de Gimnasia, él de Estudiantes. Nos despedíamos con un: “Si venís otra vez nos vemos”.
Y así ocurría. Lo veía de lejos y le pasaba cerca; al rato estábamos tomados de la mano patinando.
Nada más.
Nos volvimos a ver después de un año en La Plata, en las fiestas de carnaval del Club Universitario.
Horacio era tímido y reservado, pero me gustaba que no dijera pavadas. Casi sin hablar, bailamos lentos y coreamos entusiasmados al dúo Bárbara y Dick que actuaba en vivo esa noche, con su mítica canción El funeral del labrador.
En el 75, ya absorbida por la militancia, dejé atrás el club y los bailes. En un encuentro de la UES lo vi a Horacio y no tuvimos que decir nada; nos miramos, sonreímos y entendimos que habíamos elegido el mismo camino. Me dio mucha alegría. Los encuentros se hicieron más frecuentes. Él estaba mucho menos tímido: había leído mucho de política y eso le daba más soltura para hablar. Parecía más grande, seguro más soltura para hablar. Parecía más grande, seguro de sus actividades, muy comprometido.
Ya durante la dictadura, en agosto del 76, debido a los cambios en la organización de la UES, Horacio se había convertido en mi responsable, y lo fue por unos meses. Un día teníamos asignada la tarea de hacer una volanteada en la puerta de la escuela de 1 y 38.
—Tomá, guardalos—me dijo mientras me entregaba los volantes envueltos en papel de diario.
—¿No nos expone mucho hacer esto?— pregunté, convencida de que no estaban dadas las condiciones de seguridad para hacerlo.
—No te preocupes, todo va a salir bien.
—Ok. Nos vemos mañana— le di un beso y me fui escondiendo el paquete en una bolsa de hacer los mandados, debajo de un atado de acelga y unas lechugas. Me fui a coser un bolsillo, disimulado en una campera, para llevar los volantes y que no me vieran con ningún paquete sospechoso; en esos días todo era sospechoso, había que extremar los cuidados.
Al otro día repasé mil veces mentalmente las citas y los horarios establecidos. Me puse ropa cómoda, nada de plataformas por si había que correr. La campera quedó bien, no se notaba el bulto de los volantes. Fui caminando; eran muchas cuadras, pero me permitía regular la hora y no depender de los micros. Iba mirando si había alguna pinza policial; tenía que esquivarlas. No me podían agarrar con esos papeles porque me jugaba la vida. Cada movimiento raro en la calle me intranquilizaba, trataba de calmarme; miraba el reloj a cada minuto, regulaba el paso. Estaba cerca y era un poco temprano. Di unas vueltas, vi a otros compañeros en las calles trasversales haciendo tiempo para la cita. Estaba Horacio: no llevaba la campera verde oliva; por seguridad se recomendaba que no se usaran más. Tenía un pulóver escote en V y una chomba, estaba muy prolijo. Me tranquilizó verlo.
A la hora prevista nos acercamos a la entrada de la escuela. Yo ya había sacado los volantes de la campera y me los había colocado en el pecho.
—¡Ahora!— gritó Horacio.
Algunos alumnos agarraban los papeles que les volaban por la cabeza, firmados por UES-Montoneros, pero a la mayoría no les interesaba; ni siquiera llegaban a leer las consignas.
—¡Váyanse, voy a llamar a la policía!” gritó un preceptor mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras. Lo miré a Horacio desesperada y me hizo una seña con la cabeza para que me fuera; después dio la orden a todos de desmovilizar.
A la media hora fui a la cita de control. Yo estaba furiosa. Todavía me duraban las palpitaciones y me temblaban las piernas, casi me agarraba ese preceptor facho.
—Esto fue una locura, Horacio. No tiene sentido que nos regalemos así. ¿Quién leyó los volantes?
¿Valió la pena?
—Sí, es cierto, estábamos muy expuestos. Pero siempre vale la pena, con que uno lo haya leído, valió la pena.
—¿Un volante por uno de nosotros? Me parece muy desigual. Qué sé yo me parece que tenemos que hacer cosas, pero menos visibles
–Puede ser. Pero hay que seguir.
No hubo otra cita; nos reencontramos en el Pozo de Arana. Fue devastador escuchar su voz, yo no sabía que a él también lo habían secuestrado. Estaba desnudo, casi no hablaba, solo gritaba cuando no le tapaban la boca. Un grito desgarrador. En la sala de tortura nos hicieron hablar, una especie de careo. Con voces temblorosas intercambiamos algunas palabras, suficiente para darnos aliento y fuerza.
A los seis días de estar ahí, donde no comimos absolutamente nada, nos hicieron subir a varios compañeros a un camión. Casi nadie hablaba, estábamos en muy malas condiciones. Yo no sabía quién viajaba, salvo las chicas que estaban conmigo en la celda. Frenamos en el camino. Un guardia leyó una lista para que se bajaran.
—Horacio Ungaro— se escuchó.
Sentí unos pasos, mezclados con los de otros que iban llamando: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Daniel Racero, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner: otros nombres que trataba de recordar.
No pudimos despedirnos.
