El océano está absorbiendo cada vez más dióxido de carbono de la atmósfera y eso está cambiando su química. La respuesta de un grupo de científicos fue tan extraña como suena: vertieron decenas de miles de litros de hidróxido de sodio, mejor conocido como soda cáustica, en el mar. Y no, no se trató de un derrame ni de un intento de "limpiar" el mar.
Fue un experimento cuidadosamente controlado en el Golfo de Maine, frente a la costa de Estados Unidos, para poner a prueba una idea que podría convertirse en una nueva herramienta contra el cambio climático: aumentar artificialmente la alcalinidad del océano para que pueda absorber y almacenar más CO2. El proyecto LOC-NESS liberó hidróxido de sodio durante seis horas en agosto de 2025 y después siguió lo ocurrido durante cuatro días.
La escena parece contradictoria: echar una sustancia cáustica al océano para intentar protegerlo, pero aquí está el detalle interesante: detrás de esa decisión hay una propiedad química del agua de mar que los científicos llevan años estudiando. La pregunta no es si el océano puede capturar carbono, porque ya lo hace, sino si podemos conseguir que capture un poco más sin provocar un problema todavía mayor.
El océano no es solamente una enorme masa de agua que cubre buena parte del planeta; también funciona como uno de nuestros grandes reguladores naturales del carbono, porque absorbe una parte del dióxido de carbono que liberamos a la atmósfera. Cuando ese CO2 entra en contacto con el agua de mar, participa en una serie de reacciones relacionadas con el sistema de carbonatos.
Parte de ese carbono termina convertido en bicarbonato y carbonato, formas que pueden permanecer almacenadas durante mucho tiempo. El problema es que este proceso no ocurre sin consecuencias: mientras más CO2 absorbe el océano, más cambia su química, y eso contribuye a la llamada acidificación oceánica.
Ese cambio puede afectar a distintos organismos marinos y alterar el equilibrio de los ecosistemas. Corales, moluscos y otros seres vivos dependen de condiciones químicas relativamente estables para desarrollar estructuras y realizar funciones vitales. Por eso el aumento de la alcalinidad oceánica, conocido como OAE por sus siglas en inglés, parte de una idea bastante sencilla en teoría: aumentar la capacidad natural del agua para incorporar carbono.
Dicho de una forma mucho más sencilla, los investigadores no están tratando de "limpiar" el CO₂ que ya está en el océano. Lo que buscan es que el propio mar pueda capturar una mayor cantidad del dióxido de carbono que todavía se encuentra en la atmósfera.
El hidróxido de sodio es una sustancia extremadamente alcalina y, precisamente por eso, puede cambiar rápidamente las condiciones químicas del agua. Cuando se incorpora al océano, aumenta su alcalinidad y eleva temporalmente el pH, lo que desplaza el equilibrio del sistema de carbonatos.
Ese cambio puede favorecer que una mayor cantidad de CO2 atmosférico termine incorporándose al agua y transformándose en bicarbonato y carbonato. La idea, entonces, no consiste en que la soda cáustica actúe como una especie de esponja que absorbe directamente el dióxido de carbono, sino en modificar las condiciones para que el océano tenga una mayor capacidad de hacerlo por sí mismo.
La lógica no es completamente ajena a la naturaleza. El problema es que aquí los científicos intentan acelerar deliberadamente un proceso que normalmente ocurre de forma mucho más lenta y ahí aparece el verdadero reto: el océano no es un laboratorio en el que podamos cambiar una variable y esperar que todo lo demás permanezca igual.
Durante el experimento del Golfo de Maine, los investigadores añadieron el hidróxido de sodio junto con un colorante rojo que funcionó como trazador. De esa manera podían seguir el movimiento de la zona modificada y saber hasta dónde se desplazaba la llamada "pluma" de alcalinidad.
Un segundo barco siguió esa zona mientras los científicos medían distintas condiciones físicas, químicas y biológicas del agua. También utilizaron cuatro vehículos submarinos autónomos, planeadores, muestras de agua, redes para recolectar plancton y observaciones satelitales para tener una imagen lo más completa posible.
Todo este despliegue tiene una razón bastante obvia: si quieres cambiar las condiciones del mar, primero necesitas saber qué tan rápido se dispersa la sustancia, cuánto cambia el pH y qué ocurre con los organismos que quedan dentro de esa zona. No basta con demostrar que la química cambia; también hay que saber qué pasa alrededor.
El experimento fue autorizado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos después de una revisión que duró aproximadamente un año e incluyó dos periodos de comentarios públicos. Es decir, no fue un barco llegando al mar con miles de litros de sosa cáustica y simplemente arrojándolos al agua.
Los resultados preliminares publicados por Woods Hole Oceanographic Institution en febrero de 2026 sugieren que el experimento consiguió modificar la química del agua como estaba previsto y que también se observaron señales relacionadas con la incorporación de carbono.
Pero había otra pregunta todavía más importante: ¿qué les pasó a los organismos que estaban ahí? Durante las observaciones realizadas, los investigadores no encontraron diferencias significativas en la abundancia de zooplancton, larvas de peces y larvas de langosta dentro y fuera de la zona donde se aumentó la alcalinidad.
Sobre el papel, eso es una buena señal. El problema es que una prueba de unos cuantos días no alcanza para demostrar que echar hidróxido de sodio al océano sea seguro a una escala mucho mayor, donde las cantidades serían radicalmente distintas y los tiempos de exposición podrían cambiar.
Los propios investigadores señalan que todavía hacen falta estudios sobre concentraciones, tiempos de exposición y organismos que no pudieron evaluarse directamente durante este ensayo. También quedan preguntas sobre lo que podría ocurrir en niveles superiores de la cadena alimentaria y en ecosistemas completos.
Aquí aparece uno de los detalles más importantes de todo el experimento. Que el océano se esté acidificando no significa que hacerlo más alcalino de golpe sea automáticamente bueno para la vida marina. Los organismos también necesitan mantenerse dentro de determinados rangos químicos para funcionar con normalidad.
Un estudio publicado en 2026 analizó qué ocurría con Calanus finmarchicus, un pequeño crustáceo que forma parte importante de las redes alimentarias del Atlántico Norte. Los investigadores lo expusieron durante periodos cortos a agua con un pH muy elevado después de añadir hidróxido de sodio.
En general, los ejemplares mostraron una tolerancia considerable a exposiciones breves. Sin embargo, a valores extremos de pH, algunos adultos tuvieron una menor capacidad para realizar su respuesta de escape, mientras que uno de los grupos juveniles sometidos a la exposición más intensa presentó una reducción significativa de supervivencia después de 72 horas.
Eso no significa que el experimento del Golfo de Maine haya provocado ese tipo de daño. Lo que demuestra es algo mucho más útil para los investigadores: la dosis, la concentración y el tiempo de exposición pueden cambiar por completo el resultado.
Una nube de agua muy alcalina que se diluye rápidamente no es lo mismo que mantener una zona del océano con un pH elevado durante horas o días. Por eso uno de los grandes retos del aumento de la alcalinidad oceánica consiste en controlar cómo se dispersa el material y cuánto tiempo permanece alterada esa parte del mar.
La paradoja de esta tecnología está justo aquí. El océano se está volviendo más ácido por el exceso de CO2, pero hacer que una zona del mar sea demasiado alcalina también puede ser perjudicial para los organismos que viven en ella.
El hidróxido de sodio eleva rápidamente el pH del agua y, en condiciones naturales, los organismos marinos están adaptados a determinados rangos químicos. Un cambio repentino puede convertirse en una fuente de estrés fisiológico. La EPA señala que las variaciones importantes de pH pueden afectar el crecimiento, la reproducción, el comportamiento e incluso la supervivencia de organismos acuáticos.
Y el asunto podría ir más allá de los animales que entren directamente en contacto con la zona tratada. Otro estudio publicado en 2026 encontró que una alcalinización abrupta podía modificar la diversidad de microorganismos marinos y favorecer la proliferación de ciertos parásitos en experimentos de laboratorio.
Eso abre otra incógnita importante. Aunque un tratamiento no mate de inmediato a los organismos que se encuentran en la superficie, todavía podría modificar relaciones ecológicas mucho más pequeñas y difíciles de detectar. En un ecosistema tan complejo como el océano, un cambio aparentemente localizado puede tener consecuencias que no sean tan fáciles de medir.
Por eso la pregunta ya no es solamente cuánto CO2 puede retirar esta tecnología. También hay que preguntarse cuánto puede modificar el ecosistema mientras intenta hacerlo.
Incluso suponiendo que podamos aumentar la capacidad del océano para absorber dióxido de carbono, todavía queda otro obstáculo: hacerlo requiere materiales, infraestructura y energía. Y esa energía también tiene que salir de algún lado.
Un estudio publicado en Scientific Reports sobre otro experimento de aumento de alcalinidad con hidróxido de sodio en Tasmania señala precisamente que la energía necesaria para producir las soluciones alcalinas es uno de los principales límites para llevar esta tecnología a gran escala. Si esa energía depende de combustibles fósiles, parte del beneficio climático podría terminar perdiéndose.
Además, hay una diferencia enorme entre demostrar que una reacción funciona y demostrar que puede utilizarse para retirar grandes cantidades de carbono de la atmósfera. El experimento australiano, por ejemplo, permitió medir cómo cambiaba la química del agua y cómo se diluía rápidamente la pluma, pero fue diseñado como una prueba de funcionamiento y monitoreo, no como una demostración de captura de carbono a gran escala.
Ese detalle ayuda a poner las cosas en perspectiva. El aumento de la alcalinidad oceánica no está listo para convertirse en una especie de servicio de limpieza del planeta; todavía está en una etapa mucho más básica, en la que los científicos intentan descubrir qué ocurre cuando intervienen deliberadamente en las condiciones químicas del mar.
El aumento de la alcalinidad oceánica forma parte de un grupo más amplio de tecnologías conocidas como remoción de dióxido de carbono. La idea general es retirar CO2 que ya se encuentra en la atmósfera mediante distintas estrategias, desde bosques y minerales hasta sistemas capaces de capturarlo directamente del aire.
El OAE apuesta por algo distinto: utilizar la química del océano para aumentar su capacidad natural de almacenar carbono. Sobre el papel resulta atractivo porque el mar ya cuenta con procesos capaces de incorporar parte del CO2 que emitimos, pero convertir esa idea en una herramienta climática a gran escala es un problema completamente diferente.
Modificar una pequeña zona durante un experimento es una cosa; hacerlo en cantidades suficientes para tener un impacto climático medible es otra completamente distinta. Y entonces aparece la pregunta incómoda que todavía no tiene una respuesta definitiva: ¿qué ocurre cuando intentamos intervenir de forma deliberada en la química de un ecosistema que cubre más del 70% del planeta?
Lo que ocurre en el Golfo de Maine no es un problema exclusivo de Estados Unidos. México también enfrenta cambios en la química de sus mares como consecuencia del aumento del CO2 atmosférico, y el propio gobierno mexicano reconoce que la acidificación oceánica puede afectar a corales, moluscos y otros organismos que necesitan condiciones específicas para formar sus estructuras.