De todas las imágenes que compartí, elijo siempre recordar a ese muchacho pecoso, de nariz grande, chaqueta verde oliva, parco y comprometido, que me tendió la mano para que no me cayera cuando patinaba y logró hacerme sentir Melody.
Polenta con remolacha
Nada — le respondí al juez Reboredo.
—Le reitero: ¿En una semana que estuvo en el centro clandestino denominado Arana no le suministraron ninguna comida?
—Exacto. Me daban agua, pero mis compañeras de celda, Hilda y Ana, me previnieron que no tomara líquido después de la tortura porque me iba a hacer muy mal, por la electricidad. Después de varios días intentaron darme algo sólido. Fue el 21 de septiembre, nos sacaron a una especie de patio a varios de los presos que estábamos allí. Querían que “festejáramos” el día de la primavera. Nos hicieron sentar en el piso y nos pedían que cantáramos. Yo apenas podía sostenerme. Un guardia me trajo un té y un pedazo de manzana, pero no llegué a probarlos porque me desmayé, y cuando me desperté ya estaba en mi celda—dije en mi declaración.
—¿Y cuándo volvió a comer? — continuó el juez, a cargo del Juicio por la Verdad, en la ciudad de La Plata.
—Después de más de diez días.
—Comé algo piba, si seguís así vas a pasar entre las rejas—me dijo el guardia que estaba de turno en el Pozo de Quilmes. El “Gordo”, como le decíamos, era uno de los guardias más humanitarios, junto con otros dos, Raúl y Beto, a quienes ser amables con nosotras les costó su cargo. Me traía Pancután para curarme las quemaduras de los brazos que me habían hecho con cigarrillos en Arana. En cambio, “el Viejo” se ensañaba con nosotras.
— Caminá, bicho — me gritaba mientras me llevaba por el pasillo hasta el baño.
Había una letrina maloliente y una pileta de lavar honda, con agua fría. Muchas veces me aguantaba de ir con tal de no llamar al “Viejo”.
Mientras caminaba me iba pegando con el manojo de llaves en todo el camino. Y cuando me devolvía para la celda me tiraba en la cabeza un chorro de un líquido frío, de olor fuerte, penetrante, que quemaba los ojos. Así conocí la acaroína.
De a poco empecé a comer lo que me servían.
Nunca entendí por qué mezclaban polenta con remolacha. La traían en un bol de plástico redondo. A veces teníamos que esperar a que el guarda se fuera para comer, porque nos teníamos que sacar la venda y las tiras de las manos. Así que se enfriaba bastante, la grasa se solidificaba y se pegaba por los costados. Y si tenía la venda puesta, la podía sentir en mi paladar.
Pero lo más sorprendente fue que me encantaba. A veces traían fideos, pero yo esperaba que me tocase polenta con remolacha: muy salada, con algunos pedacitos de carne con grasa. Me la comía toda, no dejaba nada en el plato. Yo que siempre había comido sin aceites, ni grasas, ni frituras, no podía creer que me gustara eso. Era un deleite.
A los pocos días de estar en Quilmes, a la madrugada, abrieron la celda. Preguntaron por mí. Me puse el gamulán que usaba de colchón, me calcé los zapatos sin cordones y, temblando, comencé a caminar.
Conocía esa ceremonia: traslado, tortura, muerte. A los pocos metros un policía me sacó la venda y me desató las manos. Me dieron un espejo y un peine.
—Arreglate un poco, vas a tener visitas –me dijo el policía.
Temblaba de miedo, no sé si por lo que me podía pasar o por el rostro que acababa de ver. No me reconocí. No había peine que alcanzara. Caminamos unos pasos, me dejaron en una oficina, yo temblaba. Se abrió la puerta y apareció mi papá. Nos abrazamos. La cara de mi viejo se iba trasformando mientras me miraba.
—¿Qué te hicieron estos hijos de puta?— alcanzó a decir con voz entrecortada, mientras observaba mi cuerpo y los ojos se le llenaban de lágrimas.
–Ya estoy bien. Quedate tranquilo.
–Un subalterno me llamó y me dijo: Moler, su hija está en la Brigada de Quilmes. Si va a la madrugada, lo dejan entrar. Y nos vinimos. Mami está abajo, no la dejaron pasar.
—¿Cómo está Fernando?
—Bien, lo vemos con muchas medidas de seguridad.
☛ Título
La larga noche de los lápices
☛ Autora
Emilce Moler
☛ Editorial
Marea
☛ Edición
2026
☛ Páginas
240
Datos de la autora
Emilce Moler nació en 1959, en La Plata, provincia de Buenos Aires. A los diecisiete años fue detenida-desaparecida, víctima y sobreviviente de lo que se conoció como la Noche de los Lápices.
Después de recuperar su libertad se radicó en la ciudad de Mar del Plata. Desde los inicios de la democracia realizó actividades políticas, gremiales y participó en distintos organismos de derechos humanos. En forma paralela forjó una destacada carrera profesional y académica como docente e investigadora.
Es doctora en Bioingeniería por la Universidad Nacional de Tucumán, magíster en Epistemología y profesora en Matemática por la Universidad Nacional de Mar del Plata.