Esto importa todavía más cuando se considera la extensión de las costas mexicanas. El país tiene más de 11,500 kilómetros de litoral y sus aguas abarcan regiones tan distintas como el Golfo de México, el Caribe, el Golfo de California y diferentes zonas del Pacífico, cada una con ecosistemas y condiciones oceanográficas particulares.
Pero hay otro detalle que hace especialmente interesante esta historia para México: el océano no solamente está sufriendo las consecuencias del exceso de CO2. También forma parte de las herramientas naturales con las que contamos para amortiguarlo.
Los manglares, los pastos marinos y las marismas costeras almacenan carbono en sus sedimentos, mientras que el propio océano absorbe una parte importante del dióxido de carbono que emitimos. A este conjunto de procesos se le conoce como carbono azul y muestra que la naturaleza ya tiene mecanismos para almacenar carbono sin necesidad de añadirle soda cáustica.
Por eso el experimento del Golfo de Maine también plantea una pregunta relevante para México: ¿podemos aumentar artificialmente la capacidad del océano para almacenar carbono sin alterar los ecosistemas que ya hacen ese trabajo de manera natural?
La imagen parece sacada de una película: un barco vertiendo soda cáustica en el mar con la intención de combatir uno de los efectos del exceso de CO2. Pero detrás de esa escena hay una pregunta científica bastante más seria: si el océano ya absorbe carbono de manera natural, ¿podemos aumentar esa capacidad sin provocar daños que terminen anulando el beneficio climático?
Los primeros resultados del experimento del Golfo de Maine indican que la química del agua puede modificarse de la manera esperada y que, al menos durante el ensayo, no aparecieron diferencias significativas en algunos de los organismos estudiados. Pero eso todavía no responde qué ocurriría a mayor escala, durante más tiempo o en ecosistemas mucho más complejos.
La ciencia, en otras palabras, no acaba de encontrar un antiácido para el océano. Acaba de probar, en una escala diminuta, qué ocurre cuando intentamos convertirlo en uno.
Imágenes | Woods Hole Oceanographic Institution, Pexels
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Ante la incertidumbre por la inflación y los incrementos que llegan a darse en las tasas de interés, muchas personas buscan la mejor manera de hacer crecer, o por lo menos preservar, su patrimonio a largo plazo. Una de las opciones más comunes para esto es la adquisición de oro, plata y platino, en sus diferentes versiones que, además de ser metales preciosos, sirven como una inversión un tanto segura.
Esto se debe a que el valor de estas piezas cambia constantemente y, aunque suele ser ascendente, en ocasiones llega a caer. Por eso, si se tiene en mente adquirirlos, lo mejor es estar actualizado sobre su cotización.
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Por gramo: 431973.54 COP
Por onza: 13435879.04 COP
Venta de oro puro (24K): 431910.22
Compra de oro puro (24K): 432036.84
Cambio: 0,25

El Banco de la República es una de las opciones más seguras para comprar y vender oro, sin embargo, en este último caso se deben cumplir una serie de requisitos para poder hacerlo.
Primero, compra solamente oro en su presentación aluvial libre de producción nacional, es decir, aquel metal precioso extraído de los ríos, sin que haya sido sometido a ningún tipo de modificación o tratamiento físico o químico, ya sea por extracción con mercurio, cianuro, lavado con ácidos y/o soda cáustica.
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Es muy importante mencionar que el banco central colombiano no adquiere oro fundido, oro de veta, retal de joyería u oro procesado química o mecánicamente.
Se deben cumplir estas condiciones porque el oro que se busque vender será inspeccionado minuciosamente para verificar que cumple con los requisitos técnicos.
Cabe mencionar que el Banco de la República sólo puede comprar un mínimo de 50 gramos y un máximo de 2 mil gramos por día.
Además, se requiere tener el Registro Único Tributario (RUT) y del Registro Único de Comercializadores de Minerales (RUCOM) vigente.
También se tiene que contar con tres formularios: el Registro y Actualización de Terceros, el de Control en la Compra de Metales, así como el de Autorización para Pago por Transferencia Electrónica de Fondos.
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Estos documentos los puedes encontrar en la página oficial del Banco de la República. También puedes consultar ahí requisitos extra para banqueros, comerciantes, miembros de la Área Especial de Reserva y demás tipos de vendedor de oro.

La crisis que atraviesa el sector primario en España ha alcanzado un punto de inflexión donde la vocación rural ya no garantiza el sustento diario. El aumento imparable de los costes de producción, la volatilidad de los precios en origen y los reducidos salarios han forzado a numerosos trabajadores a tomar decisiones drásticas para llegar a fin de mes. Entre ellos se encuentra José Antonio Herrero Sagrado, un agricultor y ganadero de Ledesma (Salamanca) que se ha visto obligado a redefinir su rutina diaria para conseguir la estabilidad económica que la tierra dejó de ofrecerle.
Durante décadas, su vida transcurrió íntegramente dedicada al cuidado de los cultivos y la ganadería. Sin embargo, el paulatino deterioro del margen de beneficio en el sector agrícola le abocó a buscar un empleo complementario para evitar la ruina. La oportunidad laboral llegó de forma totalmente imprevista dentro del ámbito municipal. “Entré a través de un amigo, para cubrir unas vacaciones”, confesó el propio José Antonio en una entrevista concedida a La Gaceta de Salamanca. Lo que comenzó como una sustitución temporal terminó convirtiéndose en su puesto de trabajo definitivo desde hace cinco años.
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Desde entonces, Herrero compagina su labor en la explotación ganadera con el servicio como enterrador en el cementerio de San Carlos Borromeo, en Salamanca. Su jornada diaria exige un despliegue de energía notable para cumplir con dos oficios tan exigentes como diversos: limpia pasillos, prepara las sepulturas, atiende los entierros y ejecuta la reducción de restos sepulcrales.

Afrontar las tareas cotidianas en un camposanto requiere de una entereza emocional que, según explica el propio ganadero, logró forjar tras toda una vida expuesto al rigor físico del entorno rural. “He estado toda la vida viendo animales, trabajando con la pala… esto no me coge de nuevas”, declaró al medio salmantino. Sin embargo, no oculta la complejidad psicológica que implica su nuevo empleo: “Nosotros vemos una caja, no el cuerpo, pero cuando toca hacer reducciones y el cuerpo no está descompuesto, eso impresiona más. Hay que tener estómago”.
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A pesar de la dureza del oficio, José Antonio ha encontrado en el recinto municipal una certeza económica que la ganadería ya no puede asegurarle de manera independiente. Define el cementerio como un espacio particular donde conviven de forma permanente “la tristeza y la paz a la vez”, e incluso subraya cómo muchas personas acuden al lugar buscando relajación, pasear o pintar entre sus pasillos.
Paralelamente, el trabajador lamenta la falta de relevo generacional y la paulatina pérdida de tradiciones entre los más jóvenes, quienes cada vez frecuentan menos estos espacios en fechas señaladas como el Día de Todos los Santos. A pesar del sacrificio que supone mantener una doble jornada laboral en dos sectores sumamente exigentes, asume su día a día con resiliencia y filosofía. Para José Antonio, doblar turno es el único camino viable para no abandonar sus raíces agrícolas, sintetizando su dualidad con una gran frase: “El campo da fruto y el cementerio da paz”.
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Madrid, 12 sep (EFE).- El argentino Franco Colapinto (Alpine), que saldrá noveno este domingo en el Gran Premio de España, el decimocuarto del Mundial de Fórmula Uno, declaró tras la calificación disputada en el nuevo Madring que está "muy orgulloso de haber entrado en la Q3" (tercera ronda de la cronometrada principal).
"Estoy muy orgulloso de haberme clasificado para la Q3 hoy. Ayer fue complicado, no me sentí al cien por cien en el coche y hemos tenido que trabajar duro como equipo para encontrar mejoras y aumentar nuestra confianza hasta la calificación", manifestó Colapinto, nacido hace 23 años en Pilar (Buenos Aires), que es duodécimo en el Mundial, con 19 puntos.
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"Al final, hice algunas de mis mejores vueltas y eso fue suficiente para lograr la novena plaza en la parrilla para la carrera de mañana. Definitivamente es un circuito difícil y sabemos que no se adapta demasiado bien a nuestro paquete, así que realmente hemos tenido que ir paso a paso", explicó el argentino, que seguirá siendo piloto de Alpine al menos una temporada más y que el pasado domingo fue noveno en Monza (Italia), donde pudo haber acabado mucho mejor de no haber sufrido una salida de pista cuando rodaba cuarto.
"Seguí aprendiendo mucho durante la calificación y tuvimos un muy buen desempeño y creo que aprovechamos al máximo todo. Tuve un momento de pequeño susto en la curva 12, fue muy rápido y tuve que corregirlo. Mañana puede ser complicado adelantar y realmente no sabemos qué puede pasar en este circuito", dijo el piloto de Pilar en la capital española, en la que residió hace años.
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"Puede que las oportunidades sean bastante escasas, así que nos centraremos en aprovechar al máximo todo lo que podamos controlar y, por supuesto, con el objetivo de sumar puntos al final de la carrera”, comentó Colapinto, cuyo mejor resultado en la F1 es el sexto que obtuvo el pasado 24 de mayo en el Gran Premio de Canadá, en el circuito Gilles Villeneuve de Montréal.

Una manifestación ha recorrido este sábado Bilbao, antes del concierto de Silvio Rodríguez en la capital vizcaína, para denunciar la "grave situación" que sufre el pueblo de Cuba, debido al "asedio económico y bloqueo energético" del gobierno de EE.UU. contra Cuba.
Además, los participantes en la marcha, que han portado banderas cubanas y de otros pueblos "en resistencia", han censurado "la inacción de la mayoría de gobiernos ante una violación masiva de derechos humanos que es condenada, cada año, en Naciones Unidas".
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La marcha, con una pancarta en la cabecera con el lema 'Sin imperialismos en Cuba y en el mundo. Sin bloqueo', ha partido a las 19.00 horas desde la entrada del Museo Guggenheim, para recorrer el Muelle Evaristo Churruca y llegar al Palacio Euskalduna, donde los manifestantes, más de medio millar, han coreado temas del trovador cubano Silvio Rodríguez, cuyo concierto comenzará a las 20.30 horas.
Las organizaciones convocantes han llamado a la ciudadanía vasca a expresar su solidaridad con Cuba, "del mismo modo que se muestra solidaria con el de Palestina y con otros pueblos sometidos a políticas de imposición y brutalidad, contrarias a toda legalidad internacional". "Porque hoy es Cuba, mañana puede ser cualquier otro país", han dicho.
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La manifestación ha servido también para apoyar la campaña solidaria "Argia eta Indarra Kubarentzat. Contra el Bloqueo, Energía para Cuba", que recauda fondos para instalaciones de energía solar con destino a centros hospitalarios de la isla y que ha sido respaldada por 130 intelectuales y artistas de la cultura vasca, como Bernardo Atxaga, Fermin Muguruza, Itziar Ituño, Joseba Sarrionaindia, Eñaut Elorrieta, Jon Maia o Katixa Agirre.
Hasta mayo, en una primera fase, la campaña recaudó casi 245.000 euros, a través de 1.255 ingresos de personas y colectivos, y ya ha comenzado el montaje de la primera instalación de energía solar en el Hospital Pediátrico William Soler de La Habana.
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La manifestación y la campaña son "parte de la respuesta de la ciudadanía vasca organizada frente al cerco económico y energético a Cuba, por parte del Gobierno de Donald Trump y Marco Rubio", cuyo objetivo es "llevar a la población de la isla a una situación de desesperación y a la entrega de su soberanía", han destacado los convocantes.
Según han recordado, la política de "máxima presión" contra Cuba, aplicada desde 2019, ha ocasionado que, en un país que alcanzó "notables indicadores de salud", hoy solo se cuente con un tercio de los medicamentos y la mortalidad infantil haya aumentado un 148%.
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También han denunciado que se sufren "cortes de luz y de agua de días completos, apenas existe transporte público o recogida de basuras, y que han aumentado, de manera ostensible, la emigración y la pobreza".
Además, han apuntado que el gobierno de Donald Trump ha impuesto, desde enero, un bloqueo petrolero a la isla "y ha conseguido, mediante amenazas y sanciones, destruir sus principales fuentes de ingreso", como el turismo, los servicios médicos exteriores y las remesas), así como "forzar la salida de la mayoría de las empresas extranjeras con inversión en el país".
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La manifestación ha sido convocada por Euskal Herria-Kuba Ekimena, la plataforma internacionalista Hegoak --que agrupa a una veintena de sindicatos, partidos y ONG vascas--, la asociación Euskadi-Cuba y diversos agentes sociales y políticos, como Podemos-Euskadi, la plataforma Gerrarik Ez, Ahaztuak 1936-1977, KCD (Kultura Communication y Desarrollo), Euskadiko Langileen Alderdi Komunista - PCTE y las asociaciones de la emigración cubana Sierra Maestra-Euskadi y Desembarco del Granma.
Eran las 9:41 de la mañana del 11 de septiembre de 2001 cuando el fotógrafo Richard Drew apretó el obturador y registró “El hombre que cae” (The Falling Man): una figura perfectamente vertical, el cuerpo paralelo a las líneas de las Torres Gemelas, que eligió el vacío porque el fuego y el humo ya habían cerrado todas las puertas. Veinticinco años después, la imagen sigue sin poder mirarse con indiferencia.
La fotografía se publicó al día siguiente en diarios de todo el país. En 48 horas, desapareció. El rechazo del público fue tan inmediato y tan furioso que los propios colegas de Drew en la Associated Press (AP) la bautizaron con una paradoja: “la foto más famosa que nadie ha visto”.
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Esta es la historia de cómo un veterano del fotoperiodismo llegó desde un desfile de modas al epicentro del peor ataque terrorista en suelo estadounidense y de por qué la imagen que tomó esa mañana todavía incomoda, todavía duele y todavía importa.
Esa mañana, Drew —fotógrafo de 54 años con más de tres décadas en la AP y parte del equipo que ganó el Premio Pulitzer en 1993— no tenía previsto estar cerca de la tragedia. Su agenda marcaba un desfile de maternidad con modelos embarazadas reales en Bryant Park, en el centro de Manhattan, a unos 5,6 kilómetros del World Trade Center. Estaba junto a un camarógrafo de CNN cuando este escuchó por su auricular la primera noticia y la repitió en voz alta. Segundos después, el teléfono de Drew sonó: su editor fue directo. “Olvida el desfile. Tienes que ir”, le dijo, según recogió CBS News.
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Drew tomó el metro en Times Square hasta Chambers Street. Cuando subió a la superficie, ambas torres ya ardían. “Vi las dos torres en llamas y me pregunté cómo un solo avión podía haber golpeado las dos”, recordó en declaraciones recogidas por WBUR. Un policía lo sacó del error: un segundo avión había impactado la torre sur mientras Drew aún estaba bajo tierra. Salió a la calle y comenzó a fotografiar de inmediato, en lo que él mismo describe como piloto automático. “La cámara es para mí un filtro entre la realidad y yo”, explicó.
Mientras Drew trabajaba entre ambulancias y agentes del FBI, un socorrista señaló hacia arriba y gritó. La gente caía. A partir de fotografías, videos y testimonios, se estima que unas 200 personas murieron al precipitarse desde los pisos superiores en los 102 minutos transcurridos entre el primer impacto y el colapso de ambas torres. La mayoría cayó desde la torre norte.
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Drew apuntó su teleobjetivo de 200 milímetros hacia arriba y disparó en ráfaga. “No sé si saltaron por elección o si el fuego o el humo los expulsó. Solo sé que tuve que registrarlo”, declaró a la BBC. Podía escuchar los cuerpos al llegar al suelo, aunque su lente de largo alcance le impedía ver el impacto. La secuencia completa constó de 12 fotogramas del mismo hombre en caída; la imagen icónica corresponde aproximadamente al noveno cuadro.
Cuando Drew llegó a la sala de redacción y revisó su laptop, supo al instante cuál era la imagen: el hombre perfectamente vertical, la cabeza abajo, las líneas de las dos torres a cada lado como una firma geométrica del horror.
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“Si la cámara no hubiera ciclado en esa fracción de segundo exacta, igual hubiera tenido fotos del hombre, pero no habrían sido tan impactantes”, explicó Drew a WBUR. La posición fue azarosa: un instante antes o después, la historia visual del 11-S habría sido distinta.
El Servicio Forense de la Ciudad de Nueva York fue taxativo: quienes cayeron de las torres no podían ser clasificados como suicidas, porque el humo, el fuego o las explosiones los expulsaron. En todos los certificados de defunción, la causa de muerte quedó registrada como homicidio. La “elección imposible”, como la denominó la curadora del Museo Memorial del 11 de Septiembre, Jan Ramirez, era en realidad lo que ella llama una “choiceless choice”: una disyuntiva sin salida real.
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Al día siguiente de los atentados, decenas de diarios publicaron la fotografía. La reacción fue fulminante. Lectores de todo el país inundaron las redacciones con cartas de protesta. “Apelar al morbo más bajo de la naturaleza humana”, escribió un lector de Pensilvania en una carta que leyó en voz alta ante las cámaras del documental 9/11: The Falling Man (2006), según recogió USA Today. Otros la tacharon de “voyeurista” y “sensacionalista”.

El rechazo fue tan intenso que la imagen desapareció de la prensa en cuestión de días. El contraste con otras imágenes igualmente crudas —las de la muerte de Robert F. Kennedy en 1968, también captadas por Drew, o las escenas de guerra publicadas durante décadas— resultó revelador. “La gente se identifica con ella. Creo que tiene miedo de tener que enfrentarse algún día a la misma decisión que ese hombre”, reflexionó Drew en declaraciones recogidas por la BBC.
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Una excepción notable al rechazo colectivo fue Sir Elton John, quien adquirió la fotografía para su colección personal. “Es la imagen más bella de algo tan trágico. Es probablemente una de las fotografías más perfectas jamás tomadas”, afirmó el músico británico en declaraciones citadas por CBS News y Metro UK.
La pregunta sobre quién era el hombre que cae en la foto del 11-S —cuál era su nombre, dónde trabajaba, qué lo llevó a esa ventana— movilizó al periodista Tom Junod, que en 2003 publicó un reportaje de portada en Esquire —el texto que acuñó definitivamente el nombre “El hombre que cae”— con el propósito de identificarlo. Su investigación arrojó dos candidatos.
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El primero fue Norberto Hernández, chef pastelero del restaurante Windows on the World, ubicado en el piso 106 de la torre norte. El diario Toronto Globe and Mail ya lo había señalado con base en entrevistas a familiares. La familia de Hernández quedó dividida ante la identificación: la esposa y la hija mayor la rechazaron de plano —en parte porque su fe consideraba el suicidio un pecado mortal—, mientras que dos de sus hermanos afirmaron que sí podía tratarse de él, según relató Esquire en 2003.

El segundo nombre fue el de Jonathan Briley, ingeniero de sonido de 43 años que también trabajaba en Windows on the World. Briley compartía la complexión del hombre en la foto, calzaba las mismas zapatillas de caña alta negras que llevaba ese día y padecía asma grave, lo que habría hecho el humo insoportable. Días después de los atentados, el padre de Briley, un pastor, reunió a su familia y le exigió una respuesta a Dios. No pidió: exigió. Sus palabras exactas, según recoge Esquire, fueron: “Señor, exijo saber dónde está mi hijo”. Durante tres horas rezó sin pausa. Al día siguiente, el FBI llamó: habían encontrado el cuerpo de Jonathan, milagrosamente intacto. Su hermano Timothy fue a identificarlo. Lo reconoció por sus botas negras de caña alta; se llevó una a casa como único recuerdo.
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La hermana de Briley, Gwendolyn Briley-Strand, de 72 años, convivió durante un cuarto de siglo con esa posibilidad. “Sea Jonathan o no, este hombre tomó la decisión de poner su vida en sus manos y lanzarse a los brazos de Dios”, declaró a USA Today. “Creo que todas esas personas que saltaron fueron atrapadas. Sus espíritus fueron atrapados”, agregó.
Junod nunca pudo confirmar con certeza absoluta que Briley sea el hombre de la foto, pero su argumento final fue que la identidad era lo de menos: en un ataque donde el 40% de las víctimas jamás fue identificado, este hombre anónimo era todos ellos a la vez. En 2016, una retrospectiva deTimelo definió como “un soldado desconocido improvisado en una guerra incierta, suspendido para siempre en la historia”. Drew hizo propia esa lectura: prefería pensar en él como el representante de todos aquellos para quienes ese fue su destino ese día.
En el Museo Memorial del 11 de Septiembre de Nueva York, la imagen de Drew no cuelga de una pared como un cuadro. Se proyecta en forma de imagen fugaz sobre el muro de un pequeño nicho, junto a otras fotografías de personas que cayeron ese día. La impermanencia de la proyección es deliberada: refleja la sensibilidad que rodea la foto más de dos décadas después. “Tuvimos largas conversaciones sobre si incluir estas imágenes”, reconoció la curadora Ramirez a USA Today.
Pero el trabajo de Drew dejó algo más que debate. Años después de los atentados, un hombre llamó a las oficinas de AP con una petición fuera de lo común: quería sentarse con el fotógrafo a revisar sus fotos. Sabía exactamente qué ropa llevaba su prometida el día en que fue al trabajo en el World Trade Center y nunca regresó. Juntos, cuadro por cuadro, la encontraron. “Dijo: ‘Esa es ella’. Y eso fue todo”, recordó Drew en entrevista con CBS News. El hombre se fue con el dolor intacto, pero también con una certeza que durante años le había faltado.
Drew, hoy de 79 años, continúa en activo para la AP. Cada 11 de septiembre recibe una llamada de su hija. “Solo para decirme que me quiere”, contó a la agencia. “Porque ese día yo podría no haber sobrevivido”.
El profundo vínculo afectivo entre los seres humanos y sus animales de compañía ha motivado el surgimiento de un debate social sin precedentes. Recientemente, se ha presentado un proyecto legislativo enfocado en regular un aspecto hasta ahora no contemplado formalmente en la mayoría de los cementerios tradicionales.
El alcance de la medida se limitará exclusivamente a animales domesticados que cumplan con la definición oficial de mascotas, como perros o gatos. De este modo, quedan descartadas de plano las especies silvestres, los animales protegidos por leyes ambientales y aquellos ejemplares destinados a la producción agropecuaria. Esta diferenciación busca garantizar un ordenamiento lógico en el uso del suelo de los predios destinados al descanso final.

La inédita propuesta consiste en crear un régimen específico para la inhumación conjunta en el territorio correspondiente. Esta iniciativa intenta dar respuesta a las necesidades de aquellos que consideran a sus mascotas un miembro fundamental de su núcleo familiar. Asimismo, la normativa contempla una serie de requisitos y restricciones estrictas para asegurar que la práctica sea completamente segura y controlada.
De acuerdo con los lineamientos técnicos plasmados en el texto original, la incorporación de esta nueva modalidad no revestirá un carácter obligatorio ya que, por el contrario, cada municipio, comuna o administración de cementerio público o privado conservará la potestad absoluta de resolver si adhiere o no al sistema.
De esta manera, se respeta la autonomía de cada localidad para evaluar sus capacidades de infraestructura y sus prioridades comunitarias, en tanto que los establecimientos que opten por brindar este servicio adicional deberán adecuar sus espacios internos a los protocolos específicos correspondientes.

El aspecto sanitario constituye otro de los pilares esenciales considerados fundamentales por los especialistas encargados de evaluar la viabilidad de la propuesta. Para poder proceder a una inhumación conjunta, se exigirá de manera indispensable un certificado oficial de defunción que deberá ser emitido por un veterinario que tendrá la responsabilidad de constatar fehacientemente las causas del deceso y descartar cualquier tipo de patología transmisible. Este filtro preventivo busca mitigar potenciales riesgos biológicos y asegurar la salubridad del entorno en el que se realice la sepultura.
Finalmente, el proyecto contempla diferentes métodos de disposición de restos de acuerdo con las tecnologías disponibles en cada una de las jurisdicciones. Cabe resaltar que los modelos internacionales de referencia admiten desde la utilización de ataúdes cerrados y bolsas sanitarias herméticas hasta el empleo exclusivo de urnas cinerarias, por lo que con este conjunto de medidas, se aspira a dotar a la sociedad de una alternativa legal para procesar el duelo de manera integrada.
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La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes pidió que la discusión del Paquete Económico 2027 no derive en nuevos impuestos al consumo popular, ya que el objetivo de elevar la recaudación debe concentrarse en cobrar de forma efectiva los gravámenes vigentes y no en trasladar más costos a las familias.
El debate formal comenzó el martes 8 de septiembre con la entrega al Congreso de la Unión de las iniciativas de Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos del Ejecutivo Federal. Ante ese proceso, la ANPEC planteó que el Impuesto Sobre la Renta (ISR) debe ocupar un lugar central en la revisión fiscal.
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Asimismo, cuestionó cualquier aumento al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) aplicado a bienes de consumo frecuente, entre ellos la cerveza y productos con contenido de sodio, debido a que ese ajuste repercutiría en el precio final y reduciría la capacidad de compra de la población.
El reto de las finanzas públicas no consiste en imponer más cargas a quienes ya realizan compras cotidianas. Por ello, se necesita ampliar la base efectiva de contribuyentes y enfrentar los mecanismos que permiten la evasión o la elusión tributaria.
La ANPEC ubicó el faltante de las finanzas públicas en cerca de 350 mil millones de pesos. Desde su perspectiva, la respuesta a ese desequilibrio debe enfocarse en mejorar el cobro del ISR y evitar que se mantengan esquemas para no cubrirlo.
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Derivado de esto consideró que la pregunta central del debate es por qué se busca recaudar más entre los contribuyentes y consumidores que ya aportan, en vez de garantizar que paguen quienes encuentran vías para evitar sus obligaciones fiscales.
Cuauhtémoc Rivera, presidente de la ANPEC, afirmó que gravar el consumo como fórmula recaudatoria produce efectos contraproducentes. “No se debe castigar el consumo para recaudar”, señaló el dirigente.
También señaló que el incremento de impuestos a productos populares puede alimentar la inflación, debilitar el consumo familiar, favorecer mercados ilegales como el del cigarro pirata y empujar a más personas hacia la informalidad laboral.
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La preocupación de la ANPEC se concentra de forma especial en un eventual ajuste del IEPS a la cerveza, por lo que advirtió que la medida elevaría el precio para los compradores de una bebida con amplia presencia en las tiendas de barrio, abarrotes y pequeños comercios.
De acuerdo con el planteamiento de la organización, una mayor carga sobre este podría generar una diferencia frente a bebidas destiladas de mayor graduación y menor penetración en el consumo popular, desfavoreciendo a los sectores de menor ingreso.
Con estas nuevas medidas las familias trabajadoras deberán absorber el efecto mediante precios más altos, y a su vez, los pequeños establecimientos enfrentarían un entorno con clientes con menor capacidad para adquirir productos.
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“El pequeño comercio no necesita más obstáculos, necesita consumidores con capacidad de compra”, agregó Rivera, vinculando esa condición con la permanencia de los negocios y con el autoempleo que generan para millones de familias.
Durante años, el IEPS ha sido defendido bajo el argumento de mejorar la salud pública y desalentar el consumo de determinados productos. La ANPEC rechazó esa justificación y afirmó que los resultados no muestran una mejora en esa materia.
Manifestó que el presupuesto del sector salud no ha aumentado y que persisten deficiencias y carencias. Bajo esa lectura, el IEPS funciona principalmente como un instrumento de recaudación y no como una política que produzca beneficios sanitarios.
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La ANPEC recordó que ya había advertido sobre las consecuencias de usar las compras populares como una fuente sencilla de recursos fiscales. Su posición actual mantiene el mismo criterio: evitar nuevos gravámenes que reduzcan el poder adquisitivo de las familias.
Las correas bañadas en aceite traen problemas que pueden destrozar el motor del coche y, además, requieren un mantenimiento costoso. No hay nada de lo que sabemos hoy en día que invite a comprar un vehículo que incorpore estas correas en su motor.
Sin embargo, millones de conductores españoles adquirieron la década pasada automóviles nuevos con el 1.2 PureTech o el 1.0 EcoBoost, dos motores que montaron algunos de los modelos más vendidos de la época. Por ello, no son pocos los vehículos de nuestro parque automovilístico que sufren dichas complicaciones. Ante la situación, Mario Díaz, mecánico de Garaje 13 Competition, se pregunta: "¿Qué va a pasar con las correas bañadas en aceite?"
Las correas de distribución bañadas en aceite fueron concebidas originalmente por los fabricantes para disminuir el rozamiento y el ruido de la mecánica, además de contribuir a reducir las emisiones contaminantes de los vehículos. A diferencia de una correa de distribución convencional que trabaja completamente en seco en el exterior del bloque, este componente se encuentra ubicado en el interior del propio motor y trabaja en contacto permanente con el lubricante.
De esta forma, su disposición somete a la correa a unas condiciones de trabajo extremadamente exigentes. Como advierte Díaz, la fórmula tiene un fallo de base: "El aceite, al final, con el tiempo y las (altas) temperaturas, termina degradando las correas. Vayan o no vayan reforzadas".
Además del calor extremo y el paso del tiempo, factores como la dilución de combustible y otros residuos químicos en el lubricante aceleran progresivamente el deterioro de la goma, el caucho y el nylon que componen la correa. Este desgaste prematuro provoca que la pieza se agriete, se deforme, aumente de tamaño o directamente se deshilache o rompa por completo.
La consecuencia más peligrosa es que la correa va desprendiendo de forma continua pequeñas partículas y restos de goma que se mezclan con el aceite circulante. Estos residuos terminan acumulándose en el filtro de aspiración de la bomba de aceite, obstruyendo los conductos de lubricación. Al taponarse el sistema, el motor sufre una pérdida de presión de aceite que impide que el lubricante llegue al árbol de levas o a la culata, lo que puede desencadenar una colisión interna entre las válvulas y los pistones que destruye por completo el motor.
Mario Díaz: "Son coches que no aguantan más de 100, 120.000 kilómetros sin tener un mantenimiento de sustitución de correa. Esto es matemático"
La sustitución preventiva de una correa bañada en aceite es más compleja y costosa que la de una convencional. Al haberse desprendido residuos de goma por todo el motor, la operación no consiste simplemente en colocar la correa nueva; exige además una limpieza de todo el sistema de lubricación para asegurar que ningún conducto quede obstruido, lo que dispara las horas de mano de obra en el taller.
Esta circunstancia genera malestar en el sector, ya que traslada al comprador un sobrecoste de mantenimiento imprevisto para corregir un fallo de diseño. En palabras del propio Mario: "Si no damos solución o hacemos este tipo de motores, lo que estamos haciendo es darle una carga económica mayor de mantenimiento a los clientes".
Elegir las llantas de un automóvil no debería reducirse a buscar las más económicas o las que tengan una apariencia atractiva, puesto que se trata de un componente fundamental para el funcionamiento y la seguridad del vehículo.
Al ser el punto de contacto con el camino y proporcionar adherencia, al momento de reemplazarlas o adquirir unas nuevas se deben considerar aspectos como sus dimensiones, capacidad de carga y hasta el tipo de terreno.
Hoy te compartimos algunas claves para identificar los neumáticos adecuados, con base en las recomendaciones de los expertos.
Lo ideal es mantener la medida de llantas con las que el automóvil salió de fábrica. Dicha información puede consultarse en la etiqueta ubicada en el costado de la puerta, en la tapa del tanque de gasolina o en el manual.
De acuerdo con Michelin, los números y letras del costado de un neumático indican sus características Y se leen así:
205/55 R17
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El índica de carga es el peso máximo que una llanta puede soportar. Foto: Unsplash
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Según explica Bridgestone, el índice de carga señala el peso máximo que puede soportar una llanta individual. Y índice de velocidad, como su nombre lo señala, es la velocidad máxima a la que el auto puede soportar esa carga.
Un vehículo utilizado en ciudad no necesita los mismos neumáticos que uno destinado a caminos todoterreno o a situaciones que demanden mayor desempeño.
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Cada categoría responde a diferentes necesidades de conducción, entre ellas:
Inflar las llantas con aire convencional es preferible en autos de uso cotidiano, debido a que ofrece ventajas como un precio accesible y mayor disponibilidad. Sin embardo, los niveles tienen que revisarse de manera frecuente.
Y con el nitrógeno, sus moléculas son más grandes que el oxígeno y producen mayor estabilidad; asimismo, se calienta menos en trayectos largos. En cambio, sus desventajas son que es más costoso y es difícil encontrarlo en las estaciones o talleres.
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También considera el tipo de gas con el que vas a inflar las llantas de tus autos. Foto: Unsplash
La mejor llanta no necesariamente es la más cara ni la que ofrece mayores prestaciones, sino la que corresponde a las especificaciones de tu automóvil. En caso de duda, tu referencia principal debe ser el manual del propietario.
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